Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Roberto Rossellini: Francisco, juglar de Dios

«¿Sólo hay olvido, ni niebla de memoria / bajo las hierbas rústicas?», se pregunta José Jiménez Lozano. Francisco de Asís respondería que no. El amor imprime a la vida una dimensión última y profunda. La alegría y la fraternidad siempre perduran. Son la semilla del porvenir y no una niebla que se disipa lentamente en la memoria. Francisco de Asís no es un santo más, sino un modelo de humanidad que ha inspirado a creyentes y no creyentes. Su amor a la naturaleza constituye un ideal de armonía entre el hombre y el resto de los seres vivos. Unas flores silvestres son suficientes para experimentar la dicha y la plenitud que nos proporciona el sentimiento de comunión con las cosas. Comunión significa amor y el amor nunca puede ser tibio. Francisco amó ardientemente la vida, comprendiendo que nada es insignificante. Una bandada de golondrinas, ruidosa, alegre y aparentemente pueril, nos adentra en la eternidad, sin que apenas lo advirtamos. 

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La tarea de escapar

¡Qué experiencia tan extraordinaria, tan abrumadora, la de ser coetáneos de un genio! Porque los grandes genios de la literatura, de la música, de la ciencia, siempre parecen haber nacido en épocas lejanas y estar ya todos muertos. Mi deslumbramiento con Solenoide es tan grande que les recomiendo el libro a todos mis amigos con el mayor entusiasmo. Y ellos se lo compran, muy obedientes, y luego… Aloisio me dice que no le ha gustado mucho, que el autor divaga, que es pesado. Huberto afirma que es un libro oscuro y deprimente, a pesar de sus indudables cualidades literarias. Higinio, en fin, se declara entusiasmado por el estilo, por la imaginación. Jano se manifiesta de acuerdo conmigo: C?rt?rescu es un genio. Y entonces yo les pregunto si han leído el breve episodio del faraón. Se muestran perplejos. Aloisio y Huberto confiesan que no han pasado de la página doscientas (es decir, que probablemente no han llegado ni a la ciento cincuenta). Y en cuanto a Higinio y Jano, descubro pronto que sus laudatios son difusas y poco convincentes. 

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El combate literario del siglo XX

Al abrir el número del 15 de julio de 1965, los lectores de The New York Review of Books encontraron artículos sobre la filosofía de Hegel, el puente de Brooklyn, una biografía de Arthur Symons, la Segunda Guerra Mundial y la historia de la brujería. Es de suponer que algunos les interesaron más que otros. Muchos habrán reconocido la importancia de una recensión sobre dos volúmenes titulados Sobre la escalada armamentística. Metáforas y escenarios, y La guerra nuclear. El inminente impasse estratégico; el debate incumbía a todos. Pero el tema más explosivo acabaría siendo el que menos lo parecía: la traducción al inglés de la novela en verso Eugenio Oneguin, de Aleksandr Pushkin, realizada por un compatriota del poeta, el novelista emigrado Vladimir Nabokov. La reseña estaba firmaba por el crítico norteamericano quizá más eminente de entonces, Edmund Wilson, y llevaba el título de «El extraño caso de Pushkin y Nabokov», un guiño a Jekyll y Hyde que anunciaba una monstruosa relación entre autor y traductor.

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La novela-confesión polifónica de Svetlana Aleksiévich

«Soy la típica filóloga»: así contestó hace años Svetlana Aleksiévich cuando le preguntaron cómo dio el salto del periodismo a la literatura, en referencia al origen griego del término, «amor o interés por las palabras». «Escribí mi trabajo final de carrera sobre Dmitri Písarev», un filósofo y nihilista ruso: «Me atraía su manera de pensar radicalmente diferente». Licenciada en Periodismo en Minsk en 1972, cuatro años más tarde leería el libro que marcaría su proyecto como escritora: Soy de una aldea en llamas, de Alés Adamóvich. En esta narración documental, se rescataban casi trescientos testigos directos del genocidio perpetrado por los batallones punitivos nazis en las aldeas bielorrusas. El epítome de estas masacres fue el pueblo arrasado de Jatín, cuya población fue exterminada en la primavera de 1943. 

