Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

¡Lo quiero más grande!

Gracias a un intenso trabajo de más de tres décadas de bombardeo psicológico y mediático, el fantasma de la obesidad se ha instalado definitivamente en el superpoblado habitáculo de los miedos del cerebro norteamericano. Hay motivos: dos tercios de la población adulta padece sobrepeso, y, de ellos, la mitad es indiscutiblemente obesa. Aún peor: el 18% de la población infantil también lo es y, si nadie lo remedia, en los próximos cinco años ese porcentaje puede aumentar dramáticamente. Si todo sigue así, los niños estadounidenses que hoy juegan con sus consolas, y ven por la tele más de veinte mil anuncios anuales relacionados con la comida, serán posiblemente la primera generación de la Historia cuya esperanza de vida sea inferior

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Renovación del casticismo

La primera novela de Montero Glez, Sed de champán, fue recibida por la crítica como la obra de un autor joven (nació en 1965), innovador y radical. Diríase que buena parte de la crítica hizo gala de esa generosidad, que luego se le achaca como defecto, que consiste en descubrir jóvenes e interesantes valores casi cada semana. Digamos de entrada que Montero Glez se muestra en esta segunda novela efectivamente como un autor sólido, buen conocedor de su oficio y muy digno de atención. Si en el abigarrado y confuso panorama de la joven narrativa española (admitamos como jóvenes a los que rondan los cuarenta) establecemos una clasificación contundente y maniquea, buenos y malos, Montero Glez merece, sin la menor

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Miscelánea veraniega sobre vicios y placeres

A menudo sucede que los vicios vencidos se convierten en nostalgias enquistadas en el alma. Ahí tienen el tabaco, por ejemplo. Sabemos que, tras décadas de admoniciones, advertencias y terrores, en los países del Primer Mundo el porcentaje de fumadores ha descendido significativamente. Nada queda ya de la consideración modernista de accesorio placentero que alguna vez tuvo el cigarrillo: aquel placer sensual e imprescindible del cuplé y de las heroínas en chaise-longue de Julián del Casal. Los grandes fabricantes, vapuleados por sentencias aleccionadoras, vuelven sus ojos a los mismos lugares que el Pentágono, pero por distintas razones (o no tan distintas): el porvenir del vicio y el crecimiento del negocio están en Oriente y en el Sur, donde la gente

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