ARTÍCULO

De Roma a Nazaret

La Esfera de los Libros, Madrid
Trad. de Carmen Bas
448 pp. 19,50 €
 

Escrito poco antes de la elección del autor como papa, esta serie de meditaciones sobre Jesús constituyen un valioso testimonio de su devoción académica al hijo de Dios. El tema que resurge una y otra vez es que en Jesús, el Segundo Moisés, nos situamos cara a cara frente a Dios. Moisés tuvo el privilegio de ver la formidable gloria divina y, sin embargo, desde el cobijo de una hendidura en la roca se le permitió únicamente vislumbrar a Dios de espaldas. En el Libro del Deutoronomio, Dios prometió enviar a otro profeta como Moisés, y Jesús es este profeta que revela en su humanidad la gloria de Dios. El papa Benedicto deja claro en su introducción que éste es su propio credo personal, susceptible de crítica, y que no se halla de ninguna manera bajo la protección de su autoridad papal. El día de la publicación, cuando él mismo me entregó una copia del libro, estaba visiblemente tan orgulloso y emocionado como podría estarlo cualquier otro autor. El libro es una meditación en la que se invita al lector a compartir en una visión la revelación de Dios en Jesucristo. El pasaje clave de las Escrituras es Juan 1:18: «Es el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, quien lo ha dado a conocer». Para Ratzinger el cristianismo es esencialmente una religión histórica, ya que Dios se ha revelado en los acontecimientos de la historia tal y como se hallan recogidos en la Biblia, y el clímax de esa revelación de Dios es en Cristo. Ese y ningún otro fue el propósito de la Encarnación.
La manera personal de hacer teología de Benedicto se manifiesta claramente a lo largo del libro. Todo pensamiento está basado en la exégesis de las Escrituras, a menudo enriquecida por numerosas citas de los Padres de la Iglesia, e iluminada por un conocimiento exhaustivo de los estudios modernos, pero siempre tomando su punto de partida de la Biblia. Es impresionante comprobar cuán estrechamente pudo mantenerse al tanto de los estudios actuales este atareado cardenal, no sólo con los maestros de confianza alemanes e ingleses de antaño, como Jeremías y Dodd (ninguno de ellos, por cierto, católico), sino también con obras publicadas en el aún joven siglo actual. Es un erudito demasiado objetivo y generoso como para esperar que cada una de sus opciones resulte aceptable para todos los demás expertos, especialmente si se tiene en cuenta que las meditaciones son de un tono y un carácter tan profundamente personales. Sin embargo, en vista del uso que hace y de la afinidad que muestra hacia una parte tan grande del pensamiento actual, los ocasionales y desenfocados ataques a tendencias modernas resultan algo decepcionantes. Una crítica recurrente de este tipo denuncia la idea de que todo el mensaje cristiano es el producto de avances anónimos de la comunidad a mediados del siglo I, una teoría defendida con más frecuencia en la época de Bultmann que en la actualidad.
El libro es, en muchos sentidos, un compendio de la postura personal de Ratzinger. Una característica del pensamiento de Ratzinger durante algunas décadas ha sido la falta de simpatía por cualquier tipo de teología política. Resulta quizá significativo que en la bibliografía no aparezca citada ninguna obra en español. Este silencio ha suscitado la crítica de que el libro es una obra de piedad tradicionalista y no el retrato de una figura carismática y revolucionaria cuya intención era y es cambiar el mundo. Aunque no discrepe directamente de los teólogos de la liberación, sí que se ofrece una respuesta. Sí, el hambre en el mundo y la injusticia en el mundo son un escándalo, y el cristiano debe plantear la pregunta de cómo un Dios amoroso puede permitir que exista un mundo así. La respuesta que ve Ratzinger llega en el relato de las pruebas de Jesús en el desierto: el hecho de que muestre el rostro de Dios es lo que provoca que Jesús se adentre profundamente en el sufrimiento del mundo. En las pruebas en el desierto no sólo no convierte las piedras en pan, sino que en otra narración relacionada con el pan, la Última Cena, muestra que la prioridad se encuentra en la obediencia a la palabra de Dios. «El pan es importante, la libertad es más importante, pero lo más importante de todo es la fidelidad constante y la adoración jamás traicionada», escribe citando a un jesuita alemán asesinado por los nazis. El poder de Jesús procede no de caer para adorar al diablo en el Monte de las Tentaciones sino, como él afirma en la montaña de Galilea en los versos finales de Mateo, del don de todo el poder en su Resurrección. Las consecuencias de este punto de vista constituyen un componente esencial en todo el pensamiento de Ratzinger. Jesús vino no para traer al mundo la paz y la prosperidad universal, sino para revelar el rostro de Dios, para proclamar la soberanía activa de Dios en el mundo.
