RESEÑAS

Primerizo laberinto

James Joyce
Retrato del artista adolescente
Madrid, La Oficina de Arte y Ediciones, 2017
Trad. de Martín Schifino
232 pp. 24,50 €

El apellido de Stephen Dedalus, protagonista del Retrato del artista adolescente y trasunto no velado del propio Joyce, es para él mismo «un símbolo del artista que forja en su taller, con la materia pesada de la tierra, un nuevo ser alado, impalpable e imperecedero» . «¿No crees ‒escribía en 1904 a su hermano Stanislaus con característica afectación juvenil‒ que hay un cierto parecido entre el misterio de la misa y lo que intento hacer yo? Quiero decir que yo intento [...] dar a la gente una especie de placer intelectual o de gozo espiritual al trocar el pan cotidiano en algo que posee una permanente vida artística en sí mismo [...] para su elevación mental, moral y espiritual». Esa transubstanciación de lo grosero en lo sutil cobra en Joyce un significado nuevo, espontáneo y, por así decirlo, salvaje, que sólo encuentra antecedentes en Flaubert ‒aunque de forma no explícita‒ y en la pequeña parte viva y genuina de ese polvoriento guardamuebles llamado simbolismo.

En 1904, año en que comienza el Retrato, Joyce aún podía escribir versos como estos: «Tus pies han tejido numerosos laberintos / en el ebúrneo suelo de otros tiempos». Es en ese otros tiempos donde detectamos la cualidad taxidérmica del simbolismo genérico. El proceso de individuación de Joyce como artista, que proporciona tema y estructura al Retrato del artista adolescente, consistió en su ruptura con todo aquello que le ataba a lo caduco y lo muerto, como la tradición simbolista a la que pertenecía el gran poeta irlandés de su tiempo, William Butler Yeats. Al final de la novela, Stephen anota en su diario: «Michael Robartes [protagonista de un poema de Yeats] recuerda la belleza olvidada y, cuando sus brazos la envuelven, estrecha el encanto que hace tiempo desapareció del mundo. No me interesa eso. En absoluto. Deseo estrechar en mis brazos el encanto que aún no ha venido al mundo». No se trataba ya de rescatar fragmentos mohosos de una tradición, sino de salvar la belleza fresca y viva y nueva que sale al paso del artista a cada instante. Esa libre espontaneidad del mundo y de la imaginación se manifiestan en lo que Joyce llamaba epifanías. En esos instantes eternos, el artista, en medio de lo cotidiano, ve la realidad con ojos nuevos. El Retrato es, probablemente, una novela escrita al calor del descubrimiento de estas epifanías y se articula en torno a esos momentos de esplendor, de pura realidad («de quidditas escolástica, [de] cosidad misma», en palabras de Stephen), como esa inolvidable escena de la playa a la desembocadura del Liffey, donde una muchacha desconocida, con la que no intercambia palabra, se transforma en la encarnación de lo que Stephen llama «el corazón salvaje de la vida». En lugar de la realidad plana de la tradición, Joyce aspira a una realidad que posea el bulto circulatorio de los vivos.

Claro que, en su proceso de individuación, la literatura de sus mayores no es lo único de lo que tiene que escapar el joven Stephen. «Cuando el alma de un hombre nace en este país ‒dice‒, le tienden redes para que no levante el vuelo. Me hablas de nacionalidad, idioma, religión. Yo intentaré escapar al vuelo de esas redes». Irlanda es para Stephen una madre espectral de la que debe huir si quiere seguir con vida (la imagen aparecerá en el primer capítulo de Ulises). Por una parte, está su familia, al principio próspera y enseguida en decadencia, y la humillante miseria en que tienen que vivir él y sus hermanos por culpa de la irresponsabilidad ‒y el alcoholismo‒ del padre, John Dedalus. Por otro lado, la división política en su propia casa: la nacionalista pero ultracatólica tía Dante aprueba la caída en desgracia de Parnell (líder de la Home Rule League, que abogaba por la devolución de poderes a Irlanda), dictada por la Iglesia tras la revelación de su conducta adúltera, mientras que John Dedalus se opone a la Iglesia irlandesa y apoya la causa de la Irish Republican Brotherhood ‒los famosos fenians‒, sociedad secreta dedicada a la creación de una república democrática independiente. Stephen rechaza la violencia de las discusiones domésticas y, al crecer, unirá a su natural desprecio por los ingleses una indiferencia desdeñosa hacia toda forma de nacionalismo irlandés, como, por ejemplo, el movimiento de recuperación de las tradiciones gaélicas, liderado por Yeats, que le parece algo caduco y falseado. Por último, la religión católica, representada por los resbaladizos y brutales jesuitas que dirigen el colegio de Stephen. Buena parte de la novela es un examen de la horrible represión de la Iglesia católica y de su capacidad para aterrorizar y aplastar las almas de los niños que tienen a su cargo. Stephen, educado en el rigor jesuita, terminará abandonando su religión, pero ciertas ideas de la Compañía, como las técnicas de composición de lugar, le ayudarán a formar su propia idea de la imaginación creadora.

