Archivo general de Revista de Libros

El candidato

Pacho había convertido la caza en una pasión que absorbía casi todo su tiempo libre. Salía al campo muy temprano y no dejaba de disparar hasta que mataba más conejos y perdices de las que podía acarrear. Le gustaba colgar las piezas abatidas en el cinturón para poder alardear de su talento como matarife. Ahora se preguntaba cómo podía haber sido vegano. Matar y comer lo cazado le producía una satisfacción que jamás habría podido imaginar. Ya no era un hombre de ciudad, tímido y pusilánime, incapaz de soportar la crudeza del mundo real.

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Historia de un anarquista

Julián nació en 1946 en Algar de las Peñas, un pueblo de la sierra norte de Guadalajara. Sus padres eran gente sencilla. Apenas sabían leer y escribir. Vivían en una pequeña casa con dos estancias y un patio con un limonero que desafiaba a los inviernos con el auxilio de un plástico compasivo. El padre trabajaba como pastor y cuidaba un huerto, luchando contra una tierra escasamente fértil. 

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El conflicto del Sahara: la historia interminable de un desencuentro

El conflicto del Sahara Occidental se enmarca en un proceso de descolonización de un territorio no autónomo, en el que son parte Marruecos y el Frente Popular para la Liberación de Saguia el-Hamra y Río de Oro (Polisario), al que es aplicable la resolución 1514 de la Asamblea General de 14 de diciembre de 1960 sobre la concesión de la independencia a los pueblos coloniales, lo que implica el reconocimiento del derecho a la libre determinación del pueblo saharaui.

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La democracia liberal y algunos de sus enemigos

Recientemente, Charles Koch, un poderoso industrial y filántropo americano, lamentaba (“parcialmente”, decía The Economist en la reseña de un reciente libro suyo) los procedimientos que había utilizado en el pasado para impulsar sus ideas políticas. Koch ha pasado toda una vida adulta juntando esfuerzos con otros grandes empresarios conservadores, bajo el liderazgo intelectual y teórico del premio nobel de economía en 1986 James M. Buchanan, financiando centros de pensamiento conservador y subvencionando a políticos republicanos para que alcanzasen puestos en el Senado o como Gobernadores de algunos Estados en los EE. UU. con objeto de influir en la política federal, estatal y local en materias como la educación, la Seguridad Social, el cambio climático o la inmigración.

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El silencio, cuando menos lo esperábamos

Antes de que suene el despertador me suele desvelar el ruido o la actividad de la calle, que se filtra tenuemente por las paredes, las persianas y las ventanas cerradas. Es algo inconcreto, como un zumbido, lo suficientemente sólido como para sacarme del sueño pero también lo bastante difuso como para hacerlo sin molestar, promoviendo una transición dulce entre el descanso y el comienzo de las tareas cotidianas. En estos días tan extraños, la primera rareza surge ahí, en el primer momento del día, cuando aún no he abierto los ojos y acaso todavía más dormido que despierto, percibo confusamente que algo va mal, sin saber exactamente qué es, si grave o no. Cuestión de segundos o de milésimas de segundos, como dicen a veces con énfasis los cronistas deportivos. El tiempo suficiente como para identificar siempre la primera hipótesis recurrente, ¿es hoy domingo? 

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Y de repente, Silvia Marsó

El confinamiento ha provocado que el mundo virtual nos parezca más real que la vida misma. Hasta hace poco, podíamos salir despreocupadamente a la calle. Ahora muchos percibimos el mundo exterior como algo lejano y casi inaccesible. En mi caso, el aislamiento apenas ha introducido cambios en mi rutina. Hace mucho tiempo que me divorcié del ajetreo de una existencia condicionada por los desplazamientos y el trabajo. Paso semanas enteras en mi casa, sin echar nada de menos. Abandoné la enseñanza en 2012 o quizás ella me abandonó a mí. Desde entonces, leo, escribo y paseo. La crítica literaria, que es mi actividad principal, no me exige abandonar mi retiro. La compañía de los libros me parece mucho más estimulante que cualquier actividad social. Mi casa se alza en mitad de una pequeña arboleda. Desde fuera, parece un pequeño bosque. En realidad se trata una treintena de árboles plantados hace casi dos décadas que han crecido hasta superar la altura del tejado. Una isla de frescor en mitad de la planicie castellana. En verano, las ramas se llenan de mirlos, golondrinas, verderones, urracas y gorriones, desencadenando un ruido gratamente ensordecedor. Es como si una sordina amortiguara el estridor de esa otra realidad que habitan los demás y que a mí cada vez me resulta más ajena e incomprensible. Desde que empezó el confinamiento he tenido que suspender mis paseos, lo cual me ha causado consternación. Por las tardes, solía recorrer los senderos que parten de una dehesa situada detrás de mi casa. Salvo un bosque de pinos plantados por el ayuntamiento, solo hay campos de trigo y cebada que se ondulan con la sierra del Guadarrama al fondo. Lejos de experimentar tristeza, ese vacío me reconforta, pues insinúa que el infinito no es una fantasía, sino algo cercano, posible y real. 

