ARTÍCULO

Un gramático del espíritu

Universidad de Valencia/ Universidad de Granada
466 pp. 32 euros
 

A primera vista, una biografía de Claude LéviStrauss de casi quinientas páginas no debería suscitar grandes entusiasmos entre el gran público.Y es verdad, por supuesto, que este libro no tiene trazas de best seller. Pero también es verdad que excede el ámbito de atención del estricto especialista en antropología para erigirse en amena, elegante y a ratos hasta novelesca reconstrucción de la vida y obra de una de las grandes personalidades intelectuales del siglo XX.
Clásico vivo ya casi centenario –pues nació en 1908–, Lévi-Strauss es un maestro de la antropología cultural y, a la vez, un personaje prototípico de su tiempo. Socialista militante en su juventud y aspirante a ideólogo de partido; compañero en la Escuela Normal de Sartre, Simone de Beauvoir y Aron, entre otros, cuando estudiaba filosofía y derecho; temprano profesor de instituto después, su vida sufrió un giro radical cuando le surgió la oportunidad de trasladarse a São Paulo en calidad de docente universitario de sociología en una flamante facultad con profesorado francés destinada a la formación de élites locales. Esto aconteció en 1934, prolongándose la experiencia brasileña hasta el candente 1939. Antes de llegar a las Américas, Lévi-Strauss no había logrado descubrir sus campos favoritos de exploración que, como sabemos, serían el parentesco y los mitos, preferentemente los relativos a las culturas amerindias. Su postura teórica, todavía rudimentaria, se movía entre el psicoanálisis, el marxismo y las ciencias morfológicas –en particular, la geología y la botánica-, parcelas todas ellas del conocimiento que combinan el interés por lo variable con las explicaciones unitarias a partir de reglas de fondo invariables. En cuanto a sus gustos estéticos, se identificaban con las vanguardias y el surrealismo en su calidad de rompedores del viejo realismo decimonónico.
Con ese bagaje, menos de treinta años y un reciente matrimonio –el primero de los tres que contraería a lo largo de su vida–, nuestro hombre encontró en la antropología el camino que daba cuerpo a sus preocupaciones. En Brasil realizó y publicó estudios sobre los Nambikwara y los Bororo, todavía no demasiado depurados, pero lo suficientemente elaborados como para empezar a granjearle notoriedad entre los círculos antropológicos norteamericanos. Se trató de un bautismo de fuego, no exento de penalidades y fatigas, que, dos décadas más tarde, Lévi-Strauss volcaría en su más célebre texto, Tristes trópicos, esa bella y pesimista evocación de sus ritos de paso profesionales.
Su regreso a Francia en el fatídico año en que estallaron las hostilidades se debió a rivalidades mal resueltas que auguraban una carrera llena de polémicas: las diatribas intelectuales del autor con Sartre, Gurvitch, Caillois y, en parte, Lacan y Braudel, llegarían a ser justamente célebres.Ya en pleno régimen de Vichy y tras un inverosímil intento de volver a París, Lévi-Strauss se las ingenió para zarpar rumbo a Martinica. De allí partió para Puerto Rico, donde fue tomado por espía por el FBI, que al fin lo dejó continuar hacia Nueva York. En esta ciudad, y como tantos otros exiliados europeos, el autor gozó de la acogida de la New School for Social Research, que lo integró a su claustro. Instalado en Manhattan, tuvo ocasión de mejorar su formación antropológica, a la sombra de luminarias como Franz Boas y, lo que es más importante, entabló relaciones de amistad y discipulazgo con Roman Jakobson, cuyo método lingüístico supo traspasar brillantemente a las ciencias sociales.
Trabajando con denuedo, el autor acabaría por culminar en 1949 la obra que actuó como su puesta de largo, Las estructuras elementales del parentesco. Lévi-Strauss se inspira en la noción de «hecho social total» de Marcel Mauss, descubriendo que el hecho social fundante de la civilización es la exogamia –o prohibición del incesto–, de la que deriva una tupida red de relaciones, intercambios y contraprestaciones cuya primera manifestación es el parentesco. Había nacido la antropología estructural, a la que Lévi-Strauss sería fiel el resto de su vida (no así al «estructuralismo», rótulo polivalente que nunca le agradó).
