Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Cuando ya no recuerde quién soy

Dentro de unas horas abandonaré mi casa. No sé si volveré. Mi mente viaja hacia la oscuridad. Tengo la sensación de que me marcho lejos de mí. Es posible que dentro de unos meses ya no sepa quién soy, ni a quién amé, ni qué experiencias marcaron mi vida. He preparado la maleta cuidadosamente. Mis manos ya no son jóvenes, pero aún pueden doblar una camisa o unos pantalones. Me gusta el olor que desprende la ropa limpia. Me transmite sensación de  orden, de equilibrio. No soporto la suciedad ni el descuido. Siempre he sido algo presumido. Cuando perdí a mi esposa, pasé unas semanas sin afeitarme ni lavarme, pero esa actitud solo agravó mi malestar. Al recobrar la rutina

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Bendita obsesión

Franz Schubert compuso Viaje de invierno, un ciclo de canciones para voz y piano sobre el texto homónimo del poeta Wilhelm Müller, hacia el final de su corta vida; y con el tiempo ha llegado a convertirse en uno de esos monumentos de la música clásica que tiene un número grande de devotos solitarios y silenciosos. Los amigos del compositor reaccionaron extrañados cuando este lo interpretó ante ellos, ya cerca de la muerte. Él les advirtió: «Amo esta música más que ninguna otra de las mías, y vosotros llegaréis a amarla igualmente». La amaron, desde luego, y hoy son numerosos sus sucesores, al menos en una cierta escala intelectual y social. Cuando se ofrece el ciclo completo de los veinticuatro Lieder, los auditorios se llenan y, al menos desde hace medio siglo, se han multiplicado las ediciones discográficas. Son seguidores silenciosos y solitarios, porque llevan su devoción de un modo discreto, tal vez con mutuas confesiones sobre su belleza y el escalofrío que produce su escucha, mientras que ninguna de sus canciones se ha visto expropiada –como sí una gran cantidad de piezas de música clásica– para añadirse al incesante muzak que se ha convertido en la banda sonora del capitalismo globalizado. No ha ocurrido, creo, todavía, encontrarse con una de estas canciones en un anuncio televisivo o al subirse a un avión. Demasiado depresivas y tristes, dirá alguno; aunque todo puede llegar. De modo que Viaje de invierno es una música que se disfruta pura, sin contaminaciones ni interferencias; a ser posible, de manera integral. Sería, por eso, tanto más interesante preguntarse qué es lo que escuchan y perciben los devotos de esta pieza de culto, qué clase de resonancias y referencias le encuentran: tanto más cuanto que el texto alemán es asequible sólo para una parte de ellos, y muy pocos pueden hacerse cargo de sus complejidades formales en lo musical. 

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Johnny Cash: la voz de América

Si la música estadounidense de los últimos cincuenta años tuvo un patriarca, ese fue el Hombre de Negro. Es un fenómeno difícil de explicar, pero su importancia trascendía la propia música. Se producía una conexión afectiva, casi íntima, entre Johnny Cash y sus seguidores. Un vínculo diferente de la habitual admiración del espectador hacia el artista. Johnny Cash era como un padre.

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Hacer música española

La historia todavía es sorda. Sorprende, pero es así. Quiero decir que no puede narrarse una etapa del pasado y a la vez escuchar la música que de algún modo acompañaba los eventos descritos, aunque llevamos bastante más de un siglo con formas de reproducción sonora y más de dos décadas con escritura telemática y, en paralelo, música portátil, hoy transmitida por computación. Y eso que el cine no es más que melodrama en su sentido más estricto. Más aún, si hablamos de divulgación histórica, el documental explicativo suele depender muy directamente de una banda sonora. Sin olvidar que el cine conocido como «mudo» siempre tuvo acompañamiento, previamente compuesto o improvisado durante la proyección, y que, desde el principio del cine sonoro, la música de fondo acompaña el ensayo fílmico como narración emotiva paralela, con compositores directamente implicados en esa tarea.

