RESEÑAS

Historia de quien escapa y quien se queda

Zadie Smith
Tiempos de swing
Barcelona, Salamandra, 2016
Trad. de Eugenia Vázquez Nacarino
430 pp. 24 €

Hace casi diez años, Zadie Smith publicó en The New York Review of Books un ensayo en el que comparaba la novela Netherland, de Joseph O’Neill, con Residuos, de Tom McCarthy. La argumentación era simple y eficaz: el «realismo lírico» de O’Neill se oponía a la narración sin «interioridad» de McCarthy, y el contraste señalaba «dos caminos» posibles para la novela contemporánea. Era una forma de volver sobre la antítesis entre tradición y vanguardia, pero la pregunta central llegaba al fondo de la ficción: ¿cómo debía retratarse a una persona? Smith misma estaba entre dos novelas, y la que publicó a continuación, NW (2012) (el nombre de su barrio londinense), trasladó a la práctica sus simpatías por la solución de McCarthy. NW resultó ser una novela de corte experimental, con escaso foco psicológico. A la manera modernista, la historia estaba llena de fugas y puntos ciegos, por no hablar de una ausencia de conclusión. Al cabo, se detenía entre los malestares de sus personajes, como si la narración confundiera el tema (la desorientación moderna) con la manera de presentarlo.

La nueva novela de Smith, Tiempos de swing, retoma muchas de las preocupaciones de NW: una larga amistad femenina, dos destinos divergentes, dos contextos entrecruzados, la historia reciente de Inglaterra y la sociedad de hoy vista por una mente despierta pero algo desnortada. Los parecidos, con todo, también realzan las diferencias. Desde el principio, Smith narra de manera mucho más suelta y continua que antes, en parte porque ha vuelto a instalarse en la cómoda tradición inglesa de la novela de costumbres. Otra particularidad es que, por primera vez, ha elegido una narradora en primera persona, algo que ella misma ha vinculado con sus lecturas de los dos grandes exponentes actuales de esa técnica: Elena Ferrante y Karl Ove Knausgård. No casualmente, Smith ha escrito con sensibilidad sobre el segundo, pero es la tetralogía napolitana la que le proporciona el marco formal para Tiempo de swing: una voz analítica, que alterna la historia íntima de su vida con otras más inasibles, en particular la de una amiga de infancia que escapa a las tipificaciones de la edad adulta. Es una astuta cuadratura del círculo: hay introspección y también actos ajenos sobre los que sólo cabe especular. En una misma novela, conviven formas opuestas de retratar personas.

No muchos más paralelismos hay con la escritora italiana, en parte porque Londres no es Nápoles, y Smith demuestra un especial interés por anclar las vidas ficticias de sus personajes en una realidad que sus lectores puedan reconocer. Los comentaristas ingleses han elogiado los detalles materiales o lingüísticos que adereza esta novela, pero los lectores españoles también podrán apreciar (en la excelente traducción de Eugenia Vázquez Nacarino) el rico universo de sensaciones y observaciones por el que se mueve la historia. No se espere, en cualquier caso, pintoresquismos como el paseo de la señora Dalloway a la vera del Big Ben. El Londres de Smith es la ciudad desangelada de los suburbios, en este caso Willesden, donde la narradora sin nombre y su amiga Tracey viven su infancia en edificios de protección oficial. Atención, también, a esos edificios. Smith los sabe el gran experimento social de la posguerra británica, sitios donde se han mezclado grupos, etnias y creencias, aunque rara vez sin fricciones.

Las fricciones le interesan a la autora, como a todo buen novelista, pero su ética literaria tiende a buscar el lubricante del entendimiento. Eso suele cobrar especial foco en sus ensayos, como «Under the Banner of New York» o «Monsters», en los que se describen comunidades solidarias. También en esta novela ‒como en las anteriores‒ Smith abraza la noción de que todos compartimos una humanidad común y podemos resolver nuestras diferencias en un marco de concordia. Así resumida, la idea no parece la más original del mundo, e incluso cuando la resume Smith, por ejemplo en su conferencia «Hablar lenguas» (en la que se desvive por Obama), presenta edulcorados visos de buenrollismo político. No obstante, es una idea narrativamente fructífera. Smith es una de esas raras novelistas que, como la Constitución de los Estados Unidos, contempla en sus bases la búsqueda de la felicidad. En Tiempos de swing, una de las fuentes de la felicidad es el baile, la pasión común de las dos protagonistas. La trama se encarga de complicar las cosas, pero la satisfacción parece asequible al final, tras unas cuantas peripecias bien dosificadas, con saltos temporales entre tres decenios.

Las protagonistas se conocen a los siete años en un baile de la iglesia del barrio; de inmediato, se fijan en sus «similitudes y diferencias, como suelen hacer las niñas». Una de las primeras reside en tener «exactamente el mismo tono de piel morena». Ambas son hijas de uniones mixtas (en el caso de Trace, fugaces) y, por lo tanto, puentes entre dos grupos sociales que no siempre responden a las mismas afinidades. Hay ironía observacional en la caracterización de las niñas y su mundo: Tracey, dice la narradora, lucía «unos tirabuzones que le caían hasta la cintura, recogidos en dos trenzas brillantes por algún aceite, prendidas en la punta con unos lacitos de raso amarillo. Los lacitos de raso amarillo eran un fenómeno desconocido para mi madre, que simplemente me echaba hacia atrás el pelo crespo formando una nube enorme y lo sujetaba con una cinta negra. Mi madre era feminista». El humor del fragmento, como el de otros muchos en la novela, es efecto del montaje. Pero la inteligencia de Smith no se limita a ello: en pocas líneas logra transmitir la impaciencia de una niña con los ideales de su madre, la de la madre con los deseos de su hija, y poco después el tira y afloja sentimental de Tracey con su madre, que sublima sus problemas con lacitos.

