ARTÍCULO

El futuro como nostalgia

 

El 17 de septiembre de 1944, uno de los dirigentes comunistas de mayor relieve, Giancarlo Pajetta, escribía en el órgano del partido, L’Unità, un artículo titulado «Riconquistare dei figli a l’Italia», que el 27 de octubre fue seguido de otro con un encabezamiento aún más significativo: «Compagni di lotta». Ambos iban dirigidos a ganar, para la causa del movimiento nacional-popular, a los jóvenes fascistas que habían emprendido el camino de defender su particular idea de la revolución, no habiendo conocido otra experiencia dominante de propuesta, retórica y «espectáculo» de una movilización transformadora, en sus años de formación intelectual y afectiva, que la ofrecida por el régimen de Mussolini. Unos años atrás, en agosto de 1936, la firma de Palmiro Togliatti encabezaba un manifiesto, «Per la salvezza dell’ Italia, riconciliazione del popolo italiano!», en el que se llamaba a los jóvenes fascistas críticos, animados por una falsa radicalización del régimen, a hacer cumplir el programa inicial de los Fasci di Combattimento, aprobado en Milán a comienzos de 1919, que los comunistas estaban dispuestos a convertir en una base inicial de acuerdo.
Estos datos, ofrecidos, respectivamente, por los libros de Giuseppe Parlato y Paolo Buchignani que van a comentarse, no resultan nuevos, ni siquiera en la obra de dos autoresPaolo Buchignani, Fascisti rossi. Da Salò al PCI, la storia sconosciuta di una migrazione politica, 1943-1953, Milán, Mondadori, 1998; Giuseppe Parlato, La sinistra fascista. Storia di un progetto mancato, Milán, Mondadori, 2000. que han prestado especial interés a los aspectos de «transversalidad» que pueden hallarse en la experiencia de una generación cuyo combate compartió algunos rasgos de destrucción del orden burgués existente. Las experiencias, por otro lado, no son sólo italianas. Pueden mostrarnos la coincidencia de campo a la hora de localizar a un presunto adversario común situado en ese espacio de inconformismo a izquierda y derecha del sistema liberal; un lugar de oposición ideológica difusa que había de dar título a la obra clásica de Jean-Louis Loubet del Bayle, dedicada a algunos de los grupos que trataron de formular una «tercera vía» en la Francia de los años de entreguerrasJean-Louis Loubet del Bayle, Les non-conformistes des années 30. Une tentative de renouvellement de la pensée politique française, París, Senil, 1969.. En el caso español, el caso de Ramiro Ledesma y sus compañeros de breve aventura en La conquista del Estado podría mostrar una fascinación similar por temas comunes que llevaban a reconocer, como ocurría con los sectores radicales del fascismo latino, el papel desempeñado por la Unión Soviética de los años treinta, convertida en un nacionalismo popular y social, una vez superadas las «desviaciones» ortodoxas de Lenin y TrotskyA este respecto, me permito citar los dos estudios que he escrito sobre Ledesma, Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español, Madrid, Síntesis, 2005 (recensionado por Ricardo Martín de la Guardia en Revista de Libros, núm. 110 (febrero de 2006), pp. 12-13), y «La realidad y el deseo. Ramiro Ledesma Ramos y los orígenes del fascismo», en Ferran Gallego y Francisco Morente (eds.), Fascismo en España. Ensayos sobre los orígenes sociales y culturales del franquismo, Barcelona, El Viejo Topo, 2005. No creo que esta coincidencia de adversario establezca un nivel de complicidad como el que nuestros autores han llegado a recalcar, uno de los puntos en que se centrará mi crítica a su trabajo, por lo demás tan estimulante como documentado y riguroso. Por el contrario, en el mismo tipo de denuncia del régimen demoliberal planteado por el fascismo se encuentra ya la discrepancia con la izquierda revolucionaria de su tiempo. Algo que explica su elección de campo en los momentos críticos, a uno u otro lado de la trinchera. Salvo algunos casos de paso de una a otra zona del espectro ideológico antiliberal, lo más normal fue que tales episodios no constituyeran una experiencia generacional, sino una serie de relevantes experiencias individuales. Algo que no significa limitar la extensión y rotundidad de la crítica al régimen, sino evitar una profundidad de afinidades electivas que suelen estar más en la impresión de los historiadores que en las pulsiones de los contemporáneos. Y, para mostrar la importancia de esta actitud «alternativa» que podía moverse en las afueras del «sistema», no hay más que ver los casos de Doriot, Déat y Bergery, estudiados por Philippe Burrin, en los que se mostraba el paso dado hacia el fascismo desde diversas posiciones de la izquierda por quienes habían sido dirigentes de la mismaPhilippe Burrin, La dérive fasciste. Doriot, Déat, Bergery, 1933-1945, París, Senil, 1986.
