Archivo Revista de Libros

Una edición incongruente

En el breve lapso de un año, el profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, Jesús Padilla Gálvez, ha publicado sendas ediciones del Tratado lógico-filósofico (libro más conocido por su título en latín, Tractatus Logico-Philosophicus) y de las Investigaciones filosóficas, las dos obras que contienen, respectivamente, la expresión más acabada de los puntos de vista filosóficos del joven y el maduro Ludwig Wittgenstein, sin duda uno de los pensadores más importantes del pasado siglo. Habiendo aparecido en esta misma revista una reseña crítica de la primera de estas dos ediciones, a cargo de Alejandro Tomasini Bassols, me abstendré de hacer ningún comentario sobre la misma y me centraré en la segunda.

Hasta ahora el lector disponía de la versión bilingüe alemán-español que, a mediados de la década de los ochenta del pasado siglo, hicieron de las Investigaciones los profesores Alfonso García Suárez y Ulises Moulines. La nueva edición de Padilla no es bilingüe, pero viene acompañada de una introducción, con su correspondiente bibliografía, y notas críticas.

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¿Vivimos aún en el mundo de posguerra?

Sobre determinados temas y ámbitos se han escrito tantas toneladas de tinta que la mera pretensión de añadir algo nuevo se presenta tan petulante o ilusa como, en el fondo, meramente inútil. De ahí que, casi inconscientemente, nos pongamos en guardia ante un autor que se atreve a publicar un nuevo ensayo sobre el mundo de estos últimos tres cuartos de siglo, el lapso que nos separa de la última gran hecatombe bélica. Y que lo hace, además, con pretensiones interpretativas bastante osadas: según reza el subtítulo original, que se conserva en la versión española, acerca de «cómo nos cambió la Segunda Guerra Mundial». El autor en cuestión es un historiador británico, Keith Lowe (Londres, 1970). El lector interesado recordará el nombre, porque su anterior obra vertida al castellano, Continente salvaje (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012), produjo cierto impacto y obtuvo un relativo eco –dentro de los recatadas proporciones de nuestro debate intelectual? y una buena acogida por parte de la crítica y el público especializado. Prueba de ello es que la faja que abraza al volumen que nos ocupa señala a este como «El nuevo libro del autor de Continente salvaje».

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Poesía desde Auschwitz

No parece irracional comparar la Shoah con un gigantesco agujero negro, capaz de atrapar y anonadar a millones de inocentes, pero no es un símil convincente. Las leyes de la física no se cumplen en el ámbito del espíritu humano. En mitad de la negrura más terrorífica, casi siempre despunta la vida, exaltando la libertad, la compasión y la alegría. En su Diario de Praga (1941-1942), Petr Ginz escribe: «La simiente de una idea creativa no perece entre el barro y la mugre. Brota incluso allí y florece como una estrella refulgente en medio de la oscuridad». Mercedes Monmany, prestigiosa crítica literaria y notable ensayista, ha intentado explicarnos ese milagro en Ya sabes que volveré, un clarividente ensayo sobre tres extraordinarias escritoras asesinadas en Auschwitz: Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Kolmar. Monmany extrae el título de su obra de un fragmento de la correspondencia de Hélène Berr, una joven judía parisiense que murió en Bergen-Belsen con sólo veinticuatro años: «Volveré, Jean, ¿sabes?, volveré». Monmany no ha añadido dramatismo a unas historias insoportablemente trágicas. 

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John Ford: Pasión de los fuertes

Escueto, directo, sarcástico, Ford mentía descaradamente, pues era un verdadero artista que hizo del cine su vida y su vocación. Eso sí, acabó en Hollywood por casualidad. Su hermano mayor Frank había triunfado como actor y director durante la época del cine mudo. John –o, mejor «Jack», como le gustaba que lo llamaran? le pidió un empleó y consiguió que lo contratara para interpretar papeles menores con él u otros directores. Apareció en El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1915) como hombre del Ku Klux Klan, apartándose la capucha mientras cruzaba un río cabalgando. Sería absurdo atribuirle simpatías hacia el Ku Klux Klan, pues Ford era católico. Simplemente, aprovechó la ocasión de meterse unos dólares en el bolsillo, trabajando como extra. Cuando logró su primera oportunidad como director, asumió que su trabajo consistiría en rodar buenas historias, empleando con esmero todos los recursos del lenguaje cinematográfico. Y, en la mayoría de las ocasiones, lo consiguió. Sin apenas mover la cámara, evitando las perspectivas insólitas, aberrantes o grandilocuentes. Nunca utilizaba la grúa. Su forma de narrar era sencilla, clásica, poética y elegante. Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946) es una de sus películas más perfectas, con una magnífica fotografía en blanco y negro, claramente influida por el expresionismo, y una acertada combinación de drama y comedia.

