ARTÍCULO

Monarchia Universalis

 

La expansión territorial y política de los pueblos ha sido considerada como uno de los «motores» de la historia, y es un fenómeno siempre presente en la historia de las sociedades. Sin embargo, las ideologías que legitiman estos procesos han variado a lo largo de las épocas. Hoy en día, tras los procesos de descolonización iniciados a mediados del siglo, los gobernantes y sus ideólogos justifican la intervención en otros países apelando a la necesidad de controlar a los «enemigos de la humanidad», o a la fuerza ineludible de «motivos altruistas» y «necesidades humanitarias». Pero en la historia de Europa hubo momentos en que la expansión territorial se dirimía recurriendo a otras explicaciones y legalidades. Éstas podían ser muy francas: en El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad (1857-1927) escribía que la conquista de la tierra necesitaba, no de principios, sino de «fuerza bruta», con la que arrebatar sus derechos y posesiones «a aquellos que tienen un color de piel diferente o la nariz ligeramente más aplastada que nosotros».

Conrad vivió en tiempos de crisis, de cuestionamiento de ideas y acciones. Mucho antes, a mediados del siglo XVIII , y en suelo hispano, el jesuita Pedro Murillo Velarde declaraba en su historia de la Compañía de Jesús en las Filipinas (1749), que en aquellas islas los españoles eran «los dueños del país», y a pesar de su privilegiada posición no dudaban en «sacrificarse» y sufrir la «barbarie», «indolencia», corta capacidad intelectual e incluso el «fetor o tufo» de los «indios nativos», para cumplir su «deber» de extender el cristianismo a todos los rincones de la tierra. Dos siglos antes, Francisco Támara (1555) había sostenido que la expansión territorial en la historia no era producto de la intrínseca ambición por poseer, sino parte esencial de un plan divino. Támara consideraba toda la historia anterior del mundo como la sucesión de «cuatro monarquías»; con el cristianismo se habría iniciado la quinta y última de esas monarquías, encarnada finalmente en el imperio de los Austrias. La sucesión de las monarquías mostraba que había sido «Dios nuestro señor» el que había instituido y ordenado el mundo «debajo del regimiento y mando de un solo príncipe para conservarlo en pública paz, razón y justicia».

Si la referencia a la expansión ha estado presente en las reflexiones de los actores políticos de distintas épocas, el imperialismo y sus efectos han sido objeto de una atención renovada para los historiadores de las últimas décadas. Las nuevas actitudes políticas han dejado su impronta en el quehacer de los investigadores; en los últimos veinte años se advierte la creciente tendencia de historiadores, antropólogos, sociólogos o politólogos a analizar, no tanto la dominación colonial de los países europeos sobre los pueblos americanos, africanos o asiáticos, cuanto la resistencia de éstos a los imperios, y con ello las pervivencias de sistemas y estructuras, costumbres y creencias, lenguajes políticos y sociales que los poderes coloniales fueron incapaces de eliminar o integrar.

Pero existen todavía historiadores que consideran fundamental analizar las prácticas e ideologías de legitimación imperial, sin cuyo conocimiento será difícil entender las resistencias y pervivencias. Llamó la atención sobre este tema el historiador Frederick Cooper en un trabajo sobre los estudios del colonialismo europeo en África, publicado en la American Historical Review (1994), donde indicaba que imperialismo y colonialismo comenzaban a convertirse en puras fórmulas, fenómenos cuya naturaleza se da por supuesta, como si no necesitaran explicación. Pues bien; precisamente la necesidad de definir el imperialismo en sus diversas etapas históricas, en este caso el período moderno, es el objetivo de Señores de todo el mundo, publicado en inglés en 1995, cuyo autor, el historiador inglés Anthony Padgen, pretende analizar –y «problematizar»– las ideologías que sustentaron el expansionismo de la Europa moderna.

