Archivo general de Revista de Libros

Fidel I de Cuba o el cristianismo encastrado en el marxismo

Esta oportuna biografía sobre Fidel Castro Ruz, a cargo del profesor de Historia de América Latina en la Universidad de Bolonia, Loris Zanatta, ha debido afrontar dos dificultades principales, de las que el propio autor nos advierte en su introducción. En primer lugar, Zanatta ha debido conjurar los encantamientos de un orador tan persuasivo como Castro, a cuyo embrujo sucumbieron en su día (por citar solo dos auditorios llamativos) el New York Times (p. 72), pero también los estudiantes de Princeton (p. 108).

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Todos somos baby boomers

En 1950 nacieron en España más de 565 mil niños y niñas (el corrector se empeña en que ponga solo «niños», ¿qué hago, incomparable gemelo?), número que, por cierto, venía cayendo en los dos años precedentes desde los 642 mil nacimientos de 1948. Frente a los 360 de 2019, cualquiera diría que aquello era maná. En 1958, el número de nacimientos alcanzó por primera vez los 650 mil… ¡desde 1933! Volumen de nacimientos que se había superado quince veces entre 1901 y 1933. Una vez recuperada la cota de los 650 mil nacimientos en el citado 1958, esta ya no se abandonaría hasta veinte años más tarde.

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Le pendu

A­ finales de mayo, recibo una llamada de C, un viejo conocido de la universidad. C nunca me ha caído bien. En aquellos tiempos, me parecía que hablaba más de la cuenta, a menudo sobre personas no presentes. Más tarde, por el contrario, creí notar que, consciente de su anterior verbosidad, afectaba un «elocuente laconismo». Hacía años que no sabía nada de él. Lo primero que hace cuando cojo la llamada es preguntarme si me he enterado.

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Socorre enseñando II

Seguimos, incomparable gemelo (si es que los gemelos pudiéramos serlo), impostando que somos críticos de arte. Pero lo dejo ahora para el final, sin salirnos de Francisco de Goya, que es mucho Francisco de Goya.

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Muros reales y muros virtuales

Decía Jim Thompson, escritor y guionista estadounidense, que existen treinta y dos formas de contar una historia, pero solo una trama. Esto, que podría parecer de Perogrullo, se opone al relato que intelectuales como el carismático Miguel Anxo Bastos nos cuenta en su seminario «Ideologías y teoría política contemporánea». Para Bastos, «A no es A, es como interpretamos A», dice a sus alumnos -donde A, continuando con nuestra metáfora cinematográfica, se correspondería con la trama-.

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Apuntes de noviembre

He estado leyendo el Discurso de mi vida, de Alonso de Contreras. El libro se escribió en once días en 1630 y en seguida se hizo famoso y se tradujo a varios idiomas. Me asombra descubrir que existen adaptaciones para niños. Las andanzas de Contreras comienzan a los doce o trece años, un día que va a ver unas corridas de toros junto al Puente de Segovia, cuando asesina por primera vez: «Saqué el cuchillo de las escribanías y eché al muchacho en el suelo, boca abajo, y comencé a dar con el cuchillejo. Y como me parecía no le hacía mal, le volví boca arriba y le di por las tripas, y diciendo todos los muchachos que le había muerto, me huí y a la noche me fui a mi casa como si no hubiera hecho nada».

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Mitos de celuloide

El cine es el Olimpo del siglo XX. Sus grandes estrellas son algo más que actores. Encarnan actitudes existenciales, anhelos y sueños, miedos y deseos. Son el eco de las fantasías que se agitan en el inconsciente colectivo, arquetipos que han sobrevivido al paso del tiempo, expresando nuestro concepto de la integridad, la belleza o el mal. Para muchas generaciones, el Atticus Finch de Gregory Peck (Matar a un ruiseñor, 1962) simboliza la honestidad en su forma más hermosa. Atticus transmite dignidad en cada fotograma, con su conducta ecuánime y serena. Por el contrario, el Norman Bates de Anthony Perkins (Psicosis, 1960) constituye la personificación de lo más terrorífico y perverso. Norman es tímido y vulnerable, quizás por eso resulta más perturbador. A veces el mito y el actor se superponen, como sucedió con Marilyn Monroe, quintaesencia de la sensualidad y criatura herida por las pérdidas y los fracasos. Superficialmente, la Monroe es un mito sexual, pero solo hay que escarbar un poco para advertir su trágica fragilidad. 

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Godard se fue a la guerra

En su introducción a la edición original de Godard on Godard, el libro que allá por 1972 reunía una miscelánea de textos del director suizo, el difunto crítico Richard Roud resaltaba la importancia de los archivos fílmicos –en forma de bibliotecas y filmotecas– como expresión de la madurez del arte cinematográfico, añadiendo que, a partir de cierto momento, nadie puede ya volver a hacer cine como lo hicieron Griffith o Ford o Murnau. Una vez que empiezas de manera consciente a ver viejas películas, sostiene Roud, es inevitable crear teorías; hasta el punto de que la famosa hipótesis del auteur podría verse como una forma de clasificación de la historia del cine hasta ese momento. Pero en ese contexto, también, se produce el fenómeno del crítico que se convierte en cineasta: Truffaut, Chabrol, Rivette. Y, sobre todo, Jean-Luc Godard.