Los tres libros comentados nos ofrecen una perspectiva de continuidad muy atractiva, quizás por la forma en que abordan de forma autónoma fases diferentes de un proceso que es el desarrollo del fascismo en su época, pero también la tensión inicial que habría de desarrollar los impulsos culturales de la misma o los esfuerzos por sostener, ya en una fase agónica, los valores en los que había creído una parte sustancial de los italianos, algunos de los cuales experimentaron toda su formación intelectual y afectiva en el marco de esa larga experiencia del ventennio y su prolongación en la República de Salò. La autonomía de los libros que el estudio de Baravelli se dedique esencialmente a la legitimación de toda actividad social y, en especial, de cualquier voluntad representativa, de acuerdo con las posiciones tomadas en el período de una guerra con victoria decepcionante incluida; que el de Buchignani se oriente al análisis exclusivo del fascismo como experiencia radical de una generación que se consideró creadora de una nueva civilización gestada en un proceso de permanencia de rituales y realizaciones revolucionarios; y que el de Parlato se centre en las líneas de resistencia ofrecidas por viejos o nuevos fascistas para mantener la fiamma que habrá de arder en el emblema del Movimiento Social Italiano (MSI) en la segunda parte del siglo XX, sosteniendo una permanente tensión entre la nostalgia de la restauración y la mezcla de coraje y astucia que contienen los procesos de adaptación que nunca ignoran la función legitimadora, indispensable, que tiene para ellos un determinado origen.
El fascismo procedió directamente de la Gran Guerra, aunque ésta hubiera catalizado una crisis iniciada en el último tercio del siglo XIX. Como fenómeno de socialización, que condujo a una fractura causada por la movilización total de poblaciones en un episodio inédito, la Gran Guerra diseñó la cartografía moral de experiencias sobre las que el fascismo habría de desarrollarse. Andrea Baravelli ya había tratado de la relación entre el fascismo y los efectos de la «victoria mutilada» en ItaliaAndrea Bavarelli, Tra Grande Guerra e fascismo. Uomini e «territori» della politica nella prima metà degli anni Venti, Cesena, Pontevecchio, 2004., sumándose a lo que ya se ha convertido en un lugar común en la historiografía del fascismo italiano, pero también de la crisis de la posguerra en su conjunto. Ello ocurre con los países derrotados como Alemania, en los que trabajos como los de Roger Wood o de George L. Mosse señalaron la brutalización del conflicto como tejido que permitía arropar ideológicamente a la contrarrevolución alemanaRoger Woods, The Conservative Revolution in the Weimar Republic, Londres, Mac Millan, 1996; George L. Mosse, Fallen Soldiers. Reshaping the Memory of the World Wars, Oxford, University Press, 1990.. Pero también en los que triunfaron, como lo han mostrado los estudios de Stéphane Audoin-Rouzeau o Annette Becker, dedicados a examinar los elementos conmemorativos que crearon una identidad de la victoria para la Tercera República francesa, aunque sus elementos nucleares, cargados de resentimiento contra el invasor alemán, acabarían fabricando un arquetipo que coincidiría con el que el nacionalismo de Maurras, Bourget o Barrès había construido en el cruce entre los siglos XIX y XXAnnette Becker, Les monuments aux morts, miroir de la Grande Guerre. París, Errance, 1988; íd., La guerra et la foi. De la mort à la mémoire, París, Armand Colin, 1994; Stéphane Audoin-Rouzeau, La France dans la guerre, París, Armand Colin, 1989; íd., L’enfant de l’ennemi, 1914-1918. Viol, avortement et infanticide pendant la Grande Guerre, París, Aubier, 1995. La vittoria smarrita, sin referirse exclusivamente al fascismo, muestra la traslación al espacio parlamentario de una legitimación de la política a través de la guerra, examinando las reformas