ARTÍCULO

Los endebles cimientos del monumento foucaultiano

Routledge, Abingdon
Trad. ing. de Jonathan Murphy y Jean Khalfa
 

Historia de la locura en la época clásica es el libro que sirvió para impulsar la carrera de Michel Foucault como uno de los intelectuales más relevantes de la segunda mitad del si­glo XX. No era su primer libro; lo había sido un volumen mucho más corto, Maladie mentale et personnalité, que había aparecido siete años antes, en 1954, tras una época de depresión y un intento de suicidio. (En inglés se publicó una traducción de la segunda edición de ese tratado, a pesar de las vehementes objeciones de Foucault.) Pero Historia de la locura fue la primera de sus obras que despertó una gran atención, primero en Francia, y unos años después en el mundo anglófono. Más tarde llegarían sus numerosos libros dedicados a la «arqueología» de las ciencias humanas, el castigo en el mundo moderno, la nueva «mirada» médica de la medicina hospitalaria parisina o la historia del sexo: toda la vasta obra que consti­tuía su deconstrucción de la Ilustración y sus valores y que sirvió para poner en marcha la industria foucaultiana, influyendo en, y en ocasiones aprehendiendo, ámbitos completos de investigación filosófica, literaria y sociológica.
Pero en el principio fue la Locura, un libro introducido en el mundo anglófono por una figura que entonces tenía su propio estatus de icono, el psiquiatra escocés renegado Ronald David Laing. Fue Laing, fascinado por el existencialismo y otras cosas francesas, quien recomendó el proyecto a Tavistock Press, tildándolo de «un libro excepcional [...] brillantemente escrito, intelectualmente riguroso, y con una tesis que socava por completo los axiomas de la psiquiatría tradicional». En aquellos tiempos, su imprimatur contaba mucho.
En su versión inglesa, al menos, la historia de la locura de Foucault tenía un gran mérito para un libro que daba a conocer a un autor difícil y entonces desconocido, alguien que trabajaba en una tradición intelectual que era no sólo ajena a los lenguajes de la mayoría de los anglófonos, sino que estaba también muy alejada de sus intereses o simpatías. Ese mérito era la brevedad, una cualidad deliciosa, poco valorada por la mayoría de los académicos. Breve pero amplio, abarcando la totalidad del encuentro occidental con la sinrazón desde la Baja Edad Media hasta la llegada del psicoanálisis, el libro también contaba en su primera encarnación inglesa con un título maravilloso. Madness and Civilization (Locura y civilización) anunciaba su mercancía mucho más eficazmente que su pesado equivalente francés: Folie et déraison: Histoire de la folie à l’âge classique. No está claro de dónde procedía la nueva denominación, si del propio Foucault, de Laing, del editor o del primer traductor, Richard Howard; pero se trataba de un libro presentado admirablemente, de un modo deslumbrante y provocador, y concebido para despertar el interés de casi cualquier persona que se topara con él.
Madness and Civilization no era simplemente breve: carecía de todas las trabas del aparato de la moderna erudición. Lo que apareció en 1965 era un texto truncado, desprovisto de varios capítulos, pero también del millar largo de notas a pie de página que decoraban la primera edición francesa. El propio Foucault había abreviado el grueso volumen que constituía su tesis doctoral para producir una pequeña edición francesa de bolsillo, y fue esta versión (que se contentaba con unas cuantas referencias y unas pocas páginas adicionales del texto original) la que se tradujo. Podía leerse en unas horas, y aunque afirmaciones de un alcance extraordinario se sustentaban en una base empírica poco firme, no era quizás algo que se pusiera de manifiesto de inmediato. Los placeres de una reinterpretación radical del lugar de la psiquiatría en el mundo moderno (e, implícitamente, de todo el proyecto de la Ilustración para glorificar la razón) podían absorberse en muy poco tiempo. Cualesquiera dudas que pudieran aflorar sobre las afirmaciones contenidas en el libro podían siempre disiparse con gestos hacia una edición francesa mucho más voluminosa y más solemne: un tomo gigantesco que era muy improbable, por no decir imposible, que consultaran los lectores ingleses monóglotas, aun suponiendo que pudieran haber puesto sus manos sobre un ejemplar.
