RESEÑAS

Un barroco no nacionalista

Maximiliano Fuentes Codera
Un viaje por los extremos. Eugenio d’Ors en la crisis del liberalismo
Granada, Comares, 2017
213 pp. 20 €

En lo que llevamos de siglo se han publicado cuarenta libros de Eugenio d’Ors, la mayoría de ellos en la primera década. Sobre el propio d’Ors, aparte de tesis, artículos y otros textos académicos, son trece títulos, dos de ellos en 2017. No parece que d’Ors sea una figura arrumbada que haya que rescatar o reivindicar, al menos hasta que nos preguntemos cuántos lectores han tenido esos ejemplares. Según Andrés Trapiello, uno de sus editores, Eugenio d’Ors es un escritor sin lectores y sólo apto para d’orsianos. Aunque así fuera, no cabe duda de que los d’orsianos se han empeñado en que su autor sea leído, así que no estaría de más que pudiéramos indagar en su pensamiento y en su obra para decidirnos a formar parte de la tertulia.

Eugenio d’Ors es un intelectual complejo que sigue suscitando interés y cuyas sombras conviene seguir iluminando para explicarnos el mundo cultural y político del primer tercio del siglo pasado, del que fue partícipe erudito y curioso. La guerra le sorprendió en París, donde residía para alejarse de aquella República que le parecía «un plebeyo jolgorio». Sobre la guerra y los sucesos cruciales que habrían de cambiar el mundo, esto es, sobre lo sucedido esencialmente en Europa entre 1939 y 1945, d’Ors no dijo nada reseñable. Como tampoco lo hicieron, por otro lado, Ortega o Pérez de Ayala, Josep Pla o Julio Camba. La España al margen. La situación política del país, y quizá también la prudencia que da la edad, lo llevaron al silencio. Justo lo contrario que había hecho años atrás, cuando se había significado intelectual y estéticamente ante el mundo convulso de las tres primeras décadas del siglo XX, el período que aborda este libro de Maximiliano Fuentes de acertado título: Un viaje por los extremos. Por ellos anduvo siempre el catalán.

Había nacido en Barcelona en 1881. Desde el 1 de enero de 1906 comienza a publicar en La Veu de Catalunya sus «glosas», unos textos breves, a modo de columna periodística moderna, donde plasmaba sus ideas e inquietudes, y que en conjunto redactan su testamento político, estético y filosófico. La tarea de Maximiliano Fuentes es desglosarlos, si se me permite el juego de palabras, para sortear los rápidos que el cauce intelectual de Eugenio d’Ors formó durante toda su vida. No es tarea fácil, porque hasta 1920 su figura está encastrada en la política regionalista catalana, un batiburrillo donde abundan los nombres propios, las siglas, los partidos, las instituciones, las cabeceras de decenas de periódicos: un cafarnaúm, que diría Pla, de escasa relevancia fuera del mundo comarcal. Fuentes es intrépido, porque aborda la tarea de meterse en ese mundo complejo de forma minuciosa, y al final el lector puede hacerse una idea de las batallas que mantuvo d’Ors con el nacionalismo catalán, su estrechez de miras y su intento de dirigir ideológicamente a sus intelectuales propincuos.

Josep Pla cita mucho a Eugenio d’Ors en sus dietarios. Comentaba a menudo sus glosas, gozaba enormemente con las batallas dialécticas que sostenía en el Ateneo con Francesc Pujols y le dedicó un largo texto cuando d’Ors tuvo problemas con la Mancomunidad catalana, explicando por qué el mismo Pla votó a su favor. Consideraba a Eugenio d’Ors un conferenciante excelso. Elogiaba su catalán, correcto, ambicioso y limpio, su «voz serpentina». Explicaba asimismo la animadversión que sentían por él sus contrincantes, en especial Joan Estelrich, otro escritor que terminó al lado de Franco, y Francesc Pujols. Con éste debatía de forma violenta, sanguinaria, dice Pla, como no se había visto nunca en Barcelona. Habla también de cómo d’Ors era un arqueólogo intelectual y de sus descubrimientos literarios, en especial el de Joseph Joubert, o de su absoluto desprecio por Baroja, a quien no podía ni ver. Pla se extiende al hablar de la «defenestración» de Eugenio d’Ors, que así es como se refieren a la espoleta que llevó al intelectual a alejarse de los nacionalistas catalanes, y que se resume en la polémica que llevó a separarlo del cargo que ostentaba en la Mancomunidad. La Mancomunidad era un organismo que agavillaba las cuatro diputaciones provinciales, y de la que dependían diversos entes de carácter científico, pedagógico y cultural. Fue promovida por la Lliga Regionalista, el partido conservador catalanista de Cambó, dirigido entonces por el ideólogo nacionalista Enric Prat de la Riba, y posteriormente por Josep Puig i Cadafalch.

