Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Otra España negra… ¿o la misma?

Confieso que me siento incómodo con la expresión España negra. Es la misma incomodidad que me causa el marchamo de Leyenda negra y, como ya pueden suponer, no es por el adjetivo –o sea, el color- pues parecido fastidio me causa cualquier otra caracterización que restrinja una realidad multiforme a solo una de sus manifestaciones. Por decirlo claramente, lo que me produce rechazo es el reduccionismo, sea en un sentido o su opuesto. Es verdad que yo mismo he empleado en innumerables ocasiones en mis análisis e investigaciones la acuñación de España negra, entre otras razones, porque es simplemente inevitable, dependiendo de los temas que se aborden.

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Francisco Ayala, a la fecha

El marbete de «escritores del exilio de 1939» tiene tanta legitimidad histórica y emocional como imprecisión taxonómica. Define una circunstancia, pero no acota nada en términos de historia literaria. Lo señaló con rara lucidez uno de los concernidos por ese marbete, Francisco Ayala, en un artículo titulado «La cuestionable literatura del exilio» (Los Cuadernos del Norte, 1981). Y, sin embargo, a varias generaciones de intelectuales españoles nos ha servido para reconocer una de las más dramáticas consecuencias de la Guerra Civil y para entender mejor lo que el franquismo tuvo de excluyente y vengativo. Para quienes, bien a su pesar, se vieron marcados por el signo de la extraterritorialidad física, la condición de desterrados se convirtió en tema de su obra y vivieron en diálogo apasionado e ingrato con aquella amputación de su presente y quizá de su futuro. Otros, los menos, intuyeron que el alejamiento era una oportunidad de rehacer su vida, a menudo en horizontes más ricos e incitantes que los que habían dejado atrás.

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El compromiso intelectual, ¿uno o múltiple?

Aunque este sea un libro de historia, es poco menos que inevitable que la primera cuestión que se desliza en el prólogo sea la consabida y peliaguda controversia acerca del compromiso intelectual aquí y ahora. ¿Tiene sentido plantear el tema del compromiso en el tiempo que vivimos? ¿Tiene acaso futuro la noción de compromiso tal y como se entendió durante casi todo el siglo XX? De las dos preguntas, quizá sea la segunda la que permita una respuesta menos dudosa o problemática. Para ser rotundos y no andarnos con rodeos, la respuesta en cuestión tiene que ser obviamente negativa. Desde cualquier punto de vista que se mire, el propósito clásico del compromiso intelectual –al modo sartriano, para entendernos? ya no tiene cabida en la sociedad del siglo XXI. Más aún: si alguien se empeña en mantenerlo de modo más o menos quijotesco, sufrirá el baño de realidad de la pura irrelevancia y hasta el ridículo, lo cual es casi lo peor que puede pasarle a la conciencia vigilante. 

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Buster Keaton: El héroe del río

Cuando en Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly-Stanley Donen, 1952) el productor R. F. Simpson (Millard Mitchell) proyecta en su mansión unos breves minutos de cine sonoro ?un prodigio inesperado en un Hollywood con grandes estrellas que hasta entonces nunca se habían planteado el reto de añadir su voz a unas interpretaciones afectadas y barrocas?, una actriz con aspecto de vampiresa exclama despechada: «¡Vulgar, insufriblemente vulgar!» Su aristocrático desdén no frenará el vertiginoso avance del cine sonoro, que expulsará a los grandes divos y divas de su paraíso de celuloide. De joven, no prestaba demasiada atención a esta escena, pues el cine mudo no me decía gran cosa. Ahora, en cambio, creo que la actriz tenía cierta razón. No puedo despreciar el cine sonoro, pues sus años dorados me han regalado –y siguen regalándome? momentos inolvidables, pero el cine mudo me parece más delicado, más poético. Hace unos días, volví a ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928), una película deliciosa interpretada y dirigida por Buster Keaton. 

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El enigma de los nazis cultos

¿Hay alguien que todavía dé por hecho que los nazis eran masas incultas o que las atrocidades del Tercer Reich fueron cometidas mayoritariamente por sádicos borrachos sin formación? A esas personas, este libro de Christian Ingrao les resultará revelador, aunque a estas alturas de la abundante historiografía sobre el nazismo parece improbable que esa opinión siga estando extendida. En las últimas décadas ha ido abriéndose paso con éxito en nuestro imaginario occidental un nuevo arquetipo: el del nazi elegante y altamente cultivado, que disfruta de la música y de la poesía mientras ejecuta sin vacilar a cientos de civiles por su propia mano. Por citar sólo unos pocos ejemplos conocidos, Luchino Visconti da vida al nazi elegante y culto Aschenbach, el oficial de las SS de La caída de los dioses (1969); éste asoma de nuevo en la figura histórica de Amon Göth en La lista de Schindler (1993), de Steven Spielberg; y más recientemente, en el SS ficticio Maximilian Aue de la novela Las benévolas (2006), de Jonathan Littell. Es probable que, entretanto, la creciente popularización de esa otra idea tipificada de nazi haya ido ganando terreno a la figura del bárbaro embrutecido.

