Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Antonio Elorza Ilustración y liberalismo en España

La España de principios del XIX: Liberalismo en tiempos de absolutismo ilustrado

Quizás lo más difícil a la hora de enfrentarse con una obra densa y comprometida, como esta, por su temática y por el crédito de su autor, no sea tanto sujetarla a unas categorías de análisis, necesariamente reductoras para que tengan cabida en el formato propio de una crítica historiográfica, como presentarla adecuadamente para que sus posibles lectores se orienten sobre lo que van a encontrar en sus páginas. Una empresa que es casi un reto, en un texto de 700 páginas, dividido en tres partes y subdividido en capítulos y subcapítulos, y que se mueve en parámetros conceptuales y cronológicos tan ajustados que obliga a contemplar su diversidad como un todo. Con escasas excepciones se ha venido relacionando el

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Tentaciones nihilistas

Ha querido la casualidad que los disturbios callejeros provocados por la detención del presunto rapero Pablo Hásel hayan coincidido en España con el estreno en salas de Nuevo orden, una película del cineasta mexicano Michel Franco que narra la violenta revuelta que protagonizan los desposeídos de México DF contra las élites blancas de la república. 

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We dissect to enliven

Hay un verso de Wordsworth, “we murder to dissect”, que se aureola de misterio cuando se cita suelto, pero pierde su encanto cuando, sin previa comprensión de su época y sus circunstancias, se inserta en el poema del que forma parte. La tesis de Wordsworth es que la sabiduría letrada es un obstáculo para el verdadero conocimiento, ya que la naturaleza se revela por sí misma: hay más ciencia en un paseo por el bosque o en el canto de un pájaro que en una biblioteca.

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Mark Lilla en el laberinto de la identidad

En America, America, estrenada en 1963, Elia Kazan quiso llevar a la pantalla la historia de sus orígenes: una familia armenia asentada en Estambul que termina por emigrar a Estados Unidos en 1913, a tiempo para evitar el colapso del imperio otomano y el genocidio perpetrado contra los armenios de Anatolia. Tras incontables peripecias, el joven Stavros acaba bajo examen en la isla de Ellis, donde presentará los papeles de un amigo que, enfermo de tuberculosis, se ha tirado al mar la noche antes. Hemos visto la escena en muchas ocasiones: la policía de fronteras no se complica la vida y americaniza jovialmente el nombre del recién llegado. En este caso, «Hohannes» pasa a ser «Joe Arness», igual que ?con menos inventiva? Elias Kazantzoglou pasó a ser Elia Kazan. Pero a ninguno de ellos debía de importarle eso demasiado, a la vista de la felicidad con que Stavros recibe los documentos que lo acreditan como inmigrante legal y, por tanto, potencial ciudadano estadounidense. Ante todo, ciudadano estadounidense; además de armenio o griego o italiano. Así era, o así nos lo han contado.

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El liberalismo es un humanismo

José María Ruiz Soroa (Bilbao, 1947) acaba de dar a la imprenta un libro sobre el liberalismo que es una introducción tan buena a la materia que, paradójicamente, provoca en uno el nada liberal deseo de obligar a su lectura a todo estudiante de primer curso de Ciencias Humanas o Sociales. Pero, compartiendo el reseñista el credo liberal del autor reseñado, debe descartar el paternalista vicio de obligar y preferir el más agradable y congruente deseo de recomendar, de buena gana, la lectura del libro en cuestión. Pues se trata de una obrita (supera en poco el centenar de páginas) que será leída con provecho por todo aquel que desee tener una opinión cabal de qué es el liberalismo, que es tanto como querer saber de qué está hecho el aire político que respiramos los europeos desde hace al menos cuatro siglos.