Pocos historiadores han intentado un análisis global de las ideologías imperiales desarrolladas en Europa, y hay pocos precedentes con los que comparar este libro. Entre ellos se encuentra Empire de Richard Kroebner, publicado en 1961, coincidiendo precisamente con el creciente proceso de descolonización. Aquella obra se centraba en la fase imperialista iniciada en el siglo XIX ; el libro de Padgen, aparte de beneficiarse de la producción historiográfica de las últimas décadas, responde a un planteamiento diferente. Padgen parte del presupuesto de que la experiencia colonizadora europea que comenzó en el siglo XIX no se puede comprender sin resaltar el desarrollo teórico y práctico de las diversas ideologías imperiales durante el período moderno y, especialmente, sin tener en cuenta lo central de la experiencia hispánica en este proceso de expansión. Y si esto parece una simpleza a los lectores españoles de Señores de todo el mundo, conviene recordar que el libro se dirigía a un público anglosajón, que ha marginado desde hace siglos todo lo concerniente a la experiencia histórica de los países de la península ibérica.

Anthony Padgen, profesor en la Johns Hopkins University (Baltimore, EE.UU.), es un historiador ampliamente reconocido por sus estudios sobre la colonización española en América. Su primera obra, todavía esencial, La caída del hombre natural (1982), traducida al castellano en 1986, analizaba los debates en la España del siglo XVI sobre los derechos de la monarquía a poseer las Indias; debates que contribuyeron a determinar la ideología imperial de la monarquía hispana, y en el refinamiento de los argumentos para justificar su monopolio para comerciar y colonizar las Américas frente a los embates de otras potencias europeas. América y los discursos imperiales fueron objeto también de otras obras posteriores de Padgen, como El imperialismo español y la imaginación política (1990), traducida al castellano en 1991, y European encounters with the New World (1993).

En este nuevo libro, América sigue ocupando un lugar central como en aquellos trabajos anteriores, aunque ahora lo es como objeto no sólo del imperialismo hispano sino también del francés e inglés. Algunos críticos consideran la centralidad americana en esta obra como un simple resultado de la especialización del autor, y casi sugieren que en vez de Señores de todo el mundo, el libro debería titularse Señores de todas las Américas. Hay cierta lógica en estas críticas, pero también la hay en la orientación adoptada por Padgen, pues las potencias europeas no se lanzaron abiertamente a la colonización de otros continentes hasta la pérdida de las colonias americanas (entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX ). Sin embargo, el que Padgen se haya centrado en las Américas puede deberse también a su decisión de no incluir en su análisis los casos portugués y holandés. Es esta, desde luego, una opción que concierne al autor, pero los argumentos que utiliza para justificar su decisión (que Holanda no fue exactamente un imperio en el período moderno, y que la experiencia portuguesa presenta demasiadas similitudes con la hispana) no son demasiado convincentes, sobre todo en el caso de Portugal, cuyo expansionismo la llevó a establecer colonias en América, África y Asia. Uno tiene la sensación de que el haber dejado fuera la importante experiencia portuguesa, en absoluto similar a la hispana, tiene detrás razones no tanto intelectuales como de mercado, debido al triste hecho de que Portugal «vende» todavía menos que España en el mundo anglosajón. Es esta, sin embargo, una mera conjetura y ahí debemos dejarlo.

A pesar de centrarse en las Américas, el estudio de Padgen no es un simple resumen de trabajos anteriores, incluidos los suyos, sino un análisis en muchos casos original de los fundamentos ideológicos desarrollados en las tres monarquías más poderosas de la Europa moderna. Padgen parte de la idea de que, para entender los lenguajes modernos sobre el imperialismo, es preciso conocer los conceptos y discursos en que se basó su desarrollo, lo que explicaría que su primera preocupación haya sido delimitar los significados y usos (mucho más complejos que en la actualidad) de conceptos como los de «imperio» y «colonia» a comienzos del período estudiado, y ello le lleva a discutir los lenguajes y conceptos premodernos en los que son cruciales la experiencia y el legado teórico del imperio romano. Pero en los comienzos de la época moderna se dieron procesos que llevarían a las monarquías europeas a reordenar sus ideas y discursos. Uno de ellos fue un cierto renacimiento de las opciones y designios imperiales con la dinastía de los Austrias, proceso que por otro lado ya ha sido tratado por los historiadores Frances Yates, Franz Bosbach y Pablo Fernández Albaladejo.

