Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Irazoki y las gotas contadas

Las aberraciones de la historia merman nuestra fe en el hombre, pero cada vez que surge la voz de un poeta fieramente humano se restablece nuestra confianza, revelándonos que la ternura y la inteligencia hacen retroceder a las pasiones más indignas. Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es un hombre bueno y eso se transparenta en su poesía, luminosa, humilde y esperanzadora. La excelencia moral no es siempre garantía de excelencia artística, pero cuando ambas virtudes convergen el resultado es altamente inspirador. El contador de gotas es la última entrega de una trilogía que comenzó con Los hombres intermitentes y continuó con Orquesta de desaparecidos. Se trata de un tríptico autobiográfico, donde una suave melancolía convive con un acendrado optimismo vital. Irazoki nunca ha caído en la trampa del pesimismo. Conoce el dolor, pues ha sufrido accidentes y pérdidas, pero nada le ha hecho repudiar la vida. Su concepto de la existencia excluye lo sobrenatural. No hay ninguna referencia a Dios. Nunca deplora la finitud. Como diría su entrañable amigo Fernando Aramburu, «un paseo por la vida es suficiente». Irazoki es un poeta intimista y con grandes dotes de introspección, pero nunca le ha dado la espalda a  la realidad. Su voz se ha alzado contra el terrorismo de ETA, cuidando la memoria de las víctimas. Su coraje cívico nunca se ha oscurecido con sentimientos de rencor o revancha. Simplemente, se ha distanciado de los corazones endurecidos que han bañado de sangre su tierra natal, escarneciendo su tradicional espíritu de paz y acogida.

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Los muertos

(Hace unos años, publiqué en un blog de la Revista de Libros varias conversaciones con mi gran amigo Tomás, que por entonces era mi vecino en el barrio madrileño de Ciudad Lineal. Habría querido transcribir más, pero él se fue de España y no nos vimos en mucho tiempo. Quizá es ocioso aclarar que Tomás no se llama Tomás. Por otra parte, escribo todo esto con su consentimiento expreso. Como en otras ocasiones, ha leído el borrador y ha precisado las citas y corregido algunas cosas, mejorando de forma caprichosa y un tanto deshonesta sus frases —aunque no demasiado—, e incluso haciendo más interesantes mis intervenciones, así que, en realidad, se trata de un texto a cuatro manos.  Por mi parte, como el estilo de la vida real es ilegible, he cortado, montado y editado para dar una sombra de dirección a un diálogo que, como es natural, tiende a la entropía. También he eliminado las abundantes maldiciones y obscenidades. Desde hace muchos años, escribo un diario meticuloso de mis cada vez más raros encuentros con amistades y otras personas interesantes, así que no tengo necesidad de inventar casi nada).

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Carácter y destino: una lectura de Luis Cernuda

«No me queréis, lo sé, y que os molesta / Cuanto escribo. ¿Os molesta? Os ofende. / ¿Culpa mía tal vez o es de vosotros?» Así comenzaba Cernuda el que iba a ser el poema que cierra Desolación de la Quimera, su último libro, que está transido de una suerte de rencor acumulado, de desazón irresuelta, aunque también de gratitud y una ironía satírica que no había cultivado antes en sus versos. ¿A qué se debe esa amargura final? ¿Contra quién arremete después de que, en sus poemarios anteriores, pareciese hallar un equilibrio sereno que, visto en perspectiva, se antoja más como una excepción que como un estado de madurez y aceptación definitivo? Quienes lo conocieron hablaban de él como de un hombre frío, inadaptado, desabrido; víctima de una especie de inquietud que lo corroía por dentro; incómodo consigo mismo y, por tanto, con el mundo. María Zambrano le dijo directamente que siempre se había comportado como un erizo, que jamás había sabido darse ni dejarse querer. 