«Mi mente rechaza por completo el orden social actual y la cristiandad: el hogar, las virtudes reconocidas, las clases de vida y las doctrinas religiosas», escribe Joyce a Nora Barnacle al poco de conocerla. Una vez Stephen se rebela contra familia, país y religión (el non serviam satánico es un sutil Leitmotiv y no es casual que el poeta preferido de la infancia de Stephen sea Byron, rebelde satánico por antonomasia), queda por fin libre, al menos en teoría, para crearse un mundo a su medida gracias al arte. Ese es el final de esta novela de aprendizaje (tanto de Stephen como del propio Joyce al escribirla) y el comienzo del artista adulto. Aquel fatídico año en que comienza su libro y conoce a Nora, escapa con ella de la isla y jamás volverá a pisarla, a pesar de que pocos escritores han escrito de forma tan obsesiva sobre su ciudad natal. La progresiva depuración de la poética de Stephen en la novela termina en una impersonalidad flaubertiana: «La personalidad del artista ‒dice Stephen‒ que al principio era un grito o una cadencia o un estado del ánimo y más tarde era una narración fluida y centelleante, se refina hasta que desaparece, se vuelve impersonal, por así decirlo. La imagen estética de la forma dramática es la vida purificada y reproyectada por la imaginación humana. El misterio de la creación estética se completa como el de la creación material. El artista, como Dios en la creación, permanece dentro o detrás o más allá o por encima de su obra, invisible, depurado hasta la inexistencia, indiferente, limándose las uñas». Ahí están las coordenadas de la novela que Joyce soñaba, novela que, desde luego, no fue esta, sino Ulises.

Y es que, a pesar de todo, el Retrato produce un efecto seco o desecado, como falto de vida. Hay capítulos extrañamente vacíos e innecesarios, como la visita a Cork con su padre, que sirven para el plan racional de la obra, pero no funcionan a pie de página. El ejemplo más vistoso es el sermón sobre los tormentos del infierno en el tercer capítulo. La grotesca extensión y el detalle del pasaje tienen como objeto justificar el terror de Stephen ‒trivial onanista y modesto fornicador‒ ante la irrisoria condenación eterna que, según los insensibles y vulgares curas, tiene asegurada alguien como él, pero, por una parte, es difícil para el lector tomarse tan en serio como él los infantiles temores de Stephen y, por otra, su lectura es tediosa. Además, el capítulo desequilibra la novela y, a pesar de abrir esa gran brecha oscura en su parte central, ni siquiera separa dos secciones diferenciadas de forma nítida. El libro, que pretende llevar a la práctica un nuevo sistema para aprehender de forma directa la realidad, está, de forma paradójica, demasiado lastrado por su programa ideológico, de modo que la imaginación —palabra suprema en la poética joyceana— queda demasiado a menudo al servicio de estructuras meramente racionales.

Es en las aisladas y brillantes epifanías, sobre todo cuando se refieren al aprendizaje estético de Stephen desde la infancia, donde el libro se vuelve inolvidable. Por ejemplo, la escena nocturna en el dormitorio de Conglowes, o la mencionada revelación en la playa hacia el final, esa salida al aire libre del mundo tras el largo y lóbrego túnel de la infernal compositio loci, uno de los momentos más memorables de la literatura (al menos para este lector desde que la leyó a los dieciséis años). Pero las transiciones parecen forzadas y, a ratos, escritas con un juvenil amaneramiento y el conjunto, creo, no termina de funcionar como un todo orgánico.

Desde luego, si Joyce sólo hubiera escrito esto, sería recordado como una nota a pie de página en la literatura del siglo XX, a años luz de Proust, Kafka o Nabokov. La transición entre esta novela ‒inmadura y confusa, a pesar de todo lo bueno que contiene y anuncia‒ y lo que vendría después es uno de los saltos más asombrosos de la literatura, el salto desde las tres dimensiones convencionales a los laberintos multidimensionales de Ulises y Finnegans Wake. A pesar de ello, el Retrato está lleno de cosas excelentes. Personalmente, me quedo sobre todo con ese largo capítulo final en cola de ratón, hecho de los vagabundeos de Stephen por Dublín (en una suerte de despedida antes de abandonar Irlanda) y de largas conversaciones, algo excesivas y serpenteantes y pedantes al modo de las personas muy jóvenes, pero que parecen ascender ligeramente, deshacerse poco a poco en el viento que viene del mar, antes de desaparecer en unas pocas anotaciones de diario que son un resumen de las inquietudes de Stephen, las de un adolescente de genio pero, también, las de cualquier adolescente.

La nueva traducción de Martín Schifino es un texto espléndido, fiel y lleno de una exquisita sensibilidad hacia el original. Schifino apuesta siempre que le es posible por la concisión y la condensación, en lugar de la paráfrasis y la explicación, lo cual permite al lector en lengua española apreciar mejor que nunca la modernidad de esta novela, su consciente alejamiento de la prosa tradicional y ese peculiar estilo cristalino y de una maravillosa economía de medios que logra alcanzar en sus mejores momentos.

Ismael Belda es crítico literario y escritor. Es autor de La Universidad Blanca (Madrid, La Palma, 2015).

02/07/2018

 
COMENTARIOS

Alfredo Torres Bouza 02/07/18 12:54
Me parece una revista muy interesante

Luis Fernandez Cifuentes 04/07/18 13:12
Y ¿cómo se compara esta traducción con la primera, la de Dámaso Alonso?

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