ARTÍCULO

Conflictivas relaciones de pareja

Destino, Barcelona, 1998
208 págs.
 

No me sorprendió saber que el nombre de Ignacio García-Valiño figuraba entre los ganadores del último Nadal. Conocía una novela suya de finales del año pasado, Urías y el rey David (Madrid, Ed. Debate), llamativa por una doble causa: la fuerza de la invención desplegada al abordar el conocido pasaje bíblico apuntado en el título y su capacidad para dotarlo de un sentido actual sin abandonar el primitivo marco histórico-legendario. Con este interesante relato, el autor parecía ponerse del lado de la corriente más artística, exigente y minoritaria de nuestra joven narrativa, pero su nueva obra supone un cambio sorpresivo porque, al menos en apariencia, se vincula con el otro gran sector, el que se decanta por una especie de costumbrismo actual.

En efecto, La caricia del escorpión se centra, con una mirada sardónica e inteligente, en ciertas características peculiares de las relaciones personales de nuestro tiempo, y, en particular, en los vínculos de pareja. El propósito del autor de acentuar el marco contemporáneo es claro y lo demuestra el que Internet desempeñe un papel no secundario. Esta actitud, sin embargo, nada tiene que ver con esas muestras de vago testimonialismo que estamos viendo a todas horas. Sus intereses superan con mucho el simple retrato de época. Por otro lado, llama la atención en él, antes que nada, su voluntad de contar una historia original por su tratamiento.

Aquí, en el modo de enfocar un asunto que en otras manos resultaría tópico o trivial –el conflicto hoy agudo del matrimonio–, están los mayores aciertos y también no pocas debilidades de García-Valiño. Presta éste mucha atención a la lengua y hay que reconocerle cualidades para conjugar la narración eficaz con lo especulativo y con hallazgos poemáticos. Pero también arroja su escritura bastantes sombras: un verbalismo que produce confusión en el sentido, nologismos caprichosos (la «saliencia» de unos libros en una estantería, «andanear»), alguna adjetivación rebuscada («mórbida curiosidad», «castillo exasperado»), asonancias involuntarias («pensar en ingresar, a mi pesar», «la fetidez se extendía con tal rapidez»), alusiones inocentes («salir por la puerta de Bill Puertas», en referencia al famoso informático), aliteraciones desmedidas («mano que amansa al amante, mano que amo, mano que me amanece») y hasta una falta de ortografía («hermitaños»). Las buenas condiciones del autor se deslucen no sabría decir si por culpa de las prisas o por una cierta negligencia propia de estos tiempos. Ello ocurre con una de sus mejores virtudes, su capacidad para darles un sesgo irónico, humorístico y hasta bufo a los hechos. Tiene grandes aciertos humorísticos, tanto verbales como de situaciones, pero, en unos y otros, arroja también estrepitosas caídas. Su afición a jugar con el sonido y la semántica de las palabras, casi en la línea de las greguerías, obtiene jugosos resultados, mas no siempre evita la caída en el chiste fácil o en la broma sin mucha sustancia. El fragmento (capítulo XI) en que se denuncia la logomaquia de la modernísima pedagogía no supera las anónimas parodias ciclostiladas que circulan por los centros de enseñanza.

Estos flancos débiles, debidos a la precipitación, rebajan, pero no anulan el interés y singularidad de La caricia delescorpión. La creación del personaje principal es un verdadero hallazgo al configurar un tipo inédito, un matemático «medio autista» que no para de hablar –y ahí sí encontramos una paradoja de mucho valor– a través del diario o novela que leemos; un hallazgo desde las divertidas razones que llevaron a su madre a ponerle un nombre pintoresco, Juan Filolao, hasta las obsesiones que lo configuran y su modo cientificista de razonar. Filolao, emparentado de lejos con esos tipos evanescentes de la literatura kafkiana o del absurdo, encarna con gran verosimilitud y viveza el conflicto de la personalidad. También es de verdad lograda la resolución de la anécdota, con un golpe de efecto final en el que, aparte el ingenio que revela, se condensa el sentido entero de la novela.

Este sentido supone una apuesta sagaz y poco convencional. Llena García-Valiño la trayectoria de los dos protagonistas, Filolao y su mujer, Candela, de dolor, angustia, exaltación, egoísmos, pasiones comunes y psicopatologías. El matrimonio –y, sin ir tan lejos, la propia convivencia no institucionalizada– recibe un tratamiento demoledor. No hay en su postura alegato sociológico o político, sino puro y duro reflejo de la condición humana. La incomunicación, la soledad y los fantasmas subconscientes forman una densa malla de auténticos motivos separables, pero proyectados hacia ese tema unificador de la relación con el prójimo. De todo ello sale una visión corrosiva de nuestra incapacidad de aguantar al otro e incluso a nosotros mismos. El mencionado final, brillante e imaginativo, aunque no desmienta nada de la ácida postura anterior, se abre a un registro nuevo, insólito: una ternura firme, diríamos que de extracción poética, revela el patetismo y la grandeza inseparables en los impulsos humanos que llevan a buscar interlocutor y consuelo. Ello no se presenta como una opción idealista, sino como alternativa al infierno sartreano de los otros. El pragmatismo de Candela («hay que tomar de la vida lo que hay», dice) se matiza con el afecto instintivo. Por este modo personal de discurrir y por el artificio para hacerlo creíble y sugestivo, merece la pena leer a este novelista que dará que hablar.

01/08/1998

 
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