Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

El próximo James Bond será mujer… ¡y negra!

Sé que es una ingenuidad cuyo reconocimiento me deja a los pies de los caballos, pero confieso que me sedujo el título del volumen que firmaban los norteamericanos Jonathan Haidt y Greg Lukianoff —profesor universitario, el primero; abogado, el segundo—: La transformación de la mente moderna. Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenando a una generación al fracaso (Ediciones Deusto, Barcelona, 2019). En mi larga experiencia como profesor había llegado a una conclusión parecida a la que sintetizaba esa última frase.

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El viaje como signo revelador

Si tuviese que elegir dos palabras para expresar la esencia de este libro, escogería el término japonés sabi, que significa soledad meditativa y la palabra viaje. Sabi es un ideal, un valor de origen medieval que se asocia con aquello que produce belleza y desolación en la soledad. En su lectura china se escribe con un ideograma que se lee como jaku, término budista que significa calma trascendental, y que en muchos textos se interpreta como muerte o nirvana. Esto nos permite intuir en el título Calmas de enero algo más que su evidente referencia meteorológica. Sabi es una atmósfera, un ambiente, pero también una cualidad de ciertos objetos a los que el paso del tiempo ha cargado de serena melancolía, abandono y desnuda emoción. En Occidente, el artista que se ha manifestado más próximo a este concepto fue un pintor de vida cuasimonástica, el italiano Giorgio Morandi, al que César Antonio Molina dedica uno de los poemas de su libro. Un pintor de bodegones que, sin embargo, fue un pintor metafísico. Un pintor de naturalezas muertas que sacralizaban la realidad.

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Thoreau, en su refugio

Cuando Henry David Thoreau (1817-1862) murió de tuberculosis sin hacer carrera a los cuarenta y cuatro años, este iconoclasta vecino de Concord se había convertido en una suerte de enigma para sus más allegados. ¿Era un inadaptado que había malgastado su vida y su talento de modo improductivo o se trataba, por el contrario, de un visionario que se había despojado de lo superfluo y había dado una lección de integridad a un mundo vulgar y estrecho de miras? Ralph Waldo Emerson, el padre de los Trascendentalistas de Nueva Inglaterra, había estado muy cerca de Thoreau. Habían sido vecinos en Concord, el pueblo de Massachusetts donde también vivían Nathaniel Hawthorne y el pedagogo revolucionario Bronson Alcott, y en aquella especie de Atenas del Nuevo Mundo habían paseado y conversado juntos y habían cultivado una amistad que, aunque no exenta de altibajos, fue crucial para Thoreau. En opinión de muchos, Emerson fue el catalizador en la decisión de Thoreau de escribir un diario, y también quien le prestó un terreno en la orilla septentrional del lago Walden, donde el joven escritor levantó la mítica cabaña, germen de su personal declaración de independencia Walden o la vida en los bosques. En el homenaje fúnebre que le rindió Emerson, sin embargo, el filósofo trascendentalista compuso un retrato algo ambiguo de Thoreau. 

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Entre colegas: competencia y complicidad en el mundo del arte

En un influyente ensayo sobre Lucian Freud incluido como parte del catálogo de una exposición itinerante patrocinada y organizada por el British Council, el gambito inicial de Robert Hughes reza como sigue: «El primer cuadro de un artista británico vivo que recuerdo haber visto ?no sólo haberme apercibido de él? fue un Lucian Freud que colgaba en la Tate Gallery, hace más de veinticinco años. Fue su retrato de Francis Bacon de 1952». El crítico de arte australiano se refiere más tarde a cómo, en su producción posterior a 1960, «puede ser que Freud hubiera sacado algo del embadurnamiento y el desplazamiento del conjunto del rostro característicos de la obra de su íntimo amigo Francis Bacon» . Lo que no sabía Hughes cuando escribió esto era el efecto y el afecto que tendría este retrato en la exposición que catapultó al más joven de los dos artistas en la categoría de los pesos pesados en el mundo del arte global, sin apenas rivalizar con el título del más grande artista británico vivo conferido a Bacon, pero sí permitiéndole al menos competir en la misma categoría. 

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Nietzsche contra Wagner

La fascinación de Nietzsche por la música comienza muy temprano, cuando su madre le regala un piano antes de cumplir los siete años. Apenas unos meses después, compone su primer apunte musical. Su admiración y conocimiento de los compositores clásicos (Bach, Haydn, Mozart, Beethoven) no le ayuda en sus partituras. Sus sonatas para piano carecen de inspiración y profundidad. Cuando en 1864 se matricula en la Universidad de Bonn, visita la tumba de Schumann y deposita una corona de flores. Por esas fechas, compone una docena de Lieder, que se encuentran entre lo mejor de su producción musical. El 18 de octubre de 1868, recién licenciado del servicio militar, escucha en Leipzig las oberturas de Tristán e Isolda y Los maestros cantores de Núremberg.

