ARTÍCULO

El zorro, el erizo y la vieja Europa

Taurus, Madrid
Trad. de Silvina Narí
270 págs. 2.308 ptas. 13,87
Espasa Calpe, Madrid
Trad. de Clara Morán Calvo-Sotelo
360 págs. 3.600 ptas. 21,64
Edición de H. Hardy y R. Hausheer Farrar, Strauss & Giroux, Nueva York
 

Muchos de los escritos de Berlin, casi hasta su muerte, estaban dispersos en números atrasados de revistas especializadas cuya referencia bibliográfica los entendidos te pasaban con un punto de complicidad sabionda. En realidad, salvo la biografía de Marx que publicara en 1939, o parcialmente el libro dedicado a Hamann en 1993, los volúmenes aparecidos durante su vida no fueron otra cosa que recopilaciones más o menos temáticas de aquella obra dispersa y los libros aparecidos después de su fallecimiento tampoco son una excepción. No fue Berlin, al parecer, un autor de síntesis. Su obra, se diría, es como las mantelerías o los juegos de cama para muchachas casaderas que bordaban al alimón varias monjas. Una hacía los bodoques y las iniciales, otra el filtiré y los rosetones, y la de más allá se encargaba del festón o del fililí. Pero esa actividad en apariencia alocada era una hábil división del trabajo que, lejos de acabar como el rosario de la aurora, solía culminar en pequeñas obras de arte que se exhibían con orgullo entre el resto del ajuar. Berlin aún nos encandila con sus puntadas de bordadora primorosa que cela su diseño final para que no pueda adivinarse al trasluz de lecturas parciales. Se podría mantener incluso que no hay tal cosa, que la misma idea de una visión de conjunto escapa a su interés, aunque las apariencias suelen ser casi siempre engañosas. A mi entender, en su obra conviven dos mundos disjuntos, el del minucioso historiador de las ideas políticas y el del filósofo de la historia. No conocí a Berlin, con lo que malamente puedo conocer su opinión al respecto, pero me huelo que, puestos en el trance de elegir entre esas figuradas dimensiones de su obra, él se inclinaría por aquella que a mí me parece la menos sugerente, la de sus flirteos con la trascendencia.

La dispersa obra de Berlin tiene, pues, una unidad profunda, que va más allá de la historia y acaba por tornarse en filosofía a secas. Su reflexión no se limita a iluminar, generalmente con luz certera, las tribulaciones de este concepto político o las meditaciones de aquel autor. En esos trabajos de aparente corto alcance, donde Berlin cumple a la perfección y consigue ponerse a la par con la gran historia de Sabine le cogemos afición. Pero es el caso, además, que Berlin no se conforma con eso y aspira a dar una interpretación, ésta sí más que sintética un tanto simplista, de la marcha global del pensamiento político occidental y se convierte, allende su trabajo de historiador, en una especie de gnóstico. Luego se dirá qué entiendo por esto.

EL ZORRO EN EL GALLINERO

A Berlin le gustaban las metáforas, así que en algún momento, aplicando la imagen a una comparación entre Tolstói y De Maistre, redujo las diferencias entre los muchos ejemplares de la fauna intelectual a dos arquetipos, el erizo y el zorro, la especie de quienes lo someten todo a una visión única o a un valor supremo y aquélla que sabe de las dificultades para contentar a los dioses caprichosos del panteón politeísta. «El zorro sabe muchas cosas; el erizo sólo una, aunque grande», es como lo decía Arquíloco, de quien está tomada la imagen. A mi entender, toda esa filigrana primorosa de la erudición berliniana se propone tan solo desarrollar esa idea, que seguramente le asaltó ya al comienzo de su carrera intelectual. Así escriba sobre Maquiavelo, sobre Vico, sobre Herzen, sobre Marx; así nos sumerja en ese submundo alucinante de los narodniki, tan parecido al de los etarras, en el que visionarios y canallas eran –son– difícilmente distinguibles e igualmente criminales; así nos guíe por los vericuetos del sionismo o las ensoñaciones de Pasternak o Akhmatova, casi todo Berlin puede reducirse a una síntesis fundamental: la necesidad de escapar de las síntesis totalizantes.