electorales, las campañas realizadas y los temas claves de movilización, así como los discursos realizados en los tres procesos llevados en la dopoguerra. Un proceso de legitimación que podía implicar el reencuentro de los italianos con una nación puesta en armas, los debates acerca del conflicto –como la oposición a la intervención de giolittianos y socialistas– llevaron más bien a certificar la fractura del país, a desmantelar las bases de su legitimidad política y a fijar el esbozo de un nuevo mecanismo de derecho a ser representante de la nación que se vinculaba al carácter de ex combatiente. Ese nuevo sujeto histórico pasaba a ser un sustituto necesario, para un proyecto político alternativo al de la clase obrera socialista, de lo que debía significar un nuevo nacionalismo, basado precisamente en la previa realización de la patria a través de la experiencia de las trincheras. Sólo Mussolini y sus seguidores, una vez eliminada la competencia combatiente de D’Annunzio, estaban en posición de representar –en el sentido más escénico de la palabra– lo que significaba la nueva configuración de la política.
Paolo Buchignani nos ofrece el libro central de este comentario, al examinar el desarrollo del movimiento y del régimen a través de las posiciones adoptadas, por lo que, más que izquierda, él prefiere denominar ahora «fascismo radical», en una opción más aconsejable, por la prudencia y, al mismo tiempo, la precisión del término. Uno de los valores más destacados del libro es su capacidad de comprender el conjunto de una experiencia analizando con lucidez una de sus facetas; es decir, la forma en que el fascismo radical pasa a ser una parte del mismo proyecto, que no entra en contradicción abierta con otros sectores, sino que puede y debe entenderse como un flanco que permite que el conjunto funcione. Se trata de la necesidad de que el fascismo pudiera presentarse como revolución para poder realizar las tareas contrarrevolucionarias; la seguridad de que solamente la construcción de una utopía imperial, nacional-popular, que permitiera la integración del pueblo y el Estado, que ofreciera la superación del conflicto social a través del sistema corporativo, podía ganar a generaciones de jóvenes fascistas. Únicamente edificando esta representación de un nuevo patriotismo integrador, creador del hombre nuevo en una nueva comunidad solidaria, el fascismo podía hablar en nombre de una nueva Italia y legitimar su propia presencia en el poder con carácter permanente. Sólo presentándose como civilización que venía a interrumpir un proceso de decadencia y un fracaso de realización nacional en el Risorgimento burgués, el fascismo podía aparecer como propuesta de futuro y no como mera reacción provisional ante un desorden posbélico precario.
Buchignani ha expuesto la tesis de la utilidad de este radicalismo de la forma más adecuada para un historiador: analizando un proceso, pautando las etapas en que tal faceta del movimiento y, en especial, del régimen, pasa a una primera fila o se retira a los campamentos de invierno donde habita mucho más que el olvido. Porque, incluso cuando los radicales son derrotados políticamente en la etapa de estabilización que sigue a la imposición de la dictadura tras el discurso de Mussolini en enero de 1925, la dedicación a la cultura no es un refugio de sombra, sino un espacio de acumulación primitiva de capital ideológico. La Roma vanguardista en la que Bontempelli, Da Libero, Gallian o Barbaro publican órganos donde puede leerse lo mejor de la literatura europea, se completa con la teorización del provincialismo radical, del «tradicionalismo revolucionario» que puede encarnar Suckert-Malaparte como en España podía encarnarlo un Giménez Caballero que, no por casualidad, tradujo un libro del director de La conquista dello Stato poniéndole el curioso y expresivo título de En torno al casticismo italiano.