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La brecha trágica

Hace unos días, la cantante norteamericana Patti Smith culminaba su actuación en un festival celebrado en Oporto, en la que ofreció la interpretación completa de Horses, su legendario debut de 1975, con un par de bises: uno de tema romántico y otro de contenido político. Después de «Because the night», compuesta junto a Bruce Springsteen en 1978, se lanzó a por «People have the power», canción escrita diez años después junto a su marido, el guitarrista Fred «Sonic» Smith.

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Trasvases

El 2 de octubre de 1989 se emitió originalmente en Gran Bretaña el cuarto episodio, «Music is more than technique» («La música es más que técnica»), de la serie The Ghost of Faffner Hall, realizada por los mismos creadores de los legendarios Teleñecos. Comparte con ellos muchos personajes y está ambientada en un conservatorio cuya principal peculiaridad –que da nombre a la serie– es que en él se aparece con frecuencia el fantasma de su fundadora, Fughetta Faffner.

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La elocuencia del predicador

Frank Lloyd Wright era un visionario de la arquitectura y un predicador sumamente eficaz, como queda recogido en sus vigorosas conferencias. Una aproximación a un genio moderno a través de sí mismo.

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El teatro, al encuentro del arte

El título de este libro de Laura R. Bass puede ser entendido, por lo menos, en dos sentidos. Podemos, en efecto, relacionar, de forma genérica, el término «drama» con una cierta carga expresiva, de tensión emocional, de turbación, en lo pintado (como podría predicarse, por ejemplo, de los retratos de Rembrandt, muchos de los cuales, incluidos algunos de sus autorretratos, aparecen cargados de patetismo), o bien podemos referirnos con ese término a lo que podríamos denominar la teatralidad del retrato, sus componentes escenográficos y, aquí, sería pertinente mencionar, por ejemplo, algunos retratos de corte del Barroco, como el de Luis XIV de Hyacinthe Rigaud, de 1701, en el que la puesta en escena y el attrezzo, prácticamente, ahogan al individuo

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Apertura de miras

El inesperado fallecimiento de Juan Antonio Ramírez nos ha privado de una de las mejores cabezas de la historia del arte contemporáneo en España y ha convertido de improviso este libro en su involuntario testamento como ensayista. Es hasta cierto punto lícito considerarlo como una revisión de su trayectoria como historiador, pues retoma algunos de los asuntos que trató en otras publicaciones y vuelve a muchos de los artistas que más le interesaron para ilustrar una aproximación al arte del siglo XX y comienzos del XXI que se centra no en subrayar las rupturas sino en destacar las continuidades y las transformaciones respecto al arte del pasado. Pero al igual que algunos de los casi cuarenta libros que ha dado

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Apollinaire y Picasso en el banquillo

Cuando robaron la Mona Lisa del Louvre en agosto de 1911, no pasó mucho tiempo antes de que las autoridades francesas, avisadas por el periódico Paris-Journal, fueran a llamar a la puerta del poeta Guillaume Apollinaire. El joven Apollinaire, que aún no había publicado Alcools (1913), el volumen que establecería su reputación como una de las figuras claves del modernismo literario, no tenía nada que ver con la desaparición de La Gioconda. Sí se había visto envuelto, sin embargo, en un asunto diferente relacionado con el robo de tres estatuas ibéricas del Louvre perpetrado por Géry Pieret, un pintoresco granuja al que Apollinaire había alojado brevemente en su apartamento parisiense y que había pasado las piezas robadas a un amigo

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Roger Fry revela a Paul Cézanne

Desde que Adán y Eva cataron el fruto del árbol de la Ciencia y descubrieron la vergüenza de la desnudez, la manzana no había vuelto a ser causa de un cataclismo semejante en la historia del hombre. Sólo con las manzanas pintadas por Cézanne llegó ese segundo episodio de la historia de una fruta cuyo efecto sobre la sensibilidad humana resultó proverbial. Sus manzanas son al arte moderno lo que el arado a la civilización neolítica. Tras la muerte de Paul Cézanne en 1906 los pintores se pelearon por su herencia, porque su pintura era algo comparable al descubrimiento del cero en la aritmética o a la invención del envasado al vacío en la industria conservera. Todo pasa por este

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