ARTÍCULO

Idealismo alemán

 

Dentro de la meritoria serie de estudios filosóficos –de carácter tanto temático como histórico– que nos va ofreciendo la editorial Síntesis, no podía faltar uno dedicado al Idealismo alemán, que marca uno de los momentos claves de la historia de la filosofía. Su influjo alcanza hasta nosotros, y los estudios académicos sobre sus pensadores están renovándose continuamente al calor de las ediciones críticas y de los nuevos materiales que se publican. En esta ingente labor de recepción, el libro de José Luis Villacañas, con cierta voluntad de estilo ensayístico y de verter lo que los filósofos querían «decir de la forma más sencilla posible» (II, 36), nos ofrece una panorámica personal de los temas y aspectos que le son más queridos.

Esta síntesis personal es posible gracias a los muchos años de estudio y de publicaciones que el autor ha realizado sobre este período. Así, por ejemplo, con esa misma pasión por la labor de pensador y publicista, con opiniones propias a veces polémicas, nos había ofrecido ya un libro titulado La quiebra de la razón ilustrada. Idealismo y romanticismo (Cincel, Madrid, 1988) que, recogiendo las figuras de Lessing, Herder, Kant, Jacobi, el joven Fichte, Schiller, el primerísimo Schelling y Novalis, precede y prepara el estudio presente. Éste se centra en los tres pensadores más destacados de la época: Fichte, Schelling y Hegel, con breves apuntes sobre Reinhold, Enesidemo, Schiller, Hölderlin, Friedrich Schlegel y, sobre todo, un Jacobi en continua polémica con los tres grandes. Y, aun así, se hacen escasos los dos volúmenes y sus 600 páginas en total. El autor se ve constreñido a dejar de lado ámbitos importantes, para centrarse sobre todo en los aspectos políticos de estos pensadores, de los que gusta señalar las antinomias a las que se ven abocadas sus soluciones, dejando traslucir sus simpatías por Max Weber y Carl Schmitt. No se trata, por tanto, de una presentación académica al uso, de una visión completa y sistemática de datos y obras, como podría ser el libro de Eusebi Colomer, El pensamiento alemán de Kant a Heidegger (vol. 2, El Idealismo: Fichte, Schelling y Hegel; Herder, Barcelona, 1986, 423 págs.) o el más reciente de Félix Duque, Historia de la Filosofía Moderna. La era de la crítica (Akal, Madrid, 1998, 977 págs.), que incluye también a Kant, por citar dos casos españoles.

La presentación de los tres filósofos es cronológica, de manera que se engarzan sus etapas entre sí, y de ese modo se procura dar una expresión más adecuada del cofilosofar (symphilosophieren) en el que consistió este movimiento, un aspecto que aún podría desarrollarse más a fin de mostrar, asimismo, por qué los introducimos en el denominador común de una corriente de pensamiento. A los tres se les dedica aproximadamente la misma extensión, si bien las simpatías del autor caen más bien del lado de Hegel, y su mayor alejamiento se produce con Schelling, el políticamente más conservador. Sin duda fueron Hegel y su interpretación de esta época filosófica, aceptada básicamente también por Villacañas, los que finalmente triunfaron en la recepción de la misma, y sólo ahora a la luz de las ediciones críticas y los nuevos textos comienza a ser revisada.

Los dos primeros bloques del libro se dedican a la era del joven Fichte, sus presupuestos culturales, su formación (para la que se ofrecen interpretaciones propias) y su triunfo en Jena, que acabó con la acusación de ateísmo y su expulsión de la universidad. Aunque se dice que el Yo de Fichte es esfuerzo (Streben) y, por tanto, no causalidad absoluta (I, 97-101), Villacañas aboga en favor de la idea de que ese Yo es también creador de la materia, del mundo natural (I, 63, 70, 93-94), si bien Fichte ha aclarado que su Yo es sólo fundamento ideal del No-Yo, únicamente creador de la materia ideal, o sea, de la conciencia (de un idealismo semántico habla Philonenko); en caso contrario, se confundiría el aspecto trascendental y el óntico. Frente a la interpretación individualista de Fichte se repasan después aspectos de su filosofía moral y del derecho, en los que se capta muy bien que la relación entre los seres racionales les es constitutiva y que ésta se basa en el cuerpo y en la comunicación de sentido o educación.

