RESEÑAS

Diputada, senadora, ministra, alcaldesa, defensora

Soledad Becerril
Años de soledad
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018
183 pp. 18,90 €

Define Soledad Becerril su libro, bellamente titulado con el sugerente juego de palabras que incluye su nombre, evoca a Gabriel García Márquez y seguramente alguna cosa más que en el tintero quedó («en momentos de los años de los que hablo en estas páginas me he encontrado muy sola [...] con mis dudas y mis pensamientos», p. 175) como unos «fragmentos de memorias». Y en su querida brevedad ‒el volumen apenas supera las ciento ochenta páginas, índice onomástico incluido‒, tan de agradecer en estos tiempos de abundante y banal grafomanía, el texto y su autora ofrecen buenas, aunque no muchas, razones para la reflexión y la lectura.

Esta es la historia comprimida de una mujer que, con diversas etiquetas y funciones, ha estado intermitentemente presente en la vida pública española desde los años setenta del siglo XX hasta bien entrado el siglo XXI, cuando en 2017 cumplió su mandato como Defensora del Pueblo. Y aunque buena parte de su contenido tenga como centro de atención el tiempo de la Transición hacia la democracia, es fácil comprender que la narración y las correspondientes reflexiones van bastante más allá. En un contexto en el que la protagonista, y no hay razón para ponerlo en duda, aparece modesta pero contundentemente autorretratada como persona fiel a sus principios, responsable en sus actuaciones, firme en las exigencias propias y ajenas y, ante todo, entregada a una noción generosa del bien común. Una generosidad que aplica con prolijo detalle al agradecimiento con nombres y apellidos de todos y cada uno de los colaboradores ‒un buen número de ellos, comprensiblemente, mujeres‒ que a lo largo de su carrera han ayudado a Becerril en el desempeño de sus variadas actividades.

Podríase resumir el libro con una palabra: Andalucía. Y una función: alcaldesa de Sevilla. Fueron trece los años que, bien como concejala, bien como alcaldesa, pasó Soledad Becerril en el consistorio sevillano y su resumen es terminante: «la vida municipal es seguramente la actividad pública que mas satisfacción puede dar a una persona con vocación de servicio» (p. 117) Y detalla los contactos directos con los ciudadanos y con sus problemas, la inmediatez que exigen sus soluciones, la alegria que produce alcanzar arreglos o la frustración consiguiente al no conseguirlos. Sin saberlo, y sin citarlo, hace cierta la conocida afirmación del que fuera presidente de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Tip O’Neill: «Toda política es local». Algo de ello reaparece en el tiempo de su desempeño como Defensora del Pueblo, cuando llegan a sus manos las quejas y las peticiones de ciudadanos nacionales y extranjeros que se sienten desposeídos de sus derechos, sometidos a situaciones que consideran injustas o simplemente agobiados por la dureza de la vida y de sus circunstancias. Es esta la parte final del volumen, seguramente redactada en modo apresurado para cumplir plazos de publicación y que hubiera merecido, en la misma óptica municipalista, un espacio más amplio y detallado con elfin de comprobar cómo la antigua alcaldesa aplicaba el radio de acción de sus preocupaciones humanitarias al ancho mundo.

Fue durante su mandato como alcaldesa cuando la banda terrorista ETA, en enero de 1998, asesinó en el centro de Sevilla al entonces segundo teniente de alcalde y delegado de Hacienda del municipio, Alberto Jimenez Becerril, y a su mujer, Ascensión García Ortiz. Reconoce Becerril que le ha costado describir el horror de los acontecimientos por el trauma que supusieron en su vida, pero aprovecha el libro para romper su silencio y narrar en todos sus espantosos detalles los momentos que ella y la ciudad vivieron en aquellos días convulsos. Y tras varias dramáticas páginas, merecedoras de ser leídas con indignado recogimiento, concluye: «Sería muy importante conseguir que ningún delito, de los más de trescientos sin esclarecer, cometido por la banda terrorista ETA prescribiera, y, además, que quienes planearon los atentados pudieran ser juzgados por delitos de lesa humanidad, que suponen persecución por motivos religiosos, raciales o politicos y son imprescriptibles, pues los atentados de la banda fueron todo un plan para exterminar» (p. 129).

El contexto regional en que ha trabajado Soledad Becerril en su militancia política está en Andalucía, a pesar de que residiera allí sólo por razones familiares, no fuera andaluza de origen y, como se lo sacarían a relucir sus adversarios en las campañas electorales, no tuviera el acento propio de la tierra. De manera no por sucinta menos dolorosa, su libro evoca dos momentos difíciles para la región en general y para ella en particular. El primero relata la presión del regionalismo andaluz, que pronto se adueñó del socialismo local y de algunos miembros que no provenían de esa cofradía ‒como Manuel Clavero Arévalo, ministro de la UCD‒ para igualar el techo autonómico de las llamadas regiones del artículo 151 (Cataluña, País Vasco y Galicia) al grito de «café para todos». No elabora demasiado Becerril sobre el tema, pero en su origen están mucho de los desvaríos que en este momento aquejan a las diversas disfuncionalidades del sistema autonómico español.

