Archivo Revista de Libros

El nombre de la violencia

Me sorprendió (pero solo un poco) que el diario El País titulara una noticia así: «El juez del Constitucional Fernando Valdés dimite tras ser procesado por malos tratos». Mi extrañé porque pensaba que la doxa imperante para hablar de violencia contra la mujer había proscrito el sintagma «maltrato» o «malos tratos», así como «violencia doméstica», a favor de «violencia de género», como única forma correcta de designar modos de violencia que sufren preponderantemente mujeres, desplazando en su uso también al de «violencia machista», aún no retirado de la circulación. 

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La mentira en la democracia

Durante los últimos años, marcados por el ascenso del populismo y por la transformación digital de la esfera pública, hemos debatido profusamente acerca de la posibilidad y función de la verdad en la política: se ha hablado de posverdad, de fake news, de posfactualismo. Pero se ha hablado menos de la mentira, o se ha hecho de manera menos explícita, dándose por supuesto que constituye el reverso de esos fenómenos. Aunque tal vez sería más correcto decir que la teorización acerca de la verdad ha preferido términos más chic que el de «mentira», demasiado grosero para nuestra sensibilidad irónica: que alguien pueda mentirnos se compadecería mal con una actitud descreída que nos mantiene en guardia ante cualquiera que venga con una verdad bajo el brazo. ¡A otro perro con ese hueso!

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Unos tipos (des)compuestos

Nunca, desde que, en nuestra tierna juventud, nos enseñaron la «fórmula del carrete», habíamos asistido a la confusión algebraica que se observa hoy en el seno de la opinión pública, ¿no, hermano? Tal regla nos ayudaba entonces a memorizar y recordar las, para nosotros, diabólicas fórmulas del interés simple y compuesto. La fórmula del interés simple es, sin embargo, muy sencilla y explica, como recordarán, que el rendimiento (no lo confundan con la rentabilidad obtenido en un periodo dado de tiempo de una inversión es el producto del montante de dicha inversión (el capital, «ca») por el tipo de interés en tanto por uno (rédito, «rre») y por el tiempo (en unidades coherentes con las del tipo de interés, «te»). Sencilla, pero inasequible para los jóvenes infantes que éramos entonces y que si algo no entendíamos era aquello de que el tiempo y el rédito debían entrar en la fórmula en unidades coherentes. ¡Toma!

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#FinLit

El alfabetismo financiero (financial literacy es la expresión en inglés, cada vez más visible en las redes como #FinLit) es de una gran importancia para los individuos, para las familias y para la sociedad. Podemos definirlo como la capacidad para entender conceptos financieros y para realizar operaciones algebraicas simples relacionadas con dichos conceptos, todo ello al servicio de una mejor gestión de las finanzas personales. Entran en esta categoría la gestión de ingresos y gastos, ahorros e inversiones durante la fase de acumulación (para la mayoría de nosotros, coincidiendo con la duración de la vida laboral), así como decisiones sobre la disponibilidad, durante la fase de des-acumulación, de los activos acumulados, incluidas decisiones sobre qué activos dejar en herencia.

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Mala deuda nunca muere

¿No crees, admirado hermano, que llevamos algunas semanas escribiendo de instituciones sociales (la Riqueza o la Deuda) que, de haberse manifestado siempre con todas las virtudes con que las adornamos, habrían contribuido a un melódico, si no modélico, concierto de naciones? Ya sé que nos curamos en salud con advertencias sobre el mal uso de dichas instituciones y que alertamos sobre lo frecuentemente caro que perseguir lo barato nos resulta. Pero nunca está de más avisar cuando nos acercamos a una piedra en la que los humanos venimos tropezando una y otra vez. Por eso, hoy nos vamos a entretener en una constante histórica que no cesa de causar estragos: la mala deuda.

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Lo barato es caro

Nuestra madre, que por mor de su profesión de modista antes de casarse (algún día hablaremos de los aspectos económicos de «la conciliación»), sabía apreciar la calidad de ciertas telas y lo basto de ciertas otras, solía decirnos a todos los hermanos que «lo barato es caro», una expresión que resultará familiar a muchos de nuestros lectores cuya niñez precedió al Régimen del 78. Y, como no nadábamos en la abundancia, precisamente por eso, nuestra madre predicaba con el ejemplo siempre que podía: un par de los legendarios y afamados zapatos del «sello verde», en los años sesenta del pasado siglo, duraban más del doble que dos pares de imitación; además de ser más bonitos y de traer de regalo una estupenda pelota de goma, muy apreciada entre la chiquillería.

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Dinero que no falte y trampa adelante

Dos profesores de la Universidad de Alcalá publicaron en el diario El País recientemente un documentado artículo, titulado «Sin perdón», en el cual hacían un relato histórico sobre una cuestión que la pandemia del COVID-19 ha puesto de angustiosa actualidad: ¿qué hacer cuando el tamaño de la deuda de los Estados Europeos —y de EE.UU. añado yo— «asuste a los banqueros y fondos de inversión»? El relato que los autores del artículo recordaban puede resumirse en pocas palabras: salvo excepciones, no ha habido impagos y tanto deudores como acreedores han preferido siempre renegociar las condiciones de esas deudas.

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El ciento por uno

Comencemos con una pregunta incómoda: ¿Cuánto costaría doblar la renta de cada habitante del África subsahariana?

Esta pregunta es incómoda porque no se puede contestar sin dejar expuesta la propia conciencia. La respuesta se hace todavía más complicada cuando al «cuánto» se le añade el «cómo» y el «por qué». Pero creemos que si se eligen las palabras apropiadas y, sobre todo, las acciones derivadas de ellas, aumentaría la calidad material y humana de las sociedades, tanto de las que dan como de las que reciben.

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Renta básica, mínima y sus parientes

Introducción

Hace ya más de tres décadas, en 1986, en un contexto político y académico de crecientes dudas y críticas sobre el estado del bienestar construido en los países occidentales después de la Segunda Guerra Mundial, Philippe van Parijs, profesor de Ética Económica y Social en la Universidad de Lovaina, y Robert J.van der Veen, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Amsterdam, lanzaron, en un artículo titulado «Una vía capitalista al comunismo», una propuesta provocativa que Van Parijs refinó y completó en 1995, en su libro Libertad real para todos.

Si el Estado del Bienestar se había ido construyendo —puede retrocederse hasta Bismarck, como es bien sabido— en torno a sistemas de ayudas condicionales, es decir, dirigidas a colectivos que sufrían situaciones de pobreza, enfermedad, necesidad o abandono bien determinadas, la propuesta de los dos profesores daba un giro de 180 grados: sustituir el entramado de ayudas condicionales por una «renta básica universal» de la que serían beneficiarios, incondicionalmente, todos los ciudadanos por el hecho de serlo, del modo análogo a como es incondicional para los ciudadanos de un país, por ejemplo, la obtención del documento de identidad o el derecho de voto.

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