Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

La revolución de 1917 y la leyenda del rey intrigante

El 14 de julio de 2021, Carlos Dardé publicó una larga reseña de mi libro, 1917. El Estado catalán y el Soviet español, donde ponderaba positivamente el avance que éste había supuesto en el conocimiento de una etapa clave de la historia del siglo XX español. La reseña también formulaba una serie de discrepancias sobre puntos concretos que ofrecen una oportunidad para replantearse varios aspectos clave sobre la crisis y la quiebra de la Monarquía constitucional de la Restauración

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Por qué el hombre es diferente

La especie humana moderna surgió hace aproximadamente doscientos mil años en la sabana africana. Desde ahí, se ha extendido por todo el planeta, ocupando todos los continentes menos la Antártida. Aunque algunos se propagaron por África y fuera de ella con anterioridad, todos los humanos actuales provienen de una migración relativamente reciente que se produjo hace poco más de sesenta mil años. A través del actual Oriente Próximo, se extendieron por el sur de Eurasia y llegaron a Australia hace cuarenta y cinco mil años. Su expansión continuó por Europa y Asia, alcanzando el océano ártico hace treinta mil años. Cruzó hacia Alaska y Canadá y colonizó el continente americano, de norte a sur, en sólo unos pocos miles de años. Ninguna otra especie animal, incluyendo otros homininos como Homo erectusHomo heidelbergensis o nuestros parientes más próximos, los neandertales y los denisovanos, ha sido capaz de una proeza similar. La diversidad de hábitats ha exigido que nuestra especie haya desarrollado una amplia gama de conocimientos, herramientas y conductas que le ha permitido sobrevivir en medios tan hostiles como las estepas heladas del norte de Eurasia, muchas regiones desérticas o las distintas selvas tropicales que ha ido encontrando en su dispersión. 

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¿Cómo nos hicimos morales? Filogénesis de la moralidad humana

El comportamiento moral es, en sentido estricto, un rasgo exclusivo de la especie humana. Es cierto que compartimos con otras especies de primates emociones de empatía, afecto y altruismo dirigidas hacia hijos, parientes y otros individuos con los que convivimos de manera intensa, y que dichos sentimientos están en la raíz de nuestra conducta moral. Pero la moralidad supone algo más. Por una parte, los seres humanos somos capaces de categorizar la conducta propia y ajena en términos de valor –buena o mala, justa o injusta– y formulamos juicios de esta naturaleza que confieren relieves morales al mundo, genuinas asimetrías valorativas. Tales juicios se sustentan en valores y normas adquiridos culturalmente, pero también, probablemente, en ciertas intuiciones morales cuya identidad y alcance se discute a menudo. Además, las normas y valores morales que regulan la vida de las sociedades humanas difieren en ocasiones de manera notable de unas culturas a otras, dotando a la moralidad humana de una sorprendente diversidad. Por otra parte, los humanos sentimos ira e indignación y deseo de castigar a otros individuos cuando actúan de manera que consideramos incorrecta y, al tiempo, culpa y vergüenza cuando somos nosotros quienes lo hacemos así, incorporando a nuestra experiencia moral una intensa dimensión emocional de extraordinarias consecuencias para la vida en común.

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La lógica de lo posible

Ricard Solé, físico y biólogo, es profesor investigador ICREA asociado a la Universidad Pompeu Fabra, en la que dirige el Laboratorio de Sistemas Complejos y enseña Biomatemáticas y Biocomputación. Es también profesor externo en el Instituto de Santa Fe (Estados Unidos). Su campo de investigación se centra en el estudio de los patrones de organización que surgen en los sistemas complejos, incluyendo desde replicadores prebióticos, virus, cáncer, ecosistemas o lenguas, hasta objetos artificiales evolucionados. Sus libros de divulgación Redes complejasVidas sintéticas y La lógica de los monstruos versan sobre diversos aspectos de lo complejo y han sido publicados por la editorial Tusquets. En todos ellos, Solé muestra tanto la profundidad de sus conocimientos científicos como su amplia cultura que, en algunos campos, es realmente llamativa, como, por ejemplo, en lo relativo a la literatura de ciencia ficción.

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La historia de los humanos contada por su genoma

Como ocurre con no pocos documentos, la larga secuencia formada por los tres mil millones de nucleótidos que componen el genoma humano admite diversas lecturas. Me ceñiré aquí a aquellos repasos que se valen de los llamados SNP («single nucleotide polymorphisms» = polimorfismos de un solo nucleótido), esto es, de las variantes determinadas por la substitución de un nucleótido por otro que se dan en unos diez millones de posiciones del genoma. Por radicar en su gran mayoría en zonas externas a los genes codificadores de proteínas, dichas variantes suelen ser neutras, es decir, sus frecuencias no están sometidas a la acción de la selección natural, o al menos ésta no es intensa. Esta circunstancia hace posible escudriñar la historia demográfica del ser humano, desde sus remotos orígenes africanos hasta el momento presente, puesto que la variabilidad de los SNP está regida únicamente por dos agentes evolutivos antagónicos que disminuyen o aumentan su magnitud. Estos son, respectivamente, el azar o deriva genética, cuya intensidad está inversamente relacionada con el número de progenitores de las poblaciones consideradas, y la migración, cuya capacidad de intervención es directamente proporcional al valor de la tasa de intercambio de reproductores entre ellas.

