ARTÍCULO

Gente de ayer

Anagrama, Barcelona
416 pp. 19,23 euros
 

De aquellos malditos que fueron alumbrando los años de la movida (aquellos que dicen recordarlos es que no los vivieron, dijo algún cínico) ya van quedando pocos al pie del cañón. Nacho Vega entre los músicos, Leopoldo María Panero del lado de los poetas; los demás, bien se retiraron a sus cuarteles de invierno, bien ocupan ese oscuro lugar bajo tierra al que condena, prematuramente, el uso hiperbólico de la vida. Así quienes dieron en acompañar al segundo de los Panero, tan bien retratado por este mismo José Benito Fernández que ahora hace lo propio con Eduardo Haro Ibars, otro mártir del tiempo de los excesos y con recorrido en paralelo con Leopoldo María, ya desde la presencia carcelaria simultánea, en Carabanchel, en Zamora, por tenencia de drogas. Día de la detención de ambos: 8 de diciembre de 1968, cuando a la gente à la page se los llevaban las fuerzas del orden por razones –digamos– más nobles. No es menos cierto que Haro Ibars, aun reconociendo el talento del autor de Narciso, intentó desvincularse de él continuamente. Sin embargo, la sombra de éste resulta ser tan pegajosa que en Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído no deja de aparecer (véase el útil índice onomástico), incluso con el consabido gorigori una vez muerto Eduardo Haro, el 16 de agosto de 1988, a los cuarenta años. Su compañera última, esa Blanca mítica y críptica de los obituarios, lo haría en 1996, igualmente de sida y después de haber ayudado a Benito Fernández en la recopilación de material para su biografía, la que –forzosamente– habla más que de una realidad literaria de aquello que pudiendo haber sido no fue, y esto suena demasiado a Machín y no parece que Haro Ibars, un moderno en el sentido un poco caduco ya del término, tuviese nada que ver con el camp sino con aquel concepto entre glamouroso y acratón que –también– produjeron los primeros años de la democracia. Luego, al final, Haro llegaría a ser trotskista, colaborando en Combate, con esa recurrencia suya a saludar –cuando estaba pasado de copas, actitud muy reiterada a tenor de lo que nos cuenta Benito Fernández– con el brazo extendido a la romana como algo ciertamente exótico en militante de la extrema izquierda.Y ahora, atendiendo al interesante apartado gráfico del libro, celebremos con la debida nostalgia la fotografía que, en el ferry que cruza el estuario del Tajo, muestra a Cucha Salazar buscando protección nada aparatosa frente a la brisa marina, a Eduardo Haro en el centro aún en plenitud vital y evidente apostura (estamos en 1982), y, al otro lado, Blanca Uría en actitud de hormiguita nerudiana. Los tres caídos en el censo de bajas que el minucioso autor dispensa al final de su libro, bien contextualizado, muy trabajado, y trabajoso desde el momento en que no todos los que siguieron a Haro Ibars quisieron incorporarse al proceso de investigación de Benito Fernández. Si lo hizo Pilar Ibars, la madre, se desentendió de él Eduardo Haro Tecglen, el padre, quien, sin embargo, ha dejado páginas magistrales –algunas se recogen aquí– en el nombre del hijo y también de sus compañeros de generación, pero no de aquellos que en 1988 llegaban o estaban llegando al poder, sino de los que «se van muriendo después de sufrir la marginación, la porra, el desprecio, el sermón, el conductismo [...] la calificación de irrecuperables. Qué tontos, qué tontos» (p. 383). En cuanto que escritor quedan hoy de Haro Ibars, poeta poco antologado, esbozos de una poética entre vanguardista y roquera (nada desdeñables son sus textos cantados por la Orquesta Mondragón) con atisbos de alucinación profética. Poca cosa ante su vida trashumante y rebelde, que apoyada en el cosmopolitismo familiar lo llevó de Madrid a Marruecos, de aquí a Francia y vuelta a una España excesivamente cutre para tanta modernidad, ambigua en lo sexual, provocadora en lo político y con excesiva tendencia a los euforizantes/enervantes. Así Eduardo Haro Ibars, de quien J. Benito Fernández, exhaustivo biógrafo de malditos, da cumplida cuenta en este volumen, finalista del XXXIII Premio Anagrama de Ensayo.

 

01/10/2006

 
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