Nada de esto parece haber provocado que las tesis contenidas en el libro resulten poco convincentes, al menos para unos lectores devotos. Lo cierto es que aquí se presenta un mundo vuelto del revés. Foucault rechaza las cacareadas conexiones de la psiquiatría con el progreso; rechaza el saber recibido sobre la locura y el mundo moderno. Generación tras generación se habían cantado himnos al movimiento doble que se llevaba a los locos de entre nosotros y los relegaba al nuevo mundo del manicomio, apresando a la propia locura para la ciencia de los médicos; Foucault proponía la interpretación contraria. La «liberación» de los ­locos de los grilletes de la superstición y el abandono era, proclamaba, algo muy distinto: «una gigantesca prisión moral». La frase sigue resonando. Aunque la postura muy escéptica, por no decir hostil, que condensa pasó a dominar cuatro décadas de historiografía revisionista de la psiquiatría, existe una tentación natural de atribuir el clima intelectual diverso, se piense lo que se piense de él, a la influencia del carismático francés. Pero, ¿es así? En los años sesenta hubo, al fin y al cabo, montones de fuentes de escepticismo autóctonas, las cuales debilitaron, por separado, la visión de la psiquiatría como un empeño científico inequívocamente libe-rador.
No es, a la postre, como si una perspectiva así no se hubiera puesto nunca en entredicho. A las pretensiones de los psiquiatras raras veces se les ha dado vía libre. Sus hermanos médicos han tenido siempre la tentación de verlos como hechiceros y pseudocientíficos, demostrando raramente un gran respeto por sus capacidades, o una buena disposición a admitirlos como miembros de pleno derecho en la profesión. Y la gente en general se ha hecho asimismo pocas ilusiones sobre su actuación y su competencia, rechazándolos como loqueros, matasanos y cosas peores. La crisis de la legitimidad psiquiátrica, como señaló en cierta ocasión sagazmente Charles Rosenberg, ha sido endémica a lo largo de la historia de la profesión.
Pero los años en que Foucault alcanzó relevancia fueron una época especialmente complicada para los defensores de las bondades de la psiquiatría. Debe mencionarse la labor de Erving Goffman, el brillante aunque peculiar sociólogo estadounidense cuyos ensayos sobre los manicomios, vagamente conectados entre sí, dieron lustre académico a la identificación anteriormente polémica entre hospital mental y campo de concentración. Goffmann rechaza­ba la psiquiatría como un «oficio de remiendos» cuyo objeto era hacer acopio de desgraciados que no eran víctimas de otra cosa que «contingencias». Luego estaba el psiquiatra renegado neoyorquino Thomas Szasz, que declaró que la existencia misma de la enfermedad mental era un mito, y atacó con fiereza a sus colegas de profesión como opresores de aquéllos a quienes decían «ayudar», criaturas al servicio de sus propios intereses que no eran otra cosa que funcionarios de prisiones disfra­zados. Y estaba el propio Ronnie Laing, ahora rechazado en casi todas partes como un hombre de otro tiempo, pero recibido, en la atmósfera febril de los años sesenta, como el gurú que había mostrado a la paciente mental adolescente que era la cabeza de turco, la víctima designada del dilema de la vida familiar; y que había lanzado, con mayor audacia aún, la noción de esquizofrenia como una forma de supercordura. Más prosaicamente, una nueva ge­neración de historiadores, abandonando el tradicional énfasis de su disciplina en la diplomacia y la alta política, estaban abrazando en estos años la historia social y la «historia desde abajo», y haciéndolo en un clima intelectual de hostilidad hacia cualquier cosa que oliera a historia tradicional y a su énfasis en el progreso. El nacimiento de la historiografía revisionista de la psiquiatría fue atendido, por tanto, por muchas comadronas.