Tras la derrota política que siguió a la crisis Matteotti, el Duce habría de afrontar la década de los treinta mediante una vuelta de tuerca para su poder absoluto, necesitando para ello de los recursos obtenidos en la reflexión ideológica del fascismo radical durante los cinco años anteriores. Cuando Mussolini habló, en agosto de 1929, de la apertura de un terzo tempo que seguía a la captura del poder en 1922 y a la homogeneización posterior del régimen a través de la dictadura, podía referirse a un país cuyas estructuras políticas controlaba, pero donde precisaba de las labores de justificación teórica que solamente podían ofrecerle los «revolucionarios en camisa negra» como un Berto Ricci había denunciado desde L’Universale el «pequeño nacionalismo» de las viejas patrias y defendido la idea imperial, o un Minno Maccari en la tradición de Il Selvaggio. Además, naturalmente, de lo que el intelectual con más poder en las estructuras del régimen, Giuseppe Bottai, podía ofrecer desde la revista Critica Fascista y desde su nuevo cargo de ministro de las Corporaciones.
A partir de la incitación de Mussolini, en una de sus arriesgadas apuestas para obtener un incremento del poder del Estado siendo, al mismo tiempo, garantía de los conservadores y dirigente de los extremistas; a partir de una propuesta realizada cuando el Duce parecía dispuesto a realizar aquellas concesiones que permitieran a los radicales recuperar su confianza en el engranaje fascista como cauce institucional –puesto que nunca habían dejado de tenerla en el fascismo como ideología–, fue posible que se lanzara la ofensiva que sólo habría de detenerse, mediante su propia confirmación, con el estallido de la guerra de Abisinia, de la de España y de la europea. Antes de lanzarse a las reformas sociales que habrían de encarar la crisis de 1929 y tender a la superación del liberalismo económico, el Convenio de Ferrara sobre corporativismo de 1932 había permitido que los defensores más acérrimos de este sistema, en especial Ugo Spirito, propusieran hacer de las Corporaciones el marco de una organización del capitalismo que tendiera a su lenta superación. Tanto en el ánimo de este teórico como en el de Bottai podía encontrarse la defensa de una vía de planificación que pronto habría de encontrar dos resistencias opuestas. Por un lado, la de los sindicalistas como Rossoni, recelosos de que el salto hacia un corporativismo como base exclusiva de la vida económica liquidara la necesidad del sindicato como órgano de clase. Por otro, la de quienes, desde las filas del partido –ya fuera desde las más conservadoras o las más radicales–, pudieran ver en el proceso de difuminación del partido a manos del sindicalismo una abdicación de la función dirigente de aquél. La discusión que siguió a las intervenciones de Spirito habría de salir al paso de un modelo social «sovietizante» que el propio Mussolini nunca se había propuesto, como bien lo demostraría la destitución de Bottai como ministro de Corporaciones.