D’Ors había sido nombrado en 1917 director de Instrucción Pública de la Mancomunidad. Para Fuentes, el cargo le sirvió para desarrollar políticamente «la construcción nacional catalana a través de la escritura», sin olvidar el marco europeo, del que d’Ors era vehemente partidario. Sin duda, d’Ors extendió sobre su labor política el manto de su erudición y su intelectualismo, como si vistiera una mesa de color apagado con un tapete colorido. Todavía recuerdo el plan de expansión bibliotecaria de 1915, redactado casi en su totalidad por él, en el que exigía que las bibliotecas debían organizarse en un local amplio, limpio y complaciente a la vista (plaent a l’ull).

Las intrigas palaciegas terminaron con su canonjía con alboroto y de una manera un tanto vergonzante, donde no faltaron las referencias a sus desviaciones políticas: su cercanía al Sindicato Único defendido por Ángel Pestaña, por ejemplo. Lo importante de lo que Pla llamó «su literal expulsión del cargo de gran manitou de la cultura oficial catalana» fue que, con el tiempo, terminaría siendo uno de los referentes de Falange, de la Falange joseantoniana. Y más aún: lo sería no porque hubiera cambiado de ideas, sino porque su pensamiento era el mismo que se había forjado a partir de 1903, aunque acomodado, pues lo que había escrito sobre el imperialismo catalán lo utilizó a partir de 1923 para el imperialismo español.

Maximiliano Fuentes nos muestra durante gran parte del libro, con gran diligencia y precisión, cómo d’Ors forjó sus ideas antiliberales sobre el nacionalismo y el imperialismo en una época marcada por la Gran Guerra y el auge e imposición de la revolución bolchevique. No es tarea fácil aclarar el pensamiento de Eugenio d’Ors. Josep Pla había quedado deslumbrado por sus ideas gratuitas, desnudas de toda intención práctica. No obstante, las tuvo en unos años en los que toda concepción política era posible. Como muestra Fuentes, antes de la Gran Guerra, d’Ors abogaba por una Europa de raíz imperial, basada en el Sacro Imperio Romano Germánico, con dos culturas ‒la latina y la germánica‒ tan confrontadas como necesitadas una de la otra. Exaltando el Estado por encima de la Nación, convertía ese federalismo en un «estado intermedio» cuya meta final era el imperialismo unitario, de naturaleza catalana, primero, y española, después. Todo ello, por supuesto, revestido con una estética clasicista de raíz mediterránea.

Con estas ideas, se entiende lo que el inicio de la guerra significó para él: la posibilidad de que toda aquella teoría pudiera aplicarse de manera real. Una serie de glosas de los primeros meses de la contienda las escribió como una epístola a Tina, una supuesta niña prusiana, y en ellas se definía vagamente como alemán ‒ni siquiera como germanófilo‒. En la siguiente serie de sus glosas abogó por una concepción supranacional, descartando unirse a bando alguno y apostando por Europa. D’Ors concebía aquella contienda como una guerra civil.