El otro proceso de esencial importancia fue el comienzo en el siglo XV de una gran etapa de expansión europea que, iniciada principalmente por Portugal, conduciría al «descubrimiento» de tierras bautizadas con el nombre de Indias orientales y occidentales. A partir de aquel momento, las mentes europeas, y especialmente las hispanas, recurrieron a todos los argumentos posibles para evidenciar, no sólo el hecho de la creación de un imperio, sino también el derecho de las monarquías europeas a expropiar a los nativos de las Indias. Estos procesos, y las elaboraciones teóricas de los coetáneos, forman el núcleo de uno de los capítulos más importantes del libro, titulado Monarchia Universalis. Aunque el autor ha primado el debate de base jurídica (las controversias sobre los derechos de posesión y uso de las tierras conquistadas), frente a las concepciones más providencialistas a lo Támara, el resultado es la convincente presentación de unos argumentos que sirvieron a los gobernantes del período, y especialmente a los monarcas hispanos, para proclamarse herederos de una visión universalista del poder monárquico.

Pese a la leyenda negra que rodea la colonización hispana de las Américas, Padgen parece observar que los males ocasionados por el dominio español no dejaron indiferentes a nuestros antepasados. Si hemos de creerle, los españoles habrían sido los europeos más preocupados por valorar las consecuencias ––cuasi apocalípticas para las poblaciones nativas– de la conquista de las Indias, aunque otra cosa es saber si tales preocupaciones morales por la «salud del indio» se convirtieron en medidas efectivas para evitar lo que Bartolomé de las Casas bautizaría como «la destrucción de las Indias». En todo caso, los argumentos utilizados por los españoles y sus coetáneos europeos para justificar la colonización demuestran que la diferencia de contextos –de las condiciones de partida y de las condiciones que los colonizadores se encontraron al otro lado del Atlántico– provocó el recurso a conceptos y discursos legitimadores radicalmente distintos. Mientras que los españoles apelaban a su misión cristianizadora en unas tierras abundantemente pobladas a las que les «obligaban» las bulas papales firmadas por Alejandro VI, en el resto de Europa se acudía a los derechos basados en el descubrimiento, ocupación y uso de tierras que estaban, o así se afirmaba, «deshabitadas». No menos importante es el tratamiento de Padgen de las ideas y procesos con los que las monarquías europeas trataron de «integrar» los nuevos territorios en las estructuras políticas prevalentes, de nuevo con la monarquía hispana de avanzadilla al presentar el dominio sobre las Indias no como un proceso de colonización sino de integración política, tratando formalmente a los territorios americanos como «reinos» y no como «colonias», al menos hasta la segunda mitad del siglo XVIII.

Más interesantes aún son los análisis que hace Padgen de los discursos que presentaban el proceso de colonización como un acto de «cristianización-civilización» de los «salvajes y primitivos» que poblaban territorios no europeos. Este proceso paralelo de expansión y cristianización estaba mucho más agudizado en el caso de la monarquía hispana, que desde su ideología católica veía en la implantación de una única fe la condición sine qua non para evitar el caos y la destrucción de la vida social. Sólo la fuerza conjunta de «religión e imperio», decía un jesuita español del siglo XVII , podía instaurar entre los pueblos una «policía sagrada» sin la cual decaería el buen gobierno, pues la existencia de distintas religiones abriría la puerta a la disidencia y la rebelión. Las propuestas y debates fueron distintos en Francia, y, sobre todo, en Inglaterra, donde esta conexión imperio/religión era menos estrecha, ante todo por la actitud bien distinta del anglicanismo hacia la conversión de los no cristianos, y también por las características de la colonización inglesa en América, orientada a crear un espacio europeo en América y no a la conquista y reducción de los nativos. Es importante recordar, sin embargo, que con el paso del tiempo fue el término «civilización» –interpretado ahora como la acción de salvar a los negros, amarillos y pieles rojas de sí mismos y de su barbarie– el que jugaría un papel central en la conformación de teorías que sirviesen para justificar el colonialismo en América y la no menos horrenda explotación de África desde el siglo XIX.

