RESEÑAS

El inglés ruso

William Gerhardie
Los políglotas
Madrid, Impedimenta, 2014
Trad. de Martín Schifino
384 pp. 22,75 €

En su primera novela, Futility, escrita cuando William Gerhardie era todavía un estudiante en Oxford, el narrador va al teatro a ver una representación muy modesta de Las tres hermanas, y mientras la sigue reflexiona sobre el modo de escribir de Chéjov: «Ya se sabe cómo es la gente en sus obras. Parece como si todos hubieran nacido en la línea de demarcación entre la comedia y la tragedia, en una especie de No Man’s Land». Los políglotas, la extraordinaria novela que publica Impedimenta traducida y prologada por Martín Schifino, es, si no me equivoco, la presentación en nuestro país de este magnífico escritor muerto en 1977 y situado firmemente en el limbo de los autores de culto o leyenda, lo que casi siempre implica tener pocos y buenos lectores. Gerhardie los tuvo de todo tipo, y a veces numerosos, en una carrera productiva y relativamente corta, ya que en 1939, a la edad de cuarenta y cuatro años y con varias novelas y ensayos en su haber, dejó de publicar, aunque no de escribir, legando entre sus papeles póstumos una monumental tetralogía narrativa, La quinta columna de Dios.

Los políglotas, aparecida en 1925, es una novela picaresca de las clases altas (venidas a menos en más de un caso), salpicada de tonalidades decadentistas y concebida en cierta manera como un desarrollo más cuajado de lo que fue, con la mitad de páginas, Futility. Las dos podrían tener el mismo narrador afirmativo e intruso, que interrumpe frecuentemente la acción para dirigirse al lector, y los lances grotescos, el deslizante paisaje y la fusión de lo británico y lo ruso, rasgo propio de la biografía del propio Gerhardie, se articulan deliciosamente en una novela trepidante y a la vez muy sutil.

El mundo en que creció Gerhardie ya se había desvanecido cuando él lo refleja, pero su ambivalencia un tanto cínica, su mirada humorística, evitan cuidadosamente la nostalgia, sin impedir el pathos cuando es preciso, como en el hermoso episodio de la muerte y sepelio marítimo de la muchacha Natasha en la parte final del capítulo 49. La mezcla de comedia de costumbres y elegía con regusto crítico, tan «chejoviana», domina todas las páginas de Los políglotas, y de ahí que esa «tierra de nadie» (y, por tanto, de muchos) a la que alude el citado narrador de Futility sea el escenario propicio para un relato poblado por una amplia galería de personajes excéntricos entre los que siempre figura, como eje, portavoz y observador, el del capitán inglés Georges Hamlet Alexander Diabologh (un nombre que habrían podido inventar Ronald Firbank o el Barón Corvo). La trama pícara es agitada, pero, más que la peripecia, importan la situaciones de enredo cosmopolita, que transcurren en China, en Japón y en Ceilán, en Egipto, y hasta en Gibraltar, antes de acabar centradas en la Rusia de la Primera Guerra Mundial, con una banda sonora lingüística en la que, entreverado en el inglés del autor, surge a menudo el francés, pero también el ruso o el alemán.

Un ajustado compendio de lo que es el libro y el mundo de sus personajes se da en la página 226, con esta reflexión del narrador: «Qué extraño, pensé: el tío Lucy, que había nacido en Manchester y cuya vida había transcurrido en Krasnoyarsk, hallaba reposo en un camposanto luterano, junto a una concesión del Ferrocarril Oriental Chino en terreno ruso». En una novela de tanta alcurnia familiar, tíos y tías son prominentes, destacando entre ellos el tío Emmanuel, que lleva al narrador, en una de las escenas más brillantes (capítulo 9), a un burdel de Tokio donde Diabologh se siente «como si me hubieran encerrado con llave en el cajón superior de un armario, encerrado y abandonado en una época y un lugar al que no pertenecía. Era inhumanamente extraño». Junto al mujeriego Emmanuel, el ya nombrado tío Lucy, con su final de antihéroe perverso, culminado «en su extraordinario suicidio vestido con la gorra de tocador, la camisola y los calzones de mi tía Teresa. ¿Por qué lo hizo? […] Me he preguntado si fueron las estrecheces económicas o la desilusión de la vida; o si el elemento femenino, “das Ewig-Weibliche”, y más en particular el gusto femenino por el adorno, provocó que se reuniera con su creador con las medias de seda malva de su hermana y la gorra de tocador» (p. 231). Y escribe a continuación el mismo narrador: «Se preguntarán por qué me detengo tanto en esta circunstancia. Pues porque soy novelista; y una novela, como sabrán, no es lo mismo que un cuento». Esta última cita es un buen ejemplo de esa voz privada, cercana al irónico flujo de conciencia, que abunda en la narrativa de Gerhardie; aquí tiene, sin embargo, más significación, pues subraya que el autor es un incontenible y ocurrente divagador, un disoluto de la escritura, no al modo genealógico, tantas veces prolijo, de Anthony Trollope. Sus frecuentes escenas dialogadas recuerdan, por el contrario, a esa sucinta captadora de lenguajes y actitudes soterradas que fue Ivy Compton-Burnett, cuya maravillosa obra novelística arrancó al mismo tiempo que la de Gerhardie. Lo que les aleja es la intensidad de la malicia; los dos han leído bien a Oscar Wilde, pero la que acabó siendo Dama del imperio británico resguarda su mordacidad y es menos juguetona.

Los políglotas cuenta también una historia de amor esquizoide, entrecortado, feliz a la postre y responsable de muchas de las mejores páginas del libro. La joven de la que se enamora muy al principio Hamlet Diabologh no es ninguna frágil y desequilibrada Ophelia; Sylvia, que aparece y desaparece según la tónica predominante en la narración, tiene un carácter franco, audaz, marcada ella también por una autonomía sentimental y un cálculo más propio de los caracteres masculinos. Casada, pese a corresponder al amor de Diabologh, con otro hombre, el insulso y paciente Gustave, la parte del reencuentro de los enamorados, de nuevo con un trasfondo viajero, es memorable.

La refinada escritura de Gerhardie está excelentemente vertida al castellano por Schifino, atento al humor no siempre cristalino del original, pero también a los inesperados brotes meditativos y melancólicos. La calidad del texto resultante se advierte, por ejemplo, en el arranque del capítulo 14, un soliloquio invernal que podríamos tildar, sin querer hacer chistes nominales, de «hamletiano». Nuestro protagonista duda y se escinde, y sus palabras son el antídoto de la picardía: «¿Qué es esa alma tuya? ¿Eres ? Mi yo, me daba cuenta, siempre había estado cambiando, nunca era el mismo, nunca era yo mismo, sino que siempre anhelaba otra cosa. ¿Qué cosa? Quizá cambiamos de alma como, según se dice, las serpientes cambian de piel. Me esperan sentimientos que aún desconozco por completo».

Vicente Molina Foix es escritor, traductor y cineasta. Sus últimos libros son El abrecartas (Barcelona, Anagrama, 2010), El hombre que vendió su propia cama (Barcelona, Anagrama, 2011), La musa furtiva. Poesía, 1967-2012 (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013) y, con Luis Cremades, El invitado amargo (Barcelona, Anagrama, 2014).
 

08/06/2015

 
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