Archivo Revista de Libros

La furia creadora

De todos los grandes liederistas del siglo XIX, Robert Schumann fue el que comenzó más tarde a cultivar el género. El dato resulta especialmente sorprendente, porque él fue, con mucho, el de talante más poético y literario de entre sus compañeros. Es bien sabido, por ejemplo, que le gustaba imaginarse escindido en dos mitades, que el propio compositor bautizó con los nombres de Eusebius (el ser nostálgico e introspectivo) y Florestan (el hombre apasionado).

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Antes muerto que sencillo

En su última ópera, Capriccio, estrenada en la Staatsoper de Múnich en 1942, Richard Strauss, ajeno en apariencia al horror que estaba asolando Europa, quiso reflexionar justamente sobre el propio género operístico y sobre la eterna cuestión de cómo conjugar música y palabra. ¿Es posible lograr el equilibrio entre una y otra? ¿Cuál de las dos debe prevalecer?

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¿Quién soy yo?

En 1735, Johann Sebastian Bach empezó a redactar un fascinante documento que tituló Ursprung der musicalisch-Bachischen Familie (Origen de la familia musical de los Bach). No sabemos qué motivos le indujeron a escribirlo, pero cuesta creer que pueda ser casual que lo acometiera justamente el año en que coronaba su primer medio siglo de vida. 

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El discreto encanto del Barroco

Los intérpretes y organizadores de conciertos han encontrado en el Barroco, o en cierto Barroco, un verdadero filón: saben que, al reclamo de nombres como Purcell, Haendel, Bach o Vivaldi, las salas se llenan y el público acude en masa con el aplauso a flor de piel. No siempre fue así, por supuesto, y con contadas excepciones la música barroca cayó en el más absoluto de los olvidos durante décadas.

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Crisis, ¿qué crisis?

Desde hace años, la Fundación Juan March se ha erigido en uno de los primeros productores netos de conciertos en Madrid. Los hay casi todos los días, para todos los gustos y para todos los públicos, desde los destinados a escolares hasta ciclos monográficos que suelen huir de las soluciones manidas y que a veces están articulados a partir de ideas o conceptos, al menos sobre el papel, minoritarios. 

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Humo

Concluida la última nota de esta ópera, un Fa sostenido en fortissimo cantado por el personaje de Ennis del Mar en solitario tras un rotundo acorde de arpa, piano y percusión, y descendido ya el telón, no es fácil adivinar qué ha podido atraer hasta su estreno en Madrid a decenas de críticos musicales extranjeros y a un puñado de directores de teatros de ópera internacionales.

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El viaje a ninguna parte

Hacia 1823, Franz Schubert contrajo la sífilis y, casi al mismo tiempo, conoció la colección de poemas de Wilhelm Müller Die schöne Müllerin (La bella molinera), que debió de producirle un súbito sentimiento de identificación con su desdichado protagonista, que acaba por quitarse la vida ahogándose en el arroyo que hasta ese momento había ejercido de confidente de sus desdichas.

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Arde el mar

“¡Niña! ¡Este Tristan está convirtiéndose en algo espantoso! ¡¡¡Ese último acto!!! Tengo miedo de que la ópera se prohíba, a no ser que una mala representación convierta todo en una parodia. ¡Sólo pueden salvarme las representaciones mediocres! Las absolutamente buenas harán que la gente enloquezca a buen seguro. No puedo imaginarlo de otro modo”. 

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Sonrisas y lágrimas

Si quieren hacerse una idea rápida de André y Dorine, imaginen la película Amour, de Michael Haneke, recreada en un escenario por los teleñecos. Soy consciente de que es bastante inimaginable. Temas como la decrepitud, la pérdida de facultades y las fatigas del querer –por los que se mueve la primera– no se asocian fácilmente con la gomaespuma ni la ironía cándida, que son esenciales en los sketches de los segundos. 

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Melancolías

La melancolía, «una enagenacion de entendimiento, o razon sin calentura», como la definió entre nosotros Tomás Murillo en su Aprobacion de Ingenios, y Curacion de Hipochondricos, con observaciones y remedios muy particulares (1672), fue la enfermedad de moda en la Inglaterra isabelina. Uno de los cuatro humores, «el que más bravos y terribles accidentes haze en los cuerpos humanos», al decir de Andrés Velásquez en su Libro de la Melancholia (1585), afectó especialmente a poetas y músicos, que vieron en la bilis negra y sus consecuencias una fuente de inspiración de primer orden. 

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Aquí no hay playa

Corría el año 1986, en plena movida madrileña, y un grupo que obedecía al improbable nombre de The Refrescos causó furor con una canción titulada Aquí no hay playa. El mensaje era claro y elocuente: Madrid podría ser la capital de España, acumular atractivos turísticos, ser la sede de los tres poderes del Estado, «pero, al llegar agosto, ¡vaya, vaya!, aquí no hay playa», cantaban con sarcasmo y desparpajo una y otra vez, poniendo el dedo en la llaga, los que luego, en un segundo disco, se autobautizaron como los «Kings of Chunda Chunda».

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