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Gestos (I)

Los japoneses son extremadamente educados y sutiles en sus gestos. Jamás señalan con el dedo, sino con una mano extendida y la palma hacia fuera, más una manera de acompañar el movimiento que de apuntar en una dirección. El intercambio de tarjetas, elemento fundamental de su vida social, tiene un ritual cuidadoso: se entrega la tarjeta con las dos manos y orientada de manera que el interlocutor pueda leerla, mientras se pronuncia el nombre mirándolo a los ojos. El apellido, más bien, entre hombres, que apenas utilizan sus nombres propios. De-Vivero-desu, digo mientras entrego mi tarjeta y me fijo, como ellos, en si por rango o edad corresponde que la mía esté encima o debajo de la del otro. Lo mismo que al brindar: el japonés sabe si su vaso debe estar más arriba o más abajo, las jerarquías están siempre presentes y nadie querrá equivocarse y saltárselas. Se habla diferente, se conjuga de manera distinta según con quien se hable; un mismo tiempo verbal tiene formas diversas si se usa con un familiar, un superior o un desconocido, según se refiera a uno mismo o a otro; se usan unas palabras u otras según se dirijan a alguien de mayor o menor rango o edad; el nuevo empleado de veintidós años debe respeto, y usa, por tanto, un registro lingüístico diferente, a su superior de veintitrés que entró en la empresa un año antes. Un año exacto, por cierto; los trabajos nuevos, sea por contratación reciente o cambio de posición dentro de la empresa, empiezan siempre el 1 de abril, comienzo del año fiscal japonés. 

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John Ford: Siete mujeres

Seven Women es la última película de John Ford. Se rodó en 1966, cuando la lucha por los derechos de las mujeres y de las minorías raciales ya había transformado el paisaje social de Estados Unidos. Narra las peripecias de una misión protestante en un contexto histórico difuso. Una iglesia reformada ubicada en Boston ha enviado a China a un grupo de voluntarios: cuatro mujeres y un hombre que realizan un trabajo de evangelización mediante labores humanitarias y una pequeña escuela infantil. Es la época de la invasión japonesa de Manchuria y de la lucha de Mao Zedong contra el Kuomintang, pero John Ford elude esos conflictos, limitándose a relatar las ficticias depredaciones de Tunga Khan (Mike Mazurki), un bandido que asalta pueblos y ciudades, cometiendo toda clase de atrocidades. Su violencia romperá la rutina de una misión cristiana, donde los voluntarios no pretenden cambiar el mundo, sino huir de sus problemas, adoptando un estilo de vida incompatible con la pasión, el cambio o el riesgo.

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Juegos de palabras

En abril de 2017 pudo verse en la sede madrileña del Instituto Cervantes una exposición que proponía un Retorno a Max Aub, y que, como tal, pretendía ser un repaso no exhaustivo, pero sí completo, de la trayectoria vital y la producción literaria de este singularísimo escritor apátrida. Aquélla fue, pues, una estupenda ocasión para releerlo en profundidad y por orden, metódicamente, y es entonces cuando uno reparó en que Campo cerrado, el título que siempre había preferido entre los suyos, es un libro que no debería haber existido nunca, y no ya por el hecho evidente de que todos hubiéramos deseado que nunca sucediese lo que allí acaba contándose (esto es, las primeras consecuencias en Barcelona del estallido de la Guerra Civil de 1936), sino porque el recorrido literario de Aub hasta ese momento anulaba casi cualquier posibilidad de que acabara convirtiéndose en un cronista, por mucho que la Historia lo obligase a convertirse en un testigo.

