Como es habitual, RdL suspende la publicación de novedades durante las fiestas navideñas. El siguiente boletín se recibirá el 12 de enero de 2022

Por una literatura de Canadá

Leídas las primeras páginas de Nada se acaba, y ante la necesidad de saber algo más acerca de la autora, cerré el libro. Levé anclas desde el puerto de Google y, al poco, había trazado una semblanza literaria de Margaret Atwood. Hasta ese momento yo la conocía como autora de The Penelopiad (2005), reinterpretación contemporánea de la polémica reina itacense, incluida en la colección Canongate Myth Series, donde varios autores ofrecieron su lectura personal de un mito clásico. Pero si Atwood es una best-selling autor, se debe a otras obras suyas, las más leídas mundialmente, que son The Handmaid’s Tale (1985) y la trilogía compuesta por Oryx y Crake (2003), The Year of the Flood (2009) y Maddaddam (2013). The Handmaid’s Tale, o El cuento de la criada, es una distopía escalofriante, la de un mundo controlado por hombres que sólo necesitan de la mujer para servir o fecundar (si la utilidad de las mujeres se hubiera limitado a fecundar, no sería una distopía verosímil).

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Puro entretenimiento, pero no literatura

Presumo que no soy el único que disfruta con solemnes tonterías como Mentiras arriesgadas (James Cameron, 1994). Muchas veces el espíritu pide algo de evasión, distanciándose de las obras maestras del cine y la literatura. Agatha Christie puede ser una buena compañía una tarde de lluvia, pero nadie se atrevería a comparar su obra con la de Dostoievski o Joseph Conrad. La célebre creadora de intrigas más o menos apasionantes pertenece al ámbito del entretenimiento. Su prudencia victoriana ha envejecido un poco, pero sus novelas policíacas aún pueden ayudar a soportar un largo viaje en avión, prodigando un entretenimiento exento de grandes esfuerzos intelectuales. No hay nada que objetar contra la pretensión de pasar un buen rato, pero produce cierta indignación que el ocio banal pretenda usurpar el lugar de una experiencia estética. 

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Vida del escritor doblado y roto

Cuando se cumplen ciento veinte años del nacimiento de Francis Scott Fitzgerald (Saint Louis, 24 de septiembre de 1896-Hollywood, 27 de diciembre de 1940), aparece una selección de sus cartas con el título El arte de perder, hecha a partir de A Life in Letters (Touchstone, Nueva York, 1995), la recopilación que preparó Matthew J. Bruccoli por encargo del editor Charles Scribner III. Partía Bruccoli de la idea de que «todo lo que F. Scott Fitzgerald escribió fue una forma de autobiografía» y, respetando las instrucciones de Scribner, eligió las cartas «por su contenido autobiográfico» y las ordenó cronológicamente. Yolanda Delgado ha entresacado de A Life in Letters las incluidas en El arte de perder, traducidas y prologadas por Martín Schifino, con epílogo de Alejandro Gándara.

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Philip Roth en su salsa

En octubre de 2012, Philip Roth anunció en una entrevista concedida a les inRockuptibles que dejaba la literatura. Némesis, su vigésimo sexta novela, que acababa de traducirse al francés, sería la última. Roth contó también que, a poco de terminarla, se había puesto a releer sus libros anteriores de atrás hacia delante, a fin de «saber si había perdido el tiempo escribiendo». ¿El balance? «Hice lo mejor que pude con lo que tenía», dijo, con una frase que había pronunciado el boxeador Joe Louis al final de su carrera. La declaración se ha repetido desde entonces como un melancólico epitafio a la obra completa, pero también puede verse como el comienzo de una rica etapa interpretativa.

