Agosto 2018
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RESEÑAS

Poesía desde Auschwitz

Mercedes Monmany
Ya sabes que volveré. Tres grandes escritoras en Auschwitz: Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar y Etty Hillesum
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017
177 pp.

No parece irracional comparar la Shoah con un gigantesco agujero negro, capaz de atrapar y anonadar a millones de inocentes, pero no es un símil convincente. Las leyes de la física no se cumplen en el ámbito del espíritu humano. En mitad de la negrura más terrorífica, casi siempre despunta la vida, exaltando la libertad, la compasión y la alegría. En su Diario de Praga (1941-1942), Petr Ginz escribe: «La simiente de una idea creativa no perece entre el barro y la mugre. Brota incluso allí y florece como una estrella refulgente en medio de la oscuridad». Mercedes Monmany, prestigiosa crítica literaria y notable ensayista, ha intentado explicarnos ese milagro en Ya sabes que volveré, un clarividente ensayo sobre tres extraordinarias escritoras asesinadas en Auschwitz: Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Kolmar. Monmany extrae el título de su obra de un fragmento de la correspondencia de Hélène Berr, una joven judía parisiense que murió en Bergen-Belsen con sólo veinticuatro años: «Volveré, Jean, ¿sabes?, volveré». Monmany no ha añadido dramatismo a unas historias insoportablemente trágicas. Por el contrario, ha destacado el espíritu soñador, limpio y esperanzado de víctimas como Etty Hillesum, que no se dejan vencer por el pesimismo, pese a su amargo e injusto destino: «Ya sé todo. Y, sin embargo, considero que esta vida es bella y está llena de sentido. A cada instante». Anna Frank expresa una visión semejante en su célebre Diario: «Mientras exista el sol y este cielo tan despejado y pueda yo verlo no estaré triste […]. Mientras todo esto exista, y creo que existirá siempre, sé que toda pena tiene un consuelo, en cualquier circunstancia que sea».

Monmany explora ese optimismo existencial, casi metafísico, que no es simple e irreflexiva alegría, sino invencible amor a la vida, incluso cuando aparentemente se han agotado los motivos para conservar una brizna de esperanza. Etty Hillesum, Hélène Berr y Anna Frank nos enseñan que la verdadera esperanza no viene de fuera, sino de una intimidad apasionada por el mundo y la belleza, con la sensibilidad e intuición necesarias para enlazar lo inmediato y finito con un sentido trascendente y quizás inexpresable. «El sentimiento de vida es tan fuerte dentro de mí –escribe Hillesum‒, tan grande, tan sereno y lleno de gratitud, que no intentaré ni por un momento expresarlo con una sola palabra». Monmany nos recuerda su tenacidad, su fuerza interior, su determinación de luchar hasta el final: «Estaban llenas de sueños, de proyectos de futuro, de amores ardientes que empezaban, les gustaba escribir. Nunca, ni en las peores condiciones, dejaron de leer, de estudiar, de practicar sus aficiones, de creer en la amistad, de cuidar de los suyos, de educar su espíritu sin desfallecer un momento».

No hay nada más subversivo que la alegría cuando una ideología perversa intenta sembrar el terror, negando la humanidad de sus adversarios reales o imaginarios. Al igual que otros totalitarismos, el nazismo pretendía crear un hombre nuevo, mitad trabajador, mitad soldado, que identificara la libertad con la obediencia y despreciara los derechos individuales. Su objetivo era liquidar la herencia ilustrada, que había convertido a los antiguos súbditos en ciudadanos libres e iguales. Una meta tan ambiciosa requería una revolución racial, ontológica. Sin embargo, esa distopía estaba condenada a fracasar. En La especie humana (1947), Robert Antelme, superviviente de Buchenwald y Dachau, escribe: «Seguimos siendo hombres, moriremos siendo hombres. […] Porque somos hombres como ellos es por lo que los SS se verán, en definitiva, impotentes frente a nosotros». La escritura luminosa de Etty Hillesum, Anna Frank o Hélène Berr brota de la solidaridad, de la piedad, de la comunión en el sufrimiento, evidenciando que el proceso de deshumanización impulsado por los campos de concentración fracasa en los estratos más profundos de la conciencia humana, un territorio fértil donde la creatividad, el sentido ético y la dignidad trabajan sin descanso. Aunque los ejércitos de Hitler quemen y destruyan ciudades y aldeas, su meta final no está en esas calles y campos devastados, sino en la conciencia, el rasgo distintivo de la especie humana. Los cuerpos desfallecientes de los deportados, casi cadáveres vivientes que se preparan para exhalar su último aliento, representan el triunfo del nazismo, pues el exterminio no es tan importante como la deshominización, la inversión de lo humano, la definitiva abolición de la humanidad de judíos, gitanos, homosexuales, disidentes políticos y otras categorías incompatibles con un Estado-jardín ario y militarizado. La deshominización comporta la destrucción moral del individuo, fomentando el odio y el resentimiento hacia sus verdugos. Es una reacción perfectamente natural y casi inevitable, pero resistir a esa tentación constituye un gesto de dignidad, de humanidad. Etty Hillesum reconoce que el odio es el problema principal de su época. Por eso no está dispuesta a odiar a sus verdugos: «Ese odio vierte un espantoso veneno en nuestros corazones. Es una enfermedad del alma. Pero el odio no está en mi naturaleza. Si (por culpa de esta época) llegara a experimentar un auténtico odio, me sentiría herida en lo más profundo de mi alma e intentaría curarme lo más rápido posible».