El tercer bloque expone al joven Schelling y sus esfuerzos por salir de la órbita fichteana, por ejemplo con su Nueva deducción del derecho natural y su Filosofía de la naturaleza. Amplio espacio se concede a la obra principal de este período, el Sistema del idealismo trascendental (1800) (I, 189-211). No obstante, también allí Villacañas pasa por alto los desarrollos de la Filosofía de la naturaleza, una de las aportaciones centrales de Schelling, pues le produce «enojo» (I, 197) y «un tedio insuperable» (I, 191); y, sin embargo, se ha de tener en cuenta que la concepción schellingiana del organismo y, más primariamente, su deducción de la materialidad (primer paso del Sistema, y no la sensación como opina Villacañas), pasando por el momento productivo o intuitivo (y no meramente reflexivo o proyectivo, como en Kant y en Fichte) de las categorías, es la puerta de entrada hacia su propia filosofía (un idealismo ya objetivado) y a la del mismo Hegel (Villacañas tampoco tratará la filosofía de la naturaleza de éste), a la idea que ambos tienen de que el Yo fichteano surge como siguiente potenciación de esa natura naturans. De la llamada filosofía de la identidad de Schelling, el autor se demora sobre todo en las Lecciones sobre la filosofía del arte (I, 226-244), en donde sostiene acertadamente que «Schelling es bastante original y sistemático» (I, 239) (Schelling, por ejemplo, fue el primero en utilizar esa expresión de «filosofía del arte»), pero esto se tendría que cotejar con las Lecciones sobre literatura y arte de Schlegel, cuyo manuscrito Schelling leyó con gran interés y del que tomó no pocas ideas. Ya en el segundo volumen, su primer capítulo expone al joven Hegel hasta su salida de Jena. Se sostiene que «en el Sistema de la eticidad [1802-1803] está el germen verdadero del pensamiento hegeliano» (II, 61). Y después se hace un amplio análisis de las impresiones que a Hegel le produjo la obra de Schiller Wallenstein (II, 82-88), al hilo de lo cual se procede a un repaso, de las últimas partes de la Fenomenología del Espíritu (II, 89-100), donde se habla de la culpa, la fe y la comunidad.

Del segundo Fichte, Villacañas, se fija en los llamados escritos populares, con los que el filósofo da a Alemania «la conciencia de tener una oportunidad histórica» (II, 102) ante Francia y después frente a la invasión napoleónica. Las diversas formulaciones de la Doctrina de la ciencia, o sea, el trabajo propiamente metafísico de Fichte, las deja de lado, pues, nos dice, sólo sirven «para festín de los especialistas» (II, 102). Algunas ideas centrales (por ejemplo, la diferencia entre el ser y su existencia) se traslucen, sin embargo en esos escritos populares. De entre ellos el libro se para en la Iniciación a la vida bienaventurada (1806) y, más aún, en Sobre la esencia del sabio (1805). Sorprende que no se aprovechen escritos tan histórico-políticos como Filosofía de la masonería (1802-3), Los caracteres de la edad contemporánea (1807), Sobre Maquiavelo (1807) y, sobre todo, los Discursos a la nación alemana (1808), la obra más «ruidosamente» política de Fichte, en relación también con esa conciencia nacional.

