Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Las tres lápidas de Yang Jisheng

En 1957 a Mao se le había ido la olla. No quiero decir que hubiera perdido el control de sus facultades mentales. La cuestión era
otra: había dejado que su intelecto cediese a los vapores emanados de una visión insaciablemente utópica del socialismo.

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Por qué ahorran tanto los chinos

Casi todo el mundo, incluido su gobierno, está de acuerdo en que China necesita reequilibrar su economía y hacerla más estable y más eficaz. Pero no lo consigue. La receta principal para ese resultado -el aumento en el consumo de los hogares- sigue siendo una meta elusiva para sus dirigentes. De hecho, la sociedad china no logra que el consumo privado supere un 40% de participación en el PIB.

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Civilización o barbarie en la era del entretenimiento

Mario Vargas Llosa publicó en 2012 La civilización del espectáculo, un ensayo que suscitó no pocas polémicas y altas dosis de incomprensión. Vargas Llosa, un clásico vivo cuya obra sobrevivirá sin ningún género de dudas a la implacable criba del tiempo, advertía que podía cumplirse la predicción de T. S. Eliot sobre el porvenir de la cultura. En su ensayo Notas hacia una definición de la cultura, aparecido en 1948, el escritor británico-estadounidense mostraba abiertamente su pesimismo sobre la cuestión: «Y no veo razón alguna por la cual la decadencia de la cultura no pueda continuar y no podamos anticipar un tiempo, de alguna duración, del que se pueda decir que carece de cultura». 

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Chernóbil no se acaba nunca

Durante una discusión sobre el cambio climático en un reciente congreso académico, un colega sueco apuntó que, si la energía nuclear fuese descubierta hoy, sería saludada de inmediato con entusiasmo como la anhelada solución al problema de la provisión de energía en un planeta sometido a un proceso de calentamiento global por efecto de la concentración de CO2 en la atmósfera. Y tenía razón: imaginemos por un momento el hallazgo súbito de una fuente de energía limpia, abundante y razonablemente segura. Pero la energía nuclear no ha sido descubierta ahora, sino que posee una historia que la provee de asociaciones simbólicas y afectivas; por eso cerramos centrales nucleares, en lugar de abrirlas, cuando más necesitaríamos su contribución al mix energético global. No importa lo que digan científicos tan destacados como James Lovelock, el padre de la Hipótesis Gaia, en defensa de la opción nuclear: Chernóbil y Fukushima, aunque sobre todo Chernóbil, operan en el imaginario occidental como una advertencia sobre los riesgos que comporta jugar con el átomo.

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Fidel Castro según Reinhard Kleist

Fidel Castro encendió un espejismo en los años sesenta, cuando consiguió poner en marcha una revolución en el patio trasero de los Estados Unidos. Sería injusto negar su poder de seducción, que cautivó a intelectuales como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Octavio Paz o Jorge Edwards. Su lucha en Sierra Maestra adquirió una dimensión mítica gracias a reportajes periodísticos que lo presentaban como un nuevo Simón Bolívar. El espejismo se disolvió cuando Fidel Castro dejó de ser un revolucionario y se convirtió en un dictador. No obstante, sus dotes de embaucador persistieron, alimentando el mito del revolucionario que lucha contra gigantes. Cuando García Márquez le preguntó en una ocasión qué era lo que más deseaba en este mundo, Fidel Castro contestó sin dudar: «Pararme en una esquina». Los césares no hablan para ser comprendidos, sino para ser interpretados y celebrados por las sucesivas generaciones, que atribuirán a sus palabras una hondura insondable.

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En las cloacas de los regímenes comunistas

Todas esas vidas, inocuas e inofensivas, rutinarias y políticamente intrascendentes, fueron una farsa. Las categorías elaboradas por Juan José Linz y las diferencias que estableció entre totalitarismo y autoritarismo siguen vigentes: los totalitarismos anulan la individualidad, entre otras razones porque eliminan el ámbito de lo privado. La intimidad no existe. Aspiran también a la sociedad homogénea. El partido espiaba a sus súbditos, por miedo y por inercia. Las policías políticas, dependientes de los ministerios de Interior y/o Seguridad de los países del Este acumularon durante casi medio siglo ?en el caso de la Unión Soviética, algo más? millones de fichas con todo tipo de información, la mayoría de ella banal. Era la sociedad vigilada bajo el ojo maníaco del Estado. Todo empezó con la Revolución Rusa y la creación de la Cheká, Comisión Panrusa Extraordinaria para Combatir el Sabotaje y la Contrarrevolución, ideada por Lenin para centralizar las funciones represivas y de control ante el riesgo de que se dispersara la revolución, cuyo origen fue el Comité Militar Revolucionario de Petrogrado.

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¡Marx, Mao, Marcuse!

En el libro de conversaciones entre Chantal Mouffe e Íñigo Errejón, Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, la profesora belga de Teoría Política realiza una interesante radiografía del universo de movimientos sociales e izquierdas de distinto color que había legado al mundo Mayo del 68. De un lado estaban los nuevos movimientos ecologistas, feministas, pacifistas, las luchas antirracistas o contra la discriminación sexual, etc., cuyo proyecto político no encajaba con la lógica de la lucha de clases. O, al menos, la interpretación plena de su contenido emancipador no podía ser satisfecho desde el determinismo de clase. Del otro lado, los movimientos obreros clásicos cuyo fundamento marxista les mantenía anclados en una suerte de esencialismo de clase, en virtud del cual «las identidades políticas dependen de la posición del agente social en las relaciones de producción, que son las que determinan tu conciencia» (pp. 9-10).