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La búsqueda del estilo

Su cuidada melena, amplia y vigorosa, ya encanecida, resaltaba en la penumbra de las primeras filas en aquel salón del palacio ducal veneciano. El acto inaugural iba a empezar en breve. Por unos momentos pensé que estaba ante un Casanova reencarnado. Hacía poco que Steven Pinker, cuya cabellera «ha sido objeto de admiración, y envidia, e intenso estudio», había sido elegido por aclamación como primer miembro del «Club del pelo fluyente y lujuriante para científicos» . Lo he fabulado en esta misma revista. Durante los tres días de convivencia que compartimos en el convento-isla de San Giorgio Maggiore, el último gran monumento palladiano, adquirí el convencimiento de que Pinker era un hombre a la captura de un estilo. En la estela de su último libro hasta aquel momento, La tabla rasa, el título de su conferencia era El nicho cognitivo: «Las palabras de su texto van apareciendo en pantalla según se pronuncian, como si un artificio electrónico conectara por vía umbilical al orador con el proyector o como si este aparato capturara sincrónicamente las ondas sonoras para transformarlas en escritura proyectable». Había algo en el rígido dispositivo de comunicación y en la muy cuidada indumentaria de Pinker que dejaba traslucir su esfuerzo y, hasta cierto punto, su fracaso en la perpetua búsqueda de un gran estilo.

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El gran selfie

Es difícil exagerar lo que la crisis catalana ha supuesto para toda una generación de españoles nacidos en democracia. Aunque al grado de apasionamiento ha sido muy diverso, y no han faltado las muestras de hastío, no creo que haya muchos españoles jóvenes interesados en política que hayan podido, nolens volens, mantenerse al margen de la gran discusión colectiva originada al arrimo del procés. Cataluña será ya siempre para ellos –para nosotros– la primera gran batalla donde la verdad desapareció, las masas comparecieron como un actor político y la razón quedó subordinada a las emociones de la pertenencia grupal.

Cierto, mi generación había experimentado ya la amenaza al orden constitucional proveniente de ETA, mucho más trágica que el procés, por cuanto esa fue una batalla en sentido literal en la que se perdieron muchas vidas.

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El derecho a equivocarse

Uno de los lugares donde mejor se come en todo el mundo es La Habana. Es decir, La Habana de las novelas de Leonardo Padura; y La transparencia del tiempo no es una excepción. Bien es verdad que al lado de la cena de doña Augusta, en el séptimo capítulo de Paradiso, los banquetes de Padura son los de un faquir. Pero haciendo una salvedad importante: que la novela de Padura transcurre hoy, razón por la cual escribo mi frase en presente. En cambio, la acción de Paradiso transcurre un par de décadas antes, tanto que me atrevo a situarla en unos años anteriores a la castración de Cuba. Con lo cual resulta que el barroco Lezama narraba como realista, y el realista Padura lo hace como autor de historia ficción. Y es hora de que me ocupe de la novela objeto de esta reseña.

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Historia de quien escapa y quien se queda

Hace casi diez años, Zadie Smith publicó en The New York Review of Books un ensayo en el que comparaba la novela Netherland, de Joseph O’Neill, con Residuos, de Tom McCarthy. La argumentación era simple y eficaz: el «realismo lírico» de O’Neill se oponía a la narración sin «interioridad» de McCarthy, y el contraste señalaba «dos caminos» posibles para la novela contemporánea. Era una forma de volver sobre la antítesis entre tradición y vanguardia, pero la pregunta central llegaba al fondo de la ficción: ¿cómo debía retratarse a una persona? Smith misma estaba entre dos novelas, y la que publicó a continuación, NW (2012) (el nombre de su barrio londinense), trasladó a la práctica sus simpatías por la solución de McCarthy. NW resultó ser una novela de corte experimental, con escaso foco psicológico. A la manera modernista, la historia estaba llena de fugas y puntos ciegos, por no hablar de una ausencia de conclusión. Al cabo, se detenía entre los malestares de sus personajes, como si la narración confundiera el tema (la desorientación moderna) con la manera de presentarlo.

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Reír bajo Franco (I)

El sentido del humor es algo muy subjetivo. A menudo esquematizamos de forma harto elemental a las personas, distinguiendo entre quienes lo tienen (el susodicho sentido del humor) y quienes no lo tienen. En algunos casos, la diferenciación puede ser de alguna utilidad, pero, no nos engañemos, en la inmensa mayoría de los casos es pura filfa: es verdad que hay gente siesa, malaje, estirada o, simplemente, con nulo sentido del humor, pero entre quienes tienen este don las categorías son casi ilimitadas. Nadie o casi nadie, por ejemplo, puede ver todas las contingencias de la vida bajo el prisma del humor y, si alguna vez nos topamos con un sujeto que ligeramente se aproxima a ello, terminamos por huir de él como de la peste, porque pocas cosas hay más cargantes que un individuo que se empeña en bromear a toda costa todo el tiempo. O es un pelma, o es un imbécil, o, mucho más probablemente, ambas cosas a la vez. Normalmente nuestro humor es selectivo o, por decirlo en términos más tradicionales, hay cosas que nos hacen gracia y otras que maldita la gracia. 

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Buscando la esperanza

La noche en que Francisco Umbral llegó al Café Gijón, el panorama literario español aparecía ante sus ojos un tanto sombrío: «heredero todavía de la mitología noventayochista, metido aún en la batalla perdida del realismo social o socialista, triste siempre de imposibilidad franquista, herido por la censura y la pobreza». Que la del realismo social era una batalla perdida lo demuestra el hecho de que, en todas sus novelas más representativas, el protagonista –siempre colectivo– asistía impávido a su derrota y a la sumisión impuesta por la clase dominante. 

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