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Las claves del futuro: de Homo sapiens a Homo Deus

La tesis central del libro sugiere que en los albores del tercer milenio la agenda humana ha cambiado y que los problemas que nos inquietan de cara al futuro son ahora bien distintos. Se refiere a la lucha contra el envejecimiento y la búsqueda de la inmortalidad, la conquista de la felicidad y la posibilidad de intervenir de manera activa en el futuro de la humanidad a través de los avances tecnológicos. Se trata de procesos sobre los que se intuye que puede llegarse a ejercer un control, pero que todavía están fuera de nuestro alcance. Está claro que estas nuevas preocupaciones no son, ni de lejos, las del común de los humanos, pero sí son las que inquietan a los principales centros de investigación científica y tecnológica y, por tanto, las que acaparan la mayor parte de las inversiones en investigación. En otras palabras, nos guste o no, la nueva agenda de la humanidad la decide sólo una elite y esto no es previsible que cambie en los años venideros. Volveremos sobre este tema más adelante.

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El homínido que aprendió a cocinar

Los mitos tardan en morir. Nos habían dicho que los humanos tenemos un cerebro desproporcionadamente grande para el peso de nuestro cuerpo y eso nos hacía especiales. También nos dijeron que tenemos cien mil millones de neuronas, células especializadas en la transmisión rápida de señales, y diez veces más de otras células que cumplen funciones de apoyo bajo el nombre genérico de células de glía. Nos explicaron, incluso, que la evolución del cerebro siguió un curso ascendente de complejidad por el procedimiento de sumar nuevas estructuras sobre las más ancestrales hasta alcanzar la cúspide: Homo sapiens, nosotros. La única especie que, llegados al día de hoy, algunos creen que ha dejado de evolucionar. Estas afirmaciones aparecen no en textos populares poco rigurosos, sino en libros con los que se ha enseñado a generaciones de universitarios en todo el mundo. Se trata del «estado de opinión». Sobre estas verdades oficiales del momento han crecido leyendas populares tan extravagantes como las que señalan un «cerebro reptiliano» en las zonas más profundas de nuestro cerebro o, plenamente en el terreno de lo ridículo, que, puesto que tenemos diez veces más glía que neuronas y son estas últimas las que ejecutan la actividad cerebral, cabría afirmar que «sólo utilizamos la décima parte de nuestro cerebro para pensar».

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El escurridizo gen

En el corto intervalo comprendido entre 1865 y 1868 se propusieron tres teorías de herencia biológica que, por sus posteriores consecuencias, merece la pena examinar con algún detalle. En especial, porque en dos de ellas se expusieron por vez primera razonamientos científicos fundados en regularidades estadísticas en lugar de consideraciones especulativas sobre la naturaleza física de las causas operantes.

La más antigua, bautizada como «ley ancestral de la herencia» por su autor, Francis Galton, postulaba equivocadamente que las contribuciones promedio de padres, abuelos, bisabuelos, etc. a la constitución hereditaria de un individuo son, respectivamente, 1/2, 1/4, 1/8, etc., de manera que la suma de todas ellas es igual a la unidad. Aunque Siddhartha Mukherjee equipara esta regla a una «especie de homúnculo matemático […] al que un disfraz de fracciones y denominadores dan la apariencia de ley moderna» (p. 69), las cosas no son tan sencillas. 

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La mirada de Homo suadens

Nuestro libro ¿Quién teme a la naturaleza humana? defiende la necesidad de construir, desde una perspectiva evolucionista, un modelo de naturaleza humana que nos permita abordar con rigor el estudio de los procesos culturales. En los ocho años transcurridos entre la primera y la segunda edición, hemos tratado de encontrar una formulación cada vez más precisa de cuáles son los rasgos de nuestra naturaleza que nos convierten en organismos culturales y de cómo influyen dichos rasgos en el desarrollo del comportamiento y la cultura humana. Este ensayo recoge una síntesis de aquellos aspectos que consideramos más relevantes.

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Del neodarwinismo al neoliberalismo

Un personaje de Fortunata y Jacinta, doña Lupe la de los pavos, aconsejaba así a su sobrino, el boticario Maxi Rubín: «Si inventas algo, que sea panacea, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo, y que se pueda vender en líquido, en píldoras, pastillas, cápsula, jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores». Un empeño semejante pudiera haber estimulado la redacción de The Evolution of Everything, un texto que propone, con más descaro que decoro, que el neodarwinismo es sólo un caso particular de una teoría general de la evolución que no es aplicable únicamente a la vida y los genes, sino que también abarca la moralidad, cultura, economía, tecnología, mente, personalidad, educación, población, liderazgo, gobierno, religión, dinero e Internet.

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¿Existe el altruismo? Disputas en torno a su evolución

Uno de los principales problemas a que ha tenido que hacer frente la teoría darwinista desde sus inicios es la presencia en algunas especies de comportamientos sociales de tipo altruista, ya que, si poseen una base genética, deberían ser eliminados por la acción de la selección natural, tal y como Darwin la definió. En biología evolutiva se define el altruismo como aquella conducta que incrementa en promedio la eficacia biológica, esto es, la capacidad de supervivencia y de reproducción de los individuos sobre los que recae el influjo de la misma, y que, al tiempo, disminuye la eficacia biológica del individuo que realiza la acción.

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La Biología como gnosis contemporánea

Hace más de dos siglos, Kant dictaminó que se expulsara del camino seguro de la ciencia todo lo que no pudiera ser objeto de un saber estricto. Y tal ha venido haciéndose. Pero mantener esa disciplina de contención no resulta nada fácil, especialmente cuando se dan dos circunstancias muy singulares: la primera, el haber alcanzado los científicos de mucho renombre el sitial que se reserva a los auténticos sabios; la segunda, vivir en una época poco inclinada a aceptar que puedan existir preguntas que no tengan una respuesta bien fundada.

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