Archivo Revista de Libros

Los sueños cumplidos

Desde comienzos del siglo XX, una legión de voces anuncia que algo ha terminado para el hombre. Unos ejemplos al azar: Theodor Adorno, ese señor tan serio, sentenció que «escribir un poema después de Auschwitz equivale a la barbarie»; Jean Gebser, en Origen y presente, aseguraba que «hoy a nadie le gusta la poesía, a nadie le gusta la naturaleza»; Giorgio Agamben ha escrito que «en la actualidad, cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constatación de que esta ya no es algo realizable»; Byung-Chul Han afirma que ya no son posibles ni la vida privada, ni el amor ni el erotismo.

El arte ya no es posible, el amor ya no es posible y, atención, la experiencia humana ya no es posible. Nos encontramos entonces flotando en un extraño limbo donde todo el contenido de nuestra experiencia es un mero espejismo, incluida nuestra propia conciencia (una ilusión que, sorprendentemente, nadie experimenta). Nada es posible, nada de lo que hagamos o imaginemos tiene valor, ni siquiera somos ya seres humanos. La situación tiene algo de agobiante.

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Caravaggio, Modigliani y Fortuny: vida y novela de los artistas

A estos tres artistas no les une su modo de pintar ni su tiempo, sino la desgracia. Fueron enormemente admirados cuando vivían: Modigliani por los «happy few» del París bohemio de Montparnasse y Montmartre, lo que le hizo célebre y pobre; Caravaggio por una pléyade de cardenales, príncipes y embajadores proclives a perdonar sus desmanes; Fortuny, que llegó a rico, por lo más selecto del coleccionismo internacional. Y en los juicios del gusto, el veredicto de la posteridad les ha sido propicio. A Caravaggio se le tiene con toda justicia como el fundador de una fecunda estirpe de pintores de la luz y la nueva realidad convulsa afrontada por el Barroco; Modigliani dejó un sello figurativo lánguido, pero no melifluo, en una época en la que sus contemporáneos rompían o desfiguraban las formas; Fortuny, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando otros soñaban ya el cubismo y practicaban un simbolismo delicuescente, cultivó la estampa orientalista, las escenas de costumbrismo anecdótico, el retrato a monarcas y damas de la alta sociedad, seduciéndonos hasta hoy por la sabiduría de la pincelada y el secreto de una felicidad pictórica hecha de gracia en el dibujo y genio en el color.

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Intrascendencia y falsedad

Realmente, la lectura del libro de Laura Cumming le deja a uno sumido en la perplejidad, tanto que, antes de escribir esta reseña, lo he leído en el original inglés dos veces y una más en su traducción española que, por cierto, mejora el original. Y siempre retorna la misma cuestión: ¿qué es, en realidad, este objeto, con apariencia de libro, con sus páginas impresas e ilustradas, que cabe en una estantería normal? ¿Qué buscaba expresar su autora, qué misteriosa y oculta verdad nos pretendía revelar, algo que en realidad nunca hace? ¿A qué viene esa farragosa acumulación de datos, que en la mayoría de los casos no están sustanciados y guardan escasa relación con el tema? Se supone que un ensayo debe tener una cierta homogeneidad, debe estar orientado a establecer hipótesis razonables y permitir que todos los elementos que lo componen estén dirigidos hacia ese mismo fin. Nada de eso encontramos aquí.

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Todo sobre el Guernica

Presiden las épocas de la historia de la pintura cuadros de batallas, a decir de los expertos, y ha querido el destino que en Madrid se custodien unos cuantos de esos capolavori de los tiempos: Carlos V en la batalla de MühlbergLa rendición de BredaEl 2 de mayo de 1808 en Madrid y el Guernica son para los siglos XVI, XVII, XIX y XX intérpretes máximos de la humanidad que en la destrucción se sucede y crea. Bienhallados sean los cuadros inexcusables, aunque encomienden nuestra memoria a lo indeseado. De todos ellos, y de cuantos hitos imprescindibles de la cultura visual tomaron la guerra por asunto eminente, es el Guernica no ya sólo el que mayor actualidad preserva, sino también el cuadro cuya iconografía, liberada de la necesidad de dar prueba de significados preestablecidos y volcada sobre las propiedades expresivas de la imagen por decisión del propio Picasso, ha sugerido lecturas más disímiles. El libro de Gijs Van Hensbergen toma por objeto la abrumadora fortuna crítica del mural picassiano.