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Juegos de guerra

Comparada con Americana, su única antecesora, la segunda novela de Don DeLillo, Fin de campo, publicada originalmente en 1972, es un artefacto más aerodinámico y estilizado, más depurado en todos los sentidos, y la voz de DeLillo, aunque ya estaba en parte formada en aquella primera novela (por lo demás excepcional), adquiere aquí una autoridad y un poder hipnótico nuevos. Fin de campo posee, además, esa nitidez y compacidad de las novelas muy memorables, y los clásicos diálogos de DeLillo, desternillantes, relampagueantes, llenos de líneas memorables y de yacimientos aparentemente inéditos de realismo y de alta lírica, alcanzan en ella una de sus cumbres.

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Una educación sentimental

No sé si decir que Huérfanos de Brooklyn (Motherless Brooklyn, 1999), de Jonathan Lethem (Nueva York, 1964) es una novela negra, o que está escrita como si fuera una novela negra. Empieza con un asesinato: Frank Minna, propietario de una agencia de limusinas y detectives, quizás un mafioso, aparece apuñalado en un contenedor de basura. El escenario es Brooklyn, entre los años setenta y noventa del siglo pasado. Sam Spade decía en El halcón maltés que «cuando matan a tu socio, se espera que hagas algo. No importa lo que pienses del muerto». 

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Para recordar a Ramón Acín Aquilué (1888-1936)

Lo escribió hace unos años el historiador Carlos Forcadell en un artículo de título certero, «Huesca era Granada», que le tomo ahora en préstamo como punto de partida. Al igual que Granada y Oviedo, Huesca fue durante casi toda la Guerra Civil una ciudad sitiada en una provincia que estaba mayoritariamente en manos republicanas. Salvando las distintas magnitudes demográficas, las tres poblaciones eran más bien tradicionales, provincianas y beatas, aunque tenían una notoria estirpe de disidentes, a los que se miraba con recelo, pero que formaban parte del paisaje cotidiano. 

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¿Nativos digitales o aborígenes analógicos?

Este libro viene a sumarse a la lista de libros que en los últimos años han querido poner límites a la euforia digital. Entre ellos, es fundamental Superficiales, de Nicholas Carr, que quería alertarnos de que Internet quizá nos estuviera «atontando». También Contra el rebaño digital. Un manifiesto, de Jaron Lanier (trad. de Ignacio Gómez Calvo, Barcelona, Debate, 2011) es una llamada de atención sobre el camino emprendido por el mundo digital puesto que, siendo uno de los posibles, no es necesariamente el mejor.

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 Al límite, de Thomas Pynchon: un vertedero con estructura

En 1997, el misterioso Thomas Pynchon escribió un prólogo para Stone Junction, la gran novela de Jim Dodge, en el que cuenta la siguiente anécdota: un coche de policía se encuentra a un vehículo que le bloquea el paso y los agentes piden al conductor que se aparte llamándolo por su nombre de pila. Evidentemente, han introducido el número de la matrícula en el ordenador del vehículo y han recibido la información vía satélite.

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Hannah Arendt y la terrible banalidad del mal

Esa indiferencia alcanzó el cinismo más escandaloso en la Alemania de la posguerra, cuando nadie se escandalizó por la presencia de antiguos criminales nazis en la Administración de Adenauer. A mediados de los años sesenta aún era frecuente en las zonas rurales que los vecinos se saludaran con un cordial «Heil Hitler!». 

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Informe sobre el tedio en la era digital

Una de las representaciones más célebres del aburrimiento es la contenida en Ennui , el cuadro de Walter Richard Sickert fechado en 1914 que cuelga en las augustas paredes de la Tate Gallery de Londres: un hombre de mediana edad fuma un cigarro sentado en un sillón, con la mirada perdida, mientras a su espalda, una mujer se apoya, erguida pero ligeramente inclinada, sobre una cómoda.

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¿Te quedarías a vivir dentro de estas páginas?

Aunque es obvio que todos leemos desde nuestros prejuicios, en este caso la advertencia resulta oportunísima. Mujercitas de Louisa May Alcott es una novela que siempre estuvo situada, dentro de mis estanterías mentales, al lado de lo cursi, almibarado, sentimental, blando, doméstico y de todas esas connotaciones de lo esencialmente femenino de las que procuraron apartarme desde la infancia.

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