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Philip Glass, o la fertilización cruzada

Philip Glass es un compositor norteamericano que ha desarrollado su obra dentro del minimalismo musical, movimiento al que también pertenece su coetáneo Steve Reich. Pero la obra de Glass, desarrollada a través de cinco décadas, se ha hecho más acreedora del calificativo «repetitiva», que describe bien las secuencias melódicas, a veces obsesivamente reiteradas, que constituyen sus composiciones. Su trabajo relacionado con el cine (empezando por Koyaanisqatsi Mishima en la década de 1980) y con el teatro (empezando también por sus colaboraciones con Bob Wilson, como the CIVIL warS) le han dado una notoriedad pública muy superior a la de otros compañeros de tendencia.

Unas memorias centradas en su formación y evolución, que es lo que claramente es Palabras sin música (publicada por primera vez en 2015), podrían aparentemente no interesar más que a admiradores de su obra, o a especialistas en música contemporánea, en la que, por cierto, Glass ocupa un lugar destacado. 

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Sobre el «Terror rojo»

En 1937 se publicó en Zaragoza uno de los primeros testimonios sobre la represión republicana con el título Madrid bajo «El Terror», 1936-1937. Impresiones de un evadido que estuvo a punto de ser fusilado. Su autor fue el periodista, escritor y director de cine Adelardo Fernández Arias, conocido con el pseudónimo «El Duende de la Colegiata», quien había conseguido huir de Madrid a la zona sublevada en febrero de ese año con la esposa de Ramón Serrano Suñer. Este panfleto fue uno más de los muchos divulgados con intención propagandística acerca de la violencia republicana y la actuación y la impunidad de las «checas». Títulos como Madrid, de corte a checa (1938), del poeta Agustín de Foxá, o Checas de Madrid (1939), del escritor y periodista falangista Tomás Borrás, y Por qué hice las chekas de Barcelona. Laurencic ante el consejo de guerra (1939), de Rafael López Chacón, fueron perfilando los detalles de la imagen estereotipada del «Terror rojo».

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Elvis Presley, el artista adolescente

La primera vez que vi a Elvis Presley yo era un niño de pantalón corto y el corte de pelo a tazón. En la España de finales de los años sesenta ya se había producido una tímida apertura, que –entre otras cosas? había permitido que en 1965 los Beatles actuaran en la Plaza de las Ventas ante un público de cinco mil jóvenes. No conservo ningún recuerdo de ese evento, pues en esas fechas yo sólo contaba dos años, pero en algún momento de mi niñez apareció la imagen de John Lennon con sombrero cordobés, guitarra eléctrica y armónica. No me impresionó gran cosa. En cambio, mi primer contacto con Elvis me produjo una auténtica conmoción. Encendí la televisión –un Telefunken en blanco y negro? y apareció cantando uno de sus números más famosos: el «rock de la cárcel». Con uniforme de preso y un llamativo tupé, su voz de barítono alto y con registros de tenor jugaba con una letra por entonces incomprensible para mí, enlazando frases a un ritmo frenético. 

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Glenn Gould, el maniático puritano

Qué interesante hablar de este libro, que no es exactamente un libro, sino un collage realizado por un cineasta sobre un pianista muy popular, Glenn Gould, que en realidad no era realmente un pianista, sino ?como él mismo dijo? «un hombre de comunicación, un compositor y un escritor canadiense que toca el piano en su tiempo libre». «En mi trabajo ?afirmó en una entrevista de 1980 recogida en No, no soy en absoluto un excéntrico? sólo un cincuenta por ciento de lo que hago guarda relación con la música estrictamente hablando». Para producir un programa de radio, en efecto, empleaba muchísimo tiempo, a veces unas quinientas o seiscientas horas, razón por la cual la CBC se cansó de él y tuvo que montar su propio estudio. «Escribo mucho, así que, en realidad, cuando digo que consagro el cincuenta por ciento de mi tiempo a la música, exagero un poco» (No, no soy en absoluto un extraño, p. 131).