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El último exiliado: el Guernica

En abril de este año de gracia se cumplía el octogésimo aniversario del bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor nazi, habían transcurrido poco más de cuarenta y cuatro años desde el fallecimiento de Pablo Picasso en Francia, algo menos de cuarenta y dos de la muerte del general Francisco Franco en Madrid, y treinta y seis de la llegada del famoso cuadro al aeropuerto de Barajas, procedente de Nueva York. Franco y Picasso, el Museo de Arte Moderno de Nueva York ?MoMA en adelante?, los sucesores del pintor y otras personas poco conocidas cerraban la historia del Guernica, tanto tiempo ausente de la ciudad en que Picasso siempre quiso que se mostrase a la posteridad. También este año se ha publicado el libro de Genoveva Tusell, hija de Javier Tusell y una de las personas claves del final de ese exilio. Genoveva Tusell, además de ofrecer un merecido homenaje a su padre, relata con minuciosa claridad la larga y complicada historia que concluyó con la llegada del Guernica a España.

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Du côté de chez Duchamp

Es frecuente que el arte contemporáneo nos confunda, unas veces por incomprensible y otras por excesivo. Les daré un ejemplo literalmente descomunal: según nos informa la autora en la página 290 de su libro, el madrileño Santiago Sierra negoció con un museo la venta de una instalación de ochocientas toneladas de peso. ¿Para la primera planta? No señor, para la última. Un elefante africano de sabana oscila entre las cinco y las siete toneladas, según el sexo, de donde se desprende que el mamotreto de Santiago Sierra habría hundido cualquier espacio en el que no pudieran juntarse sin riesgo ciento sesenta hembras elefantinas adultas, apretadas las unas contra las otras. Los técnicos echaron cuentas, y el proyecto salió adelante por los pelos. El desafío a lo déjà vu adopta en ocasiones formas más sibilinas. Allá por los sesenta, Sol LeWitt inauguró un género consistente en pintar murales… con fecha de prescripción. Al cabo de unos días la pared se revocaba de nuevo y desaparecía la obra o, mejor, su provisional materialización en el espacio/tiempo. ¿Fin de la historia? Todavía no. Un diagrama, debidamente acreditado por el autor en un documento anexo, permitía reproducir la misma imagen en cualquier otra pared que se pusiera a tiro. 

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Picasso y el Guernica

El pasado 26 de abril se cumplieron ochenta años del bombardeo aéreo de la villa foral de Guernica por aviones de la Legión Cóndor nazi y de la Aviazione Legionaria fascista. Para celebrar la efeméride, los sectores radicales del nacionalismo vasco han vuelto a exigir que el famoso cuadro se traslade a la ciudad que lleva su nombre, mientras que los más moderados ofrecen el Museo de Bellas Artes de Bilbao como sede, parece que temporal, del lienzo. Por el momento se desconoce la respuesta del Gobierno de la nación, aun cuando lo más probable es que se limite a aducir razones técnicas para denegar el traslado del Guernica.

Vuelven así a plantearse tres cuestiones que tienen una respuesta clara desde hace mucho tiempo: primera, cómo se gestó el cuadro; segunda, quién es su propietario; y, tercera, dónde debe exhibirse según la voluntad de su autor. Sin embargo, la insistencia, una vez más, de diversos sectores de la opinión pública vasca aconseja recordar una serie de hechos que aclaren una polémica que hace tiempo debería haberse zanjado.