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Una vacuna contra el pasado recurrente

Desde hace tiempo busco respuestas a preguntas que escapan a mi comprensión. ¿Por qué muchas personas que huyeron de Rusia en los años posteriores a la Revolución (Marina Tsvietáieva, sin ir más lejos) volvieron allí al cabo de varias décadas para encontrar un trágico final (el marido de la poeta fue fusilado, su hija pasó quince años en campos de trabajos, ella misma no podía publicar ni una sola poesía y se ahorcó)? ¿Fue nostalgia, morriña?

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Diario de verdades

Conocida por ser una de las poetas más singulares del pasado siglo, Tsvietáieva fue también una de las mejores escritoras autobiográficas en lengua rusa: diarios políticos, memorias familiares y ensayos consagrados a figuras destacadas de la Edad de Plata forman parte de su producción en prosa. Este pequeño volumen aglutina piezas y notas diarísticas escritas entre 1917 y 1921, años en los que quedó atrapada en Moscú.

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Cuando el idioma deja de ser una barrera para la inmortalidad

Rescatada de la oscuridad del cajón después de unos treinta años de desprecio y olvido, la novela El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, brilla ahora como un clásico indiscutible de la literatura rusa, tanto o más importante para los lectores contemporáneos que Las almas muertas o incluso La guerra y la paz

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Las peripecias de Don No

En Casablanca la bella, Fernando Vallejo aviva la fumata negra de su odio contra la Iglesia católica al poner en marcha su invectiva contra el papa Francisco. Como no podía ser de otra manera, en su primera novela poscónclave, el escritor colombiano prosigue la serie iniciada en El desbarrancadero (2001), donde a su anticlericalismo de base se sumaba el encarnizamiento contra la figura del Papa, en aquel entonces Juan Pablo II. 

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Literatura y capitalismo

Hace ahora setenta y cinco años que se publicó Las uvas de la ira, la célebre novela de John Steinbeck sobre los campesinos del Medio Oeste norteamericano forzados, durante la Gran Depresión, a emigrar a California en condiciones deplorables. Dado que ahora padecemos todavía las consecuencias de lo que se ha dado en llamar la Gran Recesión, la tentación de recuperar la novela para ilustrar los males contemporáneos es irresistible.

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Nuestro folclore americano

Don DeLillo (Nueva York, 1936) publicó La calle Great Jones, su tercera novela, en 1973, pero podría haberla escrito ahora, cuarenta años después, algo excepcional, porque la mayoría de la ficción narrativa, más perecedera, conserva como una lacra la huella de su tiempo: está fechada, es decir, pasada. No es el caso de Great Jones Street, las memorias de Bucky Wunderlick, una criatura que se define en primera persona: «Yo era un héroe del rock and roll».

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Cataluña y la democracia

¿En qué estamos pensando todos? Por supuesto, en nuestras cosas. Pero, además, estamos pensando en Cataluña. Lo último significa que Cataluña, segunda preocupación de los españoles cuando éstos se cuentan uno por uno, representa, en promedio, la gran, la principal, preocupación nacional. Et pour cause, que dirían nuestros vecinos de arriba. El episodio catalán ofrece dos caras: una política en sentido estricto, y otra que tiene más que ver con la teología política. Dentro de un momento me explicaré. Voy primero a lo sencillo o, si quieren, a lo más exterior y evidente –a lo exterior y evidente los pedantes lo llaman «exotérico»: lo mismo que «esotérico», sólo que con x en vez de s–. 

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Leyendo a los rusos

A Rusia le pedimos a sus clásicos cuando sus escritores actuales están cambiando la literatura rusa desde dentro para mostrar otras realidades tan distintas como fascinantes.

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