Archivo general de Revista de Libros

La superproducción

Pues, sí. Tuve la santa paciencia de tragarme la ceremonia del centenario de la fundación del Partido Comunista Chino el pasado 1 de julio en un reportaje provisto por CCTV, la televisión oficial del país. No han mejorado mucho estos comunistas chinos: ni los que montaron la zambra, ni sus protagonistas, ni los y las coristas, ni la entregada claque.  Mienten siempre -Liu Xiaobo: «China es un país que vive en la mentira»- pero cada vez se les nota más. Eso mató a la superproducción con la que Xi Jinping buscó embobarnos en tan grande ocasión.

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Todos somos baby boomers

En 1950 nacieron en España más de 565 mil niños y niñas (el corrector se empeña en que ponga solo «niños», ¿qué hago, incomparable gemelo?), número que, por cierto, venía cayendo en los dos años precedentes desde los 642 mil nacimientos de 1948. Frente a los 360 de 2019, cualquiera diría que aquello era maná. En 1958, el número de nacimientos alcanzó por primera vez los 650 mil… ¡desde 1933! Volumen de nacimientos que se había superado quince veces entre 1901 y 1933. Una vez recuperada la cota de los 650 mil nacimientos en el citado 1958, esta ya no se abandonaría hasta veinte años más tarde.

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Socorre Enseñando

Antes de que su crítica a la injusticia social, su obsesión por lo sobrenatural y su dolor por los desastres de la guerra se plasmaran en su obra con la trágica grandeza con que lo hicieron, Francisco de Goya realizó, entre 1775 y 1792, cuatro series de pinturas al óleo que servirían como bocetos (cartones) para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara.

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El otro Bernie

¿Puedes decirnos, admirado gemelo, donde estabas y qué almorzaste el 15 de mayo de 2011, cuando estalló ese, digámoslo sin ánimo de repetirnos, 15 de mayo? Yo sí, pero creo que será de poco interés para nuestros amables lectores. De mayor interés, esperamos, pueden ser hoy nuestras reflexiones en torno a dos nombres propios que en un cierto sentido epitomizan las sombras –peor que malas– y las luces –si no para ver soluciones, al menos para calentar y levantar los espíritus– de aquellos años aciagos.

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La Europa que Dostoievski soñó

Cuando Dostoievski volcaba sus ideas en artículos, crónicas, críticas o apuntes su genio declinaba, revelándose un pensador con escasos recursos para articular un pensamiento sólido y bien justificado. Sus ideas no eran mediocres o irrelevantes. Simplemente, no adquirían fuerza y capacidad de persuasión hasta que se insertaban en novelas de largo aliento, como Crimen y castigoLos hermanos Karamázov o El idiota. A veces, Dostoievski alargaba las tramas de forma caótica, pues no planificaba sus creaciones literarias, pero siempre mostraba un enorme talento para crear personajes y situaciones de gran hondura.

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Ciudadano Gregorio Ordoñez: heroísmo y política

Sin ejemplos de integridad, coraje y compromiso, la política se convierte en una estrategia banal orientada a conseguir el poder. Gregorio Ordoñez fue un ejemplo y todos perderemos mucho si permitimos que su sacrificio se diluya en un inmerecido olvido. Ordoñez fue concejal y teniente de alcalde del Ayuntamiento de San Sebastián por el Partido Popular. Valiente, carismático y honesto, se enfrentó al terrorismo de ETA con gran firmeza, lo cual le costó la vida. Un pistolero le pegó un tiro en la nuca mientras comía en el bar La Cepa de la Parte Vieja de San Sebastián. Fue un 23 de enero de 1995. 

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La democracia barata

¿A ti también te pasa, admirado gemelo, que cuando ves una película a menudo te preguntas cómo se ganan la vida los protagonistas y actores de reparto, cuando no está claro cómo se la ganan? Será deformación profesional de economista, pero con frecuencia me asalta esta duda que, dicho sea de paso, es una prueba de si la película me absorbe (no me lo pregunto) o no (me lo pregunto).

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Iris antes de todo

Algunos episodios de la vida de Wittgenstein habrían servido para dar vida a los personajes extraviados, extravagantes y extemporáneos que solemos encontrar en las novelas de Iris Murdoch. Ludwig Wittgenstein, gran exponente de la filosofía analítica, desconfiaba del conocimiento como herramienta para la felicidad. Él mismo encontrará en un amor con una persona casi cuarenta años más joven que él, en el estudiante de medicina Ben Richards, la solución a un problema hasta entonces irresoluble: la única doctrina que hace innecesario el pensamiento es el amor. El filósofo intratable, como así lo recuerda Murdoch en las dos veces que estuvo con él cuando daba sus últimas clases, adoraba los chistes absurdos y buscó, en su segunda vida, en el segundo Wittgenstein, un contacto más humano con sus semejantes. Ese podía ser el personaje.

