ARTÍCULO

La dominación masculina

Anagrama, Barcelona
168 págs. 1.800 ptas.
 

No es la primera vez que Pierre Bourdieu aborda el análisis de la división sexual; lo había hecho ya, de manera marginal, tanto en El sentidopráctico como en La distinción y, de forma más focalizada, en un artículo del mismo título que el libro que nos ocupa, publicado en 1990, en Actes de laRecherche. Tampoco Bourdieu es el único sociólogo varón de renombre que se ha internado por estos campos –ahí están los trabajos de Giddens o Lipovetsky–, lo que nos muestra tanto la consolidación de la temática de género como la impronta de la teoría feminista en el hacer sociológico contemporáneo.

El libro de Bourdieu, a caballo entre la teoría sociológica y la divulgación, pretende contribuir al estudio de las relaciones entre los géneros y reconstruir la historia de sus naturalizaciones, rompiendo con el sentido común que rige nuestra experiencia y nuestros análisis de la diferenciación sexual entre hombres y mujeres. Se trata, por tanto, de una etnografía que «desnaturaliza historizando» (pág. 14), y lo hace a partir del análisis de las estructuras mitológicas de la cultura de los bereberes argelinos de la Kabilia –mediante una reelaboración de los materiales recogidos para su anterior libro ya citado, El sentido práctico–. La Kabilia es una cultura relativamente extraña y que le sirve al autor como estrategia de alejamiento para permitirnos salir del círculo de dominación ideológica.

Bourdieu articulará sus reflexiones sobre la Kabilia con el análisis de las novelas de Virginia Woolf y algunos estudios relativos a nuestro entorno, mostrándonos la homología estructural entre la cultura kabileña y la occidental en lo que a la dominación masculina se refiere.

Su ya clásico concepto de habitus –entendido como rituales cotidianos mediante los cuales una cultura produce y sustenta la creencia en su propia obviedad– le permite alejarse tanto del formalismo como del subjetivismo y subrayar el cuerpo como lugar de reconstrucción de un sentido práctico. Al mismo tiempo, apuesta por la historización de la relación entre los sexos como elemento clave para entender la dominación masculina y sus efectos.

Bourdieu parte de la consideración de la división entre los sexos como división fundante y no como mera expresión de una cosmovisión caracterizada por binarismos. De este modo, la dominación masculina se convierte en el paradigma de toda dominación y por tanto de toda violencia simbólica; dominación que se inscribe simultáneamente como institución en las estructuras sociales –en forma de mitos, rituales, prácticas discursivas, etc.– y en las estructuras cognitivas –en forma de habitus: categorías mentales, estrategias cognitivas, capacidades perceptivas, formas de sensibilidad, etc.–. El principio de diferencia entre los sexos, arbitrario y contingente, señala, «procede de que acumula dos operaciones: legitima una relación de dominación inscribiéndola en una naturalezabiológica que es en sí misma una construcción social naturalizada» (pág. 37). Acudiendo a Laqueur, entre otros, nos muestra cómo nuestra percepción de los órganos sexuales no es inmediata; el cuerpo, nos dice Bourdieu, lejos de ser un dato positivo, ha de entenderse como memoria encarnada, memoria de habitus generalizados y generizados, somatizaciones de las relaciones de dominación en las que los géneros se constituyen y a las que a la vez sustentan.

Sin embargo, si bien La dominación masculina nos dota de herramientas potentes para abordar la continuidad de la dominación masculina y la consideración del cuerpo como lugar de condensación social, su planteamiento adolece de una falta de consideración de las rupturas, las paradojas, las contradicciones internas: de las luchas por el significado, en definitiva. Siguiendo con los juegos de palabras, que tanto gustan a Bourdieu, y recogiendo una sugerencia del sociólogo Andrés Davila, esa memoria es memoria encarnada, pero también memoria encarnizada. Obviando ciertas críticas a La dominación masculina por su supuesto oportunismo e intrusismo, creo que en esa expresión se resumen las limitaciones que se pueden señalar a este libro: su desigual consideración del tiempo y el espacio y, en relación con ello, en la forma de abordar lo estructural y lo simbólico.

