ARTÍCULO

¿El declive del imperio americano?

 

Estados Unidos es un país con una dependencia crónica del combustible fósil; ha contraído demasiadas obligaciones financieras y –ahora que se comprenden las verdaderas dimensiones de la guerra contra el terror– militares; muchas personas de la derecha estadounidense se muestran ciegas a estas tendencias por una mezcla de orgullo desmedido y fanatismo religioso; cuando llegue el momento, Asia sustituirá a Estados Unidos, alcanzando el «liderazgo global» hacia 2040 o incluso 2030. Ésta es, a grandes rasgos, la conclusión fundamental de la nueva y sólida andanada de Kevin Phillips. El autor reconoce que existen muchas razones concluyentes por las que el equilibrio de poder y riqueza está desplazándose hacia el este por primera vez desde que los invencibles buques de guerra europeos cruzaron el estrecho de Malaca en el siglo xv. Los observadores occidentales atentos al curso de los acontecimientos comprenden las implicaciones de la extraordinaria expansión industrial de China, o la aparición de India como la oficina de comunicaciones del mundo anglófono, o el estatus de Corea del Sur como la sociedad de telecomunicaciones de banda ancha más avanzada del planeta, o la construcción del primer hotel de «siete estrellas» en Dubai, entre muchos otros indicadores relevantes. American Theocracy no es fundamentalmente, sin embargo, un homenaje a los tigres asiáticos. Convencido de que las heridas más profundas de Estados Unidos son autoinfligidas, Phillips resume su tesis con una lista de preguntas que resuenan supuestamente en las salas del consejo de los financieros y los exportadores asiáticos, personas tan confiadas en que su momento se acerca como lo estuvieron los ejecutivos de Nueva York o Chicago hace cien años. «¿Por qué los estadounidenses no se preocupan de su industria e invierten en ella? ¿Por qué andan perdiendo el tiempo con una religión primitiva y falta de rigor científico? ¿Por qué sus hijos están quedando tan rezagados por detrás de nuestros propios estudiantes? ¿Por qué no pueden reducir su estúpido e ina­se­qui­ble consumo de petróleo? ¿Hasta qué punto podemos –deberíamos– apoyarlos?».
Las dramáticas previsiones del declive estadounidense son muy familiares. Durante los años ochenta las publicaciones izquierdistas se hicieron eco de incontables jeremiadas sobre las implicaciones aparentemente desastrosas del déficit de Ronald Reagan. Una década después, Bill Clinton había dejado las cuentas cuadradas. Pero Phillips habla desde la derecha. American Theocracy se reviste de un interés añadido por el papel que desempeñó en el pasado como estratega de la Casa Blanca. En su primer libro importante, The Emerging Republican Majority (1969), Phillips sostenía una tesis novedosa confirmada en buena medida por los acontecimientos: que los conservadores serían los beneficiarios a largo plazo del movimiento demográfico que estaba produciéndose de los Estados industriales del norte hacia el sur y el oeste. Los recién llegados al sur y al suroeste tendían a encarnar los valores del país de las poblaciones pequeñas. (Muchos fueron conocidos más tarde como demócratas de Reagan.) En aquel momento, Phillips veía a estas personas como un benéfico baluarte contra la sociedad permisiva. Ya no. Considera que el pensamiento político de George W. Bush se correspondió con el de la corriente central del republicanismo hasta bien entrados los años noventa. Sostiene que el futuro presidente se unió a la derecha religiosa para sacar réditos electorales, a pesar de que el Partido Republicano seguía estando integrado por una delicada alianza entre los grandes conservadores económicos y sociales. El precio de la victoria en 2004 fue un estrechamiento de la base electoral del Grand Old Party, los republicanos. A la larga, afirma Phillips, los republicanos se verán perjudicados por políticas como la prohibición de investigar con células madre, que agradan a muchos tradicionalistas cristianos pero alejan a la mayoría.