Padgen también dirige su atención hacia debates de importancia en el período moderno, algunos muy actuales todavía, que afectaban no tanto a las relaciones de los europeos con los nativos de las Indias, sino a la misma naturaleza del imperio y de las consecuencias de éste en el futuro de las colonias. Entre esos debates destacó la discusión sobre si la naturaleza de la colonización condicionó el carácter de los países que surgieron de los procesos de independencia. Es decir, si el espectacular desarrollo posterior de los Estados Unidos de América se debió al «amor por la libertad» y la iniciativa individual que al parecer llevaron consigo los colonos ingleses, mientras que el más caótico desarrollo del cono sur americano habría resultado del dirigismo monárquico, la negación de derechos políticos y el furibundo catolicismo impuesto por la monarquía hispana sobre sus colonias –un tema que por lo demás ha tratado, y tratará con mayor profundidad en su próximo libro, el historiador inglés John H. Elliott. No es de menor interés comprobar el constante recurso durante el período moderno y hasta el mismo siglo XX , a una teoría que veía las raíces de la decadencia de los imperios precisamente en su misma constitución. Según esta teoría, por ejemplo, si la monarquía hispana se hubiera limitado a conservar sus reinos peninsulares, y no a explotar al Nuevo Mundo, habría podido evitar la decadencia que ha sufrido desde el siglo XVII , logrando conservarse como una pieza importante en el mundo político, económico y cultural europeo.

Pero Anthony Padgen también se interesa por destacar que en todas las monarquías tratadas existían autores que ofrecieron alternativas institucionales, políticas e ideológicas a los imperios y a los actos de violencia y conquista que los sustentaban. Una parte de Señores de todo el mundo, en ocasiones la más importante y sin duda la más interesante historiográficamente, está dedicada precisamente a los autores que Padgen define como «antiimperialistas», y es esta parte la que ha creado mayor debate entre sus críticos anglosajones. Muchos se han preguntado, por ejemplo, el porqué de esta centralidad de los «antiimperialistas» en un libro al parecer destinado a analizar a los autores y teorías que trataban de legitimar la constitución de imperios, teniendo en cuenta además que los autores «antiimperialistas» no fueron los más influyentes en las monarquías del período. Algunos de los críticos de Señores de todo el mundo han censurado a Padgen que, primando así a los autores que «criticaron» a sus gobernantes, estaría promoviendo un cierto «blanqueo» de la ideología expansionista, al ofrecer las visiones más idealistas de algunos escritores europeos, en vez de las más negras «realidades» impuestas por los poderes políticos europeos en América.

No es mi intención justificar las opciones del autor en contra de estas visiones alternativas de la colonización europea en América, pero estos intentos de resaltar la complejidad ideológica durante el período moderno serían producto, no tanto de un interés de Padgen por «blanquear» el pasado, como de sus propias opciones metodológicas. Desde el mismo subtítulo del libro (Ideologías del imperio en España, Inglaterra y Francia), queda claro que la intención del autor es estudiar no sólo las ideologías en una pluralidad de monarquías, sino la misma pluralidad ideológica en cada una de las monarquías tratadas. La razón que justificaría esta opción metodológica sería su convencimiento de que las ideologías imperiales no se mantuvieron uniformes a lo largo de todo el período, sino que los conceptos y discursos cambiaron, y precisamente como resultado de controversias ideológicas y enfrentamientos políticos. Quizá las críticas de los antiimperialistas no influyeron inmediatamente en la política de las monarquías europeas –aunque esto es algo que necesita mayor investigación– pero lo que sí es cierto es que las ideologías oficiales tuvieron que readaptarse constantemente para responder, no tanto a las rebeliones indígenas, como a las críticas de muchos de los autores analizados por Padgen. Además, las ideas de los antiimperialistas, especialmente los del siglo XVIII , afectaron a la ideología imperial más allá de sus tiempos, en la medida en que, como el mismo Padgen indica, «los lenguajes en los que pretendieron encuadrarse los imperios del siglo XIX eran productos transfigurados de sus precedentes premodernos [pero no de todos ellos], sino los de las críticas que los adversarios del imperialismo habían vertido contra ellos, en las últimas décadas del siglo XVIII » (pág. 22). La presentación que hace Padgen de las controversias ideológicas nos descubre además las limitaciones de muchos de los trabajos de los historiadores españoles sobre la colonización americana. En ellos se suele justificar, con cierto «patrioterismo», las acciones de españoles en las Américas aduciendo que los colonialistas no contaban con opciones ideológicas plurales y que, en definitiva, estaban encerrados en una suerte de cárcel ideológica de la que no podían escapar y que les habría «obligado» a actuar como lo hicieron. El análisis de Padgen debería ayudar a desterrar para siempre tales supuestos.