La batalla por una transformación interna que hiciera de la representación corporativa la auténtica realización de la revolución fascista en su aspecto social se acompañaba del debate acerca de convertir las Corporaciones, a expensas del partido, en la vía exclusiva o preferente de representación política de los italianos. El antiguo productivismo de los inicios del movimiento pasaba a plantearse como un esquema institucional que establecía la identidad entre ciudadanía y pueblo trabajador, en una aceptación del prestigio de la democracia corporativa –o del desprestigio de la democracia parlamentaria– que el período de entreguerras contemplaría en versiones bien distintas. Que el anarcosindicalismo, el sindicalismo revolucionario o el sistema soviético de representación se tuvieran por formas más desarrolladas, actuales y «auténticas» de presencia del pueblo en las instituciones, yendo hacia la eliminación de la divergencia entre Estado y sociedad, establece este curioso punto en común entre los críticos de la democracia. La voluntad de «desbordar» al bolchevismo ofreciendo un sistema de integración nacional no se presenta solamente en el ámbito productivo, sino en el de convertir el corporativismo en un modelo institucionalFrancesco Perfetti, La Camera dei fasci e delle corporazioni, Roma, Bonacci, 1991.. Más que eso, para los fascistas que no tardarán en ver la guerra de 1940 como un nuevo episodio revolucionario, el fascismo está pasando a cumplir, por fin, los objetivos de un imperio popular, que hacia dentro implica el corporativismo, mientras que hacia fuera implica la superación de la diplomacia burguesa. La radicalización del régimen se acompaña, mucho antes de la experiencia de Salò –presentada tantas veces como una ruptura foránea sin lógica interna en Italia–, de la expansión de un discurso antiburgués que llevará al PCI a proclamar lo que se decía al comienzo de este comentario: una juventud italiana convocada por un movimiento nacional-popular puede poner en problemas a un régimen al que obligue a cumplir su propio programa revolucionario original. Sin embargo, antes se indicaba que tal coincidencia con otros revolucionarios no puede establecer la transversalidad como proyecto generacional. La crítica a la sociedad burguesa realizada por el fascismo va acompañada de una alternativa heroica, nietzscheana, imperialista, jerárquica, comunitaria y, antes de que lleguen las leyes antisemitas de 1938, de un tono racista, que poco tendrá que ver con las propuestas revolucionarias e incluso reformistas «fuertes» que se producen en el socialismo o en el sindicalismo revolucionario, por no hablar de una tradición liberal radical que tratará de expresarse como cultura libertaria al margen de estas corrientes obreristas, y que puede considerarse como la versión italiana de un regeneracionismo populista liberal radical.
Los trabajos más conocidos acerca del Movimiento Social Italiano han orientado nuestro interés acerca del neofascismo en los años de consolidación del partido, especialmente en la segunda década de la Primera RepúblicaPiero Ignazi, Il polo escluso. Profilo storico del Movimento Sociale Italiano, Bolonia, Il Mulino,1989; Marco Tarchi, Dal Msi ad An. Organizzazione e strategie, Bolonia, Il Mulino, 1997; Ferran Gallego, Neofascistas. Democracia y extrema derecha en Francia e Italia, Barcelona, Plaza & Janés, 2004.. El libro de Parlato nos lleva a unas raíces estudiadas hasta ahora casi exclusivamente por quienes fueron protagonistas de los esfuerzos para reconstruir el régimen fascista en el mismo momento en que se producía la invasión de Italia por los aliados, en septiembre de 1943. Las páginas dedicadas a los movimientos de resistencia organizados en Sicilia y Nápoles por un personaje tan peculiar como Valerio Pignatelli o por personas muy jóvenes que sufrieron la inmediata represión de los ocupantes, como Dino Grammatico o Maria d’Alì, destruye la versión de una red limitada a los viejos funcionarios del régimen. Nos expone la movilización de una generación formada en el fascismo y que era convocada a la defensa de una nación sobre la que se cernía la ocupación extranjera. Episodios de sublevación popular como los de Catania o Zafferana indican un juego de espejos de desconfianza mutua: los habitantes que veían en los angloamericanos unos invasores que trataban a Italia como país a vencer y a ocupar, y las tropas aliadas que, por vez primera, pisaban un territorio hostil, aun cuando su Gobierno se hubiera rendido, que durante veinte años había convivido con la más antigua de las dictaduras fascistas y muchos de cuyos ciudadanos eran conscientes de haber sido derrotados, aunque no convencidos de la maldad del régimen anterior. En definitiva, no se trataba de una liberación que permitía arrancar una superestructura artificiosa, sino de un campo más complejo, en el que el cansancio y las penalidades de la guerra desempeñaban una función tan importante en el desarraigo del régimen de Mussolini como podía serlo en algunas franjas de la población su oposición ideológica de principio. No ha sido abundante el trabajo realizado en la historiografía italiana para analizar esta base de prestigio de la que aún podía gozar el régimen en los primeros momentos de la invasión, como tampoco la visión de la misma que podía tenerse desde sectores nacionalistas, patrióticos, que llevaban tres años combatiendo no sólo contra determinados países, sino contra la concepción de la vida social que éstos representaban frente al proyecto fascista para Europa. Al no tener en cuenta que la fragilidad de la resistencia no puede separarse del agotamiento físico en el que se hallaba la población, el riesgo de considerar una mera anécdota lo sucedido en el sur pasa a deformar por su propia lógica lo que se da en la República de Salò.
