Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

El final de la Gran Guerra, un siglo después

París, 1919 es el relato exhaustivo de las negociaciones que condujeron al Tratado de Versalles de junio de aquel año. La autora de este libro impresionante (publicado en su primera edición inglesa en 2001) es una prestigiosa historiadora canadiense. El libro consiguió de inmediato un gran éxito de ventas y ha sido reeditado en la lengua original y traducido a distintos idiomas. Disponible de nuevo en español al calor de la conmemoración del centenario del final de la guerra, conviene volver sobre él, ya que más de tres lustros después mantiene vigentes sus cualidades y su utilidad para públicos muy diversos, desde los estudiantes universitarios de todos los niveles a los aficionados a la gran historia. Con esta aportación, Margaret MacMillan culminó un ciclo largo de escritura sobre las causas de la Primera Guerra Mundial, el conflicto en sí mismo y sus consecuencias en el dibujo del mapa de Europa y del mundo. Un mapa, como veremos, tan dramático como tenso y breve. Veinte años después, Europa y el mundo pagaron caros los errores en su diseño y otros que no le eran muy probablemente imputables.

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¿El candidato manchú?

1962 fue el año en que se estrenó la película de ese título; en España se llamó El candidato del miedo. Su lanzamiento en Estados Unidos coincidió con la crisis de los misiles en Cuba y eso contribuyó a un mediano éxito de taquilla. La película no valía gran cosa. Era un melodrama anticomunista disfrazado de denuncia antianticomunista. Raymond Shaw, un sargento estadounidense capturado por los soviéticos durante la guerra de Corea, ha sido sometido a un cuidadoso lavado de cerebro por los chinos durante su cautiverio en Manchuria. De vuelta a casa, a Shaw lo colman de honores por haber salvado las vidas de sus compañeros de pelotón y se convierte en un héroe nacional.

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In taberna quando sumus

Azorín defendió el ocio como herramienta propicia para la inspiración. Un ocio tranquilo, es cierto, consistente en no hacer nada más que sentarse en el banco de un parque a observar lo que ocurre alrededor. Las páginas no suelen escribirse de manera súbita, nada más plantarse uno ante el papel o la pantalla. Antes de que el negro se pose sobre el blanco, las ideas se entretejen en la mente mientras el escritor hace su vida, mientras reposa o mientras bebe. Es cierto que algunos de los dipsómanos que nos trae Javier Barreiro en este compendio escribían bajo los efectos más profundos del alcohol, pero el alcohol era también la lente con que veían el mundo que iban a contar. Es indudable que la vida alcohólica de todos ellos les sirvió para encontrar no sólo inspiración y sugestiones, como Azorín en los bancos de los parques, sino también una manera de forjarse la experiencia. Y la experiencia es la fuente de la que mana la literatura. Incluso en este libro, porque Barreiro se confiesa bebedor. Sin la experiencia propiciada por el alcohol, quizá podría haber escrito estas páginas minuciosamente documentadas, pero sin poner en ellas el entusiasmo y la diversión que logra transmitir a quien las lee.

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España según Payne

La historia de España ha sido, desde antiguo, una de las historias nacionales que más interés han suscitado a lo largo del tiempo. Una nómina enorme de historiadores se ha ocupado de ella y algunos de los acontecimientos que han tenido lugar en la Península se encuentran entre los episodios de la historia mundial que más atención han recibido por parte de la historiografía nacional e internacional. Los lectores tienen donde elegir a la hora de interesarse por el pasado de este país. Y, sin embargo, a pesar de que los anaqueles estén repletos de títulos interesantes, no puede afirmarse que todo lo que se ha escrito sobre los españoles merezca la misma consideración. Uno de los motivos: la leyenda negra que ha acompañado a nuestra historia durante siglos. Su origen y las distorsiones que ha ocasionado en la comprensión del pasado español no tiene sitio en esta reseña, entre otras cosas porque los lectores conocen sobradamente el interés y el impacto que está teniendo el libro de María Elvira Roca, titulado Imperiofobia y reseñado ya en esta misma revista. Pero sí hay que hacer alusión a ella, aunque sea de pasada, porque el libro que nos ocupa viene a ser un conjunto de reflexiones destinadas a arrojar luz allí donde esa leyenda negra, unas veces, y los lugares comunes, en otras, han causado mayor deformación.