Según él, el hito decisivo en la historia del pensamiento occidental es la aparición de la mente romántica. Hasta entonces, toda la actividad intelectual se había orientado a la filosofía perenne, es decir, a la convicción de que todos los problemas básicos que se refieren a la naturaleza y el propósito de la vida tienen solución. En definitiva, el pensamiento occidental o la tradición judeocristiana pueden resumirse en lo siguiente: a) que todas las preguntas tienen una respuesta pues, si no la tienen, no son verdaderas preguntas; b) que esas respuestas pueden ser conocidas, y c) que las respuestas han de ser compatibles entre sí, pues, de otro modo, se generaría el caos. Los defensores de esta tradición, los erizos, dominaron el panorama intelectual hasta finales del siglo XVIII y sus sucesores se cuentan todavía hoy entre nosotros. Berlin les pone muchos nombres.

Con el movimiento romántico, los zorros entraron en ese gallinero y no dejaron títere con cabeza. Hay varios textos en los que se refiere a ello, pero tal vez los más importantes sean Las raíces del Romanticismo (originalmente un ciclo de conferencias dictadas en Washington en 1965) y otro menos conocido (The Apotheosis of the Romantic Will, 1975), que dan noticia definitiva del encuentro de Berlin con una nueva gnosis. A mi entender, ambos son la llave de la rica bodega berliniana. Tal vez por creerme con permiso para entrar en ella recuerdo aún haber celebrado como se merecía, con un merlot de Jean Leon, el fin de la lectura de Las raíces del Romanticismo, hecha de un tirón y en breves horas, lo que tampoco constituye una proeza porque es un libro sucinto. Así se cerraba una tarde de eso que los ociosos reputamos como lo más cercano a la felicidad: el descubrimiento de una nueva manera de ver las cosas, aunque no acabe de convencernos cabalmente.

El romanticismo no se fía de los erizos. La versión de la filosofía perenne que los zorros románticos tenían más a mano, la de la Ilustración, si acaso, les erizaba los cabellos. Con los ilustrados, ese grupo de convicciones arriba resumido había encontrado una expresión particular y compacta. Las respuestas a nuestras preguntas básicas existen, pero no pueden encontrarse en la revelación o en la tradición. Sólo la razón humana puede hallarlas, ya sea al modo deductivo de las matemáticas, ya al inductivo de las ciencias naturales. Los ilustrados iban aún algo más allá. Esos mismos métodos eran también de general aplicación a todas las cuestiones morales y políticas, las de cómo vivir y de cómo gobernarnos, cosas que tradicionalmente habían dado muchos quebraderos de cabeza a quienes se proponían contestarlas. Pero, sométaselas a la razón, aplíqueseles el método científico y, hale hop, los problemas más arduos se deshielan y se hacen maleables.

Sin duda no todos los ilustrados estaban cegados por semejantes ilusiones. Ya Montesquieu había llamado la atención sobre las diferencias culturales entre los parisinos y los persas de su edad y sobre la necesidad de no reducir las variadas formas de la vida a los dictados de una razón desdeñosa de las diferencias. Luego Hume dio un paso más allá con la crítica al principio de causalidad. Entre dos fenómenos, el fuego y el humo, por ejemplo, que suelen seguir el uno al otro, no podemos establecer más relaciones que la de una cierta simultaneidad. De donde, tras algunas deducciones bien conocidas, se sigue que en realidad ese mundo externo en que apoyamos nuestras más firmes convicciones sólo puede darse por sentado con una sobredosis de fe. Bajo la amenazadora coraza de púas del erizo se escondía un león tan pusilánime como el de El mago de Oz, y la cosa iba a reventar por do más pecado había.