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Fidel Castro según Reinhard Kleist

Fidel Castro encendió un espejismo en los años sesenta, cuando consiguió poner en marcha una revolución en el patio trasero de los Estados Unidos. Sería injusto negar su poder de seducción, que cautivó a intelectuales como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Octavio Paz o Jorge Edwards. Su lucha en Sierra Maestra adquirió una dimensión mítica gracias a reportajes periodísticos que lo presentaban como un nuevo Simón Bolívar. El espejismo se disolvió cuando Fidel Castro dejó de ser un revolucionario y se convirtió en un dictador. No obstante, sus dotes de embaucador persistieron, alimentando el mito del revolucionario que lucha contra gigantes. Cuando García Márquez le preguntó en una ocasión qué era lo que más deseaba en este mundo, Fidel Castro contestó sin dudar: «Pararme en una esquina». Los césares no hablan para ser comprendidos, sino para ser interpretados y celebrados por las sucesivas generaciones, que atribuirán a sus palabras una hondura insondable.

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Viaje a doble hélice

Una entrevista con David Foster Wallace abre, a manera de prólogo, Walt Whitman ya no vive aquí. Ensayos sobre literatura norteamericana, de Eduardo Lago. Foster Wallace no duda: leer exige disciplina y esfuerzo, aunque la industria editorial se incline por los libros accesibles y transitables sin problemas, que den poco trabajo al público-lector. Serían «el equivalente a ver una película entretenida». El grupo en que se encuadraba Foster Wallace practicaría, sin embargo, una «ficción difícil y exigente», para un público del que se espera cierta preparación y verdadero amor a la literatura.

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La poesía póstuma de Charles Bukowski: a medida que el espíritu se desvanece, la mierda aparece

Editar poesía no es nada del otro mundo: pasa a diario. Ahora bien, hay correcciones normales y correcciones atroces y lamentables. Se han dado casos famosos de correcciones desmesuradas, como por ejemplo cuando Maxwell Perkins editó la obra de F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Thomas Wolfe, o como cuando Gordon Lish hizo lo propio con la de Raymond Carver. Ambos reescribieron, recortaron y eliminaron párrafos enteros sin miramiento alguno. Hay quienes dicen que mejoraron así el texto original, mientras que otros aseguran que lo deslucieron y echaron a perder. Para no variar, la belleza es subjetiva.

De los veintitrés poemarios que compiló y publicó John Martin, el editor de toda la vida de Charles Bukowski, once aparecieron mientras el autor aún vivía y los otros doce se publicaron a título póstumo. Los diez últimos poemarios póstumos, desde Lo más importante es saber atravesar el fuego (trad. de Eduardo Iriarte, Barcelona, La Poesía, Señor Hidalgo, 2002; Madrid, Visor, 2015) hasta El padecimiento continuo (trad. de Silvia Barbero, Madrid, Visor, 2010), sufrieron drásticos cambios editoriales. 

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Discurso y humor de Susan Sontag

En septiembre de 2007, cuando aún no se habían cumplido tres años de la muerte de Susan Sontag, The New York Review of Books, donde ella había colaborado asiduamente, publicó un agrio intercambio de opiniones entre Eliot Weinberger y Suzanne Jill Levine. La polémica tenía un trasfondo hispánico, no en la materia de lo disputado, sino por el perfil de los, llamémosles así, contendientes, ya que el primero es un ensayista y traductor notorio de Vicente Huidobro, Jorge Luis Borges y Octavio Paz, con quien tuvo cercanía intelectual, y Jill Levine, profesora de Estudios sobre la Traducción en la Universidad de California, una legendaria traductora de la obra, entre otros, de Adolfo Bioy Casares, Guillermo Cabrera Infante y Manuel Puig, de quien fue campeona, amiga y biógrafa. El motivo de la disputa era el largo artículo publicado por la revista unas semanas antes en el que Weinberger ponía en entredicho la valía de Susan Sontag, sosteniendo, y esa es la frase que más dolió a Jill Levine, que la autora de Contra la interpretación pertenecía «más a la historia literaria que a la literatura», una opinión que, sin ser novedosa, rechinaba en el contexto de un apreciación general más bien desdeñosa.

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