Aun cuando las esperanzas que podían alimentar sus defensores resultaban escasamente operativas, dado el profundo desengaño de la población por el terrible coste de la guerra (algo que desguazó las pretensiones protectoras del régimen fascista con respecto al pueblo italiano), y aunque la resistencia resultara ilusoria cuando las condiciones generales de la guerra estaban avanzando en todos los frentes contra las potencias del Eje, Parlato indica hasta qué punto la República Social dispuso aún de una capacidad de reclutamiento que no puede achacarse a la simple manipulación o al terror, sino a la existencia de un sector de la juventud cuyo único conocimiento de la realidad social era la que el fascismo le había ofrecido. Una juventud que solamente había podido escuchar las nociones de patriotismo, abnegación y solidaridad nacional de la mano del régimen mussoliniano, y que junto con la mayor parte de la población había saludado los fáciles éxitos de los aliados alemanes, así como los beneficios colaterales obtenidos en los Balcanes por el ejército italiano. Ese bloqueo de una versión alternativa de patriotismo, de irredentismo defendido desde posiciones democráticas, de cohesión social ajena al proceso ingente de socialización llevado por el sistema educativo italiano, capturaría a aquellos «balillas» que, como reza el título de un libro clásico, marcharon a Salò incluso a cercare la bella morte. No es desdeñable el proceso de coincidencia de diversos sectores ideológicos en una escala general, basada en el eje del patriotismo sedimentado por años en los que el nacionalismo había sido el basamento del discurso del régimen, aunque también había estado presente en las propuestas de reconstrucción nacional de la oposición democrática e incluso del Partido Comunista. Sin embargo, en un comentario acerca de los orígenes del neofascismo italiano, interesa más la realidad de un pequeño fragmento de la sociedad que interpretó el patriotismo en los márgenes estrictos heredados de la cultura del régimen en su versión más radicalizada.
Así, tras la jornada de las ejecuciones del 25 de abril, cuando los principales jerarcas del régimen fueron liquidados por los partisanos, se inició la vida de lo que el historiador italiano ha colocado en el título de su libro: Fascisti senza Mussolini, algo que ni siquiera es lo mismo, como bien recuerda Parlato, que fascisti dopo Mussolini. En este último caso, el después tiene un valor cronológico que sepulta la rotundidad emotiva y política de la primera preposición. El sentimiento de orfandad en un movimiento carismático como el fascismo es de comprensión indispensable y puede aparecer en todos los casos examinados en los que el líder cae: la Alemania de los Wervolf, la España de los falangistas sin José Antonio, la Rumanía de la Guardia de Hierro sin Codreanu. Si la muerte ha ocupado un espacio de cohesión en la trayectoria del fascismo, cubriendo los rituales de oraciones por los caídos y canciones funerarias, cuando se produce la caída del régimen y, al mismo tiempo, la muerte del líder que lo ha creado y encarnado, el estupor puede sustituir a los elementos de dinamismo que contienen los homenajes: puede ser un elemento de desmoralización, no de movilización. Y la ominosa muerte de Mussolini, exhibido e injuriado en la Piazza Loreto de Milán, parece contener todos los elementos de inversión de los rituales conmemorativos de exaltación. Debería considerarse cómo esa misma celebración de la muerte en la cultura fascista pasa a ser determinante para debilitar los esfuerzos de su restauración, cuando el fallecimiento ha apresado, de forma heroica o ignominiosa, a quien ha sabido convertirla en un factor de fuerza. Las virtudes homeopáticas de una liturgia cuidadosamente administrada pasan a convertirse en la silenciosa turbulencia de una infección con vida propia, ajena al organismo, en una soberanía que se alimenta de ese desorden orgánico. El paso masivo de las bases del fascismo a los espacios mejor atemperados del Partido Monárquico, de l’Uomo Qualunque o de la Democracia Cristiana, no puede separarse de ese elemento escenográfico esencial para la ideología cautiva y desarmada.