El tratamiento es prismático, esto es, Benedicto examina su tema desde una serie de ángulos y puntos de partida diferentes, y estos aspectos diferentes se combinan para conformar un único prisma. Como este libro se concibió como el primero de dos volúmenes, las meditaciones de esta parte guardan relación fundamentalmente con las primeras partes del Evangelio, dejando la pasión, muerte y resurrección para un segundo volumen. Esto no implica sugerir que el libro sea una biografía de Jesús, y menos aún que siga un orden cronológico (los relatos de la infancia se reservan para el segundo volumen), sino simplemente que los lados del prisma se ofrecen más o menos en el orden de los evangelios sinópticos. No hay duda de que en el segundo volumen se examinarán los temas –de suma importancia– de la soteriología y la resurrección, además de presentarse una teología paulina de la significación de Jesús, elementos todos que se encuentran notablemente ausentes en el presente volumen. Los tres primeros capítulos, sobre el bautismo de Jesús, las pruebas en el de­sierto y el evangelio del reino, sientan las bases. Con un gran número de brochazos de gran destreza se transmite una buena impresión de la extraordinaria novedad del mensaje de Jesús. Son otros tres capítulos los que merecen, en mi opinión, una atención especial, pero cada tema contiene un buen número de opiniones revelantes, producto de lecturas y reflexiones llenas de discernimiento. Una verdadera joya son la docena de páginas sobre la Transfiguración (pp. 356 y ss.): con sutiles pero convincentes alusiones a las festividades judías, aquí se muestra a Jesús como la Tora viva.
El eje del libro de Ratzinger es el capítulo sobre el Sermón de la Montaña. En esta ocasión Jesús presenta el rostro de Dios no entre los truenos del Monte Sinaí, sino en la tranquilidad de la montaña sagrada en Galilea. Las Bienaventuranzas ofrecen, en primer lugar, un retrato de Jesús, ya que se ven reflejadas en el testimonio evangélico de su pobreza, su compasión, su papel de conciliador, su aceptación de la persecución, su pureza de visión, su negativa a llegar a ningún acuerdo con el diablo. En consonancia con su visión global, Ratzinger se concentra en las actitudes espirituales presentadas por las ocho bienaventuranzas de Mateo y en lo que significa ser dichoso. Sólo una vez hecho eso se ocupa de las cuatro bienaventuranzas de Lucas, cuyo sentido realista queda indicado por los cuatro correspondientes y terroríficos «ay». «Estas palabras nos asustan» (p. 125). ¿Son estos «ay» realmente una expresión de celos y resentimiento, como mantuvo Nietzsche, de modo que el cristianismo debería ser condenado por miserable y vengativo? No, contesta Ratzinger, debe pensarse que el secreto de su moral es el rechazo del orgullo y la pompa, el vicio que los griegos conocían como hybris.
La segunda mitad del tratamiento del Sermón de la Montaña es un documento verdaderamente notable: al examinar la nueva Tora de Jesús, el papa dialoga con el libro del rabino judío estadounidense Jacob Neusner, famoso por sus voluminosos estudios rabínicos, Un rabino habla con Jesús. En este libro, muy conocido, el rabino escucha a Jesús con simpatía y respeto; posteriormente, sin embargo, decide no seguirlo sino permanecer en el seno del «eterno Israel». El primer punto clave, que Neusner aborda con perspicacia, y sobre el que quiere llamar la atención Ratzinger, es que el propio Jesús se inserta en la Tora y asume el papel de la Tora. Jesús ocupa una posición central. Jesús ocupa el lugar del Sabbath. Ordena seguir no a la Tora sino a él mismo. El cristiano no lleva el yugo de la Ley sino el ligero yugo de Jesús. Por