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«Atrápame si puedes» Rulfo: una difícil biografía

El centenario del nacimiento de Juan Rulfo ha traído de nuevo a los escaparates algunas biografías que conocieron primeras ediciones en 2003, cuando se conmemoraba el cincuentenario de la publicación del primer libro del autor mexicano, El Llano en llamas. Una de ellas es la que firma la escritora argentina Reina Roffé y que reproduce –salvo el cambio de cubierta– una edición que ya había salido también bajo el mismo sello y título en 2012: se presentaba entonces como versión corregida y aumentada de la biografía publicada por la autora en 2003, con el título de Juan Rulfo. Las mañas del zorro. Las modificaciones de 2012 consistieron, básicamente, como se ve, en un cambio de título (en rigor, de subtítulo), en la adición de un prólogo que firmó Blas Matamoro, de un epílogo de la propia autora y de algún testimonio nuevo. Notable fue también la supresión del cuadernillo central con fotografías de y sobre Rulfo (que siguen faltando en la versión de 2017), y el ?cuestionable? borrado de las fechas y lugares de algunos testimonios exclusivos. Además se produjeron cambios menores de tipo paratextual y unas pocas actualizaciones de orden bibliográfico (que no traspasan la frontera de 2011). 

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Bolaño: un borrador

La fecha que aparece al final del manuscrito de El espíritu de la ciencia-ficción, de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003), es 1984. El autor siguió intentando terminar esa obra. Nunca se sintió satisfecho y parece haberla dejado abandonada. La publicación estuvo rodeada de polémica. La controversia implicó al crítico y experto en la obra de Bolaño, Ignacio Echevarría, y a la esposa del narrador, Carolina López. Valerie Miles, que también estudia la obra del autor de 2666, explica que «yo sólo he visto la versión que se ha publicado recientemente, que está fechada en el 84 y firmada por él, escrita a mano en tres cuadernos que formaron parte de la exposición sobre sus archivos».

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El fanatismo según Voltaire

Aunque pueda chocarle a una posteridad que lo asocia más que nada a los escritos dialécticos y de combate de su madurez (Tratado sobre la toleranciaDiccionario filosófico, etc.), sus contemporáneos celebraron en Voltaire ante todo al poeta (La Henriada) y al dramaturgo. Cuando, poco antes de morir, en 1778, al volver a la capital tras muchos años de alejamiento en su propiedad de Ferney, París lo aclamó en una auténtica apoteosis, eligió como escenario la Comédie-Française, donde se estrenaba su última obra teatral, Irène, recién escrita. Su primer gran éxito, allá por 1718, cuando no había cumplido aún los veinticinco años, fue una tragedia, Edipo, y a lo largo de toda su vida, con asiduidad, cultivó el teatro, constituyendo parte no pequeña de su ingente producción. Todo ello es congruente no sólo con su aspiración al reconocimiento académico y el éxito, sino con las preferencias sociales de un público urbano con recursos y tiempo de ocio para frecuentar los teatros y cuya ampliación y consolidación coincide cronológicamente con la vida de Voltaire. 

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Cortina rasgada: Hitchcock tras el Telón de Acero

La resistencia a la novedad es un síntoma de vejez. Me temo que estoy afectado por esa manía o carencia, quizá porque ya he superado los cincuenta y contemplo con creciente disgusto los cambios que se producen a mi alrededor, especialmente los que acontecen en las distintas ramas del arte. Esa actitud convive con una amplia benevolencia hacia las obras del pasado, sobre todo cuando están asociadas a mi niñez y adolescencia. Nunca me canso de volver a ver las películas de Alfred Hitchcock. Incluso las que se consideran menores me atraen y me fascinan, devolviéndome a los años setenta, cuando las descubrí en un pequeño televisor en blanco y negro. Si he de ser sincero, me asombro al comprobar cómo la timorata censura de la época nos ahorró algunas escenas francamente prescindibles, como el ridículo diálogo entre Cary Grant y la bellísima Eve Marie Saint en North by Northwest (Con la muerte en los talones, 1959) en el coche-cama del tren en que se conocen y enredan en una trama de espionaje.

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Animalismo(s)

«¿Es tuyo?», pregunté en cierta ocasión a una estudiante alemana, aludiendo al hermoso perro que la acompañaba. Ella, señalándolo, respondió: «No, es suyo». El episodio me ha venido a la cabeza al saber que Ciudadanos ha pedido al Gobierno que modifique las disposiciones del Código Civil que identifican a los animales domésticos como «cosas», algo que, en la práctica, los incluye en el resto de la masa patrimonial, equiparándolos con ello a cualquier otro bien mueble. Se trataría, por el contrario, de afirmar su carácter extrapatrimonial: sin llegar a declarar que los animales son de sí mismos, se propone el debido reconocimiento de su especial estatus. Huelga decir que el asunto plantea fascinantes problemas filosóficos y abre, de paso, un interesantísimo sendero político que llevaba tiempo pidiendo a gritos quien lo hollase.

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