American Theocracy se ve reforzado por una serie de extensas apelaciones a la historia. La premisa básica de Phillips es que los imperios español, holandés y británico cayeron todos por una mezcla de mala administración económica, reservas de combustible desfasadas o decrecientes y una autocomplacencia basada en la fe, todo ello similar a las condiciones que se dan actualmente en Estados Unidos. Phillips da cuenta, por ejemplo, de las consecuencias decisivas de grandes conflictos como la Guerra de los Treinta Años, las guerras de 1688-1713, los conflictos napoleónicos y las dos guerras mundiales. A pesar de su vastedad, el imperio español se construyó en gran medida sobre un castillo de naipes financiero. La Guerra de los Treinta Años puso fin a la hegemonía hispánica: durante aquel tiempo los gastos gubernamentales en Madrid fueron sistemáticamente dos o tres veces superiores a los ingresos totales. El poderío holandés se vio socavado por los franceses durante los siglos xvii y xviii. Los gastos militares en los Países Bajos cayeron abruptamente tras la paz de 1713, pero la deuda pública permaneció anclada en más del doscientos por cien del PIB. No se llevó a cabo ningún esfuerzo sistemático para remediar el problema por medio de una subida de los impuestos. Enfrentamientos posteriores durante la década de 1780, esta vez contra Gran Bretaña, llevaron a la ruina al fisco holandés. Tal y como se acepta generalmente, el Reino Unido quedó empobrecido a causa de las dos guerras mundiales. En 1914 el país no se hallaba preparado para lo que Phillips denomina «el inminente nuevo rostro» del conflicto militar: intensidad tecnológica, movilización total y las correspondientes cargas económicas. Veinticinco años después, Gran Bretaña podía hacer frente únicamente a Alemania liquidando los activos que le quedaban en el extranjero. El Reino Unido pasó a convertirse en un deudor neto, y la libra esterlina, como cabía esperar, se vio reemplazada por el dólar.
Una tipología histórica de este tipo puede formularse en términos más débiles o más fuertes. Quienes se muestran escépticos ante la idea de que Estados Unidos es una nueva España (con Wall Street en el lucrativo papel de manejar lingotes, a la manera de Sevilla a comienzos del siglo xvii, los banqueros asiáticos como los poco fiables financieros genoveses, y George W. Bush como «el soberano Habsburgo torpe y devoto», como escribe Phillips en un momento fantasioso) podrían estar de acuerdo, sin embargo, sobre las ominosas consecuencias de la respuesta de la administración estadounidense al 11 de septiembre de 2001. Phillips tiene en mente tanto pasado como presente cuando escribe que hay algo en relación con Irak –«la mayoría de los cínicos lo llamarían petróleo, pero la influencia de la Biblia es también relevante»– que empaña la capacidad de los invasores y ocupantes angloestadounidenses: «Si nos basamos en los precedentes español, holandés y británico, cabría esperar que el reali­nea­miento internacional que podría paralizar a Estados Unidos y encumbrar a Asia habría de llegar de un nuevo y costoso episodio bélico global. Sin embargo, dado que la historia no se repite exactamente, quizás un terrorismo que se centrara en la economía o una serie de guerras de recursos regionales podrían satisfacer a las Parcas, a pesar de que una parte sustancial de los potenciales electores republicanos parezcan estar esperando a Armagedón y a la vuelta de Cristo».
El vínculo entre combustible fósil y religión resulta pertinente, y explica por qué los vínculos entre los republicanos suelen ser más fuertes de lo que podrían imaginar las personas de fuera. Phillips no duda un momento del ansia de combustible fósil de Estados Unidos, y de la poderosa influencia (en su opinión, irresistible) que tiene en la política de Washington el poderoso lobby petrolero radicado en Texas. El poder político del sur ha crecido a la par que las versiones «sureñas» del cristianismo, especialmente por medio de la Convención Baptista del Sur (Southern Baptist Convention). American Theocracy deja constancia de que entre 1980 y 2004, cuatro residentes en Texas –los dos Bush, Lloyd Bentsen y Ross Perot– formaban parte de las listas de las elecciones presidenciales. Dick Cheney habría sido el quinto si no hubiera cambiado su domicilio a Wyoming por razones legales. «Ningún Estado disfrutaba de nada semejante a este acceso al poder», señala Phillips. A partir de estos y otros datos, sugiere que después de un enfrentamiento detrás de otro en Washington, los miembros de los lobbys han podido mantener desgravaciones fiscales para los productores de petróleo y exenciones de la legislación a favor de un aire limpio para las plantas eléctricas de carbón, y dejar a un lado los objetivos de energías renovables que persigue la industria del automóvil: «[la] influencia acumulada durante muchas décadas puede describirse en buena ley como normalmente insuperable: una infraestructura política [...] y reguladora de primera clase».
