Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Nosotros y nosotras. Notas sobre el «lenguaje inclusivo»

Al llamado «lenguaje inclusivo» se le suele objetar su carácter chirriante y arbitrario, sin reparar en que a menudo sus problemas van más allá y su empleo hace de enunciados simples paradojas dignas de un Zenón de Elea. El otro día, por ejemplo, hojeando un libro de la mesa de novedades de una librería, topé con esta expresión en el frontis de un capítulo: «Nosotros y nosotras…». Mi comprensión lectora quedó atrapada por este curioso sintagma autodestructivo. Con cierto fastidio, pero sin violar la lógica imperfecta de los lenguajes naturales, uno puede decir «ellos y ellas» o «vosotros y vosotras»: a un conjunto de varones se yuxtapone otro de mujeres. No sucede lo mismo con «nosotros y nosotras»: el sentido

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Progresos del progreso (y II)

Si evitamos la jugosa tentación del pesimismo y aceptamos que el progreso moral existe, ¿hay algo que podamos hacer para reducir su carácter accidentado e intermitente, no digamos para evitar sus regresiones ocasionales? El filósofo londinense Philip Kitcher cree que sí y ha publicado un libro, del que dábamos cuenta aquí en la anterior entrega, donde expone sus ideas al respecto. Recordemos sucintamente, para refrescar la memoria del lector, cuáles son. Kitcher entiende que una situación es moralmente problemática si hay un individuo o grupo de individuos que rechazan el el marco moral vigente que la permite; en tal caso, debería iniciarse un proceso de indagación moral consistente en una «conversación ideal». En tal contexto, una demanda habrá de ser

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Víctor Catalá: un orden de fatalidades determinadas

El caso de Caterina Albert es bastante especial en la literatura española. Una escritora con talento innato para las letras y las artes, dotada de intuición y la cualidad mágica de la «asociación», que Robert Frost consideraba el quid de la verdadera poesía, se lanza al ruedo literario catalán en 1898 con un monólogo desgarrador (La infanticida), gana un premio que luego se anula al descubrirse su identidad y, viendo que el mundillo literario de la Ciudad Condal le da la espalda por ser mujer y abordar asuntos impropios de una fémina, se convierte en Víctor Català. Independiente, sin padrinos (el poeta Joan Maragall será de los pocos que la animen, al igual que Josep Torras i Bages), irá tejiendo un

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