Menos convincente es su análisis del tratamiento del tema de la esclavitud por parte de los llamados «ilustrados» del siglo XVIII , entre los cuales, por cierto, Padgen incluye a muy pocos españoles. Sabemos, y así nos lo recuerda Padgen, que en los diversos países europeos se desarrolló desde el siglo XVI un importante debate sobre la licitud de la esclavitud de los nativos de las Américas, y que en este debate vencieron las opciones antiesclavistas. Nadie ignora, sin embargo, que la colonización de las Américas supuso el surgimiento, o el incremento exponencial, de un tráfico esclavista que condujo al desplazamiento forzoso y en condiciones infrahumanas de más de diez millones de africanos. Y este tráfico de esclavos se desarrolló en un contexto político e intelectual dominado por aquellos que defendían la opción esclavista, cuya ideología estaba teñida de un lenguaje preracista.

En este sentido, como nos recuerda Padgen, aunque es cierto que la argumentación aristotélica de que unos pueblos habían sido creados para ser esclavos y otros para gobernarlos, fue claramente derrotada ya en el siglo XVI , tal argumentación fue reemplazada por otras. En el caso de los esclavos procedentes de África, por ejemplo, las teorías aristotélicas fueron sustituidas recurriendo al Antiguo Testamento, en particular a la historia de la maldición de Noé a los descendientes de su hijo Cam, identificados en Europa con los africanos. Con sus denuncias contra la esclavitud (analizadas por Padgen en una breve sección del capítulo sexto), los ilustrados quizá mostraron su preocupación por el sufrimiento de los esclavos y por la mancha que el esclavismo imponía sobre unas sociedades que comenzaban a proclamar principios filosóficos de libertad. Es también muy posible que, con su actitud de denuncia, estos autores ayudasen a acelerar el proceso de abolición del esclavismo, pero pocos de ellos criticaron las raíces del esclavismo (un tema tratado recientemente por Emmanuel Chukwudi Eze en su Race and the Enlightment, 1997), y Padgen, al no subrayar estas contradicciones, da a la sección un cierto tono de idealización. Padgen, por ejemplo, comenta las críticas de David Hume a las sociedades que promovían o mantenían el esclavismo, convirtiéndose así en «modelos inservibles para la libertad moderna» (pág. 216), pero parece olvidar –o no nos lo recuerda– que el mismo Hume había manifestado, en De los caracteres nacionales, sus «sospechas» de que «los negros y en general todas las otras especies humanas (de las que hay cuatro o cinco diferentes) son naturalmente inferiores a los blancos». También importa recordar que fueron los ilustrados europeos quienes desarrollaron teorías sugiriendo que el Nuevo Mundo era un mundo corrupto que inevitablemente corrompía a todos los que allí se asentaban, argumentos estudiados hace ya varias décadas por A. Gerbi en su apasionante La disputa del nuevo mundo, y que servirían en el siglo XIX como fundamentos de un claro discurso racista.

No deben verse, sin embargo, estos últimos comentarios como una crítica global al libro de Padgen, que es intelectualmente brillante y que supone un inteligente desafío al lector. Podría haber sido distinto: haber tratado los temas desde perspectivas más «realistas» (como les gusta decir a varios de sus críticos), o haber analizado otras opciones y vocabularios imperialistas. Parece seguro que Señores de todo el mundo no es el estudio definitivo sobre la ideología imperial en el conjunto de la Europa moderna, si es que tal obra es posible, pero se trata de un trabajo importante al que deberán referirse todos los que vengan detrás. En cualquier caso, este libro debería convertirse en obra de obligada lectura, especialmente este año en que «conmemoramos» el cuarto centenario de la muerte de Felipe II (uno de los reyes más «imperialistas» de la historia de España, a pesar de lo que digan las muchas hagiografías que se están publicando en estos días), y el primero de la pérdida de los últimos vestigios del imperio español en las Indias que se constituyó precisamente legitimado –y a veces criticado– por teorías como las estudiadas por Padgen.