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Un lugar común llamado Goya

Quien aspire a dar cumplida cuenta de los distintos modos en que la vida y, sobre todo, la obra de Francisco de Goya ha sido recreada, homenajeada o comentada en textos literarios, ha de ser perfectamente consciente de que lo que tiene entre manos es, por definición, un work in progress, estrictamente interminable, y que lo es no tanto por la dificultad casi quimérica de desenterrar y recopilar todas las referencias del pasado como por el hecho evidente de que la potencia visual y la capacidad de impactar de determinadas imágenes del pintor aragonés van a seguir produciendo literatura, o al menos coloreándola, ilustrándola, enriqueciéndola. En ese sentido, el profesor Leonardo Romero Tobar ha publicado una monografía muy notable, tanto por lo lejos que llega al encontrar «ítems» goyescos como por la pulcritud con que los ordena y los comenta. 

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Nietzsche contra Wagner

La fascinación de Nietzsche por la música comienza muy temprano, cuando su madre le regala un piano antes de cumplir los siete años. Apenas unos meses después, compone su primer apunte musical. Su admiración y conocimiento de los compositores clásicos (Bach, Haydn, Mozart, Beethoven) no le ayuda en sus partituras. Sus sonatas para piano carecen de inspiración y profundidad. Cuando en 1864 se matricula en la Universidad de Bonn, visita la tumba de Schumann y deposita una corona de flores. Por esas fechas, compone una docena de Lieder, que se encuentran entre lo mejor de su producción musical. El 18 de octubre de 1868, recién licenciado del servicio militar, escucha en Leipzig las oberturas de Tristán e Isolda y Los maestros cantores de Núremberg.

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¡No, por favor, no me lo explique…!

Recuerdo un tiempo en el que mi familia, que no era ni mucho menos de andaluces típicos y tópicos, pero que sí era –y es– de andaluces de toda la vida, se reunía para agasajar a la nueva incorporación familiar, normalmente una chica o un chico «del norte» –si era de Despeñaperros p’arriba ya era «del norte»– que se integraba en calidad de novia o novio de alguno de mis primos. En la reunión de la entonces familia amplia en torno a la mesa –bien provista de embutidos y copas de manzanilla– el recién llegado –y, mucho peor aún si era recién llegada, por aquello de la timidez femenina que se estilaba entonces– se afanaba inútilmente en descifrar las bromas e insinuaciones que a la velocidad de una ametralladora y con un seseo prácticamente ininteligible para ellos, descargaban los miembros más veteranos de la familia entre las risas y la complicidad de quienes estaban en el ajo.

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Velos de ignorancia (y II)

Arrancábamos la entrada de la pasada semana con la imagen de la anciana árabe a la que tres policías franceses obligaban a quitarse su burkini en plena playa, preguntándonos si una escena así era digna de pasar a la Historia de la Emancipación Universal. Y la respuesta que aventurábamos es que no. No, porque esa acción policial ejercía violencia sobre alguien cuyo régimen de percepción –su modo de ver la realidad– prescribe esa elección indumentaria: la señora cree ser libre o renuncia a su libertad, pero en todo se presenta en el espacio público con un atavío coherente con su adscripción cultural. Sería necesario demostrar que viste esa prenda contra su voluntad para que el despojamiento forzoso pueda ser considerado emancipador. 

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Elogio del Antiguo Régimen

Tras la traducción al castellano de algunas de las más importantes obras de Marc Fumaroli (Marsella, 1932), la editorial Acantilado publica ahora un nuevo título de este profesor en La Sorbona desde 1976, catedrático en el prestigioso Collège de France a partir de 1986, y miembro de la Académie française desde 1995 (donde ocupa el sillón dejado vacante por Eugène Ionesco). Fumaroli, apoyándose sobre la roca firme de su fulgurante carrera académica, se ha significado públicamente como uno de los más acérrimos defensores –y difusores– de la gran tradición cultural francesa moderna. Lo ha hecho para el gran público, por ejemplo desde las páginas de Le Figaro Le Monde. Pero sobre todo –desplegando siempre una erudición apabullante, tan rara y refinada que se diría de otra época– en la mayor parte de sus ensayos, algunos de los cuales poseen un tono marcadamente polémico.

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