Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 10 de Enero. ¡Feliz Navidad!

El Estado suspenso

Estamos a 20 de octubre de 2017. Y sucede que los hechos han sobrepasado y dejado en gran parte caduco el contenido de este libro coral que reseñamos, publicado en el mes anterior al esperpéntico referéndum del 1 de octubre, y bajo la premisa aceptada por sus autores de que tal acto ni tendría lugar ni debería tenerlo. Es decir, escrito sobre el suelo firme de un Estado de Derecho que lleva (¿llevaba?) aproximadamente cuarenta años de vigencia en este territorio llamado España. Ese Estado de Derecho había predicho (las normas jurídicas al final no son sino haces de predicciones encadenadas y garantizadas que nos permiten a las personas construir nuestro plan de vida autónomamente) que esa consulta pública no se celebraría por ser manifiestamente contraria a los principios constitucionales. Se celebró. El orden fracasó al intentar impedirlo. Y, además, quedó acomplejado e inerme después de ese fracaso: no más coacción, no más fuerza. A partir de ese momento vivimos en la incertidumbre acerca de dónde vivimos.

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Las cosas que hemos visto

«The things we’ve seen, Master Shallow! The things we’ve seen!», dice Falstaff a su compañero de correrías, el maese Shallow, frente al fuego de una chimenea que ilumina melancólicamente sus envejecidos rostros. Es el comienzo de Campanadas a medianoche, la película de Orson Welles que compone un collage a partir de las obras de Shakespeare en que figura este memorable personaje, al que Harold Bloom acaba de dedicar ?a partir de sus materiales docentes? un magnífico librito. No es descabellado pensar que el célebre parlamento del replicante interpretado por Rutger Hauer al final de Blade Runner («He visto cosas que no creeríais») se inspirase en esas líneas. Desgraciadamente, en España podemos decir lo mismo, sólo que en tiempo presente: las cosas que estamos viendo. Nada que ver con la puerta de Tannhäuser o la muerte de Enrique IV. ¡Si ni siquiera sale Fernando Rey! Pero son, sin duda, cosas extraordinarias que recordaremos siempre y a las que siempre volveremos. 

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La crisis catalana y el auge del radicalismo

La épica goza de más prestigio que la sensatez y el diálogo. En el origen de las naciones casi siempre hay acontecimientos épicos, reales o imaginarios. Cuando son reales, se recurre a la hipérbole para lograr un efecto dramático en las masas, movilizando sus pasiones más elementales. Si son imaginarios, no hace falta exagerar, pues la mentira posee mayor plasticidad que la verdad y puede modelarse de acuerdo con los intereses de cada momento. Afirmar que Cataluña sufre la ocupación de una potencia extranjera desde 1714 constituye una mentira tan grotesca como asegurar que Alemania perdió la guerra de 1914 por culpa de los judíos y los bolcheviques, artífices de una conjura orquestada para asestar a la nación una puñalada por la espalda. Actualmente, esa hipótesis nos parece mezquina, absurda y malintencionada, pero durante el período de entreguerras se convirtió en un dogma de fe gracias a la retórica nacionalista.

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Cataluña: lo posible anterior (y III)

Esta serie de entradas sobre el problema catalán arrancaban, hace ya tres semanas, con una hipótesis planteada en el primer volumen de los diarios de Ricardo Piglia: deseamos a menudo volver atrás en el tiempo para hacer las cosas de otra manera, modificando así «lo posible anterior» y dando con ello lugar a un futuro ?que sería un presente? alternativo. En nuestras vidas ordinarias, los momentos decisivos no son abundantes; por eso nos obsesionan. Y lo mismo puede decirse de la vida colectiva, que también alterna largos períodos de normalidad con breves episodios de excepcionalidad. No cabe duda de que el desafío separatista entra dentro de esta última categoría, lo que otorga a la hipótesis retrospectiva una mayor gravedad moral, ya que no se trata de experimentar imaginativamente con posibilidades alternativas, sino de tomarnos en serio la pregunta acerca de qué debemos hacer ahora a fin de no tener que lamentarlo después.