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Filosofía de la imbecilidad (y II)

La imbecilidad es cosa seria: tal es el título del breve ensayo que el filósofo italiano Maurizio Ferraris dedica al tema (trad. de Marco Aurelio Galmarini, Madrid, Alianza, 2018). ¿Un filósofo escribiendo un ensayo sobre la imbecilidad? Estamos tan habituados a considerar antónimos filosofía e imbecilidad que de manera automática se despiertan todas las alarmas (léanse suspicacias). ¿Va en serio? O, en términos más familiares, ¿está de coña? Pues no, no está de coña, y sí, va completamente en serio. El contenido del libro hace honor a su título. Ferraris se toma completamente en serio el tema de la imbecilidad y le dedica una reflexión de algo más de cien densas páginas plagadas de citas, alusiones doctas y un considerable aparato bibliográfico. Si me siguen, verán por qué se lo toma tan en serio.

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Thoreau, en su refugio

Cuando Henry David Thoreau (1817-1862) murió de tuberculosis sin hacer carrera a los cuarenta y cuatro años, este iconoclasta vecino de Concord se había convertido en una suerte de enigma para sus más allegados. ¿Era un inadaptado que había malgastado su vida y su talento de modo improductivo o se trataba, por el contrario, de un visionario que se había despojado de lo superfluo y había dado una lección de integridad a un mundo vulgar y estrecho de miras? Ralph Waldo Emerson, el padre de los Trascendentalistas de Nueva Inglaterra, había estado muy cerca de Thoreau. Habían sido vecinos en Concord, el pueblo de Massachusetts donde también vivían Nathaniel Hawthorne y el pedagogo revolucionario Bronson Alcott, y en aquella especie de Atenas del Nuevo Mundo habían paseado y conversado juntos y habían cultivado una amistad que, aunque no exenta de altibajos, fue crucial para Thoreau. En opinión de muchos, Emerson fue el catalizador en la decisión de Thoreau de escribir un diario, y también quien le prestó un terreno en la orilla septentrional del lago Walden, donde el joven escritor levantó la mítica cabaña, germen de su personal declaración de independencia Walden o la vida en los bosques. En el homenaje fúnebre que le rindió Emerson, sin embargo, el filósofo trascendentalista compuso un retrato algo ambiguo de Thoreau. 

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Elvis Presley, el artista adolescente

La primera vez que vi a Elvis Presley yo era un niño de pantalón corto y el corte de pelo a tazón. En la España de finales de los años sesenta ya se había producido una tímida apertura, que –entre otras cosas? había permitido que en 1965 los Beatles actuaran en la Plaza de las Ventas ante un público de cinco mil jóvenes. No conservo ningún recuerdo de ese evento, pues en esas fechas yo sólo contaba dos años, pero en algún momento de mi niñez apareció la imagen de John Lennon con sombrero cordobés, guitarra eléctrica y armónica. No me impresionó gran cosa. En cambio, mi primer contacto con Elvis me produjo una auténtica conmoción. Encendí la televisión –un Telefunken en blanco y negro? y apareció cantando uno de sus números más famosos: el «rock de la cárcel». Con uniforme de preso y un llamativo tupé, su voz de barítono alto y con registros de tenor jugaba con una letra por entonces incomprensible para mí, enlazando frases a un ritmo frenético. 