Si hubo un representante cabal de la Aufklärung, la traducción al alemán de la tradición ilustrada, ése fue Kant. Sin embargo, en él hallan su filiación legítima algunas de las ideas románticas más conocidas. Kant es muy diligente a la hora de enmendar la plana a Hume en lo de la causalidad. Toda la Crítica de la razón pura se afana por recuperar ese principio. El mundo externo, la naturaleza, son susceptibles de conocimiento firme, pues se encuadran dentro de esas ideas, necesarias para pensar e independientes de toda experiencia previa, que son las nociones de espacio y de tiempo y otras categorías como, oh sorpresa, la de la causalidad. Pero, salvado el orden natural, Kant se topa, como tantos, con la dificultad de explicar la acción humana. La libertad, si es algo, sólo puede ser la ausencia de determinación por circunstancias externas. El hombre, en cuanto ser físico, está sometido a las mismas fuerzas que cualquier otro objeto. Ahora bien, su existencia como sujeto moral sólo es posible en la medida en que se libera de esas determinaciones y no se torna esclavo de ninguna pulsión o pasión ajena a sí mismo. La libertad es autonomía, no sumisión. Cuando explico la libertad por el juego de las causas materiales o psicológicas o me dejo llevar por mis pasiones no he actuado moralmente, antes bien me he sometido a una forma de vasallaje. La verdadera dimensión moral y humana sólo se alcanza cuando mi razón individual se afana por seguir la falsilla que podría haber guiado al legislador universal.

ESOS ERIZOS PETULANTES

Por esta dualidad kantiana entre natura y cultura entran a saco los románticos. El Karl Moor de Schiller, que no conoce más ley que la que él mismo se ha dado, aunque al final acabe por someterse voluntariamente a la justicia, los corsarios, los bandidos, los exiliados, los contrabandistas, los holandeses errantes y toda esa basca tremenda que puebla la literatura romántica son otras tantas epifanías del legislador universal kantiano, que sin duda hubieran dejado patidifuso a su inspirador, tan seriecito él, tan formal. Pero todo ese arrebato, a secas, no hubiera bastado para exponer la vanidad de esos erizos petulantes. Sólo el amor a las plantas pudo conseguirlo. Primero Johann Georg Hamann, convecino de Kant en Königsberg y amigo suyo, rescatado del olvido por Berlin, que le llama el mago del Norte, y luego Herder lo comprendieron a la perfección. En sus obras, ambos despliegan una amplia panoplia botánica, donde palabras como raíces, suelo nutricio, tronco y ramas, savia, floración, crecimiento orgánico o medio natural son las claves. No, el intelecto, esa trama en la que las cosas brotan necesaria, mecánicamente, las unas de las otras, no lo es todo; ni siquiera es lo más importante. No hay un mundo ahí y, de haberlo, no puede ser reconocido sin referirse a sus creadores, a los hombres que lo han nombrado. Tampoco esos hombres son individuos aislados, sino ramas y hojas de un tronco común. El mundo humano, lo que hoy llamaríamos la cultura, es una creación colectiva, aunque sea de colectivos discretos, separados los unos de los otros por un algo, ese espíritu especial que nutre sus raíces en la lengua y en la tradición de cada pueblo. Los individuos no son nada sin ambas, la savia de su organismo. Quienes no están enraizados son sólo gentes cosmopolitas, débiles e incapaces de florecer. Las plantas sanas se nutren de su cultura, esos conjuntos de lengua y tradiciones en que se han separado los hijos de Noé y que, lejos de ser pequeños irritantes en el despliegue de la razón universal, son los verdaderos protagonistas de toda historia.

Las culturas, pues, no son fungibles, susceptibles de ser cambiadas por otro tanto de la misma especie o explicadas todas de la misma manera. Cada una tiene un centro de gravedad específico, incomparable al de las demás e intraducible. Los griegos no doblaron en sabiduría a los romanos, ni fueron éstos superiores o inferiores a las modernas gentes. Cada cual tiene su demonio propio al que haría mejor en no renunciar.

