Archivo general de Revista de Libros

Andaluces de Jaén

Leer cosas sobre Cataluña -lo que sea, de cuando sea y de la tendencia que sea- genera (por razones que son obvias y recogió Rafael Núñez Florencio en esta misma Revista en su entrada del pasado día 6) una pereza infinita. Pero este libro merece que uno la venza y se ponga a ello. Y con bolígrafo, para subrayar y tomar notas. Con tinta china, según se decía antes para indicar que algo debía quedar para siempre en la memoria

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La utopía y el poder

El año pasado, con motivo del quincuagésimo aniversario de los acontecimientos, se publicaron y reeditaron numerosos libros sobre 1968. Ramón González Férriz combinaba en 1968. El nacimiento de un mundo nuevo la crónica de acontecimientos en Francia, Italia, Japón, Estados Unidos y México con la historia de las ideas, y Joaquín Estefanía comparaba en Revoluciones. Cincuenta años de rebeldía (1968-2018) (Galaxia Gutenberg) las revueltas con movimientos posteriores. Antonio Elorza, profesor emérito de ciencia política en la Universidad Complutense, propone en Utopías del 68. De París y Praga a China y México una especie de «mapa utópico» de ese año. Presenta una suerte de árbol de utopías y detecta una especie de malestar general en la juventud, pero estudia fenómenos muy distintos. También son diferentes los países que escoge, las sociedades que aspiraban a crear los protagonistas del libro y los efectos que tuvieron sus acciones. Aunque Elorza reflexiona sobre las utopías, en buena medida es un libro sobre el poder: sobre la articulación y las transformaciones de los movimientos, las luchas internas, los virajes ideológicos, la combinación a veces imposible de intereses de grupos diferentes.

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Una revolución de clase media

Michael Seidman publicó entre nosotros, en 2012, un análisis sagaz de la política económica de Franco durante la Guerra Civil, La victoria nacional, que hizo honor al esclarecimiento de algunas de las razones de ésta última no siempre ponderadas, sobre todo vistas en un análisis comparativo con la suerte adversa de otras contrarrevoluciones. Por la información que proporcionaba y su modo de remover clichés con ella, constituye una lectura estimulante. Esta obra, y la dedicada a valorar el Mayo francés en su quincuagésimo aniversario, muestran un claro parentesco metodológico. Aunque el autor demuestra en la introducción conocer bien los enfoques inspirados por la psicología social y la filosofía que han tratado de dar cuenta de aquellos sucesos, prefiere atenerse a los datos de la sociología empírica y al proceso mismo de aquellos dos meses (mayo y junio) para extraer al final sus conclusiones.

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¡Marx, Mao, Marcuse!

En el libro de conversaciones entre Chantal Mouffe e Íñigo Errejón, Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, la profesora belga de Teoría Política realiza una interesante radiografía del universo de movimientos sociales e izquierdas de distinto color que había legado al mundo Mayo del 68. De un lado estaban los nuevos movimientos ecologistas, feministas, pacifistas, las luchas antirracistas o contra la discriminación sexual, etc., cuyo proyecto político no encajaba con la lógica de la lucha de clases. O, al menos, la interpretación plena de su contenido emancipador no podía ser satisfecho desde el determinismo de clase. Del otro lado, los movimientos obreros clásicos cuyo fundamento marxista les mantenía anclados en una suerte de esencialismo de clase, en virtud del cual «las identidades políticas dependen de la posición del agente social en las relaciones de producción, que son las que determinan tu conciencia» (pp. 9-10).

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La Revolución de 1917: lecciones de febrero

A la gente de mi edad nos salieron los dientes en el cine, pero no cualquier película estaba a nuestro alcance. Los que, ya creciditos, éramos izquierdistas tuvimos que esperar años –un viaje a París o una sesión clandestina en algún colegio mayor– para ver Octubre, la aclamada versión cinematográfica del golpe de Estado bolchevique en 1917. El calendario ruso de la época aún no se había puesto al paso del gregoriano –el cambio se produjo el 14 de febrero de 1918– y la toma del Palacio de Invierno en la noche del 24 al 25 de octubre en Petrogrado cayó en la del 6 al 7 de noviembre en la Europa Occidental. La ciudad que fundara en 1703 Pedro el Grande había estrenado ese nuevo nombre el 1 de septiembre de 1914, porque en el suyo original –Sankt-Petersburg o, en grafía cirílica, ?????-??????????– el adjetivo Sankt y la desinencia –burg resultaban incómodamente teutones en el trance de la Primera Guerra Mundial, cuando Rusia y sus aliados, Francia y Gran Bretaña (la Triple Entente), se enfrentaron a los imperios centrales (el Segundo Reich alemán, la Monarquía Dual austrohúngara y la Sublime Puerta otomana).