Pero la producción de petróleo podría estar ya acercándose a su tope. También aquí Phillips hace sonar una alerta histórica. El poder holandés se vio minado por la revolución industrial; más tarde, Gran Bretaña, dependiente del carbón, quedó rezagada por una «segunda revolución industrial» en torno a 1900 que puso de relieve la importancia de los productos químicos, el petróleo y la ingeniería eléc­trica, todas ellas industrias que requerían personal laboral bien formado y economías de escala. Como la consecuencia inevitable de haber sido la primera, Gran Bretaña tenía a finales del siglo xix una fuerte inversión en plantas, equipos y técnicas primitivas que quedaron obsoletas una generación o dos más tarde.
American Theocracy se entregó a los editores antes del discurso del Estado de la Nación de 2006, en el que el presidente Bush describió también que Estados Unidos era un país adicto al petróleo y reclamó una economía con menores emisiones de dióxido de carbono, si bien por razones de seguridad energética y no por el cambio climático. Phillips pensaría que este cambio era demasiado pequeño y llegaba demasiado tarde y, si acaso, que suponía una constatación más de su teoría de que Estados Unidos se había propuesto desde hacía mucho tiempo controlar las reservas de petróleo de Oriente Medio. Teniendo en cuenta el pedigrí político del autor, podría haberse esperado de él que probara algunos de los argumentos no relacionados con el combustible que se utilizaron para justificar la invasión de Irak. Podría haber dicho que los aliados subestimaron seriamente las dimensiones del arsenal químico de Saddam Hussein antes de la primera Guerra del Golfo, y que podrían incluso haberse contenido de invadir Kuwait si los hechos se hubieran conocido entonces; o que la postura casi suicida de Saddam en vísperas del conflicto en 2003 sólo puede explicarse racionalmente en términos de un secreto doloso; o que sus generales fueron de los más sorprendidos al saber que aparentemente se habían deshecho de las armas de destrucción masiva del país. Phillips podría haber añadido que un juicio erróneo basado en unos servicios de inteligencia defectuosos es muy serio, pero no necesariamente un crimen; que la guerra ha dado lugar a una deplorable polarización en Occidente de gente razonable opuesta a dictadores genocidas; y que la carnicería en Irak tiene más el aspecto de una guerra civil que el de una insurgencia antiestadounidense. Esto significa que el futuro de Irak se habría caracterizado probablemente por una orgía de conflicto sectario aun en el caso de que Saddam se hubiera mantenido en el poder durante una o dos décadas más.
Phillips podría haber ampliado su visión del contexto, y haber señalado que una mayoría de bosnios, y grandes mayorías de kosovares y afganos, apoyan la intervención occidental en sus respectivos países. Estas tres campañas fueron organizadas en parte para proteger a los musulmanes. Podría haber dicho que incluso muchos observadores moderados piensan que las Naciones Unidas son un organismo disfuncional, y que la hipocresía no es un vicio estrictamente occidental. Los musulmanes que se dan golpes de pecho por el sufrimiento infligido a sus correligionarios en la ummah por los «cruzados» también podrían ser acusados de aplicar un doble rasero. El conflicto más mortífero del mundo no se libra en Irak, sino en la República Democrática del Congo. Casi cuatro millones de personas han sufrido allí muertes violentas en la última década aproximadamente. La segunda mayor catástrofe humanitaria se sitúa en Su­dán, donde los musulmanes árabes son los principales agresores, y los cristianos se encuentran entre sus principales víctimas. La guerra civil sudanesa se ha cobrado más de tres millones de vidas. En las décadas de 1970 y 1980 cientos de miles de civiles católicos de Timor Oriental fueron asesinados por agentes musulmanes de la dictadura de Suharto. En su favor debe decirse que el movimiento pacifista occidental fue una voz en medio del desierto cuando clamó por la intervención extranjera en el territorio hace una generación. El error de invadir Irak no debería echar por tierra el principio de que la acción por evitar una crisis mayor es en ocasiones el menor de dos males.