Después viene el Hegel que va de Jena a Berlín, pasando por Bamberg, Nuremberg y Heidelberg. Se da buena cuenta de su toma de posición liberal en el proyecto de una nueva constitución para el Estado de Würtemberg y de su reconciliación con Jacobi a través de una reseña: para Hegel su «filosofía constituye, en pie de igualdad con la de Kant, la base de la nueva filosofía alemana» (II, 146). Pero lo más importante de ese período es la primera edición de la Enciclopedia (1817) y de la Ciencia de la lógica (1812, 1813 y 1816). Para una visión general de la lógica el autor utiliza el «concepto previo» (Vorbegriff) de la misma que aparece en los epígrafes 19ss de la Enciclopedia (II, 161-172). Presenta después algunos pasos («nosotros no podemos en esta exposición entregarnos a la tarea de exponer la lógica de Hegel», II, 153) del proceso dialéctico de las categorías lógicas (II, 172-180), y critica sobre todo la lógica del concepto subjetivo, muy alejada de los desarrollos de la lógica actual.

Cierra el segundo bloque el Schelling intermedio, el que va desde las Investigaciones sobre la esencia de la libertad humana (1809) y sus reflexiones sobre el mal hasta el proyecto acerca de Las edades del mundo (1811-1815), pasando por las lecciones de Stuttgart y la polémica con Jacobi. El autor se siente cada vez más lejano de las especulaciones schellingianas, de esa «metafísica gnóstica» (II, 211), «el más perfecto sistema de la manía-depresión que jamás se haya inventado» (II, 210). «Schelling se convirtió en un hombre inclinado a demorarse por estas regiones confusas» (II, 197), contrastando así con la opinión de Heidegger, para el cual esas Investigaciones es el libro más profundo del idealismo alemán.

El último capítulo comienza con la vida y la obra de Hegel en Berlín, poniendo de nuevo el énfasis en las cuestiones políticas y con el criterio de que «la filosofía de Hegel puede exponerse a través de los fenómenos del lenguaje y del trabajo» (II, 225). Aquí de nuevo el autor coge libre vuelo. De la antropología elige el tema de la enfermedad y la locura. Se salta la fenomenología del espíritu –la tan conocida lucha por el reconocimiento de las autoconciencias entre el señor y el siervo ya había sido tratada en la exposición del sistema de Jena (II, 51-57)– y la psicología, y aterriza en la eticidad (pasando por alto el derecho abstracto y la moralidad), para la que utiliza el texto de la Filosofía del derecho. La sociedad civil, con su lucha de intereses económicos, individuales y excluyentes, y su capitalismo, es para el autor el lugar de la locura frente a la solidaridad de la familia y del Estado. Villacañas protesta de que «se permita que en el centro de la sociedad se despedacen los hombres en la lucha por la solución de necesidades» (II, 234), y Hegel le contestaría que ese es el necesario momento negativo y antitético de la eticidad, y que incluso ahí se dan elementos solidarios (la asistencia y las corporaciones). Villacañas exige que se piense el trabajo también en las otras esferas del Espíritu objetivo y del absoluto, a lo que Hegel respondería que el trabajo del Espíritu está presente en todas sus etapas en diferentes figuras.

El libro acaba con la última etapa de la vida y obra de Schelling en Múnich y en Berlín y su progresivo conservadurismo. Dejando de lado la Filosofía de la mitología, Villacañas nos hace una presentación somera de los primeros momentos de la Filosofía de la revelación, en la que la existencia se opone al concepto (según Kant y contra Hegel, no contra Fichte como él supone) y se piensa el acto de creación como una libre decisión de Dios, no como necesidad racional (en contra también de Hegel) sino de una radical historicidad, manteniendo así la trascendencia divina. «Naturalmente, esta es una parte de la última filosofía de Schelling. Su totalidad, quizás pueda narrarla en otra ocasión» (II, 318). Sin duda, la masa de libros y de pensamientos que se ha tenido que mover y digerir para confeccionar este libro es ingente y admirable, y no podemos sino animar a estos laboriosos trabajadores en tiempos de prisas e inmediateces.

01/11/2002

 
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