Archivo Revista de Libros

San Juan Bueno, Mártir

Se preguntaba si iba moriría atrapado en la grieta en la que había caído. Juan sabía que no era sensato hacer senderismo solo, pero le agradaba adentrarse en la naturaleza sin más compañía que un libro, algo de fruta y una botella de agua mineral. La Sierra Norte de Guadalajara era muy hermosa: hayedos, encinares, arroyos, rocas de pizarra. Cuando las hojas rojas de las hayas alfombraban el suelo, la tierra parecía palpitar como un ser vivo. Desde el interior de un hayedo, el cielo solo era una franja remota, pero su luz siempre  recordaba que había un infinito abierto en las alturas.

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La fundación nacional del mal

Sabemos el final de esta historia, por lo que revelarlo no borra el misterio: solo le da sentido. Cojamos cualquier crónica, la de la aséptica Agencia EFE, 19 de diciembre de 2016: “El periodista Alfons Quintà, de 73 años, dejó una nota antes de matar supuestamente a su pareja, de 57, y suicidarse con su escopeta, en la que lamentaba que la mujer se quisiera separar de él”.

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El Dr. Jefferson y Mr. Thomas

Jefferson redactó la Declaración de Independencia de 1776, fundó la Universidad de Virginia, gastó su fortuna en Monticello y amó a Sally Hemmings, su esclava, quien además era medio hermana de su difunta mujer. La importancia de esta relación interesa ahora más que nunca.

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Lerroux, un liberal in partibus infidelium

Más allá de las obras de José Álvarez Junco sobre Alejandro Lerroux y de Octavio Ruiz Manjón acerca del Partido Radical, siempre me intrigó por qué Lerroux había contado con tan mala opinión historiográfica. Entendía que así fuera en las interpretaciones autodenominadas progresistas: el personaje que gobernó con la CEDA y se opuso al Frente Popular cometió pecados nefandos, sin perdón. Pero es que igual opinión pulula en la historiografía que se predica alejada de banderías. Para casi todos, Lerroux ha pasado a ser un político carente de principios e ideología firmes, capaz de pactar con cualquiera, el prototipo del oportunista y demagogo. Pues bien, Roberto Villa rompe esta imagen con su libro. Primero, por el cúmulo de fuentes utilizadas, única forma de ser historiador sólido; segundo, porque ha desmenuzado qué quiso hacer Lerroux, con quién y para qué en cada momento; tercero, porque habla de su práctica política, anudándola con lo que quería de acuerdo con su ideología, que Villa muestra que sí la tenía; y cuarto, lo ha expuesto con una prosa elegante, gracias a la cual el libro de historia recobra el gozo de la obra bien escrita.

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El inquietante encanto de la República de Weimar

La República de Weimar, sucesora en 1919 del Segundo Imperio alemán tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y liquidada en 1933 al ascender Adolf Hitler a la cancillería de lo que todavía tenía nombre oficial de Deutsches Reich, sigue ejerciendo cien años después de su nacimiento una fascinación indudable sobre las generaciones posteriores a 1945. Encanto, si se quiere, un tanto morboso, que resucita de forma periódica en tiempos de turbulencias democráticas, desafíos a las certidumbres de los sistemas democráticos construidos después de la Segunda Guerra Mundial, incertidumbre económica y difusas amenazas en el horizonte. Weimar se convirtió en un símbolo político lastrado, sinónimo de democracia fracasada en una sociedad moderna, consumida por enemigos internos y llegados al poder mediante unas elecciones.

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Las antinomias de Carlos V

En los últimos años Geoffrey Parker ha venido ofreciendo a sus lectores sucesivos especímenes en formato king size, esto es, biografías de reales personajes en volúmenes de considerable extensión. Si mi cuenta no falla, suman cuatro de sus últimas obras unas cuatro mil quinientas páginas, de las cuales en tres mil se despliegan las biografías de Carlos V y Felipe II con desigual reparto (mil y dos mil, aproximada y respectivamente), correspondiendo las restantes a tema bien diverso que en su día comenté en esta revista. De las biografías citadas, una primera sobre Felipe II  requirió de una segunda etiquetada como «definitiva», seguida a su vez de otra «esencial» . Ésta de Carlos V se presenta, sin embargo, como «nueva», aunque no porque suceda a otra previa del autor. Se trata, simplemente, de que, en su factura, el autor se ha propuesto «utilizar todas las fuentes disponibles acerca de Carlos», con el propósito añadido de trasladar íntegramente al público lector todo el caudal informativo que la documentación consultada le ha proporcionado: «Para bien o para mal –promete Parker–, de lo que yo sé del emperador poco dejaré que quede en mi propio tintero». Atributos de «definitiva» parecen, pues, no faltarle. Por lo demás, no sorprende tanto esfuerzo. Parker se dio a conocer con una obra que, a día de hoy, continúa siendo de referencia para el estudio del conflicto de Flandes, también conocido como Guerra de los Ochenta Años (1567-1648), y en algún momento cabía esperar que abordara la biografía del artífice político que dio cuerpo al ente político protagonista y escenario de tales hechos. La deuda ha quedado, por tanto, saldada.

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Alfonso Guerra y los dos Partidos Socialistas

Cientos de miles de españoles podrían acreditar idéntica experiencia: en su círculo más cercano de amigos y familiares –aquel en el que uno tiene confianza para hablar con los demás sobre el sentido de su voto–, muchas personas que antes votaban al PSOE han dejado de hacerlo en la actualidad. Estoy hablando de quienes José Ignacio Torreblanca ha denominado, con razón, votantes fantasma del PSOE, o, también votantes huérfanos, «los de toda la vida, los de centroizquierda moderado, los progresistas sin estridencias y los pragmáticos que abjuran de los radicalismos y las exageraciones ideológicas, los que prefieren que su partido haga mucho y diga poco a que diga mucho y haga poco. [Los que] no tienen problemas con la Constitución de 1978 y se sienten moderadamente patriotas, más por orgullo por lo logrado por este país en los últimos cuarenta años que por un fervor identitario y esencialista», aquellos a los que, entre otras cosas, les provoca escalofríos que el PSOE recurra a «silencios, omisiones y sobreentendidos» para «ganarse los votos de los independentistas». Aquellos, en fin, que no entienden ni pueden aceptar que «partidos autocalificados de izquierdas encuentren razonable la compañía de partidos que apelan a la identidad para justificar desigualdades».

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