Aun así, la creciente estatura de Foucault, tanto en los círculos intelectuales serios como entre las luminarias de los cafés de moda, no carecía de relevancia. Él contribuyó, sin duda, a establecer la centrali­dad de su tema, y a rescatar a la his­toria de la psiquiatría de las garras de una combinación de psiquiatras chochos e historiadores administrativos deprimentemente aburridos. Es curioso, especialmente en vista del prestigio de Foucault, tanto en el mundo angloamericano como en el francófono, que haya hecho falta casi medio siglo para que aparezca traducido el texto completo del original francés. Lo cierto es que la decisión no refleja ningún aumento en las filas de los estudiosos francófonos en Gran Bretaña y Estados Unidos. Al contrario, la incompetencia lingüística y la insularidad, incluso entre los humanistas, parece haber crecido en estos años. Hay que alegrarse, pues, de la decisión de Routledge (los herederos de Tavistock) de publicar una traducción completa. Los editores han incorporado incluso los prólogos tanto de la primera como de la segunda edición francesa completas (Foucault había suprimido el primero en la reedición del libro en 1972). Y han añadido la parte correspondiente a Foucault de un intercambio de opiniones que mantuvo con Jaques Derrida sobre la tesis del libro, una conferencia impartida en el Collège Philosophique en marzo de 1963. Pero la calidez de la bienvenida que se dispense a la tardía aparición de la Historia de la locura en inglés depende de diversos factores: la naturaleza del nuevo material que pasa a estar ahora acce­sible a los lectores anglófonos; la calidad de la nueva traducción; los ­hechos que revela el texto completo sobre las bases de la erudición de Foucault en torno al tema de la locura; y –un aspecto que señalaré, pero sobre el que no me extenderé aquí– mi postura personal en relación con el conjunto de su proyecto anti-Ilustración.
Por lo que respecta al primero de estos aspectos, la «nueva» versión es más del doble de larga que el texto que apareció originalmente en inglés, y contiene casi diez veces más notas a pie de página, por no mencionar una amplia relación de las fuentes utilizadas por Foucault. Los principales añadidos son capítulos completos que se omitieron en la primera edición inglesa: un capítulo que examina «el mundo correccional [...] en el umbral de los tiempos modernos» y su «economía del mal» asociada, un estudio que pretende desvelar la abrupta creación de «redes de exclusión» por toda Europa, y de «un denominador común de sinrazón entre experiencias que habían permanecido separadas unas de otras durante mucho tiempo»; un capítulo que aborda «cuán multiforme y variada fue la experiencia de la locura en la época clásica»; una serie de capítulos que integran en buena medida de las primeras secciones de la Segunda Parte del estudio original de Foucault, incluida una extensa introducción, y un capítulo y medio de su examen de cómo los médicos y estudiosos del si­glo XVIII se cuestionaron y pasaron a entender el fenómeno de la locura; la mayor parte de un extenso capítulo sobre «los usos apropiados de la libertad», que examina la fusión de lo que Foucault insiste que fueron los mundos previamente separados del pensamiento médico y del confinamiento. En vez del puñado de páginas sobre Goya, Sade y Nietzsche que fueron tildadas de «Conclusión» en la traducción de Richard Howard, hay una serie mucho más extensa de reflexiones sobre el si­glo XIX que comienza con una declaración solemne de que «no hay posibilidad alguna aquí de concluir», fundamentalmente porque «la obra de [Philippe] Pinel y [William] Tuke» –con la que concluye la parte sustantiva del análisis de Foucault– «no es una meta». A estos capítulos previamente no traducidos debe añadirse la recuperación en otras partes del texto de una serie de párrafos concretos y, en ocasiones, de secciones completas de la argumentación de Foucault que simplemente fueron eliminados de la versión abreviada de su libro: elaboraciones, por ejemplo, de partes de su famoso capítulo inicial so­bre «la nave de los locos»; una exten­sa sección conclusiva previamente omitida de su capítulo sobre los locos; y pasajes de­se­cha­dos originalmente de su estudio de los «médicos y pacientes».
Incluso limitándonos a este breve y somero resumen de lo que se traduce ahora por primera vez, el interés potencial y la importancia de Historia de la locura queda claro. Menos claro resulta cuántas personas se leerán realmente el texto ampliado, y la nueva traducción de Jonathan Murphy y Jean Khalfa no es de gran ayuda a este respecto. A menudo gris y alicaída, es también poco fiable y proclive a la paráfrasis inexacta. La versión de Howard, por incompleto que fuera el texto con que trabajó, brilla con luz propia si se compara con ella. Cotejaremos, por ejemplo, sus respectivas versiones de las famosas frases iniciales del libro. El texto de Foucault reza:

A la fin du Moyen Âge, la lèpre disparaît du monde occidental. Dans les marges de la communauté, aux portes des villes, s’ouvrent comme des grandes plages que le mal a cessé de hanter, mais qu’il a laissées stériles et pour longtemps inhabitables. Des siècles durant, ces étendues appartiendront à l’inhumain. Du XIVe au XVIIe siècle, elles vont attendre et solliciter par d’étranges incantations une nouvelle incarnation du mal, une autre grimace de la peur, des magies renouvelées de purification et d’exclusion.

Murphy y Khalfa traducen:

Al final de la Edad Media, la lepra desapareció del mundo occidental. En los lindes de la comunidad, en las puertas de las ciudades, aparecieron grandes áreas yermas, inhabitables, donde ya no reinaba la enfermedad pero su espectro seguía rondando. Durante siglos, estos espacios pertenecerían al dominio de lo inhumano. Los si­glos XIV al XVII, por medio de extraños encantamientos, evocaron una nueva encarnación del mal, otra máscara terrible del miedo, escenario de la magia constantemente renovada de purificación y exclusión.

La versión de Howard es la siguiente:

Al final de la Edad Media, la lepra desapareció del mundo occidental. En los márgenes de la comunidad, en las puertas de las ciudades, se extendían eriales que la enfermedad había dejado de frecuentar, pero que habían quedado estériles e inhabitables desde hace tiempo. Esperarían del si­glo XIV al XVII, reclamando con extraños encantamientos una nueva encarnación de la enfermedad, otra mueca de terror, ritos renovados de purificación y exclusiónSe ha optado por conservar, por su interés y en aras de la continuidad de la argumentación, los ejemplos en inglés aportados por el autor, que se han traducido con la mayor literalidad posible. Incorporamos también aquí la traducción del mismo pasaje firmada por Juan José Utrilla en la edición en español de la obra de Foucault, Historia de la locura en la época clásica (México, Fondo de Cultura Económica, 1967): «Al final de la Edad Media, la lepra desaparece del mundo occidental. En las márgenes de la comunidad, en las puertas de las ciudades, se abren terrenos, como grandes playas, en los cuales ya no acecha la enfermedad, la cual, sin embargo, los ha dejado estériles e inhabitables por mucho tiempo. Durante siglos, estas extensiones pertenecerán a lo inhumano. Del si­glo XIV al XVII, van a esperar y a solicitar por medio de extraños encantamientos una nueva encarnación del mal, una mueca distinta del miedo, una magia renovada de purificación y de exclusión». (N. del T.).