La prueba de ese desorden se muestra en las acciones autónomas, desesperadas, de mera exhibición y altisonante recuerdo que son planteadas por los grupos de combate neofascistas. Los actos destinados a que la población pueda escuchar Giovinezza capturando una emisora, el reparto de octavillas de grupos diversos que se reclaman la mera continuación local o nacional del viejo Partido Nacional Fascista, etc., no son más que ese ritmo inicial de espera, similar al que se produce en la reorganización institucional propiciada por las fuerzas democráticas del país. El carácter militarizado de las acciones, en manos de antiguos combatientes de las X MAS de Julio Valerio Borghese, así como la formación de organizaciones secretas como la PDM, que ostenta las siglas de Puccio Pucci y Aniceto Del Massa, pueden indicarnos la precariedad de un movimiento que espera lo que, realmente, habrá de ser la baza del Movimiento Social Italiano a lo largo de su existencia, lo que le permitirá distinguirse de la ausencia de partidos neofascistas en países europeos donde esta fuerza ha sido considerable en el período de entreguerras. El factor al que me refiero es la necesidad que pueden tener las instituciones de la naciente Primera República para controlar esa zona, por motivos muy distintos. Por ejemplo, los que se refieren a la necesidad de ofrecer una amnistía para contentar a un Vaticano aún vinculado a la convivencia con el régimen caído, cuando el principal partido que está organizándose es la Democracia Cristiana y cuando el pontífice es una persona como Pío XII, cuyo anticomunismo es de una meridiana claridad, como lo es la jerarquización de los adversarios políticos de la Iglesia, que ya no se encuentran en el liberalismo laico y doctrinario de los inicios de siglo, sino básicamente un marxismo identificado, en los años de la Guerra Fría, con el comunismo y las experiencias de la Europa oriental en el ánimo de la curia vaticana. Una segunda cuestión es la que puede llevar a la misma izquierda –y, en especial, al PCI– a otorgar una amnistía que permita al neofascismo desvincularse de una defensa cerrada de la monarquía, rompiendo una oposición que era de singular potencia en aquel momento, como lo demostraría el resultado del referéndum de junio de 1946. Un tercer motivo podía encontrarse en el interés de la Democracia Cristiana por disponer de una derecha legal claramente vinculada a la herencia del fascismo, que renunciara a los métodos violentos y pudiera ser controlada, mientras esta misma existencia permitía que el partido de De Gasperi se «centrara», compensando el paso masivo de una base electoral y militante de antiguos miembros del fascismo a la organización católica. De esta forma, mientras se mantenía un «polo excluido» por la vía de negar al neofascismo organizado cualquier forma de reconocimiento en lo que pudiera referirse a pactos en el Parlamento central, el partido hegemónico del régimen podía aparecer libre de cualquier contaminación de ese nivel, concentrándose el neofascismo en una organización específica que se consideraba ajena al código genético del nuevo sistema.