Durante la segunda mitad de los años cuarenta, el autor ocupó el cargo de agregado cultural de Francia con sede en Nueva York, lo que le permitió frecuentar círculos mundanos y agasajar a distinguidos compatriotas como Camus, Sartre y De Beauvoir (a la que parece ser, según recuerda inmisericorde, le repugnaba observar la incontinencia fisiológica del entonces lactante hijo primogénito del antropólogo). En los cincuenta, Lévi-Strauss retorna definitivamente a su país, incorporándose primero a la Escuela Práctica de Estudios Superiores (que así debería traducirse École Pratique des Hautes Études) y, más tarde, al Colegio de Francia (y, como culminación de sus logros, también a la Academia Francesa). Su lealtad a Francia ha sido inquebrantable, permitiéndose, por ejemplo, desdeñar una oferta para dar clases en Harvard hecha en persona por Talcott Parsons.
En la fase madura de su biografía, las aventuras del autor son más intelectuales que otra cosa, aunque siempre rodeadas de intensidad: alejamiento de su inseparable Lacan, identificación con Aron en la coyuntura de 1968, polémicas a diestro y siniestro según antes veíamos, viajes y conferencias en múltiples lugares (como Japón, que le fascinaría y adonde volvería con cierta frecuencia). En el ámbito teórico, la vuelta a casa fomenta la reconciliación con Durkheim, de quien sólo había recibido la imagen de santón laico sin reparar en lo fecundo y riguroso de su método sociológico.
Defensor de la especificidad y ritmo de cambio peculiar de cada cultura, más allá de los estereotipos sobre el salvajismo y la civilización, pero defensor también del sustrato invariante de lo que él denomina el espíritu humano, Lévi-Strauss encuentra en los mitos la expresión por excelencia de ese sustrato.Y, consecuentemente, emprende en su obra maestra, los cuatro tomos de las Mito-lógicas (aparecidos entre 1964 y 1971), una excursión apasionante por los mitos de las dos Américas, de cuyo rico arsenal extrae la delimitación de lo que podríamos denominar la gramática o estructura básica del espíritu. Obra hermética y de gran calidad literaria –no se olvide el culto del autor por figuras como Chateaubriand-, la serie compuesta por Lo crudo y lo cocido, De la miel a las cenizas, Los orígenes de las maneras de mesa y El hombre desnudo constituye un auténtico tableau del poso del alma colectiva de todos los tiempos.
Esta postura «gramática» granjeó al autor críticas abundantes, en especial provenientes de la filosofía marxista e historicista que él despreció, refutándolas con sucesivas prolongaciones de su indagación sobre los mitos a otros contextos tales como el grecorromano y el japonés. Polemista sin histrionismos, Lévi-Strauss ha cruzado con creces la condición nonagenaria con gran entereza, autodefiniéndose políticamente como «anarquista de derechas» y asomándose de tanto en tanto con ironía a las tribunas de opinión.
Es una de estas concesiones a la opinión pública la que el biógrafo del autor, Denis Bertholet, utiliza en especial para desgranar muy convincentemente y sin asomo de afectación el recorrido que he tratado de sintetizar hasta ahora mejor o peor. Me refiero a la excelente entrevista De cerca y de lejos, efectuada por Didier Eribon, que vio la luz en francés en 1988, siendo traducida al español en 1990.Aquí Lévi-Strauss habla sobre sí mismo y sus distintas aristas con franqueza y precisión, suministrando un material impagable.
Ciertamente, el libro que comentamos recurre muy poco a fuentes directas o inéditas: se trata más bien de una reconstrucción basada en fuentes indirectas. Pero Bertholet lo reconoce desde un principio y el resultado que ofrece, si no es historiografía exhaustiva, sí que es espléndida y recomendable biografía intelectual.
La indudable calidad de la obra ha sabido ser reconocida por sus editores, las universidades de Valencia y Granada, impulsoras de una ambiciosa colección de biografías que cuenta con otras entregas dedicadas a Perry Anderson y Edward P. Thompson. Una muy laudable iniciativa a cargo de esa callada y no siempre bien comprendida reserva cultural que representan las editoriales académicas. La traducción, en líneas generales, es correcta, aunque aquí y allá se cuele algún galicismo (como «durable» por duradero). El trabajo de Bertholet, en definitiva, posee atractivo tanto por su contenido como por su cuidada factura y, en justicia, no debería pasar inadvertido.

 

01/05/2006

 
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