Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

El homínido que aprendió a cocinar

Los mitos tardan en morir. Nos habían dicho que los humanos tenemos un cerebro desproporcionadamente grande para el peso de nuestro cuerpo y eso nos hacía especiales. También nos dijeron que tenemos cien mil millones de neuronas, células especializadas en la transmisión rápida de señales, y diez veces más de otras células que cumplen funciones de apoyo bajo el nombre genérico de células de glía. Nos explicaron, incluso, que la evolución del cerebro siguió un curso ascendente de complejidad por el procedimiento de sumar nuevas estructuras sobre las más ancestrales hasta alcanzar la cúspide: Homo sapiens, nosotros. La única especie que, llegados al día de hoy, algunos creen que ha dejado de evolucionar. Estas afirmaciones aparecen no en textos populares poco rigurosos, sino en libros con los que se ha enseñado a generaciones de universitarios en todo el mundo. Se trata del «estado de opinión». Sobre estas verdades oficiales del momento han crecido leyendas populares tan extravagantes como las que señalan un «cerebro reptiliano» en las zonas más profundas de nuestro cerebro o, plenamente en el terreno de lo ridículo, que, puesto que tenemos diez veces más glía que neuronas y son estas últimas las que ejecutan la actividad cerebral, cabría afirmar que «sólo utilizamos la décima parte de nuestro cerebro para pensar».

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El escurridizo gen

En el corto intervalo comprendido entre 1865 y 1868 se propusieron tres teorías de herencia biológica que, por sus posteriores consecuencias, merece la pena examinar con algún detalle. En especial, porque en dos de ellas se expusieron por vez primera razonamientos científicos fundados en regularidades estadísticas en lugar de consideraciones especulativas sobre la naturaleza física de las causas operantes.

La más antigua, bautizada como «ley ancestral de la herencia» por su autor, Francis Galton, postulaba equivocadamente que las contribuciones promedio de padres, abuelos, bisabuelos, etc. a la constitución hereditaria de un individuo son, respectivamente, 1/2, 1/4, 1/8, etc., de manera que la suma de todas ellas es igual a la unidad. Aunque Siddhartha Mukherjee equipara esta regla a una «especie de homúnculo matemático […] al que un disfraz de fracciones y denominadores dan la apariencia de ley moderna» (p. 69), las cosas no son tan sencillas. 

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Del neodarwinismo al neoliberalismo

Un personaje de Fortunata y Jacinta, doña Lupe la de los pavos, aconsejaba así a su sobrino, el boticario Maxi Rubín: «Si inventas algo, que sea panacea, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo, y que se pueda vender en líquido, en píldoras, pastillas, cápsula, jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores». Un empeño semejante pudiera haber estimulado la redacción de The Evolution of Everything, un texto que propone, con más descaro que decoro, que el neodarwinismo es sólo un caso particular de una teoría general de la evolución que no es aplicable únicamente a la vida y los genes, sino que también abarca la moralidad, cultura, economía, tecnología, mente, personalidad, educación, población, liderazgo, gobierno, religión, dinero e Internet.

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Explorando la singularidad humana

La psicóloga norteamericana Judith Rich Harris trata de examinar en este libro los orígenes de la individualidad humana. La autora es en sí misma un personaje ciertamente singular. Nacida en 1938, Harris se graduó y obtuvo un máster en psicología, pero una enfermedad autoinmune crónica condicionó el desarrollo de su actividad académica, obligándola a permanecer mucho tiempo en casa. 

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Genes de raza

La convicción de que el grupo propio es a toda luz superior al ajeno debe de ser casi tan antigua como el hombre, pero los intentos de justificar esta pretensión revistiéndola de un cierto barniz científico son relativamente recientes. Así, en la décima edición del Systema Naturæ (1758), Linneo añadía a los distintivos físicos de las cuatro variedades en que clasificó a la especie Homo sapiens los pertinentes a su condición moral, gobernada por las leyes en el caso de los críticos e inventivos Europaeus, regida por la reputación en los adustos y melancólicos Asiaticus, tiranizada por el capricho en los flemáticos y perezosos Afer, o dominada por la rutina en los coléricos e inconstantes Americanus.

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Richard Dawkins: cómo se hizo

El relato autobiográfico de los años de formación de (Clinton) Richard Dawkins tiene interés por razones diversas, entre las que sobresale la de dar cuenta de uno de los científicos más mediáticos del siglo XX. Su fama actual trasciende el estrecho ámbito de su especialidad inicial, la Etología o ciencia del comportamiento animal, gracias a lo que podemos considerar una azarosa digresión teórica fuera de dicho ámbito experimental.

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Cultura: la perspectiva darwinista

La publicación en 1975 del libro Sociobiología, del entomólogo de Harvard, Edward O. Wilson, supuso un punto de inflexión en la manera en que la biología evolutiva se acerca al estudio del comportamiento humano. A partir de ese momento, la separación drástica entre biología y cultura, asumida durante la elaboración del paradigma neodarwinista a mediados del siglo pasado, fue seriamente cuestionada. Sin discutir la enorme plasticidad del cerebro humano, la investigación en clave evolutiva se propuso recuperar el concepto de naturaleza humana como punto de partida desde el que pensar nuestra conducta.

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El animal desbordante

No acaban de entenderse las razones por las cuales la edición española del libro del joven historiador Yuval Harari, publicado primero en Israel y traducido luego a una treintena de lenguas, ha reemplazado el estupendo título de la edición inglesa (Sapiens) por uno que parece desvelar de entrada la tesis principal de su autor. 

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Los peligros de razonar con el sentido común

Thomas Nagel, profesor de Filosofía y Derecho en la Universidad de Nueva York, plantea en su último libro La mente y el cosmos, objeto de este comentario, la incapacidad del materialismo reduccionista que inspira la teoría evolutiva actual para explicar fenómenos tales como la aparición en algunos organismos de la experiencia consciente subjetiva, el pensamiento racional o la capacidad de valorar. 

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Barcelona y la fiesta del boom

«Cuando llegaba la primavera, incluso si era una primavera falsa, la única cuestión era encontrar el lugar donde uno pudiera ser más feliz», escribió Hemingway en París era una fiesta. La Barcelona de finales de los sesenta «representó» tal vez una primavera falsa en la España del último franquismo, pero no cabe duda que vivió una fiesta de cosmopolitismo.

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Lo que debemos al neandertal 

Caminaban erguidos, medían entre 1,60 y 1,70 metros, eran robustos y su cerebro, de unos 1.500 cm3, era mayor que el nuestro. Probablemente tenían lenguaje y fabricaban instrumentos. 

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¿Qué es la melancolía?

Recorramos el principio de la Anatomía de la melancolía de Robert Burton como el que pasea por un parque señalando allí un sauce, allá un estanque con una garza, allí un perrito orinando en el pedestal de una estatua.

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