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La poeta de la familia

Emily Brontë hizo su entrada en el mundo de las letras en 1846, sin fanfarria, en un volumen de versos publicados en compañía de sus hermanas Charlotte y Anne, con el título anodino de Poems by Currer, Ellis, and Acton Bell. El libro pasó prácticamente inadvertido en su momento, y en parte por ello las hermanas decidieron volcarse en las «narraciones en prosa», lo que culminó, en el caso de Emily, en uno de los clásicos de la novela inglesa: Cumbres borrascosas. La poesía, sin embargo, fue mucho más que una fase de juventud. Brontë dedicó la mayor parte de su vida creativa adulta, desde los dieciocho años hasta su muerte a los treinta, a la escritura de versos. Y antes de que su novela eclipsara esa veta era la indudable poeta de la familia. Charlotte, en una semblanza de su hermana, llegó a decir que el único mérito de Poems residía en «los poemas de Ellis Bell» (Emily), que definió como «condensados y lacónicos, vigorosos y genuinos», con una música «silvestre, melancólica y elevadora». Es cierto que también dijo de su hermana que era «indocta» y que escribía movida «por los impulsos de la naturaleza»; pero ese juicio mixto no hizo sino realzar la reputación póstuma de Emily. Se inicia así una tradición que la tiene por la figura más romántica de las hermanas, la escritora instintiva, la poeta innata.

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La tarea de escapar

¡Qué experiencia tan extraordinaria, tan abrumadora, la de ser coetáneos de un genio! Porque los grandes genios de la literatura, de la música, de la ciencia, siempre parecen haber nacido en épocas lejanas y estar ya todos muertos. Mi deslumbramiento con Solenoide es tan grande que les recomiendo el libro a todos mis amigos con el mayor entusiasmo. Y ellos se lo compran, muy obedientes, y luego… Aloisio me dice que no le ha gustado mucho, que el autor divaga, que es pesado. Huberto afirma que es un libro oscuro y deprimente, a pesar de sus indudables cualidades literarias. Higinio, en fin, se declara entusiasmado por el estilo, por la imaginación. Jano se manifiesta de acuerdo conmigo: C?rt?rescu es un genio. Y entonces yo les pregunto si han leído el breve episodio del faraón. Se muestran perplejos. Aloisio y Huberto confiesan que no han pasado de la página doscientas (es decir, que probablemente no han llegado ni a la ciento cincuenta). Y en cuanto a Higinio y Jano, descubro pronto que sus laudatios son difusas y poco convincentes. 

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Poesía desde Auschwitz

No parece irracional comparar la Shoah con un gigantesco agujero negro, capaz de atrapar y anonadar a millones de inocentes, pero no es un símil convincente. Las leyes de la física no se cumplen en el ámbito del espíritu humano. En mitad de la negrura más terrorífica, casi siempre despunta la vida, exaltando la libertad, la compasión y la alegría. En su Diario de Praga (1941-1942), Petr Ginz escribe: «La simiente de una idea creativa no perece entre el barro y la mugre. Brota incluso allí y florece como una estrella refulgente en medio de la oscuridad». Mercedes Monmany, prestigiosa crítica literaria y notable ensayista, ha intentado explicarnos ese milagro en Ya sabes que volveré, un clarividente ensayo sobre tres extraordinarias escritoras asesinadas en Auschwitz: Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Kolmar. Monmany extrae el título de su obra de un fragmento de la correspondencia de Hélène Berr, una joven judía parisiense que murió en Bergen-Belsen con sólo veinticuatro años: «Volveré, Jean, ¿sabes?, volveré». Monmany no ha añadido dramatismo a unas historias insoportablemente trágicas. 

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La revisita a un clásico contemporáneo

Claudio Rodríguez (1934-1999) es un poeta al que desde muy pronto se incluyó en el discurso literario de su generación histórica, la llamada Generación del Medio Siglo, cuyos miembros (Ángel González, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines) vivieron de niños la experiencia de la guerra civil española y empezaron a publicar en la década de los cincuenta, dominada por una lírica testimonial y de carácter social que pronto habrían de superar. Como sucede con el resto de compañeros de generación, su obra ha sido ampliamente editada y estudiada. Buena muestra de ello sería la precoz recopilación de sus tres primeros libros por parte de Carlos Bousoño (1971) o la del propio autor bajo el título Desde mis poemas (1983). También existen abundantes antologías de su poesía.