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Lo que pudo haber sido

«Si hubiera aprobado la oposición, desaparecerían mis problemas»; «Si nos hubiéramos conocido antes, tendríamos una oportunidad»; «Si Rajoy hubiera dimitido, habría habido elecciones»; «Si Cataluña fuera un Estado independiente, Inglaterra no habría votado marcharse» (Enric Vila, periodista de ElNacional.cat). En consideraciones como estas, acerca de lo que pudo ser y no fue, se nos va la vida. Se nos va la vida en el discurrir y, lo más importante, en las decisiones que se siguen, en la vida verdadera, ante las oportunidades, en los caminos que se nos abren y en los que se nos cierran. Los filósofos le han dado muchas vueltas a estos razonamientos, por lo general relacionándolos con las explicaciones causales. Los llaman «contrafácticos» o, menos frecuentemente, «contrafactuales», la traducción que da título al ensayo de Richard J. Evans, reputado historiador del Tercer Reich. Y sí, cuando establecemos una relación causal (C está en el origen de E), a la vez afirmamos una relación hipotética, subjuntiva, que no hay manera de observar (si no hubiera C, no habría E). 

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Vargas Llosa, el erizo que se convirtió en zorro

Raymond Aron no se equivocó al señalar que el marxismo es el opio de los intelectuales. Aunque su afirmación, que sirvió de título a uno de sus ensayos más clarividentes, se gestó en 1955, no ha perdido un ápice de vigencia. La reflexión de Aron surgió en el contexto de la Guerra Fría, cuando la perspectiva de una confrontación entre las dos grandes potencias había ensombrecido el porvenir, desacreditando parcialmente a la Unión Soviética. Sin embargo, Jean-Paul Sartre, quizás el intelectual más influyente de su época, sostenía que el realismo exigía elegir entre capitalismo y comunismo. Y, ante esa coyuntura, no cabía otra opción que apoyar a la Unión Soviética, pues era el principal baluarte de la clase trabajadora. Los campos de concentración soviéticos eran deplorables, admitía Sartre, pero no desacreditaban al marxismo. La plasmación de una idea nunca es perfecta y, a veces, produce aberraciones, pero se trata de fenómenos transitorios y, tal vez, inevitables en un proceso de largo alcance. Albert Camus respondió que la existencia de los campos de concentración soviéticos no podía deslindarse del marxismo.

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Capitalismo de rostro humano

Señalaba con sorna el premio Nobel de economía George Stigler que «el clero antiguo había dedicado sus mejores esfuerzos a enderezar la conducta de los individuos, y el clero moderno los suyos a enderezar las políticas sociales» (The Economist as Preacher, 1980). La relación entre el cristianismo y la economía viene, en efecto, de muy antiguo. Desde la formalización misma de la doctrina cristiana en la Edad Media, su inclinación social llevó a los escolásticos a la reformulación del orden aristotélico y a sus conocidos dictámenes sobre el carácter orgánico de la sociedad, la necesidad de un precio justo en el intercambio, la diferencia entre valor y precio, la naturaleza insana de la asimetría en el comercio, la acumulación culpable de riqueza y todos los demás supuestos de la tradición tomista. Es cierto que algunos escolásticos ?como los nuestros de Salamanca? hicieron avances relevantes en el estudio de la libertad de mercado y el sistema de precios, pero, en general, el cristianismo se inclinó casi siempre hacia el colectivismo y la economía dirigida. A partir de mediados del siglo XIX, la doctrina social de la Iglesia en el mundo católico y el socialismo cristiano en el protestante acentuaron aún más su oposición al liberalismo y su visión benevolente ?como un error bienintencionado? del colectivismo marxista. 