Las complejas y multipolares negociaciones que debieron llevarse adelante para poder crear ese recinto de primitiva e inevitable nostalgia, pero también de utilidad para plantear una focalización exculpatoria –desde el punto de vista democristiano– y la posibilidad de un frente amplio de la derecha anticomunista –desde el punto de vista de la extrema derecha– son revisadas minuciosamente en el texto de Parlato, que también examina las discrepancias producidas en el interior del partido, diferencias internas que no lo abandonarían hasta su disolución. Porque, al fundarse finalmente el Movimiento Social Italiano, en diciembre de 1946, dirigentes como Giorgio Almirante o Pino Romualdi estaban apostando por un camino que no comenzó a aclararse hasta las elecciones de 1953, las segundas a las que pudo presentarse el partido a escala nacional. Antes de ellas, el MSI obtuvo solamente seis diputados en el polarizado enfrentamiento de 1948, que inclinó a casi toda la derecha italiana a votar a la Democracia Cristiana para evitar el triunfo del Frente Democrático Popular. El partido había conseguido imponerse a sus adversarios en el mismo campo en 1947, en las elecciones administrativas de Roma, especialmente al peligroso Movimiento Nacionalista por la Democracia Social de Emilio Patrissi. Una vez impuesto como partido que pasaba a representar a la totalidad real del neofascismo, fueron disolviéndose los grupos de resistencia que se habían creado a medida que el territorio italiano iba siendo liberado por las tropas angloamericanas.
La obtención de esa representación iba acompañada, sin embargo, de dos elementos desfavorables. El primero de ellos era que Almirante, al hacerse cargo del partido como una figura menor que no había de suscitar los recelos de las autoridades –de hecho, pronto sería sustituido por De Marsanich–, defendió una línea de intransigencia destinada a evitar contaminaciones entre los «misinos». Almirante llegaría a ser confundido con el líder de un ala «radical» del partido durante los años sesenta cuando, en realidad, representaba –como habría de demostrarlo en 1972, al fundirse con los monárquicos y formar la Derecha Nacional– una posición que deseaba sostener la ambigüedad entre dirigir un partido al servicio de la clase media de orden, conservadora, católica y anticomunista, mientras se permitía lanzar consignas contra el sistema que le ayudaran a no perder una franja que reunía a los nostálgicos y, más tarde, a un neofascismo radical. El segundo de los elementos fue, desde el primer momento, la existencia de las diversas facetas del fascismo de los años de entreguerras, con un ala «social» dirigida por Ernesto Massi, un sector de «tradicionalismo» seguidor del filósofo Julius Evola, el núcleo corporativista ortodoxo de Almirante y algunos sectores de una derecha autoritaria, entre los que podría encontrarse De Marsanich. Por ello, no tardaría en hacerse con las riendas del partido una figura «centrista» como Arturo Michelini, que apenas había brillado en la constelación del ventennio, pero que fue capaz de agrupar de forma permanente a las diversas expresiones de un partido de excluidos del nuevo sistema, permitiendo que un millón de italianos se mantuvieran, bajo la consigna de «ni renegar ni restaurar», en un partido cuya estrategia era ser aceptado en un amplio frente de la derecha, lo que el propio MSI conocería como inserimento, y cuya fortuna habría de esperar a la caída de la República y a la constitución de Alianza Nacional.
Tres libros se han sumado, así, al conocimiento de un proceso reconocido en el preámbulo de la Gran Guerra, en la consolidación de valores como normalidad de conducta política, base de legitimidad y creadora de sujetos sociales nuevos, y en las vicisitudes de un régimen mirado desde quienes militaron en sus franjas más radicales o, según ellos mismos, más «auténticas». Más allá de una experiencia que podía parecer concluida en 1945, nos indican cómo las distintas configuraciones adquiridas desde 1919 hubieron de extenderse más allá de la derrota, cuando parecía haber concluido la época del fascismo y cuando el MSI pasó a agrupar a quienes buscaban una configuración inédita para situar valores semejantes en tiempos distintos. Aunque –en el libro de Parlato– sólo se trate de cómo empezó un movimiento que ha ido perdurando hasta nuestros días, nos sirve como indicador de la necesaria atención a los equilibrios entre continuidades y rupturas que deben caracterizar los análisis del historiador.

01/02/2008

 
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