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Con pocos, pero doctos libros juntos

He de reconocer que la primera reacción que me suscitó este libro fue de suspicacia, sospecha y desconfianza. En la sobrecubierta, una fotografía con un primer plano del autor y, rodeándola, una faja promocional que aludía a la última película de Jim Jarmusch, Paterson. Además, no paraba de darle vueltas al título: Poesía reunida. Sabía que William Carlos Williams había publicado durante cincuenta años de labor poética un número muy respetable de obras y la elasticidad semántica del término «reunida» originaba en mí cierta curiosidad e incertidumbre. ¿Cuánta de su poesía estaría «reunida» en este volumen? Los títulos seleccionados, ¿ofrecerían una visión general de su trayectoria literaria? Al consultar el índice, mis recelos aumentaron. Con «reunida», Lumen se refería sólo a cuatro obras, y tres de ellas ya habían sido publicadas con anterioridad en la misma editorial. Por lo menos, se trataba de una edición bilingüe. Pero dos hechos me llamaban positivamente la atención. El volumen no incluía Paterson (lógico, pues ya disponemos de una estupenda traducción en Cátedra); y no se trataba de una antología, modalidad de recolección ya ensayada por las editoriales Era, Visor y Alianza en el ámbito hispanohablante. Era imprescindible encontrar, si es que los había, el propósito y la pertinencia de esta publicación. 

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Dylan y el cancionero americano: la república invisible

El libro Dylan’s Visions of Sin, de Christopher Ricks, apareció en 2004, poco antes, si no recuerdo mal, de que comenzaran los primeros rumores sobre el Nobel. Ricks ha sido Poetry Professor en Oxford (cátedra ocupada, entre otros, por Matthew Arnold, W. H. Auden, Robert Graves y Seamus Heaney) y es autor de reconocidos estudios sobre poesía inglesa. En su libro analiza un buen número de letras de Dylan, comparándolas línea por línea con grandes poemas de la tradición anglosajona. Toma «Lay, Lady, Lay», de Dylan, por ejemplo, y la coteja con un bellísimo poema erótico de John Donne, la famosa elegía titulada «To His Mistress Going to Bed». Para Ricks, ambos textos están, en la práctica, a la misma altura. ¿Por qué? Bueno, básicamente porque los dos son invocaciones a una mujer y en los dos aparece una cama, además de ciertos paralelismos formales, como la fórmula de apertura: «Come, Madame, come», en Donne, y «Lay, lady, lay», en Dylan. Poco más. Es posible que Dylan conociera el poema de Donne. Poco importa. El caso es que el poema del siglo XVI es una rara gema, una compleja y refinada red de alusiones y resonancias, mientras que el texto de la canción de Dylan, impreso en papel y leído en silencio, es una pieza romanticona llena de burdas metáforas sexuales y de sangrantes lugares comunes.

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Caídos por la patria

Hasta hace relativamente poco se decía que todo lo concerniente a la Primera Guerra Mundial constituía historiográficamente lo postergado o no muy bien conocido, sobre todo en comparación con el abrumador número de estudios de toda índole que había generado la otra gran guerra, la de 1939, tan descomunal en todos los sentidos que había desplazado el foco de atención. Todavía sigue utilizándose de modo residual o retórico ese cotejo, como menciona Carmen García Monerris en uno de los capítulos de Volver a pensar el mundo de la Gran Guerra: «La Gran Guerra pasó a ser la Primera cuando estalló la Segunda y gran parte de la historiografía, y en cierta manera también de la memoria colectiva, permaneció mucho más atenta a esta y a sus consecuencias evidentes». 

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Los ensayos de Johnson

La obra del Dr. Johnson últimamente llega de manera un tanto desorganizada, pero en ediciones excelentes (no nos referimos a ediciones más antiguas, que cumplieron su cometido, aunque ofreciendo una versión parcial e incompleta del autor). A punto estuvo Johnson de convertirse en una máquina de responder ingeniosidades, por obra de James Boswell, principalmente, como Quevedo lo fue de hacer chistes apócrifos. En realidad, Johnson es algo más que un personaje peculiar y erudito que escribía obras que no eran especialmente divertidas, que recorría las tabernas de Londres en compañía de un escocés bastante metomentodo y que oficiaba simultáneamente de admirador y de biógrafo. 

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Un genio sin talento

El lugar de Paul Celan en la poesía corresponde al de la zeta en el alfabeto. Es el límite, el máximo, el final. Es el último de una serie de poetas brillantes entre los que suelen colocarse a Hölderlin, a Trakl, a Rilke, pero de todos ellos es el más hermético, el más difícil. Representa para muchos el ejemplo supremo de escritor que no cede, el escritor auténtico, el verdadero poeta, que no escribe para nadie ni necesita ser entendido ni leído. Otros personajes han ocupado también ese extraño lugar, el lugar del final, del límite, de la disolución: Kafka, Beckett, incluso Cioran…

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