Estas nociones se refractaron con diverso colorido en el movimiento romántico. Si fecundo en estudios sobre el medievo o la historia del derecho, de la gramática o del léxico o de la mitología fue el legado herderiano, pronto encontró su lógica conclusión exclusivista o de meditación sobre las dos banderas. Aun si aceptáramos a beneficio de inventario lo de que, según Berlin, Herder sólo llegó al protonacionalismo, lo cierto es que en su estela se pronuncian los discursos a la nación alemana de Fichte y, desde comienzos del siglo XIX hasta nuestros días, se han alineado con ella tantos particularismos y nacionalismos que su nombre es legión. La autenticidad de lo propio, que difícilmente se resiste a desvirtuar la de los demás, es un diablo que tiene a los románticos bien agarrados por el rabo.

Esa es nuestra herencia intelectual, concluye provisionalmente Berlin y añade que no es tan mala después de todo. Los erizos han demostrado una gran capacidad para generar y alentar regímenes políticos opresivos, en los que toda discrepancia era severamente perseguida. Opresividad que se ha acrecentado con el aumento de la solidaridad mecánica y la tecnificación de la vida social para llegar a convertirse en tiranía en el caso de los regímenes que se legitimaban con el marxismo. A los románticos les debemos cosas como la idea de la irrenunciable equivocidad de los fines, o la de la libertad del artista y, en definitiva, de todos los humanos individualmente considerados, o la de que no puede existir una misma respuesta para todos los problemas humanos, que los valores son plurales y aun incompatibles, como bien sabían los gnósticos. En fin que, como resumiría Billy Wilder, nadie es perfecto. Frente a las aspiraciones a una verdad eterna, incluso en esa versión moderna de la ingeniería social que igual vale para un roto que para un descosido; frente a la quimera de que todos habremos de concurrir en los mismos valores, la hora de los zorros llegó como una bocanada de saludable aire fresco. O al menos, eso es lo que sostiene Berlin. «El resultado del romanticismo, pues, es liberalismo, tolerancia, decencia y comprensión de las imperfecciones de la vida; un sí es, no es de superior autoconciencia racional» (Las raíces del Romanticismo, pág. 147).

GNÓSTICOS Y AGNÓSTICOS

Puede que fueran Bouvard y Pécuchet, o tal vez el amigo Sttembrini, quienes activaran en Berlin esa comprensible resistencia al encandilamiento con el racionalismo y el progresismo. Frente al optimismo de las almas bellas, que se niegan a reconocer la existencia del mal o a la charlatanería de los buhoneros prodigiosos con sus ungüentos dialécticos, toda precaución es poca. Pero hay razones para pensar que la conclusión arriba citada no es la más acertada y que, llegados a este punto, Berlin y su filosofía de la historia, tan sucintamente resumida, dan un sorprendente respingo que puede llevarles a él y a sus seguidores a partirse el cuello.

Con el loable fin de mantener a raya cualquier interpretación gestaltista del mundo o de la historia, se diría que Berlin acaba por encerrarse en un gnosticismo dudoso. Pues, en definitiva, su pertinaz dualismo (univocidad/equivocidad de fines y valores) no puede esquivar una aporía. O es un dualismo sostenible, es decir, aspira a ser la verdad y entonces la filosofía perenne contraataca por la retambufa, o sólo puede ser usado a modo de emplasto provisorio.