La historia explora múltiples relaciones de fuerza como esa. Desde pequeñas, las dos amigas quieren alejarse del mundo a que pertenecen, y al cabo una de ellas lo logra (más o menos), mientras que la otra no. Al igual que la tercera entrega de la tetralogía napolitana, esta novela podría denominarse «historia de quien escapa y quien se queda», con el añadido de que la huida tiene bastante de espectacular. Cuando consigue un trabajo como asistente de una cantante de pop famosa, la narradora pasa literalmente del suburbio a la sociedad del espectáculo. Una subtrama de la novela está dedicada a la vida en compañía de la cantante, una mezcla de Madonna y Kylie Minogue, que en un momento de su carrera decide volcarse a las acciones de beneficencia en África. La excusa de que Londres está conectado con el mundo es suficiente para justificar que la trama viaje a ese continente, en capítulos bien concebidos sobre la organización de una escuela para niñas en un país imaginario. Smith se muestra incómoda con la desproporción que se produce entre las buenas intenciones del moderno mundo de la celebridad y sus escasas habilidades para convertirlas en algo más que una fachada. El retrato de la cantante no es demoledor, pero tampoco elogioso. Y no parece casual que su búsqueda de autenticidad acabe en una parodia de autenticidad.

En otro sentido, la historia sobre una estrella con más pujanza que aptitud es un contrapunto de la vida de Tracey, una bailarina de sobrado talento (al menos a ojos de su amiga) que nunca consigue despegar. ¿Qué le falta? O, quizá, ¿qué le sobra? Una respuesta posible aparece hacia el final de la novela, en una escena en la que la narradora, ya cerca de la treintena, descubre a su Tracey en un musical del West End haciendo un papel de segundona, con una mención escueta en el programa. Cuando, terminada la obra, decide ir a saludarla a la puerta de los artistas, ve a la madre de Tracey esperándola en el coche con dos niños «dormidos en el asiento de atrás». «Me pregunté si ésa, y no otra, sería la verdadera razón de que tardara tan poco en leer la biografía de Tracey». Acto seguido, echa a correr. A esas alturas, la narradora ha dado varias indicaciones de que su propia falta de hijos le resulta incómoda, de modo que la escena deja entrever más de lo que muestra. Es una táctica habitual de Smith: los detalles ocupan el primer plano, pero dan paso a un sentido inesperado.

La alusión del título a la película interpretada por Fred Astaire Swing Time (En alas de la danza) está fundada en los referentes culturales que maneja la novela. Y en los siete capítulos de la trama hay una cuidadosa coreografía de historias secundarias. Entrevemos la carrera política de la madre de la narradora, el marasmo en que acaba el padre, las trapisondas del padre de Tracey, las escasas elecciones matrimoniales de una muchacha africana y la empresa mesiánica de la cantante, así como la historia de la danza que fascina a las amigas. Pese a esa admirable complejidad, no sería caprichoso criticar la organización de sus grandes líneas. Tiempos de swing opone la familia al trabajo, la amistad al rencor, el barrio al mundo, los países ricos a los pobres, pero la inteligencia de fondo no deja de insistir en que debemos ir más allá de esas dicotomías y trascender la contingencia de nuestras circunstancias con las armas de la ironía y la solidaridad. Al cabo, uno nota algo forzado, incluso calculado, en la prontitud de las dicotomías, un poco como en su contraposición de Joseph O’Neill y Tom McCarthy. La autora también cae en resoluciones fáciles, más esperanzadas que reveladoras. Una imagen final de Tracey la muestra bailando con sus tres hijos en el balcón del mismo edificio donde ha pasado toda su vida. Esa imagen sobre las alegrías de la vida solicita nuestra simpatía. ¿Soy un insensible si la escena me parece tristísima?

El optimismo de Smith, en cualquier caso, salva su novela del cinismo automático en que caen muchos novelistas ingleses contemporáneos. Esta historia que se inicia en los suburbios londinenses puede compararse de manera instructiva ‒y favorable‒ con la novela Lionel Asbo (2012), de Martin Amis, que en parte se mueve en el mismo terreno. Amis plasmaba en ella lo que solía llamarse una state-of-England novel, una novela de tesis, y quería convencer al lector de la «decrepitud moral» de su país con la figura de un matón que fuera representativo del conjunto. Smith es más sutil. Sus personajes se mueven en un mundo de posibilidades factibles; las elecciones que toman responden a una mezcla bien plasmada de circunstancias externas y motivos personales. Y la novela en su totalidad, aun cuando tiene algo de diagnóstico, evita la condena general de la sátira. Una historia sobre dos amigas, al fin y al cabo, no tiene por qué representar a una nación. Al hablar en nombre de menos, Zadie Smith nos ofrece «algo más simple, más sincero», y eso ya es bastante.

Martín Schifino es crítico literario y traductor. Entre sus últimas traducciones figuran las de E. B. White, Ensayos de E. B. White (Madrid, Capitán Swing, 2018); Patricia Highsmith, Once y La casa negra (Barcelona, Anagrama, 2018); y Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar (Madrid, Círculo de Tiza, 2018).

18/06/2018

 
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