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¿Se puede ser todavía comunista?

Cuando tenía veintitrés años, fui un verano a conocer el comunismo y aprender alemán en la ahora extinta República Democrática Alemana. A poco de llegar, paseando por una aldea del Hartz, alguien me gritó desde donde no pude verlo un agresivo «Kommunist!» Que en un país comunista se utilizara como insulto tal adjetivo me sorprendió; que toda la población, incluida la muchachada en camisa azul añil de la Freie Deutsche Jugend, echaran pestes en privado y a veces en público del comunismo, también me dejó perplejo; pero lo que de verdad no había imaginado era la realidad misma del comunismo. Si el periodista norteamericano Lincoln Steffens pudo decir, tras pasar tres semanas en la Unión Soviética en 1917, que había viajado al futuro y funcionaba («I have been over into the future, and it works»), viajar a la República Democrática Alemana en los años ochenta era viajar por un túnel del tiempo que nos retrotraía hasta 1945 y que, evidentemente, no funcionaba. Eso sí, era un viaje al pasado muy peculiar, porque todo estaba deslucido por el envejecimiento y, junto a las ruinas de antaño, se alzaban de vez en cuando los bloques de viviendas prefabricados de hormigón, que algún día se desmontarían, cuando hubiera recursos para restaurar la Alemania cuarenta años antes destruida por la guerra: «Dem Sozialismus gehört die Zukunft!» «¡El socialismo es el futuro!», pregonaba la propaganda con que se adornaban las calles, pero el paisaje no hablaba de futuro, sino de congelación en el tiempo y de degradación física y humana.

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El discreto encanto de la ideología: comunismo y revolución, un siglo después (y III)

Veníamos diciendo, en el curso de esta reflexión acerca de la revolución bolchevique en su centenario, que para entender este singular acontecimiento y su posterior desarrollo ?incluyendo el tipo de régimen político que fue la Unión Soviética? hay que fijarse en la ideología. Es decir, en el marxismo-leninismo como doctrina de rasgos a la vez mesiánicos y científicos, o, si se quiere, como religión política que no renunció a elementos propios del romanticismo político. Sigamos y terminemos.

Fue Lenin quien, convencido de que el obrero no adquiriría conciencia universal de clase sin ser guiado por el partido, y persuadido del carácter internacional de la revolución proletaria (antes de refugiarse en el «socialismo de un solo país»), tomó el poder para hacer la revolución. 

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El discreto encanto de la ideología: comunismo y revolución, un siglo después (II)

Una noche de 1953, Stalin llama a la sala donde está celebrándose un concierto de Radio Moscú y pide al ingeniero de sonido que le haga llegar una grabación del mismo en cuanto la orquesta termine de tocar. Aterrado, el ingeniero comprueba que la sesión no estaba grabándose y en cuanto termina ordena a los espectadores permanecer en su sitio y volver a interpretar a Mozart desde el principio. Como el director queda inconsciente tras caer al suelo, la policía secreta saca de su cama a un sustituto, que se despide de su esposa convencido de que van a ejecutarlo y termina moviendo la batuta sin haberse quitado la bata; mientras, los huecos en el público se rellenan con viandantes obligados a aplaudir. Por fin, misión cumplida: Stalin recibe la grabación y, mientras se pone a oírla, cae fulminado por un derrame cerebral.

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La propiedad y sus enemigos

Estamos ante un libro anómalo, tanto para bien como para no tan bien. Impresionan de él no sólo la cantidad de páginas (o posiciones de lectura si se ha leído en versión digital, la única que ofrece actualmente su editorial), sino también la casi estremecedora erudición, la meticulosa lucidez del autor y lo bien que escribe. A lo largo de su lectura pasamos por tramos de historia de la religión al lado de otros de historia económica y de historia de las ideas económicas; hay trechos ocupados por pequeñas (y no tan pequeñas) semblanzas biográficas junto a otros de historia de la filosofía y de historia a secas, tout court. Todo ello forma una macedonia de lo más apetecible y en la que no corres riesgo de perderte, porque el hilo conductor es la historia del comunismo, como idea y como intento de llevar a la realidad esa idea.

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El sueño de la voluntad produce monstruos

1957 fue un año radiante para los visionarios. El 4 de octubre, la entonces Unión Soviética lanzó su Sputnik 1, el primer satélite artificial, y pocos días más tarde la perra Laika sería la «tripulante» del Sputnik 2. Esos acontecimientos pillaron por sorpresa a Estados Unidos, el otro gran contendiente en la Guerra Fría, y representaron un gran triunfo propagandístico para los soviéticos. El lanzamiento del Sputnik 2 coincidió con el cuadragésimo aniversario de la revolución bolchevique. En 1956, Nikita Jrushchov había profetizado que los avances del socialismo enterrarían al capitalismo occidental, un presagio que parecían confirmar las proezas tecnológicas soviéticas. En 1957, en los fastos conmemorativos de la revolución, se jactaba ante la crema del movimiento comunista internacional de que, en los próximos quince años, la Unión Soviética no sólo alcanzaría a Estados Unidos, sino que superaría a su rival en la producción de algunos productos decisivos.

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