Phillips no dice casi ninguna de estas cosas. (Reconoce, sin embargo, que la ocupación de Irak ha sido una enorme chapuza, algo que hace que los halcones, así como quienes se opusieron a la guerra, se sientan vengados por los acontecimientos.) Su acusación específica es que las sanciones de Naciones Unidas fueron fundamentales para impedir que Irak exportara petróleo más allá de la moderada cantidad permitida, así como para detener las inversiones competitivas extranjeras. Siempre que Estados Unidos y Gran Bretaña pudieran mantener la eficacia de estas sanciones, valiéndose de declaraciones sobre armas de destrucción masiva, Saddam no podría implementar su propio plan de ampliar concesiones petrolíferas a gran escala (con un valor estimado de 1,1 billones de dólares) a compañías petrolíferas francesas, rusas, chinas y de otros países. La mayoría de los analistas concluyeron que esperaba conseguir el apoyo de los gobiernos de estos tres países para que se levantaran las sanciones. Cuando los perros de la guerra empezaron a aullar en 2002, infiere Phillips, Irak se convirtió en el premio que se necesitaba para llevar a cabo tres objetivos políticos de Washington interrelacionados: «la reconstrucción de las reservas de las compañías petrolíferas angloestadounidenses, la transformación de Irak en un protectorado petrolífero con base militar y el reforzamiento de la economía global del dólar estadounidense».
El tercer panel del tríptico de Phillips se titula «Prosperidad prestada» y abunda en despliegues de cifras sobre deuda corporativa, deuda internacional surgida de enormes de­se­quilibrios comerciales y deuda personal. En resumen, Phillips defiende que el 11 de septiembre ha dado lugar a consecuencias tan dañinas para los fondos públicos estadounidenses como para la posición internacional del país. Temeroso de que el estallido de la burbuja bursátil pudiera conducir a Estados Unidos a una prolongada recesión, Bush apeló a sus conciudadanos para que compraran como un distintivo de orgullo nacional. Tras el ataque a las Torres Gemelas, la noción de gastar como patriotismo, unida a las tasas de interés más bajas en cuarenta años, promovió la refinanciación de las viviendas y la consolidación de la deuda. Una economía relativamente mortecina recibió un incentivo. El inconveniente fue que entre las elecciones presidenciales de 2000 y 2004, la deuda doméstica creció vertiginosamente en un 39%. Las rentas disponibles reales, sin embargo, mostraban un crecimiento muy pequeño. Al igual que otros expertos, desde ambos extremos del espectro político, Phillips se muestra especialmente preocupado por la deuda futura. Calcula que sólo la factura de la sanidad y la seguridad social ascenderá a un total de treinta a cuarenta billones de dólares en el curso de las próximas décadas. También deplora el declive de la industria norteamericana, y explora algunas de las aparentes lecciones históricas de una sobredependencia de las finanzas y los servicios.