Pero lo que ni siquiera disfraza una floja traducción es el tipo de pruebas sobre las que Foucault construyó su teoría. Ese millar largo de notas a pie de página no traducidas salen ahora a la luz y las pruebas parecen lo que son. El panorama que se abre ante nosotros no es, en su mayor parte, muy agradable.
La investigación de Foucault para su Historia de la locura fue completada en gran medida mientras se encontraba exiliado intelectualmente en Suecia, en Uppsala. Quizás eso explica la superficialidad y el carácter trasnochado de gran parte de su información. Tuvo acceso a una gran variedad de textos médicos de los si­glos XVII y XVIII –ingleses, holandeses, franceses y alemanes–, así como a escritos de grandes filósofos como Descartes y Spinoza. Algunos de los capítulos que aparecen ahora por primera vez en inglés se valen de estas fuentes primarias para analizar ideas anteriores sobre la locura. Es posible poner objeciones o aceptar las reconstrucciones de Foucault, pero estas partes de su argumentación se basan al menos en lecturas de fuentes relevantes. Por contraste, gran parte de su relato sobre el funcionamiento y la lógica internos de las instituciones de confinamiento, una narración en la que no escatima detalles, parte de sus propias reglas y disposiciones impresas. Pero sería profundamente ingenuo dar por sentado que estos documentos guardan una estrecha relación con la vida real en estos lugares, o que proporcionan una fuente fiable de su lógica cotidiana. Hay que reconocer que existen referencias a algunas fuentes archivísticas, todas ellas francesas, que podrían haber servido de verificación de estos documentos impresos, pero este material no se utiliza nunca sistemática o siquiera sensiblemente como para poder examinar posibles diferencias entre lo ideal y lo real. Ni tampoco se nos explica por qué se eligió acudir a estos archivos en concreto, ni qué criterios se utilizaron para rastrearlos en busca de datos, ni cuán representativos podrían ser los ejemplos que aporta Foucault. Por supuesto, por las propias ambiciones que se han autoimpuesto, los historiadores comparativistas se ven a menudo obligados a basarse en una proporción considerable en el trabajo de otros, por lo que es posible que este empleo de material francés enormemente selectivo para representar a todo el mundo occidental no deba ser juzgado con excesiva dureza. Pero las fuentes secundarias en las que Foucault se apoya repetidamente en las partes más famosas de su texto resultan tan manifiestamente desfasadas e inadecuadas para la tarea, y su propia lectura de ellas es con tanta frecuencia particularmente descuidada y fantasiosa, que no hay más remedio que leerle la cartilla.
Foucault defiende, por ejemplo, que la investigación sobre el estado de los manicomios en Inglaterra llevada a cabo por la Cámara de los Comunes en 1815 y 1816 reveló que Bedlam (Bethlem) ponía a sus internos a la vista del público todos los domingos, y que cobraba un penique cada vez por el privilegio de verlos a unos noventa y seis mil visitantes anuales. En realidad, los informes de la investigación no contienen estos datos. Esto no es sorprendente: los responsables del Bethlem Royal Hospital habían prohibido la visita pública (que no había quedado limitada a los domingos, en cualquier caso) en 1770, e incluso antes de entonces los relatos de una tarifa de entrada fija resultan ser apócrifos. Foucault queda hechizado con la historia de Bethlem. Realiza la notable afirmación de que «desde el día en que Bethlem, el hospital para locos curables, se abrió a casos irremediables en 1733, dejó de existir cualquier notable diferencia entre el hospital de Londres y el Hôpital Général francés, o cualquier otro centro correccional». Y habla de la «renovación» de Bethlem en 1676. En realidad, ese año se había trasladado desde su anterior ubicación en un antiguo monasterio en Bishopsgate a un edificio nuevo y grandioso en Moorfields proyectado por Robert Hooke.
Los monasterios asoman en otros momentos de su relato. Se nos dice mientras contenemos la risa que «fue en edificios que ha­bían sido anteriormente tanto conventos como monasterios donde se instalaron la mayoría de los grandes manicomios de Inglaterra». Esto es una ocurrencia estrambótica. En primer lugar, en Inglaterra no se crearon «grandes manicomios» en la época clásica. Los vastos museos de la locura no surgieron hasta el si­glo XIX (cuando se construyeron ex profeso valiéndose de los impuestos de los contribuyentes). Y, en segundo lugar, sólo Bethlem, de todos los manicomios y gavias que existieron en los si­glos XVII y XVIII, se instaló en un antiguo convento o monasterio, y cuando esto se produjo el número más alto de pacientes ascendió a menos de cincuenta internos, muy lejos de la enorme multitud evocada por la imagen de Foucault de grands asiles. Es extraño, por decirlo con suavidad, basarse exclusivamente en trabajos académicos del si­glo XIX y comienzos del XX para estudiar el lugar de la lepra en el mundo medieval. Resulta peculiar basar tu examen de la pobre política legal inglesa e irlandesa de los si­glos XVI al XVIII en, esencialmente, sólo tres fuentes: la obra anticuada y hace tiempo superada de sir George Nicholls (1781-1865), el libro de texto de 1900 de E. M. Leo­nard y un tratado del si­glo XVIII de sir Frederick Morton Eden. Para alguien que pretende escribir una historia del encuentro occidental con la locura, resulta absolutamente chocante basarse en un diminuto puñado de autores muertos desde hace décadas como una fuente fiable de cómo se desarrollaron los hechos en Inglaterra: el relato de Jacques Renon de su visita a los hospitales ingleses, complementado por la Description of the Retreat (1813) de Samuel Tuke y Chapters in the History of the Insane (1882) de Hack Tuke.