El segundo momento, que marca irremediablemente la decadencia de UCD en el marco local y nacional, se encuentra en las primeras elecciones regionales andaluzas, celebradas en 1982, que los socialistas ganaron de manera apabullante ‒inaugurando con ello los treinta y seis años de régimen que acaban de terminar hace unas pocas semanas‒ y que la autora, entonces ministra de Cultura, vivió de manera directa y, comprensiblemente, compungida: no era ella la candidata a la Presidencia de la Junta, pero fue ella en Sevilla quien tuvo que poner buena cara pública ante los resultados y felicitar a los ganadores. Los posteriores éxitos municipales, ya de mano del PP, que llegaron a extenderse a las ocho alcaldías de las correspondientes capitales de provincia, paliaron un tanto esos amargos primeros momentos, pero quedan como irremediables hitos de la historia personal y colectiva en que Becerril dio sus pasos politicos.

Y, además, Soledad Becerril nunca ha renunciado a su biblia liberal o a las demandas de su condición femenina. De lo primero queda amplia constancia en el libro, tanto por las vicisitudes que atravesaron los grupúsculos liberales durante la Transición y ya en el seno de la UCD ‒parecidos a los que experimentaron en la misma época otras familias políticas democráticas‒, como por su permanente y admirado recuerdo de Joaquín Garrigues, cabeza visible del grupo, ministro de la UCD con Adolfo Suarez y desaparecido a temprana edad. Becerril mantiene: «Probablemente las cosas en política hubieran sido muy distintas si Joaquin Garrigues no hubiera muerto» (p. 17).

Y es natural, en un medio en el que la participación femenina ha sido tradicionalmente escasa, que Soledad reivindique sus logros: la primera mujer ministra en un gobierno democrático español, la primera alcaldesa de Sevilla, la primera Defensora del Pueblo, una de las pocas diputadas y senadoras de aquella época inicial. Lo recuerda: «en la Legislatura constituyente éramos veintiuna diputadas en un Congreso de 350 escaños, y seis senadoras en un Senado de 200 escaños. Luego, en la I legislatura, desde 1979 hasta 1982, fuimos veinticuatro diputadas y cuatro senadoras. Mucho después, en la VII Legislatura, en el año 2000, se alcanzó el numero de 132 diputadas y 74 senadoras. Y en la X Legislatura, en el año 2011, se llegó al máximo, hasta el momento, 175 diputadas y 124 senadoras» (p. 46) Le asiste la razón en colgarse los entorchados de la precursora. Tanto como para alardear de la calidad de sus servicios.

Es la autora abundante en el elogio y parca en la crítica. Posiblemente tambien prolífica en los silencios. Pero no deja de apuntar con precisión el dardo del desdén o del enfado, si la cosa se tercia. Cuando llegó al Ministerio de Cultura, destituyó fulminantemente al entonces director general de Bellas Artes, Javier Tusell, porque «era complicado contar con su colaboración» (p. 69). También en el Ministerio, antes del Campeonato Mundial de Futbol de 1982, fue Raimundo Saporta, el presidente del Comité Organizador, «la primera persona a la que recibí, pues parecía que el mundo se caía si no lo hacía con la máxima urgencia». España fue ignominiosamente eliminada en la primera ronda y Becerril comenta: «en cuanto a los resultados de la selección española, el ministerio no tuvo, por una vez, responsabilidades» (p. 74). Alfonso Guerra, en una de sus gracietas habituales, acusó a Soledad de «tener llagas en la boca de tanto chupar». Becerril recuerda que, al llegar Alfonso Guerra al Gobierno como vicepresidente, «su hermano Juan fue colocado como asistente en la Delegación del Gobierno de Andalucía, donde estuvo siete años» (p. 94). Y al vistoso andalucista Alejandro Rojas Marcos, de quien había sido teniente de alcalde, cuando se volvieron las tornas y fue ella la rectora consistorial, lo nombró «teniente de alcaldesa».

Es este un texto útil, breve, mas cargado de apuntes que de análisis y reflejo adecuado de su autora: en la búsqueda de la modestia, en la parquedad expositiva, en la reclamación permanente de las cosas bien hechas y bien intencionadas. Fueron años de Soledad productiva.

Javier Rupérez es profesor de Seguridad y Relaciones Internacionales en el Instituto Atlántico de Gobierno, en el Centro Villanueva de la Universidad Complutense, en la Universidad CEU San Pablo y en la Universidad Internacional de la Rioja. Sus últimos libros son El espejismo multilateral. La geopolítica entre el idealismo y la realidad (Córdoba, Almuzara, 2009), Memoria de Washington. Embajador de España en la capital del imperio (Madrid, La Esfera de los Libros, 2011), La mirada sin ira (Córdoba, Almuzara, 2016) y, con David Vítores, El español en las relaciones internacionales (Barcelona, Ariel/Fundación Telefónica, 2012).Top of Form

04/03/2019

 
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