En La dominación masculina –como en su momento hizo la teoría feminista con el concepto de patriarcado– tiempo y espacio se difuminan para privilegiar la homogeneidad y continuidad del sistema de dominación de género, dando así lugar a posiciones universalistas. Así, mientras se afirma acertadamente el carácter relacional de los géneros y su necesaria historización como estrategia para desnaturalizarlos, los ámbitos en los que habita esa diferencia tienen apariencia sustantiva, es decir, se consideran meros continentes de una acción relacional que les es ajena. Esto, de nuevo, permite a Bourdieu postular la dominación masculina como sistema. Así ocurre al abordar cuestiones como la sexualidad, donde, siguiendo demasiado cerca los planteamientos de Mac Kinnon, a ciertos comportamientos sexuales –como la simulación del orgasmo, por ejemplo– les atribuye un significado unívoco coherente con esa dominación, presentando la sexualidad femenina como prácticamente inexistente o completamente sumisa, sin espacio para la fantasía, los juegos o la subversión. De la misma manera, al hablar de la asignación diferencial de tareas reproduce la calificación de las realizadas por las mujeres como menos nobles, inferiores, penosas, bajas o mezquinas, sin entrar a cuestionar cuáles son los mecanismos de construcción de esas jerarquías de valor, lo que le impide reflexionar sobre las relaciones entre "género" y "trabajo" y cuestionar la sustantividad de estos dos conceptos al margen de la relación. Un ejemplo claro de esto es su referencia a la agorafobia femenina socialmente impuesta, sin considerar que la construcción de lo público, como la de lo privado, no es ajena ni está al margen de la construcción de los géneros. Todo ello se traduce en un predominio implícito de los elementos estructurales que conduce, en ocasiones, a una cierta desconsideración de la acción de «las dominadas» (en contraste con lo que él mismo defiende en otros lugares) tanto en la ruptura como en la reproducción del sistema, asentando la ecuación del «sentido común» que iguala mujeres y pasividad.

Nos encontramos, pues, ante una historización de las naturalizaciones de los géneros que, sin embargo, se sustenta sobre una naturalización de espacios y valoraciones a ellos vinculados, llegando así a un análisis en el que se privilegia implícitamente lo estructural, y dentro de ello, lo material sobre lo simbólico.

Intuyo que ese escorarse del lado de la estructura quiere ser un contrapunto, acertado desde mi punto de vista, a ciertas teorías y prácticas feministas más inclinadas hacia lo simbólico. Su concepto de habitus y su consideración del cuerpo nos advierten de los límites de las filosofías de la conciencia, pues «la violencia simbólica no funciona gracias a las conciencias engañadas que bastaría iluminar, sino en unas inclinaciones modeladas por la estructura de dominación que las producen» (pág. 58). Pero al tomar esta idea como punto de partida para afirmar que la transformación sólo puede ser el resultado de una transformación radical de las condiciones sociales de producción de las inclinaciones, parece, de nuevo, que las prácticas quedan constreñidas en una relación cuasi causal, que el propio Bourdieu, por otra parte, pone en cuestión en sus trabajos teóricos de mayor envergadura. La dominación masculina puede leerse, en este sentido, como una cierta ruptura con la complejidad de su propio hacer teórico al focalizar la explicación en los elementos estructurales; ruptura con la complejidad que quizá no sea ajena al carácter divulgativo del libro.

Ahora bien, a pesar de su relativización del poder transformador de lo simbólico y de ese cierto escoramiento hacia lo estructural, Bourdieu no duda en situar a las instituciones educativas y al movimiento feminista entre los agentes fundamentales del cambio operado en las sociedades occidentales en lo que a las relaciones entre los géneros se refiere. E incluso, en las últimas páginas del libro, se pregunta por las consecuencias paradójicas de la divulgación del análisis de la dominación y de su responsabilidad en ello, subrayando, por tanto, en esta ocasión, lo performativo frente a lo estructural.

En resumen, un libro que puede servir como introducción al análisis de la dominación masculina y como acicate para la profundización en el desencantamiento de esa magia social encarnada e institucionalizada que son los géneros dicotómicos.

01/02/2001

 
COMENTARIOS

JAVIER EDUARDO 29/12/14 22:37
¿que blibliografia recomiendas para profundizar en el tema?

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