Pero luego resulta que las fuentes de Foucault para sus estudios de los casos de Alemania, Austria e, incluso, Francia son igualmente trasnochadas e insatisfactorias. En la Primera Parte de Historia de la locura hay un total de veintiocho notas a pie de página (de 399) que citan a estudiosos del si­glo XX, y la lista relevante de fuentes en la bibliografía menciona únicamente veinticinco referencias académicas escritas a partir de 1900, sólo una de las cuales fue publicada después de la Segunda Guerra Mundial. Las cosas no mejoran según avanza el libro. La bibliografía de Foucault de la Segunda Parte recoge una sola obra del si­glo XX, The Medical Man and the Witch During the Renaissance (1935) de Gregory Zilboorg, una fuente sobre el tema que difícilmente inspirará una gran confianza entre los historiadores actuales (y que critica el propio Foucault). Para la Tercera Parte, recoge un total de once libros y artículos escritos en su propio siglo.
Una estrechez así no se limita a las notas al pie. El aislamiento de Foucault del mundo de los hechos y los estudiosos resulta evidente a lo largo de Historia de la locura. Es co­mo si casi un siglo de trabajo de los investigadores no hubiera producido nada de interés o valor para el proyecto de Foucault. Lo que le interesaba, o le protegía, era rastreado selectivamente en fuentes del si­glo XIX de procedencia dudosa. Ine­vi­ta­ble­men­te, esto se traduce en que las elaboradas construcciones intelectuales se erigen sobre las bases empíricas más endebles y, lo que no parece sorprendente, muchas acaban resultando ser erróneas.
Tomemos su afirmación central de que la Edad de la Razón fue la época de un Gran Confinamiento. Foucault nos dice que «una sensibilidad social, común a la cultura europea [...], empezó de repente a manifestarse en la segunda mitad del si­glo XVII; fue esta sensibilidad la que aisló de repente la categoría destinada a poblar los lugares de confinamiento [...], los signos de [confinamiento] se encuentran de manera masiva por toda Europa a lo largo del si­glo XVII». El «confinamiento» tuvo, además, «el mismo significado por toda Europa, al menos en estos primeros años». Y sus manifestaciones inglesas, los nuevos asilos de pobres, surgieron aparentemente en lugares tan «fuertemente industrializados» como el Worcester y el Norwich del si­glo XVII. Pero la noción de un Gran Confinamiento a escala europea en estos años es puramente mítico. Un encarcelamiento masivo de este tipo simplemente no se produjo nunca en Inglaterra en los si­glos XVII y XVIII, ya se centre la atención en los locos, que en su mayoría seguían estando abandonados, o en la categoría más amplia de los pobres, los ociosos y las personas de mala reputación. Y como defienden Gladys Swain y Marcel Gauchet en Madness and Democracy, incluso para Francia, las afirmaciones de Foucault sobre el confinamiento de los locos en la época clásica son enormemente exageradas, si no descabelladas, ya que menos de cinco mil personas estaban encerradas aun a finales del si­glo XVIII, una «ínfima minoría de los locos que estaban todavía dispersos por el interior de la sociedad». El relato de Foucault del período medieval no sale mejor parado a la luz de los modernos estudios. Su imagen central es la de «la nave de los locos», con su cargamento de almas enloquecidas en busca de su razón, flotando por los espacios liminales de la Europa feudal. Foucault busca capturar la esencia de la respuesta medieval a la locura por medio de la Narrenschiff, y el significado práctico y simbólico de estas velas ocupa un lugar preponderante en su estudio. «Le Narrenschiff [...] a eu une existence réelle», insiste. «Ils ont existé, ces bateaux qui d’une ville à l’autre menaient leur cargaison insensée» (La nave de los locos era real. Existieron estas barcas que llevaban su cargamento insensato de una localidad a otra). Pero no lo era; y no existieron.
La contracubierta de History of Madness contiene una serie de hiperbólicos himnos de alabanza a sus virtudes. Paul Rabinow califica el libro de «una de las grandes obras del si­glo XX»; Ronnie Laing lo ensalza como «intelectualmente riguroso», y Nikolas Rose se alegra de que «ahora, por fin, los lectores anglófonos puedan tener acceso a la profundidad de la erudición que respalda el análisis de Foucault». Es cierto que pueden hacerlo, y es de esperar que lean el texto atenta e inteligentemente, y aprenderán algunas lecciones saludables. Una de esas lecciones podría ser divertida, si no tuviera efecto alguno en las vidas de la gente: la facilidad con que puede distorsionarse la historia, ignorarse los hechos, menospreciarse y desestimarse las exigencias de la razón humana, por parte de alguien suficientemente cínico y desvergonzado, y dispuesto a confiar en la ­ignorancia y la credulidad de sus clientes.

Traducción de Luis Gago

© The Times Literary Supplement
www.the-tls.co.uk

 

01/03/2008

 
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