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Mayo del 68: París y Barcelona

Al intentar precisar la relación entre la España de la séptima década del siglo XX y los sucesos del llamado «Mayo francés», me viene a la mente la pregunta de Sócrates en el Protágoras acerca del conocimiento y su transmisión: si es preferible emplear un discurso racional, o la narración de una historia. A mi modo de ver, quien ha sido testigo y partícipe (aunque minúsculo) de un hecho histórico tiene recuerdos que merecen ser narrados cuando aportan una experiencia personal que excede la anécdota.

La historia que cuenta Sócrates es de gran alcance: habiendo recibido Epimeteo y Prometeo el encargo divino de dotar de distintas facultades a los seres vivos, quedó el hombre inerme y desprotegido, privado de garras, dientes mortíferos, pelaje grueso y alas, e inferior en resistencia y velocidad en la carrera y el salto. Entonces Prometeo le concedió en compensación la inteligencia y el fuego. Es en verdad uno de los mitos más abarcadores que existen. ¿Podemos aplicar la epistemología del Protágoras a los acontecimientos cuyo cincuentenario conmemoramos en estos momentos?

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El maestro se explica

Tras una dilatada vida académica puede afirmarse, sin incurrir en exageración alguna, que Gabriel Tortella ocupa en la Historia Económica un lugar comparable al que en su momento tuvieron otros grandes maestros en disciplinas afines: José Antonio Maravall o Luis Díez del Corral en la Historia del Pensamiento, Antonio Domínguez Ortiz en el campo de la Historia Moderna, José María Jover o Miguel Artola en el ámbito de la Historia Contemporánea, o el siempre vigente Juan José Linz en ese territorio impreciso e interdisciplinar a caballo entra la Ciencia Política, la Sociología y la propia Historia. Porque Tortella ha sido un historiador lúcido, trabajador incansable y forjador del que puede considerarse uno de los mejores grupos de historia económica de nuestro país, nutrido con nombres como Pablo Martín Aceña, Leandro Prados de la Escosura o Francisco Comín, entre otros. La influencia de estos autores sobre el conjunto de la historiografía, encabezados por su propio maestro, resultó decisiva en la dinamización que experimentaron los estudios históricos en España a caballo entre los años ochenta y noventa, posiblemente el período más brillante de la ciencia histórica en nuestro país, cuando los intercambios mutuos entre las diferentes especialidades (historia política, social, económica, de las ideas) se cultivaron de manera incansable, antes de caer en la hiperespecialización y en las últimas modas que se han impuesto y que nos han empobrecido en los últimos lustros.

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El discreto encanto de la ideología: comunismo y revolución, un siglo después (y III)

Veníamos diciendo, en el curso de esta reflexión acerca de la revolución bolchevique en su centenario, que para entender este singular acontecimiento y su posterior desarrollo ?incluyendo el tipo de régimen político que fue la Unión Soviética? hay que fijarse en la ideología. Es decir, en el marxismo-leninismo como doctrina de rasgos a la vez mesiánicos y científicos, o, si se quiere, como religión política que no renunció a elementos propios del romanticismo político. Sigamos y terminemos.

Fue Lenin quien, convencido de que el obrero no adquiriría conciencia universal de clase sin ser guiado por el partido, y persuadido del carácter internacional de la revolución proletaria (antes de refugiarse en el «socialismo de un solo país»), tomó el poder para hacer la revolución. 

