ARTÍCULO

El malabarista

Lumen, Barcelona
436 pp. 22,90 €
 

Dicen que a Alberto Giacometti había que arrebatarle sus esculturas exiguas antes de que las exigencias del gran artista suizo las redujeran de nuevo a la nada de la cual surgieron. Algo similar ocurre con Caligrafía de los sueños, del maestro Juan Marsé. Con los años, la urgencia de los acontecimientos, la necesidad de urdir una trama convencional en sus libros han ido desvaneciéndose hasta quedarse en un mínimo esencial.
En esta nueva novela nos encontramos otra vez con casi todos los elementos de la novela marsiana. La acción se desarrolla en el lapso de unos pocos meses en la Barcelona de la posguerra, una época en mucho sentidos más dura todavía que la propia contienda. En un primer plano está el protagonista principal, un adolescente (en este caso Ringo, nacido como Domingo, a quien hemos visto por primera vez en Si te dicen que caí allá por los años setenta) que aquí pasa de una adolescencia esquiva al mundo adulto con responsabilidades que no puede eludir. Como siempre, esta transición no se hace sin pérdida: en esta ocasión, una pérdida física, puesto que el joven aprendiz se corta un dedo en la laminadora eléctrica del taller de orfebre donde trabaja de mala gana. Esta amputación, que da al traste con su sueño de ser un gran pianista, le convence, sin embargo, de que su futuro podría estar en el mundo de la imaginación: «Cree que solamente en ese territorio ignoto y abrupto de la escritura y sus resonancias encontrará el tránsito luminoso que va de las palabras a los hechos, un lugar propicio para repelar el entorno hostil y reinventarse a sí mismo».
Alrededor de esta figura central, Marsé traza el retrato de una familia que debe enfrentarse como pueda a ese entorno hostil. Como suele ocurrir en su obra, Berta, la madre, es la columna vertebral de este núcleo, sosteniendo todo a costa de grandes esfuerzos y sacrificios. El padre no es padre, sino padrastro y, como la gran mayoría de los adultos en el mundo novelístico de Marsé, es una figura ambigua. Poco fiable, escurridizo, es capaz, sin embargo, de momentos de gran sensibilidad, «llorando en silencio con un puro sin encender en los labios» cuando observa a las fuerzas nacionalistas entrando en Barcelona, pero al mismo tiempo mostrando simpatía hacia el marido falangista de una vecina. El padrastro es un «matarratas» para los servicios municipales de higiene, pero es además contrabandista, mientras que, al mismo tiempo, participa de una red de apoyo a los exiliados republicanos en Francia, razón por la cual termina pasando tres años en la cárcel.
En el linde de este mundo adulto, surge la tentación (tal y como sucede en El embrujo de Shanghai), personificada en una bella e inquietante adolescente. Vagamente consciente de los apremios del sexo, Ringo no puede ni sabe cómo concretar el deseo que siente por ella. Sin embargo, la joven Violeta Mir está en el meollo del drama de la novela, aunque tendremos que esperar hasta el epílogo para saber el papel exacto que ha desempeñado en la decepción amorosa que ha sufrido su madre, la inefable Victoria Mir, con Benito Alonso, un exfutbolista rengo.
Como trasfondo de estas pequeñas conmociones figura el barrio de Gracia, con el bar Rosales, el lugar de encuentro de todos los personajes, incluido el coro griego que integran el Capitán Blay y el señor Sucre (ambos conocidos también desde las páginas de El embrujo de Shanghai), con su refrán sempiterno: «No somos nada, muchacho, si es que hasta nuestra selección nacional de fútbol ya solo puede jugar contra Portugal, si hemos acabado tan malamente que el resto del mundo no sabe ni que existimos, somos la rechifla, nano».
Todos estos personajes y ambientes están creados y pulidos con el esmero de un verdadero joyero. Desde el primer momento, cuando la desesperada Victoria Mir se tiende sobre un trozo de raíles de un tranvía que ya no existe en un remedo burlón de un acto de suicidio, hasta el encuentro –diez años más tarde, en una piscina– entre un Ringo ya adulto y el señor Alonso con «el pelo amarillento y todavía abundante, que la gorrita apenas podía retener, la barba rala y entrecana, la voz más apagada por el asma y el perfil más afilado», Juan Marsé escudriña cada detalle de los sentimientos y, sobre todo, de los sueños de sus personajes. Con los años, parece que la visión de un mundo lejano, ya olvidado por casi todos, renace cada vez con más fuerza y nitidez en la mente del gran escritor barcelonés. Hace resurgir este universo no solamente en las descripciones detalladas, sino en diálogos chispeantes que nos trasladan de manera inmediata a esta ciudad gris y sufrida.
Gran parte de la magia de las esculturas de Giacometti reside en la manera en que, a pesar de ser tan evanescentes en apariencia, cobran vida y volumen bajo la mirada atenta del espectador. En Caligrafía de los sueños, el gran artista que es Juan Marsé realiza un malabarismo similar, reduciendo su novela a un mínimo de elementos, pero haciéndolo con tal maestría que cuanto más nos adentramos en el libro, más observamos maravillados cómo todo un mundo insospechado se abre ante nuestros ojos.

01/05/2011

 
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