Estos argumentos son serios pero tendenciosos. Los estadounidenses importan más bienes y servicios de los que exportan debido a los notorios aumentos en la demanda de los consumidores y en la inversión empresarial que se han derivado de grandes incrementos de la productividad y de los avances tecnológicos en el curso de los últimos quince años. Los optimistas dirían que las preocupaciones de Phillips por el declive de las manufacturas y el crecimiento de las industrias de servicios pueden explicarse de manera verosímil dentro del contexto de la globalización. Las manufacturas se han trasladado a Asia y a otros mercados emergentes donde la mano de obra es barata. Esto tiene sentido desde un punto de vista estadounidense, porque los servicios tienden a ser más rentables. Además, las enormes tasas de crecimiento que se ven en Asia han sido posibles únicamente por tipos de cambio artificialmente bajos. El proceso simbiótico en el que los estadounidenses han comprado bienes asiáticos baratos, y los asiáticos han invertido todas sus reservas extraordinarias en activos y deuda estadounidenses, no puede continuar sin barreras. Pero el proceso de reequilibrio será doloroso en Asia –y Europa– tanto como en América.
El sombrío pronóstico de Phillips no se halla, por tanto, suficientemente justificado. Es posible que tanto Estados Unidos como la Unión Europea recurran al proteccionismo, con consecuencias negativas para sus propias economías, pero con resultados incluso más perjudiciales para Asia. Las condiciones para un futuro más halagüeño incluyen probablemente una nueva devaluación del dólar y una ralentización de la economía estadounidense. Esto reduciría la demanda de bienes asiáticos y obligaría a los tigres a generar crecimiento a partir de una mayor demanda interna en vez del recurso a las exportaciones.
Phillips evita sabiamente detenerse en la cuestión de si China y sus vecinos poseen un dinamismo cultural comparable al de Europa o Estados Unidos. Pero al menos un importante corolario de su argumento merecía mayor atención. Si Estados Unidos se halla realmente en declive, es así en parte porque es una víctima de su propio éxito. Si los aspectos loa­bles del enfoque estadounidense se exportan incluso más profusamente, y se acaba con los aspectos deshonrosos, como los aranceles agrícolas, entonces la pobreza en el mundo en vías de desarrollo pasaría realmente a ser historia.
En el centro de American Theocracy, y subrayando muchos de sus anteriores argumentos, encontramos las quejas de Kevin Phillips por el nefasto estado de la religión en Estados Unidos. La Convención Baptista del Sur sigue siendo su bestia negra. Su influencia se extiende mucho más allá de su territorio, tal y como ha resaltado el periodista Peter Applebome en su libro Dixie Rising:
«De un modo que en otro tiempo habría parecido una contradictio in terminis, los Baptistas del Sur han dejado de ser geográficamente Baptistas del Sur. A partir de 1942, cuando se extendieron por California, los seguidores de los Baptistas del Sur se han establecido en todos los Estados de la Unión; en la actualidad hay mil novecientas congregaciones afroamericanas, tres mil hispanas y ochocientas coreanas, conformando un conjunto que habla ciento una lenguas y que se transforma y reproduce incesantemente por todo el país, como un gen sureño, trayendo consigo tanto la Buena Nueva de Jesús como los valores conservadores del sur de las pequeñas poblaciones».
Estos valores son familiares e incluyen una fuerte preferencia por una ética de la responsabilidad personal sobre las fórmulas de la sociología liberal, una nula simpatía por el feminismo y el horror provocado por lo que se cree que son las consecuencias de la liberación sexual. La Convención y sus numerosos aliados entre grupos tan poderosos como las Asambleas de Dios (Assemblies of God), los Guardianes de la Promesa (Promise Keepers), la Red Cristiana de Radiodifusión (Christian Broadcasting Network), la Coa­li­ción Cristiana (Christian Coalition) y el Consejo para la Política Nacional (Council for National Policy) están a su vez influidos por fuerzas que se encuentran incluso más allá de la derecha teológica, como el movimiento reconstruccionista cristiano, ­algunos de cuyos miembros apoyan políticas que incluyen el sufragio únicamente masculino y severos castigos «bíblicos» a adúlteros y homosexuales. Phillips guía al lector a través de una galería de otros personajes estrafalarios, incluido Oral Roberts, cuyo evangelio de prosperidad «nómbralo y reclámalo» ha demostrado su poder de seducción para millones de personas; Jerry Falwell, fundador de la Mayoría Moral (Moral Majority), que describió en un principio el 11 de septiembre como el castigo de Dios a una nación pecadora; y los conocidos como premilenaristas dispensacionistas. Los seguidores de esta escuela de pensamiento sostienen que la historia puede dividirse en épocas o dispensaciones diferenciadas, y que pronto viviremos la última fase de esta secuencia, que culmina en el Armagedón en Oriente Medio y el arrebato para los elegidos.
