ARTÍCULO

La base formal de Peter Eisenman

Akal, Madrid
Trad. de Amaya Bozal
400 pp. 72,12 euros
 

Eisenman es un arquitecto tardío. Philip Johnson, que fue en muchos sentidos su mentor, solía describirlo como un dark horse, usando un término trasladado de la jerga hípica a la política que denomina «caballo oscuro» al candidato inesperadamente vencedor, por analogía con el caballo desconocido que triunfa en una carrera. Peter David Eisenman, desde luego, no ha sido precisamente un personaje anónimo de la escena arquitectónica, pero su irrupción en ella como autor de edificios y candidato a la construcción de obras emblemáticas es más bien reciente. Ahora que su esposa Cynthia Davidson ha compilado su obra completa –venciendo los recelos de quien no desea dar su trayectoria por cerrada, y que además juzga demasiado convencional la presentación en orden cronológico de los proyectos sucesivos– podemos hacer algunas constataciones estadísticas: de los cincuenta y nueve proyectos destacados, sólo siete corresponden a las dos primeras décadas de su carrera, que se extienden desde el primer concurso en 1960 –para la catedral de Liver­pool, donde obtuvo el octavo lugar entre alrededor de cuatrocientos cincuenta participantes– hasta la asociación con Jacqueline Robertson en 1980; los restantes (cincuenta y dos proyectos) corresponden a esa etapa de colaboración y al posterior trabajo independiente de Eisenman Architects desde 1987 hasta hoy, lo que da una idea de lo significativo del viraje producido al iniciarse los ochenta.
Cuando en 1982 cierra el Institute of Architecture and Urban Studies, que había sido su plataforma profesional durante tres lustros (la revista vinculada al IAUS, Oppositions, había dejado de publicarse en 1981), Eisenman tiene cincuenta años y sólo cuatro casas construidas en su haber; pero a partir de esta fecha se multiplicarán las obras –las viviendas sociales de la IBA berlinesa; los centros de arte Wexner y Aronoff, y el centro de convenciones de Columbus, todos ellos en Ohio; las oficinas japonesas para Koizumi y Nunotani; el Memorial del Holocausto en Berlín; el estadio para los Cardinals en Arizona; y la todavía en construcción Ciudad de la Cultura de Galicia, su realización más colosal– y, curiosamente, también los libros: numerosas monografías sobre proyectos u obras específicas, varias recopilaciones de trabajos o de textos, y algunas publicaciones sobre asuntos largamente acariciados, como el estudio sobre Terragni que vio finalmente la luz en 2003 tras cuarenta años de gestación. En todo caso, es posible que quizá no debiera ponerse tanto énfasis en las obras construidas, ya que para un arquitecto de sus intereses intelectuales los proyectos no realizados –algunas de las casas iniciales, el Cannaregio veneciano o la Max Reinhardt House berlinesa son ejemplos evidentes– pueden llegar a tener la misma importancia que aquéllas.
Al mismo clima de revisión y balance que el libro de Terragni corresponden las dos publicaciones aquí reseñadas, la edición de su tesis doctoral de 1963 –que apareció traducida al alemán en 2004 y se ofrece ahora como facsímil del original inglés– y la obra completa editada por Davidson, que se presenta simultáneamente en inglés, alemán y castellano. La tesis, rea­li­za­da en la Universidad de Cambridge bajo la dirección de sir Leslie Martin durante los tres años que el norteamericano pasó en Gran Bretaña, había permanecido inédita hasta la fecha (con la excepción del extracto publicado en la revista AD el mismo año de su lectura), y explora las preocupaciones formales que guiarían como un hilo rojo la carrera posterior de Eisenman, preferentemente expresadas a través del análisis gráfico de obras de Le Corbusier (Pabellón Suizo y Cité de Refuge), Wright (casa Martin y casa Coonley), Aalto (Saynatsalo y Tallin) y Terragni (Casa del Fascio y escuela de Como), autor este último que se convertiría en su referencia favorita tras el conocimiento directo que le brindaron sendos veranos de viaje –durante 1961 y 1962– en compañía de Colin Rowe.
La huella del historiador y crítico británico es manifiesta en la tesis, y su lectura atenta no puede sino confirmar la interpretación convencional que vincula los análisis formales de las villas de Palladio realizadas por Rudolf Wittkower (en su mítica obra Los fundamentos de la arquitectura en la edad del humanismo, publicada originalmente en Gran Bretaña en 1949 tras aclarar la farragosa prosa alemana del gran erudito forzado al exilio por el nazismo) y la traslación de esos análisis diagramáticos a las villas de Le Corbusier por Rowe (discípulo de Wittkower en el Instituto Warburg), con imágenes tan reveladoras como la famosa comparación de La Malcontenta y Garches (en el artículo «Las matemáticas de la vivienda ideal», publicado por primera vez en 1947), y los prolijos dibujos analíticos de Eisenman, que a su pertinencia y provocación intelectual añaden una gran destreza en el trazo a mano alzada y en la hermosa caligrafía de palo seco. Esa genealogía Wittkower-Rowe-Eisenman (con síntomas reveladores, como la común pasión de los tres por el barroco romano de Carlo Rainaldi) resulta convincente, y no estoy seguro de que el inteligente artículo de Guido Zuliani en Tras el rastro de Eisenman –que procura desplazar el énfasis desde el estructuralismo de los análisis formales de Wittkower hacia la iconología de otro maestro de la galaxia Warburg, Erwin Panofsky– consiga modificar significativamente la interpretación habitual.