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Cataluña: lo posible anterior (II)

Se precipitan los acontecimientos en Cataluña: lo que hoy se escribe puede quedar mañana, cuando se publique esta entrada, anticuado. Así es el carácter de los procesos revolucionarios, reciban o no este nombre; entendiendo por tales aquellos en que se persigue la sustitución de un régimen político por otro fuera fuera de los canales legales establecidos para ello. De acuerdo con esta definición, lo que está sucediendo en Cataluña desde el 7 de septiembre ?cuando se aprobó la Ley de Transitoriedad en un Parlament semivacío tras el abandono de la cámara por los partidos de la oposición? se parece mucho a eso. A ese mismo fin contribuye la convocatoria de una huelga general, un episodio clásico en estos procesos; no en vano Georges Sorel describe la huelga general como un «mito» movilizador que inspira la acción revolucionaria con su promesa mesiánica: la suspensión del orden establecido y el advenimiento de la excepcionalidad política.

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El independentismo catalán contra el Estado de derecho

Manuel Azaña intentó apoyarse en los nacionalistas vascos y catalanes para llevar a cabo su idea de España, basada en el reformismo y el laicismo. Pensó que las regiones más desarrolladas podrían ayudar a consolidar la Segunda República, promoviendo un patriotismo cívico y moderado, que contemplara el reconocimiento de las demandas autonómicas. Su planteamiento se reveló ingenuo y estéril, pues a los nacionalistas sólo les interesaba independizarse, no modernizar España ni fomentar la cohesión social. La tendencia rupturista lanzó su mayor desafío el 6 de octubre de 1934, cuando Lluís Companys proclamó el Estat Catalá, al mismo tiempo que Asturias iniciaba un levantamiento revolucionario organizado por la Alianza Obrera, dirigida por la UGT y el PSOE con el apoyo de la CNT. El Estat Catalá duró diez horas, pues –entre otras cosas– no contó con el respaldo de los anarquistas. Companys pidió a Domingo Batet, capitán general de Cataluña y oriundo de Tarragona, que se pusiera al servicio de la Generalitat, pero no logró su adhesión. Batet se mantuvo fiel a la República y acabó con los pequeños focos de resistencia con la mínima fuerza posible. A pesar de todo, murieron treinta y ocho civiles y ocho militares.

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Cataluña: lo posible anterior (I)

En una entrada de su diario fechada en abril de 1966, Ricardo Piglia dice a través de su álter ego Emilio Renzi que querría a veces «volver a ciertas épocas de mi vida y vivirlas con la conciencia que tengo ahora». Por ejemplo, añade, empezar de nuevo la historia en 1956. Destaca que se trata de un gran tema novelístico: el Lord Jim de Conrad quiere volver al día en que se comportó como un canalla para cambiarlo; en un cuento de Borges («La otra muerte») hay un soldado que hace un pacto fáustico para volver a la batalla en que fue cobarde y morir en ella como un héroe; el Gatsby enriquecido se empeña en cambiar la decisión de una mujer que lo rechazó en el pasado. Y concluye Piglia: «En definitiva, se trata de pensar el pasado con las categorías que usamos para imaginar el futuro. Lo posible anterior».

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España sin dramatismo

«En los próximos años, España seguirá afrontando la cuestión nacional y la existencia en ella de gentes de diversas etnias»: esta frase se encuentra al final del libro de Antonio Feros en un pequeño párrafo, que no llega a la media página, pero que se ha querido deliberadamente separar del resto. Es como si al autor le diera cierto pudor académico finalizar un libro de historia entrando en los terrenos de un presente en el que las dos cuestiones mencionadas (nacionalismos e inmigración) forman parte principal de los asuntos políticos. No debería ser así, porque, si algo muestra su lectura, es que en ambas cuestiones (como en otras muchas) la historia se funde con el presente y se convierte en una muy útil herramienta para pensar mejor el futuro. Sobre todo si, como se hace aquí, se prescinde del dramatismo que tan presente ha estado siempre en la historiografía de la nación en España.