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Ataúlfo Argenta: una vida en el siglo

Hacia 1960 la vida cultural española sufrió tres golpes terribles, de los que es imposible reponerse: ese mismo año muere Jaume Vicens Vives (1910-1960), excelente historiador de amplio espectro, fundador de una escuela importante de historia económica, que había conseguido llegar (pese al régimen) a la cátedra universitaria y que no parecía desdeñar la política desde posturas liberales y civilizadas. Murió de un cáncer de pulmón. Cuatro años después fallece en un accidente de carretera Luis Martín-Santos (1924-1964), psiquiatra de prestigio al que el régimen (como a Carlos Castilla del Pino) cierra el paso a la cátedra, intelectual brillante y escritor que, como se ha repetido con insistencia y con razón, introduce algo nuevo, una cierta «modernidad» en la novela española, con Tiempo de silencio (1962) y, rara avis, militante del casi inexistente PSOE. El tercer golpe es la muerte, tan inesperada como absurda, de Ataúlfo Argenta, director de la Orquesta Nacional, que llevaba años disfrutando de una carrera internacional importante e iba a ser titular de la Orquesta de la Suisse Romande.

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Dylan y el cancionero americano: la república invisible

El libro Dylan’s Visions of Sin, de Christopher Ricks, apareció en 2004, poco antes, si no recuerdo mal, de que comenzaran los primeros rumores sobre el Nobel. Ricks ha sido Poetry Professor en Oxford (cátedra ocupada, entre otros, por Matthew Arnold, W. H. Auden, Robert Graves y Seamus Heaney) y es autor de reconocidos estudios sobre poesía inglesa. En su libro analiza un buen número de letras de Dylan, comparándolas línea por línea con grandes poemas de la tradición anglosajona. Toma «Lay, Lady, Lay», de Dylan, por ejemplo, y la coteja con un bellísimo poema erótico de John Donne, la famosa elegía titulada «To His Mistress Going to Bed». Para Ricks, ambos textos están, en la práctica, a la misma altura. ¿Por qué? Bueno, básicamente porque los dos son invocaciones a una mujer y en los dos aparece una cama, además de ciertos paralelismos formales, como la fórmula de apertura: «Come, Madame, come», en Donne, y «Lay, lady, lay», en Dylan. Poco más. Es posible que Dylan conociera el poema de Donne. Poco importa. El caso es que el poema del siglo XVI es una rara gema, una compleja y refinada red de alusiones y resonancias, mientras que el texto de la canción de Dylan, impreso en papel y leído en silencio, es una pieza romanticona llena de burdas metáforas sexuales y de sangrantes lugares comunes.

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Un viaje por la música

¿Es posible escribir sobre música sin incurrir en inaceptables analogías? La música es un lenguaje formal que no puede reducirse a conceptos. Kant situaba la música en el escalón más bajo de la expresión artística, observando que sólo producía sensaciones agradables. Es una apreciación injusta, pero que nace de una interpretación del conocimiento como algo claro, objetivo y contrastable. La música produce sensaciones, sí. A primera vista se trata de un fenómeno subjetivo cuya valoración varía de un sujeto a otro, de acuerdo con la época, el canon estético y las peculiaridades individuales. El pianista, poeta y escritor Alfred Brendel (Wiesenberg, Moravia, 1931) combate este planteamiento relativista, adentrándose en un conjunto de obras que han suscitado distintos juicios, pero que –en su opinión? poseen un valor palpable, real, accesible. 

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David Bowie y el arte moderno

Aun para el hiperinflado mercado del arte contemporáneo, más acostumbrado a romper récords que los Juegos Olímpicos, las cifras asociadas con la subasta de obras de arte propiedad de David Bowie (1947-2016) en Sotheby’s en noviembre del año pasado resultan asombrosas. Más de cincuenta mil personas (una cifra superior al número de entradas que se vendieron para el concierto que supuso su debut en España en 1987) asistieron a la exposición previa a la venta celebrada en Bond Street, un hito no sólo para Sotheby’s, sino para cualquier casa de subastas londinense. La colección había sido valorada en una horquilla entre once y catorce millones de libras, pero el total de las ventas ascendió a 32,9 millones. Se marcaron precios récord para la adquisición de obras de más de la mitad de los artistas representados. Cuanto más directo era el vínculo con su anterior propietario, mayor fue el boom: un radio-fonógrafo clásico de los diseñadores italianos Pier Giacomo y Achille Castiglioni se vendió por 257.000 libras (su valor se había estimado entre ochocientas y mil doscientas) mientras que el mayor postor pagó 3.789.000 libras por Head of Gerda Boehm, de Frank Auerbach (Sotheby’s había pronosticado un precio de venta de entre trescientas mil y quinientas mil), que había colgado en una de las casas de Bowie. 

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