Fuentes explica muy bien, como fiel compañero de ruta, cómo al terminar la guerra d’Ors continuó con su viaje por los extremos. Ahora le tocaba esclarecer su simpatía por el sindicalismo y la revolución, siempre marcando el paso que le dictaba uno de sus referentes intelectuales, Georges Sorel. En definitiva, el internacionalismo superaba al nacionalismo. Sentía clara admiración por Salvador Seguí y Ángel Pestaña, pero aquello no había de durar mucho. Su «defenestración» lo llevó por otros derroteros, encaminados a expresar la importancia que atribuía ahora a la jerarquía y su interés por el Fascio, aunque detestara el nacionalismo de Mussolini. Como dice Fuentes, «D’Ors parecía querer ver en Italia un modelo de europeísmo y de nacionalización europeísta “no-nacionalista” que podía volver a proyectar la sombra del Sacro Imperio Romano Germánico sobre el continente». Lo que tocaba ahora es que el núcleo esencial de ese imperialismo fuera español.

Hasta aquí llega Fuentes en el estudio del pensamiento de Eugenio d’Ors. El capítulo final, dedicado a las conclusiones, es un broche perfecto con el que presentar dicho estudio. Como ya he comentado, Fuentes trata de esclarecer hasta qué punto el viaje por los extremos de d’Ors, su profundo antiliberalismo, fue un referente para Falange. Fuentes lo desactiva rotundamente como prefascista, pero le interesa mucho su papel como inspiración de los intelectuales falangistas. D’Ors fue un referente para algunos jóvenes catalanes, influidos por las teorías de Alberto Giménez Caballero a través de Joan Estelrich, «que abogaron por una expansión confederal de la Península Ibérica» que destruyera el provincianismo y fortaleciera el imperio. Para Fuentes, esta idea d’orsiana del imperialismo como superador del nacionalismo fue captada por Rafael Sánchez Mazas y José Antonio Primo de Rivera, que pretendían avenir europeísmo y españolismo. Para ellos, España estaba por encima de la nación, lo que da la clave para desentrañar la consigna tantas veces repetida y casi nunca comprendida: «España es varia y plural, pero sus pueblos varios, con sus lenguas, con sus usos, con sus características, están unidos irremediablemente en una unidad de destino en lo universal». Una idea «no-nacionalista», en definitiva, de marcado carácter d’orsiano, recogida por Sánchez Mazas. Insistiría en ello Primo de Rivera, cuando, en el interrogatorio al que fue sometido en Alicante antes de que lo mataran, se declaró no nacionalista y expresó su idea imperial como superación de las fronteras.

D’Ors no podía sustraerse a su barroquismo. Ante todo, d’Ors era un barroco, y por Giménez Caballero ‒alguien que, en cierto modo, adoptó alguna de sus ideas‒ sabemos que el Barroco se resume en un solo término: adorno. Esa era su esencia. Sus ideas debían ir envueltas en el celofán estético del clasicismo, lo que produjo resultados un tanto desiguales. En Las armas y las letras, Andrés Trapiello habla con gracia de cómo, en 1937, Eugenio d’Ors fue a Pamplona y veló armas en la iglesia de San Agustín junto al grupo de la revista Jerarquía (Dionisio Ridruejo, Pedro Laín, Gonzalo Torrente Ballester) con unos «leguis de cuero, leguis de mecánico chauffeur». Un curioso capricho estético, uno de tantos de aquella revista ‒portentosa desde el punto de vista tipográfico‒ que sirvió para alabar a Franco, el general del que casi todos sus integrantes quedarían desencantados en poquísimo tiempo. Ni la cochambrosa estética de la dictadura franquista, ni su nacionalismo cerril, tenían nada que ver con las delicuescencias barrocas de Eugenio d’Ors y su europeísmo imperialista.

Sergio Campos Cacho es bibliotecario, coautor de Aly Herscovitz y colaborador de Arcadi Espada en su libro En nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en Budapest (Barcelona, Espasa, 2013).

23/04/2018

 
COMENTARIOS

Pedro Carlos González Cuevas 24/04/18 15:00
El libro del señor Fuentes Codera es un buen libro de historia intelectual y política. Pero ha tenido mala suerte con su crítico, que es un ignorante no sólo en cuanto al tema, sino en cómo se hace una crítica. Por supuesto, tampoco entiende nada de la estética del franquismo. ¿Es cochambrosa la estética del Ministerio del Aire, por ejemplo?. ¿O la de la Universidad Laboral de Gijón?. Aquí lo único cutre son los lugares comunes de ciertos individuos. De todas formas, felicitaciones al señor Fuentes Codera.

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