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Sobremesa en el siglo

Siglo corto, como quería Eric Hobsbawn al fijar su comienzo en la Gran Guerra y su final en la caída del Muro de Berlín, o siglo largo para quienes querrían extenderlo hasta el atentado contra las Torres Gemelas o aun la Gran Recesión iniciada en 2008, no cabe duda de que el siglo XX empieza a distanciarse de nosotros. Por más que busquemos paralelismos con los años de entreguerras o paseemos a Marx por los suplementos culturales, las tonalidades específicas de la última centuria empiezan a perder fuerza sin que aún hayamos encontrado categorías firmes para describir las nuevas realidades psicopolíticas. Al mismo tiempo, sin embargo, nuestro mundo no puede comprenderse sino a través de su historia reciente y no cabe duda de que el siglo XX ha sido especialmente fértil –a la manera hegeliana, es decir, sangrienta– como laboratorio sociopolítico.

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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (II)

¿Dónde están los intelectuales? ¿Qué se hizo de ellos?

Para quien esté leyendo este blog, la respuesta será tan obvia que la propia pregunta parecerá absurda: los intelectuales están donde siempre han estado. Es decir, publicando libros, dando entrevistas, firmando manifiestos. Business as usual! Sin embargo, la supervivencia del intelectual público es compatible con su decadencia relativa: están lejanos los tiempos en que salían a la calle, megáfono en mano, a liderar a las masas. Y dos son las principales razones que explican el debilitamiento de su figura.

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derrida

La endeblez del posestructuralismo

¿Qué fue del posestructuralismo? No se trata de la pregunta más acuciante para quienes lo consideraron, antes de nada, una sarta de estupideces, pero su silenciosa desaparición tiene algo de intrigante. Nacido en París a finales de la década de los sesenta del siglo pasado, irrumpió en la escena intelectual más o menos al mismo tiempo que los estudiantes de esa ciudad se sublevaron contra sus maestros académicos. De la gramatología, de Jacques Derrida, que acaba de reeditarse en inglés con una introducción de Judith Butler, se publicó en 1967, un año antes de aquellos muy mitologizados acontecimientos, y existen algunas afinidades entre lo que estaba sucediendo en las universidades y lo que estaba tramándose en la interpretación de los textos. De la gramatología se ocupa, entre otras cosas, de mostrar cómo determinados escritos, de Rousseau y Saussure a Freud y Lévi-Strauss, tienden a minar la lógica que los gobierna, estableciendo jerarquías y oposiciones con una mano para, a renglón seguido, desmantelarlas con la otra. Cuanto más se exploran obras tan aparentemente coherentes, más empiezan a deshilacharse por los bordes y a deshacerse por las costuras.

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Intelectuales descarriados

Desde que los intelectuales hicieron su aparición en el mundo moderno han abundado las críticas a su protagonismo en la vida pública desempeñando funciones y asumiendo una representación que, según sus detractores, nadie les había otorgado. La mayor parte de esas críticas procede de autores conservadores que han denunciado la propensión de los intelectuales a militar en la izquierda, cuando no en la extrema izquierda, y a ejercer su función crítica a partir de un doble rasero que a menudo comportaba una doble moral, bien patente en su disposición a justificar las atrocidades de los suyos. Ejemplo de esta literatura de denuncia sería el libro de Raymond Aron El opio de los intelectuales (1955), sobre su adicción al marxismo durante la Guerra Fría, y, más recientemente, Intellectuals (1988), del escritor británico Paul Johnson. Pero tampoco han faltado quienes, desde la izquierda, hayan criticado algunos rasgos característicos del gremio, como su falta de sentido de la realidad y su oportunismo.

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Un conservador razonable

El pensamiento conservador no ha gozado en España de buena prensa ni de excesiva atención por parte de los historiadores. Las autoridades de una gran capital del país han propuesto cambiar el nombre de una plaza dedicada al asturiano don Juan Vázquez de Mella y Fanjul, ideólogo del carlismo y uno de los grandes oradores de la vida parlamentaria española de comienzos del siglo XX, por el de un político que falleció recientemente, a una edad relativamente temprana y sin excesivas realizaciones de tipo intelectual ni político. Han sido escasas las voces que se han alzado para censurar esa propuesta.

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Cataluña (I)

Sobre lo que no se puede hablar, reza un conocido mandato filosófico, es mejor callar. Pero también puede suceder que el silencio sea la única prescripción posible cuando ya se ha dicho todo –o casi todo– sobre algún asunto: por ejemplo, el nacionalismo catalán. Incluso aquí nos hemos ocupado ya de un problema que alcanza este mes de septiembre una intensidad desconocida desde la «cordial proclamación» del Estado de Cataluña después de las elecciones municipales que trajeron a España la Segunda República en 1931.

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Malas compañías

Nefastos en la sociedad, los experimentos sociales pueden ser ilustrativos en condiciones de laboratorio, sobre todo si ilustran las hipótesis favoritas de los experimentadores. En este sentido, quizás el más sonado sea el de la cárcel de Stanford (1971), en que Philip Zimbardo, un profesor de Psicología, dividió a veinticuatro voluntarios en dos grupos –guardias y presos– para corroborar que los roles se adueñaban de la realidad. 

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