Berlin convierte a su filosofía de la historia en una celebración del dualismo. A un lado, sin duda el de los réprobos, están los erizos; al otro, los zorros cuya mera existencia nos recuerda lo saludable de la tolerancia. Algo similar sucede con sus dos conceptos de la libertad, el negativo o la libertad en cuanto ausencia de coerción y el positivo o la libertad como deseo de ser dueños de nosotros mismos. Mientras que la segunda, por vericuetos que han de ser ahorrados, acaba por desembocar en un monismo ericeño, la primera, con su recurso al individualismo parece más reconfortante. Por eso he dicho que Berlin me parece un gnóstico cabal. Pero, ¿son realmente las cosas tan sencillas como a él se lo parecen? Puede ser cierto que los erizos muestren una natural e incómoda empatía con Nerón y con Jesucristo, con Torquemada y con Calvino, con Stalin, con Pinochet, con Castro, con Pol Pot y con otros entusiastas de las verdades apodícticas y las soluciones autoritarias, pero presentar, sin más, como un saludable ejemplo de decencia a los zorros, entre los que se cuentan ejemplares tan carniceros como Nechaev y sus colegas de la Sociedad del Hacha, Hitler y los nazis, Josu Ternera y los aguerridos gudaris de la Sociedad del Hacha y la Serpiente, más tantos otros egregios ejemplos del triunfo de la voluntad, es contraintuitivo, resulta un poco rancio e induce a la melancolía. Si la historia o, de forma menos solemne, la opinión pública, no deben ser benignas con los primeros, por las mismas razones no pueden aceptar que la tolerancia y la decencia caractericen, sin más, a los últimos románticos. De ir por ahí, la filosofía de la historia de Berlin anda bien descaminada.

Puede que lo de la tolerancia signifique no otra cosa en este contexto que una advertencia liminar o retórica, a saber, que es menester anclarse en el escepticismo respecto de los fines últimos y las ideologías compulsivas. Pero esto no es mucho fundamento para basar un gnosticismo firme. En realidad, los zorros gnósticos merecerían la protección de un tratado probiodiversidad, pues sus verdaderos ejemplares pueden contarse, si acaso, con los dedos de una mano. Como los extremeños se tocan, la mayoría de los zorros que se quieren gnósticos acaban frecuentemente por incurrir en la creencia de que bien y mal, autoridad y tolerancia tienen perfiles siempre claros, con lo que vamos de nuevo a la cárcel y sin cobrar al paso por la salida. Lo de la tolerancia, en el mejor de los casos, se tornaría en una llamada a no dejarse engatusar por las soluciones en apariencia sencillas y poco más. Pero esto ya lo habían defendido muchos sofistas y algunos epicúreos, Séneca y Marco Aurelio, Erasmo, Montaigne, Voltaire y demás tropa, bastante antes del Romanticismo. Tal vez no podamos aspirar a mucho más que a tan bienintencionado dualismo y a un combate sempiterno entre fuerzas y valores contrapuestos, pero entonces parece mejor apurar el cáliz hasta las heces y pasar de la gnosis al agnosticismo. En efecto, si Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto, el hombre ha muerto y yo tengo una gripe que no sé cómo podrá acabar, el dualismo no puede correr mejor suerte, pues va a ser difícil que podamos convencer a todos y para siempre de que la opción por la tolerancia y por la libertad negativa son posibles y rigurosas. Pero que no haya respuesta a éste y otros problemas importantes hasta hace poco considerados solubles (qué es la vida buena, cómo someternos libremente a la voluntad ajena y demás), no debe llevarnos a la desesperación o, líbrenos el Señor, a tomarnos en serio a Derrida o a Foucault.