Quien sí parecía tener muy claro que los poderes europeos, especialmente la monarquía hispana, debían conquistar, civilizar y cristianizar el mundo conocido y por conocer, era el dominico calabrés Tommaso Campanella (1568-1639). A estas alturas serán pocos los que no hayan oído el nombre de este personaje, uno de los más interesantes –otros dirían excéntricos– de la historia europea de los siglos XVI y XVII . Campanella mostró desde muy pronto una actitud intelectual y vital que le llevaría a enfrentarse con todos y cada uno de los poderes establecidos en la península italiana; desde el papado a la monarquía hispana, pasando por la república veneciana o las autoridades de su orden. Detenido en varias ocasiones, torturado y encarcelado por orden de las autoridades españolas en Sicilia desde 1599 hasta 1626, Campanella fue acusado de hereje, promotor de la sodomía y del «amor libre» y conspirador político.

A pesar de esta persecución sistemática, continuó leyendo, escribiendo y participando, desde la cárcel y fuera de ella, en algunos de los debates teóricos y políticos más importantes de su tiempo, una época que produjo también a Giordano Bruno o Galileo. A pesar de esta intensa actividad intelectual, o quizá precisamente por ella, pocos estudiosos se han atrevido a abordar el análisis en conjunto de la vida e ideas de Campanella. Tal hueco ha quedado ahora cubierto con la publicación en inglés del libro Tommaso Campanella and the Transformation of the World, cuyo autor es John M. Headley, un historiador de la Universidad de Carolina del Norte, ya conocido por su primera obra, The Emperor and his Chancellor. A Study of the Imperial Chancellery under Gattinara (1983). Headley no ha dejado documento o debate sin remover, aunque para ello ha contado con los valiosos trabajos de recomposición del corpus de la obra de Campanella realizados a mediados de este siglo por el estudioso italiano Luigi Firpo y sus discípulos, y ello convertirá su trabajo en el estudio definitivo sobre el dominico. Un estudio de gran alcance para la historia intelectual europea entre los siglos XVI y XVII , si recordamos que Campanella se mostró radicalmente antiaristotélico (veía en la influencia de Aristóteles la razón de la decadencia intelectual europea), y propuso recuperar las tradiciones platónicas y no-cristianas (judía y árabe), y la integración –a lo Pico della Mirandola– de la astrología y la magia. La amplitud intelectual de Campanella se revelaría también en los debates sobre la ciencia y la comprensión del cosmos, en los que mostró un constante apoyo a Galileo, y apremió la necesidad de dar más peso a la «experiencia y práctica» que a las «autoridades» clásicas. En fin, Campanella intervino en el debate sobre Maquiavelo y sus ideas, a los que consideraba un producto más de la influencia aristotélica, y se alineó con quienes veían en el maquiavelismo el causante de las más graves corrupciones de los sistemas políticos de la Europa moderna: el uso de la religión por «razones de Estado» y la primacía de los intereses regios sobre los de la comunidad política.

Además de la participación de Campanella en el debate contra la obra y la influencia de Maquiavelo, Headley dedica especial atención ––y éstas son quizá las mejores páginas de un muy buen libro– a los trabajos de Campanella sobre la «monarquía universal». El dominico defendía en ellos la necesidad de una monarquía universal (hispana o francesa, dependiendo del período) bajo cuyo dominio progresara la unidad política y religiosa de los pueblos, conduciendo –en clave mesiánica– al triunfo final del «reino de Dios». En esas obras hay temas persistentes, especialmente sobre las mejores formas de consolidar la conquista y colonización de los pueblos: desde la necesidad de imponer una lengua común, o de establecer mecanismos de comunicación entre los pueblos (incluidos matrimonios entre las gentes de los distintos reinos), hasta la propuesta de una radical «hispanización» de todos y cada uno de los pueblos que formaban la Monarchia di Spagna.

Pero la parte más apasionante ––no sólo por el interés de los debates intelectuales entre el siglo XVI y el XVII, sino también por la discusión metodológica en la historiografía actual– es aquella en que Headley reconstruye la composición y recepción de una de las obras más conocidas de Campanella: Della Monarchia di Spagna. Los historiadores, y especialmente los españoles, han leído siempre este libro como una más de las obras de su tiempo dedicadas a celebrar las conquistas hispanas. Lo que estos investigadores hacían –y el que suscribe es uno de los que han incurrido en tal reduccionismo– era dar importancia únicamente al «contexto político» del momento, descuidando en cambio el análisis de tres factores esenciales: 1) el contenido de Della Monarchia di Spagna y su relación con las ideas expuestas en otras obras de Campanella, 2) la fecha y los «autores» del libro, y 3) la recepción de la obra por otros autores y por la misma monarquía hispana. El estudio de Headley responde a estas tres cuestiones, y nos muestra que las claves de las obras del pasado no están simplemente en los contextos políticos y sociales, y que los historiadores pueden llegar a conclusiones bastante pedestres si no atienden más a la composición y el contenido de los textos.