El premilenarista vivo más conspicuo es probablemente Tim LaHaye. Su serie de novelas Left Behind se encuentran entre los títulos más vendidos de la historia. Las creencias de LaHaye y sus adeptos no quedan confinadas al ámbito de la fantasía piadosa. Phillips considera que más de un tercio de los estadounidenses rechazan las preocupaciones por el cambio climático, ateniéndose a una falsa antítesis: que Dios, y no las emisiones de dióxido de carbono, es quien guía los modelos climáticos. Lejos de sentirse perturbados por los conflictos que asolan Oriente Medio, ven las guerras y los rumores de guerras en la región como confirmación de su visión del mundo. Phillips defiende que Bush alimenta sus prejuicios utilizando una forma ligeramente codificada de su lenguaje. Irak aparece proyectado implícitamente como una nueva Babilonia en los discursos presidenciales y Saddam Hussein como Nabucodonosor. El apoyo incansable a Israel completa el panorama, porque muchos fundamentalistas defienden que el fin del mundo comenzará únicamente cuando los judíos ocupen la totalidad del territorio que abarcaba el reino de Salomón.
Poco de lo que aquí afirma Phillips es inexacto, a pesar de que el énfasis en el fundamentalismo protestante deja a los lectores con una visión marcadamente parcial del cristianismo. Entiende muy bien que a Estados Unidos le rondan aún los fantasmas de la guerra civil y cita a Faulkner de manera eficaz: «El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado». Quien examine lo que se esconde tras las extrañas polémicas provocadas por la enseñanza de la evolución en los colegios, por ejemplo, se encontrará una disputa más profunda sobre quién consigue definir un modo de vida. Enorgullecerse con valentía de lo que significa la América Central se transformó en inflexibilidad cuando, desde los años sesenta, los sureños empezaron a sentirse menospreciados por la izquierda laica; y no puede culparse únicamente a los cristianos biblicistas. De ello se deduce que es improbable que los evangélicos conservadores suavicen sus actitudes, a menos que se sepa dirigirse a ellos recurriendo a su propio lenguaje.
Phillips elude este reto: tanto en religión como en política y en economía, el problema con American Theocracy se centra en lo que excluye. Y tampoco permite comprender el hecho de que las marcadas divisiones de la sociedad estadounidense se encuentran reflejadas en las Iglesias a todos los niveles. Su sección central lleva por título «Demasiados predicadores», una frase huera que confirma la impresión de que Phillips sostiene que la fe como tal es un problema, y no las formas corruptas de aquélla que ha recogido con pulso tan firme. Esto será música para los oídos de sus lectores fundamentalistas, si es que tiene alguno, pero a muchos otros cristianos se les caerá el alma a los pies.
Para una crítica más eficaz de la derecha religiosa, Phillips debería haber ahondado más en el hecho de que el protestantismo fundamentalista no es ni una forma tradicionalista de la fe, y que ni siquiera es convergente con el pensamiento reformado clásico. Como credo definido data únicamente de 1905, y se basa en una famosa falacia, porque la propia Biblia no defiende la inerrancia que le atribuyen los fundadores del movimiento. (El texto argüido por los fundamentalistas, II Timoteo 3, 16, declara que todas las Escrituras son inspiradas; pero no dice que el texto, siendo inspirado, es el criterio dominante para el carácter de la fe cristiana.)