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La cuestión catalana

José Ortega y Gasset apoyó el Estatuto de Autonomía Cataluña de 1932, pero apuntó que el independentismo catalán, lejos de ser un sentimiento responsable, se inspiraba en planteamientos utópicos. No era una observación irrelevante, sino una advertencia trágica: «La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte». Las utopías no prosperan sin la confrontación con un enemigo real o imaginario. No es posible crear una nación o sostener una ideología sin un espíritu de beligerancia contra algo. ¿Cuál es el «enemigo» de Cataluña? España, lo español, el centralismo castellano, imperialista, despótico y vetusto. Para los independentistas catalanes, España es sinónimo de opresión, intolerancia, represión, atraso. España no es un país democrático, sino un vástago de la Santa Inquisición y la monarquía absoluta. España es Torquemada, Fernando VII y el general Franco.

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El litigio de los símbolos nacionales: entre la representación y la exclusión

Una típica viñeta de Mingote, que se reproduce en el libro que vamos a comentar (p. 347), muestra a una madre tradicional que, en tono admonitorio, se dirige a su hijo ostensiblemente irritado: «¡Mientras el himno nacional no tenga letra, no tendrás más remedio que aprender a silbar, como todos!» Y, en efecto, alrededor del chaval se bosquejan los rostros mofletudos de los compañeros, que se afanan en soltar aire para seguir los compases del chunda-chunda. El efecto buscado, obviamente, es el de una situación risible, chusca o irritante, según los matices o sensibilidades de cada cual. La caricatura de Mingote se publicó en ABC el 23 de octubre de 1987. A pesar de lo que ha llovido desde entonces, los términos del contencioso apenas se han modificado en lo esencial. Desde el fin de la dictadura, de forma periódica, casi siguiendo ciclos que de tan repetidos ya nos conocemos al dedillo, han ido sucediéndose las controversias sobre el himno, siempre polarizadas en torno a las dos manifestaciones antitéticas de determinados estamentos o sectores del país: por un lado, quienes han pretendido realzarlo como indiscutido e indiscutible símbolo patrio –y dignificarlo con una letra cantable? y, por otro, quienes, por razones diversas y no siempre asimilables, lo rechazan con vehemencia (y lo silban y abuchean públicamente a la menor ocasión). 

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Alegato contra las fronteras

«Un nacionalista es una persona que cree que, sea lo que sea una nación (y toda percepción de la nacionalidad es altamente subjetiva y arbitraria), la sola unidad justa de gobierno es la que coincide en sus límites con una nación».

Esta concisa definición del nacionalismo tiene el mérito de poner de relieve que éste es, sobre todo, una doctrina o una ideología que trata de fronteras y, en concreto, una doctrina que establece un principio de correspondencia necesaria entre las fronteras de la nación y las del poder político soberano: según ella, la humanidad está repartida en una serie de entidades discretas y objetivamente identificables que se denominan naciones, las cuales a su vez son las unidades básicas y necesarias para que una comunidad política esté establecida correctamente. El nacionalismo reclama la frontera porque es ésta la que convierte al territorio y al Estado en propiedad de la nación.

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Para comprender los nacionalismos

Si alguien ha influido en nuestra comprensión del nacionalismo español contemporáneo, éste es sin duda José Álvarez Junco. Tras una fructífera trayectoria estudiando movimientos sociales como el republicanismo o el anarquismo en trabajos de gran mérito, como el de sobra conocido que dedicó a Alejandro Lerroux o los anteriores sobre la ideología y cultura del anarquismo español, Álvarez Junco nos entrega ahora un nuevo libro sobre la nación y el nacionalismo en España y en el mundo. En este sentido, Dioses útiles es una nueva aportación sobre un fenómeno sobre el que el autor ya sentó cátedra para un caso particular con Mater Dolorosa (2001), una contribución esencial a la historia de la formación nacional española en el siglo XIX. Casualidades de la vida, quien firma esta reseña ya escribió también en Revista de Libros la correspondiente a aquella obra. Ahora, quince años después, me corresponde comentar una nueva entrega del autor, la puesta al día de sus ideas acerca de la formación nacional y el nacionalismo, pero esta vez no sólo en España, sino como problema general y en el mundo. 

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