su autoridad y su originalidad en el manejo de la Ley, Jesús muestra el rostro de Dios de un modo nuevo, formidable y sobrecogedor. Es una Ley de libertad que rompe los lazos del judaísmo. Ratzinger subraya la apertura a todas las naciones, porque la familia a que pertenece el cristiano ya no es simplemente el «eterno Israel», sino una familia que abraza a todos los pueblos, aboliendo las particularidades de Israel. Además, en las seis grandes antítesis del Sermón de la Montaña, la enseñanza de Jesús va más allá de las exactas exigencias de la Ley, aunque manteniéndose dentro de su propósito fundamental, de modo que «la responsabilidad por los pobres, las viudas y los huérfanos se eleva cada vez más al mismo rango que la exclusividad de la adoración al único Dios» (p. 158), una afirmación asombrosamente positiva.
Sigue otro capítulo relevante sobre el padrenuestro. Debe verse (como sugiere Lucas) como una oración en la que Jesús llama a sus seguidores a establecer la misma relación con su Padre que constituye la base de su propio ser. A menos que esta relación sea buena, nada puede ir bien. El amor de los esposos es tanto personal como el sostén de una comunidad y, del mismo modo, el padrenuestro es una oración de la comunidad además de ser una oración individual («Padre nuestro», «nuestro pan», «danos»), de la que Ratzinger examina, una tras otra, cada petición, frecuentemente desde un ángulo fascinante. «Nuestro pan» nos lleva a la solidaridad con los pobres y desventajados del mundo. El perdón de otros, del que depende nuestro propio perdón, comporta la autorrenovación de quien perdona, ya que el verdadero perdón toma la ofensa seriamente y requiere una dolorosa consunción del resentimiento.
Se ha recurrido repetidamente al Evangelio de Juan para explicar cómo Jesús muestra el rostro de Dios. No es sorprendente que el capítulo sobre las imágenes en el Evangelio de Juan sea uno de los mejores, aunque la veintena de páginas sobre la autoría del Evangelio supongan la única parte real­men­te floja del libro. Se tiene a Juan, hijo de Zebedeo, el «discípulo amado», por el autor literario del Evangelio. La dificultad de esto radica en la improbabilidad de que un pescador de Galilea mantuviera unos vínculos tan fuertes con Jerusalén y el sumo sacerdote como los que claramente disfrutaron el autor del Evangelio en la persona del discípulo amado. Esta dificultad se solventa mediante el ingenioso quiebro de hacer del Zebedeo un pescador-sacerdote, a caballo entre Galilea y su casa en el barrio de Essene en Jerusalén, donde Juan, como el hijo mayor de la casa, en ausencia de su padre, se sentó a la derecha de Jesús en la Última Cena (p. 268), una propuesta enormemente especulativa, a pesar de que el ar­tículo en que se apoya finalmente se publicara en una fecha tan reciente como 2002 (en Communio, una revista teológica internacional cofundada por Ratzinger en 1971). Una especulación histórica de este tipo no invalida, sin embargo, el riquísimo simbolismo que se deriva de las imágenes juaninas del agua, el vino, el pan y el pastor. Cada una de ellas es objeto de un perceptivo apunte, impregnados todos ellos tanto de imágenes bíblicas como de entendimiento humano. El último es especialmente rico. En el Antiguo Testamento el pastor había sido una imagen del cuidado de Dios, lleno de ternura. En Juan, lo que se resalta tanto al comienzo como al final del ministerio de Jesús, y que pasa a continuación a Pedro, es una imagen tanto de cuidado pastoral y conocimiento mutuo y confiado como de sacrificio personal.
Una gran parte de los materiales que han servido de fuentes para este libro serán familiares para el teólogo profesional; el autor no se adentra en nuevos caminos ni aborda una especulación original. Es, sin embargo, la meditación de un pensador profundamente reflexivo, que ha cavilado sobre los datos del Evangelio –hay un uso sorpredentemente exiguo de Pablo– y los aplica a la relación del cristiano con Jesús y con Dios. Es un privilegio estar invitados a participar de la búsqueda de Dios emprendida por una autoridad que tiene tal amplitud de miras, tal compasión y un conocimiento tan profundo de las fuentes cristianas. 

Traducción de Luis Gago

01/01/2008

 
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