Varios son los historiadores españoles que han analizado la obra de Campanella sobre la monarquía hispana, entre ellos Primitivo Mariño –editor de la única edición castellana de la Monarchia di Spagna–, Truyol Serra y en particular, el recientemente fallecido Luis Díez del Corral. Fue este último quien, en un ensayo publicado en la Revista de Occidente en 1967, llamaba la atención sobre lo que le parecía una contradicción, o una prueba de la ceguera política de los reyes españoles del siglo XVII. La obra de Campanella, sugería Díez del Corral, era sin duda –y así lo habrían visto muchos europeos– el plan maestro que podría ayudar a la monarquía hispana a conquistar el mundo, pero nadie en la corte española «leyó tan estupendo libro». Que el libro no se leyó mucho en España lo confirmaría no sólo el que no se publicara en castellano hasta fechas muy recientes, sino también el que Headley sólo haya encontrado cinco copias manuscritas en bibliotecas y archivos españoles. La falta de entusiasmo en España por una obra que, al menos superficialmente, parecía compartir su ideología imperialista (y se ha llegado a decir que Campanella escribió esta obra para «ganarse la voluntad de las autoridades españolas» con el fin de obtener su libertad) se explicaría, ahora se puede afirmar, porque los gobernantes hispanos leían los textos, sí, incluyendo los de Campanella, pero lo hacían teniendo en cuenta contextos políticos amplios y las «intenciones» de Campanella al escribirlos.

No era la defensa de la monarquía universal (por lo demás no muy original) lo que más importaba a las autoridades españolas en la obra de Campanella, sino la visión radicalmente teocrática plasmada en los escritos del dominico. Campanella concebía la monarquía universal como una monarquía bicéfala, donde el rey español quedaría subordinado al papado: una verdadera «herejía política», al menos para las autoridades españolas. El lenguaje mesiánico promovido en la segunda mitad del siglo XVI para legitimar las conquistas y el poder español, podía ser muy útil cuando estaba bajo control ideológico (como en el caso de un Támara). Pero, imbuido del populismo y teocratismo de Campanella, se convertía en algo sumamente peligroso para la visión exclusivista del poder político y territorial de la monarquía hispana.

Aparte de precisar los contenidos de la obra, Headley se ocupa de la autoría del texto, y confirma definitivamente algo que ya había demostrado Luigi Firpo: que la versión que conocemos de la Monarchia di Spagna no tuvo a Campanella como único autor. Headley demuestra que la primera redacción del texto fue escrita por Campanella antes de su detención en 1599, aunque en la cárcel continuó trabajando en ella. Pero en el texto de la Monarchia di Spagna que comenzó a publicarse a partir de 1620, el editor alemán Kaspar Scoppe (y no el propio Campanella como había asegurado Firpo), interpoló muchos pasajes de algunas obras del italiano Giovanni Botero (especialmente de su libro sobre la razón de estado). Este hecho nunca se menciona, por ejemplo, en la edición castellana realizada por Primitivo Mariño, quien utilizó la edición publicada en Holanda en 1640 que ya contiene los pasajes de Botero.

Por último, Headley analiza de manera excelente la recepción en Europa del trabajo de Campanella sobre la monarquía hispana, demostrando la importancia de entender no sólo las intenciones de un autor sino también cómo le leyeron sus coetáneos. Es, en este sentido, una más de las paradojas en la vida intelectual del «antimaquiavélico» Campanella, el que Della Monarchia di Spagna fuera presentada como la obra de uno de los «mayores maquiavélicos» de la historia, quien habría intentado guiar a la «pérfida y tiránica» monarquía hispana en sus intentos de conquistar Europa y el mundo, para establecer la tantas veces reclamada –y según los europeos del siglo XVII, felizmente inalcanzada-«monarchia universalis».

01/08/1998

 
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