RESEÑAS

Segunda diana de Cormoran Strike

Robert Galbraith
El gusano de seda
Barcelona, Salamandra, 2015
Trad. de Gemma Rovira
544 pp. 19 €

Con la heptalogía de Harry Potter, J. K. Rowling había alcanzado un enorme prestigio dentro de la literatura juvenil, pero ese camino parecía haberse agotado, después de recorrerlo hasta el final, cuando la escritora aún estaba en plena madurez creativa. Tal vez consciente de que la reiteración suele terminar en la parodia, Rowling decidió dar un cambio radical, haciendo todo lo contrario de aquello que le había procurado tanto éxito, como para demostrar que dicho éxito no había sido fruto del azar, ni de las modas, sino de un talento que podía desplegarse en cualquier otro género o estilo. De ahí, tal vez, su valiente decisión de publicar bajo seudónimo (Robert Galbraith) su primera novela negra, El canto del cuco, y de revelar su autoría sólo cuando el libro ya había sido juzgado por la crítica (muy favorablemente, dicho sea de paso).

Fueran cuales fueran los motivos para un cambio tan brusco de registros, Rowling se ha alejado de la narrativa en que fraguó su prestigio y ha pasado del género fantástico a uno de los géneros más apegados a la realidad; de no pretender ninguna verosimilitud a buscarla con determinación; de personajes que creen en la magia y en aquello que no se ve a personajes que dudan incluso de lo que parece evidente; de ambientar sus historias en épocas indeterminadas a la ambientación actual, donde incluso se inserta una referencia a la boda de Guillermo y Kate Middleton; de una geografía difusa a una ubicación precisa en las céntricas calles de Londres; de la legendaria imaginería de los bestiarios medievales a la veracidad de las costumbres actuales; de las redomas y los pebeteros de los magos, en fin, al ordenador y al teléfono móvil del detective. Un cambio tan radical rompe la anterior imagen estable de la escritora e imposibilita una lectura diacrónica de su obra, pero demuestra su valiente decisión de no acomodarse en lo conocido y de arriesgarse a discurrir por nuevos territorios.

Y ya puede anticiparse: cuando se llevan leídas unas decenas de páginas de El gusano de seda, J. K. Rowling ha quedado olvidada, sustituida por Robert Galbraith, envuelto el lector en esa burbuja de imaginación que generan las buenas historias y el buen gusto literario. Como marca la tradición, la anécdota germinal de la que arranca la novela es una muerte de la que se desconoce el autor: el escritor Owen Quine aparece asesinado de la misma forma –eviscerado y quemado con ácido– en que él mismo había decidido que muriera el protagonista de su último libro, aún inédito, en el que ataca ferozmente a algunos de sus conocidos y revela secretos inconfesables entre un gremio especialmente vanidoso y susceptible respecto a su imagen pública. Se sospecha, pues, que con su muerte se trata de impedir su publicación, del mismo modo que se hierve el capullo de seda antes de que salga el gusano para impedir que rompa el hilo. De ahí, pues, lo apropiado del título.

Los cincuenta capítulos de la novela están introducidos por citas de autores del esplendoroso teatro isabelino-jacobino: Ben Johnson, Thomas Dekker, William Congreve, John Webster, John Fletcher o Thomas Kyd, y, por supuesto, Christopher Marlowe y William Shakespeare. Tanta proliferación de citas resulta innecesaria para reafirmar el paralelismo entre el macabro asesinato de Owen Quine y los modos del teatro renacentista y barroco inglés, vinculación que es confirmada por uno de los personajes: «Adora a esos escritores, su sadismo, su sed de venganza… Violaciones, canibalismo, esqueletos envenenados disfrazados de mujer» (p. 272).

Y, al igual que aquel teatro de los siglos XVI y XVII –con tantos paralelismos con el teatro español del Barroco– terminó reflejando las inquietudes e intereses de una sociedad que asistía a sus representaciones con deleite, porque se veía reflejada en los escenarios, ¿sería exagerado y prematuro pensar ahora que con la actual novela negra, con el paso adelante que ha dado en la última década, sucede algo parecido y que en las ficciones de los Petros Márkaris, Henning Mankell, Benjamin Black, Andrea Camilleri, Fred Vargas o Stieg Larsson se refleja un retrato de época con tanta precisión como lo hizo entonces el teatro?

En la novela clásica de enigma, en pocas ocasiones se conocen datos sobre el estado de ánimo del detective. Las emociones, alegrías o angustias de Sherlock Holmes, Auguste Dupin o Hercule Poirot apenas existen, se guardan con un pudor exquisito, tanto que a veces parecen témpanos de hielo. Baste una muestra: en la primera página del relato «Un escándalo en Bohemia», de Arthur Conan Doyle, Watson describe así el desapego de Sherlock Holmes: “«Nunca hablaba de nada parecido a la pasión, salvo con sarcasmo y desdén […]. Una arenilla en un instrumento de precisión o una rozadura en una fina lente no sería tan perturbadora como una emoción fuerte en un carácter como el suyo».