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La aventura de Norman Borlaug

«Ocupas la misma mesa que en su día tuvo Norman Borlaug», me había dicho Selassie un día que vino a darme la llave del piso que había olvidado en la mesa del desayuno, y desde entonces, cada vez que me sentaba frente a ella, no podía evitar imaginarme a aquel hijo de granjero, de ojos azules, rubio y bien plantado, que todavía debía de conservar las rústicas maneras de un chico educado en una escuela de aula única del último rincón de Iowa. Quién habría imaginado que aquel muchachote, que no había sido admitido en primera instancia en la universidad y cuya mayor distinción hasta el momento había sido que su nombre se inscribiera en el Hall of Fame de la lucha libre americana, acabaría dando fama a la universidad cuando recibió el premio Nobel de la Paz.

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Cómo y por qué surgió ETA

Comencé a escribir esta reseña el 7 de junio de 2016, día en que se cumplió el 48º aniversario del primer asesinato cometido por ETA, cuando, en un control rutinario de tráfico en Guipúzcoa, su dirigente Javier Etxebarrieta disparó por la espalda al guardia civil José Antonio Pardines y lo remató caído en el suelo. Etxebarrieta pudo haberle desarmado, como le propuso su compañero Iñaki Sarasketa, pero optó por asesinarlo porque el 2 de junio ETA había decidido empezar a matar. Aquel mismo día, unas horas después, Etxebarrieta fue abatido por la Guardia Civil, cumpliendo así en su misma figura lo que había vaticinado apenas dos meses antes: «Para nadie es un secreto que difícilmente saldremos de 1968 sin algún muerto». Él fue el primer etarra que mató y que murió. Enseguida la comunidad nacionalista lo convirtió en héroe y mártir de la patria vasca, mientras que Pardines fue considerado el agresor y borrado de la historia.

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Asustar o seducir (y II)

Aunque la actualidad se ha empeñado en desplazar el foco hacia los desgarradores dilemas del Partido Socialista, andábamos aquí dirimiendo los que afligen a su rival por la izquierda, Podemos, cuya irrupción en el panorama político español es, por lo demás, causa destacada de las desdichas socialistas. Y veíamos cómo el debate interno en el seno de la organización parece dibujar dos grandes corrientes: de un lado, la errejonista, partidaria de seducir más que asustar, por la vía de normalizar el partido y abrirlo a un mayor entendimiento con los socialistas; de otro, la iglesista, defensora de la conveniencia de dar miedo para así diferenciarse de los partidos ordinarios, eludiendo el riesgo de confundirse con ellos haciendo política «normal». ¡Hagan juego!

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Cero no tan absoluto

Esto siempre ha pasado, pero en los últimos años el zumbido es más insistente. Las novelas, dicen, deben contener ideas, deben hablar de algo, deben hablar de la realidad. Ya sólo se leen –o ya sólo se reseñan en los suplementos culturales– novelas que contengan ideas fácilmente extraíbles de los mundos en miniatura de que están hechas (éstos no serían más que estuches con la forma de esas ideas, como las carcasas en que vienen las maquinillas de afeitar) y aplicables al mundo real. Como si fueran ensayos sociológicos, trabajos científicos, artículos periodísticos, manuales de autoayuda, libros de recetas. Una novela, dicen, debe abordar los temas importantes, ofrecer respuestas, plantear interrogantes, esbozar un mapa del mundo actual, emitir un diagnóstico despiadado, etc. Cuando se considera que no cumple estas condiciones, entonces estamos ante algo vagamente embarazoso, vagamente repugnante: literatura escapista.

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El miedo y sus entrañas

Hay muy pocas cosas que la literatura tradicional en sus diversos géneros no haya dicho todavía sobre el fenómeno natural del miedo. El neurocientífico y divulgador de la ciencia Francisco Mora justifica su presente aproximación alegando que ahora podemos estudiarlo a la luz de los hallazgos de la neurociencia, pues, al fin y al cabo, se trata de un fenómeno básicamente cerebral. En su opinión, ese nuevo enfoque, aunque no permita crear una cultura exenta de miedo, sí que podría aportar claves para considerarlo de otro modo y generar una nueva actitud individual y social frente a él.

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