Pero la tesis, como el propio Eisenman subraya en un epílogo fechado en 2006, está igualmente bajo la influencia de otro trabajo doctoral desarrollado en parte en la misma Universidad de Cambridge por el entonces matemático Christopher Alexander, y que se publicó con el título Notas sobre la síntesis de la forma en 1964: una obra de impacto colosal desde el momento de su gestación, y que daría lugar a la escuela de Cambridge de análisis matemático-formal de la arquitectura –en línea con la llamada «revolución cuantitativa» en las ciencias sociales promovida durante esos años desde aquella universidad–, expresada en los estudios sobre la geo­me­tría del entorno edificado de autores como Lionel March o Philip Stead­man, discípulos también de Colin Rowe y Colin St. John Wilson, y, como Eisenman, acogidos a la sabia tutela de sir Leslie Martin. Esta esperanza estructuralista de fundamentación científica de la forma arquitectónica se extinguió, como es sabido, con el ocaso de la optimista década de los sesenta, y los análisis formales de las obras derivaron hacia rutinas pedagógicas tan eficaces y triviales como las de Francis Ching, que en 1979 utilizaba el dibujo y el orden geométrico para promover mecanismos de interpretación del espacio y la forma arquitectónica que todavía se reclamaban deudores de Wittkower y Rowe.
Es ilustrativo, sin embargo, comparar la representación de una obra como la Casa Martin de Búffalo en un artículo de Rowe de 1956 («La estructura de Chicago», recogido en la recopilación Manierismo y arquitectura moderna de 1976), en la tesis de Eisenman de 1963, en una obra de March y Steadman de 1971 (The Geometry of Environment) y en el manual de Ching de 1979 (Arquitectura: forma, espacio y orden), para advertir la originalidad y la importancia del trabajo del arquitecto y teórico neoyorquino: si Rowe comenta la riqueza espacial de la planta con el propio dibujo de Wright, y si los británicos enfatizan la maestría académica y el entendimiento de la simetría del autor de la Casa Martin con una planta simplificada que marca los ejes (Ching se limita a redibujar la planta para ponerla como ejemplo de simetrías axiales), Eisenman realiza veinticuatro dibujos analíticos de la planta que despiezan su complejidad espacial con la misma minuciosidad anatómica que aplicará a Terragni –primero en la propia tesis y después en el libro autónomo–, suministrando tanto un entendimiento exhaustivo de los procedimientos compositivos de Wright como un estímulo para la transformación sintáctica de la arquitectura que aborda con sus germinales proyectos de casas, iniciados en 1967 y publicados canónicamente en Five Architects, el libro colectivo de 1975.
Desde esa fecha, la obra de Eisenman ha ido recogiéndose –como ya se ha dicho– en diferentes monografías, pero ninguna con la ambición inclusiva de la aparecida ahora, donde la mención de los «rastros» de su trayectoria obedece a la voluntad literaria de presentar la obra completa del arquitecto entreverada con artículos críticos que la comentan siguiendo vagamente la epistemología morelliana de los indicios, un recurso detectivesco que en la versión inglesa de traces tiene el doble sentido de las trazas que característicamente dibujan tanto los proyectos como el propio recorrido intelectual de un autor empeñado en la subversión semántica y sintáctica de la arquitectura a través de sus trazos formales. Esos artículos, al igual que las memorias de los proyectos, se componen tipográficamente en pequeñas hojas superpuestas a ilustraciones o facsímiles de mayor tamaño, dando a la publicación el aspecto estratigráfico, tensionado y ocasionalmente hermético que Jacques Derrida introdujo en algunos de sus libros, como cuando presentaba en paralelo la Mimique de Mallarmé y el Filebo de Platón, con una voluntad de metáfora visual e innovación editorial presente siempre en las obras de Eisenman, desde su tesis doctoral –cuya versión actual reproduce el formato cuadrado original, para el que tuvo que conseguir un permiso especial de la universidad, y la singular disposición de las notas en los márgenes, que antecede la usada por Christian Norberg-Schultz en Intenciones en Arquitectura– hasta este último producto de su fértil factoría de ideas y formas. 

 

01/04/2008

 
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