Muy lejos de esa frialdad, Rowling-Galbraith consigue que nos conmueva este detective lisiado, lector fervoroso de Catulo, a quien le pesa la orfandad de un padre ausente, estrella del rock. Con cada capítulo va afianzándose la imagen de este corpulento exsoldado que avanza trastabillando por las nevadas calles de Londres en su seguimiento a sospechosos, que va arrastrando «la amputación de la parte inferior de la pierna derecha» (p. 33) a causa de un atentado en Afganistán, ya que su presupuesto no le permite viajar en los carísimos taxis londinenses. Durante la investigación no recurre a excesos de heroísmo ni de alardes físicos: al contrario, le duele el muñón al encajarlo en la prótesis cuando permanece mucho tiempo de pie. En una ocasión, cae al suelo al abordar a una mujer que está siguiéndolo. Pero esa minusvalía física no es un símbolo de ninguna minusvalía moral. Al contrario. Si Cormoran Strike logra triunfar en su trabajo, no es imponiendo una superioridad atlética, con lo que se acerca a los detectives tradicionales policíacos y se aleja de los James Bond.

No menos afecto despierta su ayudante Robin Ellacott, desgarrada entre la atracción que siente por su jefe y la relación con su novio, que odia y desprecia su trabajo detectivesco. La conversación que ambos mantienen sobre este tema en un Burger King, mientras se comen una hamburguesa (capítulo 30), es de una verosimilitud y de una veracidad psicológica admirables. Se sienten atraídos el uno por el otro, pero al mismo tiempo son conscientes de la incompatibilidad entre una relación amorosa y su trabajo. Admiramos, sí, a ambos personajes, pero no porque la autora nos diga que Strike y Robin son honrados e inteligentes, sino porque los lectores vemos su honradez y su inteligencia sin necesidad de que nos los señale.

Pero, consciente Rowling-Galbraith de que para escribir una buena novela negra no basta con crear a un buen detective, hace que todos los demás componentes también funcionen narrativamente, desde los personajes secundarios hasta el desenlace. También nos muestra un retrato sutil, poco edificante y a veces cruel, de los ambientes literarios en que se desarrolla la investigación: del afán de protagonismo de editores y agentes, del egocentrismo, la soberbia y la necesidad insaciable de los escritores de recibir halagos, de los celos, envidias y rivalidades con los colegas. Los personajes ficticios de El gusano de seda podrían formar parte del repertorio real del mundo editorial. Del autor desaparecido, por ejemplo, se dice: «Me apuesto algo a que Quine es de esos escritores que se pasan todas las comidas soltando conferencias a la familia sobre su libro» (p. 48). Tampoco falta alguna atinada e irónica nota sobre la actualidad: «Ah. Bueno, hoy en día casi todos escriben. Todo el mundo escribe novelas, lo que pasa es que nadie las lee» (p. 476).

Todo fluye con soltura en el relato de este crimen «de inspiración literaria y ejecución despiadada» (p. 179), pero sin celeridad, dando tiempo a los personajes para manifestarse, porque tampoco en la novela negra lo esencial es la rapidez, sino el equilibrio entre la acción y su expresión. Hay páginas estupendas para comprobar la pericia de la autora: por ejemplo, el capítulo 8, en el que se desarrolla la entrevista entre el detective y una agente literaria dueña de un doberman y fumadora empedernida, a pesar de una tos permanente que casi le impide respirar; o la secuencia del accidente de tráfico que Robin esquiva milagrosamente.

Cada capítulo está relacionado con el siguiente de forma armónica, como obedeciendo a esa norma musical que prescribe que entre un acorde y el siguiente debe mantenerse una nota común que sirva de enlace. No hay personajes de relleno, con la única función de comparsas o de ampliar el número de sospechosos que a veces tanto se nota en este tipo de novelas de enigma. Todo está en su justa medida para resultar coherente y apasionante: un personaje menos y tal vez la historia quedaría incompleta; un sospechoso más y habría caído en la confusión, en el artificio o en el exceso de motivos y razones. El gusano de seda va construyéndose paso a paso sobre los capítulos ya escritos, no sobre un final predeterminado al que hay que llegar. En ningún momento se recurre a lo forzado ni al deus ex machina, tentación que podría permanecer latente en alguien que ha escrito tanto sobre magia. La escritura, muy elegante, ofrece una superficie verbal sin altibajos, sin caer en lo anodino ni en los picos enfáticos. De escuela clásica, hay preferencia por el indicativo y por los tiempos simples.

Rowling-Galbraith no revoluciona la novela negra, pertenece ya ese linaje de la novela policíaca anglosajona a la que no le resulta una carga insoportable la obligación de someterse a una trama bien organizada. Rowling-Galbraith se inserta en esa tradición –a la que llega de la mano de dos autoras recientemente fallecidas: P. D. James y Ruth Rendell– y prolonga para los lectores su caudal, su calidad y su atractivo después de algunas décadas en que los términos novela negra o policíaca habían ido cargándose de excesivas connotaciones despectivas.

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008) y Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005), Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013) y Mistralia (Barcelona, Tusquets, 2015).

01/06/2015

 
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