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John Ford: El hombre que mató a Liberty Valance

El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962) es una de las películas más emblemáticas de John Ford y uno de los mejores westerns de la historia. Suele relacionarse con el punto de inflexión que marcó el giro hacia una versión crepuscular del género. No hay grandes paisajes, ni demasiada acción. Todo se centra en los personajes y en la trama, que recrea el tránsito de un mundo primitivo y violento a una sociedad civilizada y democrática. En un paupérrimo y áspero pueblo de Arizona llamado Shinbone, la política, la educación y los periódicos acabarán reemplazando a la ley del revólver, pero no sucederá de forma incruenta, sino sacrificando a los mismos hombres que lucharon para imponer una convivencia pacífica. Estados Unidos alcanzará su grandeza gracias a los aventureros que colonizaron un territorio salvaje, luchando contra las tribus nativas, los cuatreros y los desastres naturales. Paradójicamente, la civilización prescindirá de ellos, cuando logre consolidar sus leyes y costumbres. Los caracteres indomables suelen ser un foco de perturbación en un contexto de rutina y tranquilidad.

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Maldito Mayo del 68

El Mayo del 68 constituyó una verdadera revolución. Dejó una huella perdurable en la política, la moral y el arte. No aportó nada esencial. Más bien destruyó muchas cosas. En una época de bienestar y libertades, planteó la liquidación de la democracia burguesa, apuntando como alternativa la China de Mao. El Libro Rojo del Gran Timonel se convirtió en la biblia de los estudiantes amotinados. «Seamos realistas –se chillaba en las manifestaciones–. Pidamos lo imposible». Lo imposible, lo utópico, consistía en instaurar una «dictadura democrática» que acabara con el imperialismo y sus lacayos. No era una cuestión que debiera dirimirse en las urnas, con debates, programas y elecciones, sino en las calles y en las plazas, con barricadas y adoquines: «No vamos a reivindicar nada, no vamos a pedir nada. Tomaremos, ocuparemos».

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La gran familia: la España de ayer

Cuando estudiaba Filosofía en la Universidad Complutense, mis compañeros hablaban con devoción del cine de Bernardo Bertolucci, Luchino Visconti, Éric Rohmer y Michelangelo Antonioni. Si alguien se atrevía a elogiar a John Ford, Raoul Walsh o Alfred Hitchcock, se exponía a ser calificado de fascista y reaccionario. Por entonces, casi todo el mundo había visto Centauros del desierto, Murieron con las botas puestas o Cortina rasgada. A principios de los años ochenta, sólo había dos canales de televisión y los clásicos se reservaban para las franjas horarias con más público. En la Facultad de Filosofía, aún se respiraba el aire enfebrecido del Mayo francés y comenzaba a despuntar la movida madrileña. La mayoría de mis compañeros oscilaban entre el marxismo-leninismo matizado por Louis Althusser, un pop descerebrado y hortera (que fingía ser el colmo de la sofisticación y el ingenio), y las herméticas enseñanzas de Wilhelm Reich y Jacques Lacan. Se soñaba con asaltar los cielos al ritmo de Alaska y los Pegamoides para aniquilar los peores inventos de la burguesía: la familia patriarcal, la democracia capitalista, el sentimiento religioso y el abyecto patriotismo. Desde ese punto de vista, Centauros del desierto sólo era un panfleto racista; Murieron con las botas puestas, puro y deplorable militarismo; Cortina rasgada, burda propaganda anticomunista. Ni siquiera se reconocían los méritos formales de los grandes maestros de la dirección cinematográfica. Cualquier secuencia de La luna (1979), una película increíblemente afectada y pretenciosa, se consideraba superior a toda la filmografía de John Ford. Comparar el cine de tiros, indios y vaqueros con las sublimes incursiones de Bertolucci en la oscura región de los tabúes, constituía una imperdonable herejía. 

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Charles Chaplin: tres imágenes del siglo XX

¿Puede condensarse el siglo XX en tres imágenes? Parece una tarea imposible, pero el genio de Charles Chaplin lo consiguió en tres secuencias memorables, componiendo un retablo de celuloide sobre el Hambre, el Amor y la Libertad. La primera se encuentra en La quimera del oro (1925), cuando un Chaplin torturado por el hambre cocina una bota en una sartén. Atraído por la fiebre del oro, el famoso vagabundo ha buscado refugio en una casa ruinosa levantada en Klondike, una región del territorio del Yukón, en el noroeste de Canadá, cerca de la frontera con Alaska. En el exterior, una tormenta de nieve sopla sin cesar. La mala suerte ha querido que el inofensivo y pintoresco vagabundo se haya colado sin saberlo en la madriguera de un fornido asesino con aspecto de ogro. Con su dulzura habitual, el vagabundo prepara la cena en una sartén. Comprueba con el tenedor que la bota haya adquirido el punto ideal, limpia con mimo el plato que le extiende su siniestro acompañante, afila los cubiertos con habilidad de gourmet, extrae los cordones como si fueran dos espaguetis y divide en dos el manjar. 

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