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Europa inacabada

Hace unas semanas, con motivo del Día de Europa, el periodista Ignacio Martínez me invitó a a debatir sobre el futuro de la Unión Europea. Desde entonces, la idea de que la unión política del continente se encuentra amenazada no ha hecho sino cobrar fuerza, con motivo de la crisis migratoria que está sacudiendo las bases del Gobierno alemán (aunque la razón última de esa zozobra son las elecciones bávaras de septiembre) y han convertido a Italia, Gobierno populista mediante, en un improbable aliado de Donald Trump. Por su parte, el llamado Grupo de Visegrado, formado por los países del Este de Europa, se opone también a cualquier política común en la materia y, con carácter más general, apuestan por un reforzamiento de las soberanías nacionales y el condigno debilitamiento de los elementos «federales» de la Unión Europea. Mientras, las negociaciones sobre la salida de Gran Bretaña del club siguen su curso, favorable hasta el momento a los intereses comunitarios: la confusión del Gobierno británico sirve de aglutinante para sus todavía socios, unidos ante la adversidad ajena. En cambio, las propuestas para reforzar el euro mediante la armonización fiscal y la mutualización de la deuda no acaban de fructificar, como ha quedado de manifiesto con la constitución de una informal «liga hanseática» capitaneada por los halcones fiscales: Holanda, Finlandia y Austria. 

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John Ford: Pasaporte a la fama

Se ha dicho que John Ford nunca rodó un film noir, pero Pasaporte a la fama (The Whole Town’s Talking, 1935) es una película parcialmente ambientada en el mundo del hampa. Un inspirado Edward G. Robinson interpreta a dos personajes completamente distintos, pero físicamente idénticos. Por un lado, es el inofensivo y dulce oficinista Arthur Ferguson Jones. Por otro, el sanguinario gánster «Killer» Mannion. Jones vive en un modesto piso de soltero, trabaja en una oficina como contable y come solo en una cafetería. No tiene amigos, ni familia. Sólo cuenta con el afecto de su tía Agatha, que lo visita de tarde en tarde. «Killer» Mannion se mueve en escenarios totalmente diferentes: el patio de la cárcel, sucios callejones, un sótano que sirve de refugio entre crimen y crimen. Jones tiene un canario y un gato, a los que cuida con ternura. Intenta escribir una novela, pero nunca pasa del primer párrafo. Está secretamente enamorado de la joven y atractiva señorita Clark (Jean Arthur), una mujer ingeniosa, mordaz e independiente. Todo en él es limpio y claro, pero también un poco triste. De «Killer» Mannion no sabemos gran cosa, salvo que vive de robar y asesinar, que no le importa disparar por la espalda y que sólo le interesan las mujeres para pasar un buen rato. Su vida es turbia, sucia y violenta. Se ríe a menudo, pero su sonrisa hiela la sangre.

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Una injusticia común entre filósofos

El filósofo francés François Jullien, gran conocedor de la filosofía clásica y de la cultura china, se enfrenta en este breve ensayo ante lo que parece una cuestión eminentemente práctica. ¿Cómo integrar a los inmigrantes en una Francia desnortada que sufre la lacra de la radicalización de muchos de sus jóvenes musulmanes? En su respuesta, no tan práctica, defiende que blandir una «identidad cultural» es, cuando no un contrasentido (la «identidad» es singular y la «cultura», colectiva), la forma perversa que tiene el nacionalismo de levantar «una muralla» contra dos amenazas.

Por arriba, estos nacionalistas temen la globalización (caracterizada por Jullien de forma simplista), cuyos dictados de eficiencia económica nos condenan a la uniformización de todo en todas partes. Por abajo, la amenaza la encarnan grupúsculos que Jullien califica de «comunitaristas» y que asocia con minorías intolerantes.

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Sentido y alcance del neoliberalismo

Fernando Escalante persigue en este libro delimitar el sentido y alcance del «neoliberalismo». Como señala el autor, el problema no es tanto la amplitud y variedad de ideas que se agrupan bajo ese rótulo, como que «la palabra ha terminado por perder consistencia, y resulta más ambigua conforme más se usa». Que no sea un programa o conjunto de ideas monolítico y fácilmente identificable no invalida que pueda hablarse con propiedad de «neoliberalismo». Algo semejante puede predicarse del socialismo o el liberalismo, sin que eso signifique que no sea posible referirse a ellos con propiedad y trazar su historia.

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