American Theocracy está plagado de datos y estadísticas. Pero como Phillips no brinda nunca a su examen de la religión un soporte teórico, se pierde el meollo del asunto, que es que demasiada religión en Estados Unidos se basa en la noción de contrato más que de alianza. Una idea «contractual» de la salvación mantiene que los cristianos deben superar una serie de pruebas con sus propios esfuerzos para obtener una recompensa. (El arrepentimiento es anterior al perdón.) Un modelo ligado a la alianza pone mucho más énfasis en la acción de Dios de cara a la justificación de los creyentes, procurándoles a continuación los medios para avanzar. (El perdón es anterior al arrepentimiento.) Esta distinción se ve ilustrada por los cuadros del hijo pródigo de Rembrandt y Murillo, que representan la visión de la gracia ligada a la alianza y al contrato, respectivamente. El centro del cuadro de Rembrandt se sitúa de lleno en la amorosa actitud del padre, porque al hijo se le ve sólo de espaldas. Con Murillo, por contraste, se pone mucho más énfasis en la actitud del hijo. Históricamente, la enseñanza protestante ha tendido a recomendar la idea de la alianza, y la piedad católica la noción del contrato. La verdad, sin embargo, es no sectaria. La buena teología en ambas tradiciones ha insistido siempre en que la alianza anula el contrato en la vida espiritual.
Resulta difícil exagerar la importancia de esta distinción. El elemento histórico no captado por Phillips es que la actitud de los Padres Peregrinos estaba sólidamente basada en la alianza y era, por tanto, social. Sorprendentemente, la creencia contractual o individualista de la gracia surgió bajo los auspicios de Jonathan Edwards, a pesar de que él fuera calvinista. Edwards es, sin duda, el mayor pensador religioso que ha dado Estados Unidos. Pero, por medio de su influencia, los protestantes evangélicos del siglo xix corrompieron las ideas católicas sobre la gracia, con consecuencias muy nocivas. Se oyen los ecos de Edwards en la división del mundo que hace George Bush entre blanco y negro, o en los sermones de Billy Graham, a quien Phillips acusa de hacer más que ninguna otra persona por extender el cristianismo «sureño» por el mundo. Es característico que una alocución de Graham se base en la afirmación de que podemos evitar el castigo eterno acudiendo a Jesús. La enseñanza clásica de la Iglesia invierte este argumento al insistir en que sólo cuando experimenta la redención el cristiano se halla en condiciones de comprender el significado del arrepentimiento.
Entre otras cosas, la distinción entre alianza y contrato ayuda a explicar por qué hay por regla general menos redes de seguridad en la sociedad estadounidense que en Europa occidental, que se ha visto mucho más influida por la enseñanza social católica, así como por el socialismo. También aporta nuevas pistas sobre cómo podría haber mejorado el libro de Kevin Phillips. La acusación de que George Bush es un cristiano en exceso tradicionalista deja simplemente a un electorado dividido con uno y otro bando instalados en sus respectivos nichos. Afirmar que Bush no es lo bastante tradicionalista subvierte por igual los postulados de los cristianos y los lai­cistas.
A pesar de sus deficiencias, que incluyen una repetición excesiva, Ame­rican Theocracy es un ensayo legible y estimulante. Phillips presta una atención demasiado exigua a los católicos romanos, el colectivo cristiano más numeroso de Estados Unidos, y que ahora constituye una mayoría dentro de los jueces del Tribunal Supremo. El Vaticano reconoce con frecuencia que la pobreza del tercer mundo, el calentamiento global y la paz en Oriente Medio se encuentran entre las máximas prioridades a que se enfrenta la raza humana. Muchos evangélicos comparten esta sensación, como se pone de manifiesto en una gran declaración de ochenta y seis dirigentes eclesiásticos de Estados Unidos, titulada Cambio de clima: una llamada a la acción evangélica, y publicada hace pocos meses. De aquí se deduce que Estados Unidos no es un país tan homogéneo como creen muchos observadores. Los demócratas y otros pueden sentirse tanto frustrados como alentados por ello. Como sugiere también Phillips, si no hubiera sido por lo que él llama las «debilidades morales» de Bill Clinton, el cristiano reconvertido, pero ecologista y antibelicista, Al Gore estaría ahora disfrutando probablemente de su segundo mandato en el Despacho Oval. 
Traducción de Luis Gago

 

01/01/2007

 
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