Mientras hayamos de seguir enzarzados en disputas siempre recurrentes y siempre nuevas, es decir, mientras hayamos de aceptar que incluso eso de la tolerancia y de la libertad negativa a la Berlin son respuestas tan poco serias como la Gran Teoría, cabe arbitrar soluciones instrumentales que nos permitan, si no resolver aquellos enigmas, al menos convivir con la ausencia de soluciones, como quien renuncia a descifrar el crucigrama del Times sin perder por ello la compostura. Tenemos ya una experiencia de más de dos siglos con la democracia moderna, que es precisamente eso, unas reglas de juego que permiten a todos expresar pareceres contradictorios u opuestos, ninguno de los cuales puede descartarse en absoluto; tomar decisiones por mayoría –a veces equivocadas o, de forma más actual, llenas de consecuencias inesperadas, pero quién, de no ser ese dios irremisiblemente enterrado, podría anticiparlas– y respetar a las minorías que no se propongan romper la baraja. La democracia moderna, esa invención de la Ilustración, que no del Romanticismo, es bastante más satisfactoria para organizar el contrato social y la discusión de las ideas que la evocación de la tolerancia pura como norma de conducta saludable. Su conspicua ausencia en la obra de Berlin –tal vez porque la considerase como parte indiscutible, hasta cierto punto irrelevante, del mobiliario de Oxford– hace que la suya se me antoje una aportación un tanto rancia, muy Tocqueville, Ortega o Barzun, escasamente Jefferson o Ronald Dworkin.

He avanzado también que esta filosofía de la historia conduce a la melancolía y conviene que lo explique. A mi entender, Berlin no distingue bien entre hablar sobre verdades últimas y hablar sobre asuntos menos trascendentes. Hay una diferencia inescapable entre discurrir sobre si lo bello ha de ser necesariamente bueno o sobre si es posible y costeable esa defensa nacional por medio de cohetes (NMD) en la jerga del Pentágono) que defienden los republicanos americanos. Cuando se trata de eso segundo existen algunas formas de hablar de las cosas que ofrecen más garantías que otras. Me estoy refiriendo a esos menesteres que solemos llamar ciencia y tecnología (I+D en internautés), y que, a menudo, no sé si identificado en demasía con los excesos románticos, Berlin vende tan barato.

En el siglo XIX , especialmente en Alemania, muchos concurrían en que esa parcela del conocimiento era cosa de poco. Para qué ocuparnos del mundo sublunar cuando la Razón nos coloca al alcance de la mano tantas cosas sublimes. Pero como, al decir de Carlos Gardel, esto último no eran más que amores de estudiante (ahora una promesa, mañana una traición), la Razón hegeliana y romántica por estéril y presuntuosa, hubo de hacer mutis por el foro al tiempo que la ciencia y la tecnología supieron sobreponerse a su modesto papel e incluso darnos pequeñas alegrías. Gracias a ellas contamos con una creciente esperanza de vida; una gran mayoría se ha librado del trabajo como esfuerzo físico; los aviones nos transportan rápida y económicamente de un lugar a otro del planeta, lo que grandes masas de consumidores aprovechan para tomarse unas vacaciones; podemos comunicarnos en tiempo real y a costo nulo con los antípodas y otras cosas así. Incluso la denostada ingeniería social o, de forma más genérica, la evolución de las sociedades modernas han puesto fin a problemas que parecían no tenerlo. Por ejemplo, durante más de doscientos años demasiadas gentes decentes murieron en España en las llamadas agitaciones campesinas al grito de tierra y libertad, pero a finales del siglo XX esa consigna no la coreaba casi nadie. No es que la idea del reparto de la tierra se hubiera tornado inconcebible, sino que habían aparecido otras formas más atractivas de ganarse la vida en las nuevas condiciones económicas. Hoy, de forma similar, entre integrados y apocalípticos, asistimos al despliegue de la globalización y de las grandes transformaciones que acarrea.

En suma, tal vez nunca lleguemos a saber qué sea el hombre, ni si existen otros mundos u otra vida o, en definitiva, en qué consiste la felicidad, pero, mientras tanto, tenemos más oportunidades para que cada quien pueda ponerse a buscarla de la forma que estime más conveniente. De este agnosticismo intrascendente suelen olvidarse algunos gnósticos de bien mientras trenzan sus historiadas filigranas. Como los rancios trousseaux de antaño, Berlin, todo hay que decirlo, suena un poco a esa vieja Europa a la que tanto le costó reconciliarse con la ciencia, la tecnología, la democracia de masas y la sociedad de consumo.

01/12/2001

 
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