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El discreto encanto de la ideología: comunismo y revolución, un siglo después (II)

Una noche de 1953, Stalin llama a la sala donde está celebrándose un concierto de Radio Moscú y pide al ingeniero de sonido que le haga llegar una grabación del mismo en cuanto la orquesta termine de tocar. Aterrado, el ingeniero comprueba que la sesión no estaba grabándose y en cuanto termina ordena a los espectadores permanecer en su sitio y volver a interpretar a Mozart desde el principio. Como el director queda inconsciente tras caer al suelo, la policía secreta saca de su cama a un sustituto, que se despide de su esposa convencido de que van a ejecutarlo y termina moviendo la batuta sin haberse quitado la bata; mientras, los huecos en el público se rellenan con viandantes obligados a aplaudir. Por fin, misión cumplida: Stalin recibe la grabación y, mientras se pone a oírla, cae fulminado por un derrame cerebral.

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1917: revolución en Rusia y crisis en España

Hace un siglo, en 1917, dos revoluciones transformaron Rusia: una derribó en febrero la autocracia zarista y otra estableció en octubre una dictadura comunista. La primera hubiera podido encaminar a Rusia hacia la democracia, pero más probablemente hubiera desembocado en algún tipo de régimen autoritario, como los que en el período de entreguerras proliferaron en la Europa menos desarrollada. La segunda llevó a la aparición de un nuevo sistema político, económico y social que se convertiría en uno de los rasgos diferenciadores de lo que Eric Hobsbawm denominó el breve siglo XX. En 1914 no existía ningún Estado comunista en el mundo, ni nadie podía prever que la revolución comunista profetizada por Marx y Engels fuera a tomar la dirección que le marcaron Lenin y los bolcheviques, mientras que a partir de 1989 el comunismo se convertiría en un mal recuerdo, añorado por un puñado de nostálgicos a los que cabría llamar reaccionarios. Entre una y otra fecha, sin embargo, el comunismo se extendió por el mundo y despertó entusiasmo. 

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1917: la Revolución Rusa y su época

La Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa fueron los acontecimientos seminales del arranque del siglo XX, ambos con consecuencias enormemente destructivas. Habrían de tener profundas repercusiones en las décadas posteriores y sus resultados indirectos perduran incluso en el siglo XXI. La Primera Guerra Mundial dio lugar al totalitarismo comunista y al fascismo y, en última instancia, a un conflicto global incluso mayor y más costoso. Las consecuencias combinadas de estas múltiples catástrofes produjeron más adelante la Guerra Fría, que no concluiría hasta 1991, una fecha invocada por algunos historiadores como el cierre del «breve siglo XX» de Europa iniciado en 1914.

La revolución en su consumación bolchevique puso fin al desarrollo orgánico de una importante cultura mundial, la de la Rusia ortodoxa, y produjo el nuevo modelo de la dictadura de partido único, el totalitarismo estructural y el comunismo de Estado, cuyos efectos siguen sintiéndose en partes fundamentales del mundo aún a día de hoy, adoptando su forma más destructiva en el caso del Estado canalla de Corea del Norte. El intento de crear una Rusia liberal y democrática después del comunismo ha demostrado ser un fracaso. En el siglo XXI, Rusia no es, en ciertos aspectos esenciales, ni tan libre ni tan progresista como lo era en 1914. Ha resultado ser extremadamente difícil trascender por completo los efectos de 1917.

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Ecos de Octubre

El pensador maoísta Samir Amin se aferra al «despliegue de oleadas sucesivas de avances revolucionarios» para aguardar pacientemente el advenimiento del comunismo como «etapa superior de la civilización». Si el capitalismo tardó diez siglos en concretarse, extenderse e imponerse, la Revolución Rusa constituye la primera secuencia –descontada la Comuna de París? o, al menos, el feliz presagio del proyecto socialista que está por venir.

A su juicio, la revolución soviética no cristalizó en un modelo socialista, lo cual no la hace desmerecedora de elogio, pues contribuyó al reequilibrio internacional y a la contención del imperialismo capitalista. Amin reivindica en Octubre 1917 el año revolucionario, a Lenin e incluso a Stalin, aunque critica con amargura la progresiva –y casi inmediata? deriva del sistema hacia lo que llama capitalismo de Estado, capitalismo monopolista de Estado o, más asépticamente, modo de producción soviético.

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