El Diario de Etty Hillesum necesitó sortear cuatro décadas para salir a la luz y asombrar al mundo. Etty era una joven judía holandesa desinhibida y apasionada, que no se había dejado influir por los convencionalismos sociales. Su sentido de la libertad fluía paralelamente a una refinada espiritualidad que buscaba la trascendencia y la excelencia moral, sin caer en ninguna forma de dogmatismo. Cuando el nazismo comienza a extenderse por Europa como una incontenible epidemia, su mente busca un desahogo en las páginas de un diario personal que reivindicará la vida como valor supremo y la alegría como filosofía existencial. No niega la existencia del sufrimiento. El dolor puede brotar de muchos costados: la política, la enfermedad, los desastres naturales. Lo esencial no es identificar la causa, sino «la manera de sobrellevar, de soportar, de asumir un sufrimiento consustancial a la vida, salvando intacto un pequeño pedazo de alma, más allá de las pruebas a que somos sometidos». La peripecia personal debe dibujar una trayectoria ascendente: «Cada día nos despoja de algo más de mediocridad». Ese impulso hacia lo óptimo nos muestra claramente que «el alma no tiene patria», que la fraternidad no es una quimera, sino la forma más alta de comprensión. Etty no teme parecer ingenua: «La vida es hermosa. Y creo en Dios». Su valentía recuerda el sacrificio de Edith Stein, discípula de Edmund Husserl, que acepta ser inmolada en Auschwitz por su pueblo y por su fe. Aunque se había convertido en monja carmelita, Edith era judía y no quiso abandonar a las víctimas, aprovechando las oportunidades de huir que le ofrecieron en múltiples ocasiones. Su muerte es un testimonio de amor que ilumina la penumbra de los barracones, manifestando que la luz y la esperanza pueden palidecer, volverse casi invisibles, pero no desaparecer del todo. Las últimas palabras del diario de Etty revelan su estrecho parentesco espiritual con Edith Stein: «Una quisiera ser un bálsamo derramado sobre tantas heridas».

Etty se había acercado al cristianismo mediante su amante Julius Sper, un psicólogo judío. Julius le animó a leer los Evangelios, la Imitatio Christi de Tomás de Kempis, los escritos de San Francisco de Asís y San Agustín. Además, le aconsejó que comenzara un diario para reflejar su itinerario espiritual. Etty se define a sí misma como «una buscadora de Dios». No está dispuesta a renunciar a la alegría por la expectativa de una muerte injusta e indigna. La noche del 2 de octubre de 1942 experimenta una poderosa intuición: «Estoy sola con Dios, nadie más está para ayudarme. […] Y si Dios no sigue ayudándome, entonces tendré yo que ayudar a Dios». Dios quizá no es omnipotente. Dios quizás está en los barracones y en las cámaras de gas. Esta revelación le hace sentir más fuerte, con un corazón rebosante de amor y compasión: «Mi corazón es una esclusa a la que llega, una y otra vez, una nueva riada de sufrimiento». Se considera una privilegiada y agradece estar en esa coyuntura: «Mi vida es en realidad un continuo escucharme a mí misma, un escuchar a los demás y a Dios. […] ¡Qué grande es la necesidad interior de tus criaturas en esta tierra, Dios mío! Te agradezco que me acerques a tanta gente con necesidades interiores». No se hace ilusiones sobre su destino: «Si llegase a sobrevivir a esta etapa, surgiré como un ser más sabio y profundo. Mas si sucumbo, moriré como un ser más sabio y profundo». Etty muere en Auschwitz el 30 de noviembre de 1943. Su Diario no se publicará hasta el 1 de octubre de 1981, convirtiéndose en un inestimable testimonio con la inspiración de los grandes clásicos.

Menos conocida, Gertrud Kolmar, prima hermana de Walter Benjamin, también muere en Auschwitz. Su breve obra literaria incluye poemas, relatos y una novela. Su escritura carece del optimismo de Etty Hillesum, pero no de empuje y afán de superación. Cuando finaliza su último relato, escribe: «Nunca creo nada a partir de un sentimiento de exaltación y de fuerza, sino siempre a partir de un sentimiento de impotencia. Cuando comienzo una nueva obra en un estado de impotencia y desesperación, me parezco a esos que se impulsan desde el fondo de un valle para elevarse hacia la cumbre». Alejada de los círculos berlineses de intelectuales y artistas, que nunca le agradaron, Gertrud escribe a su hermana Hilde en 1939, confesando: «Me refugio cada vez más en lo esencial, en lo que permanece, en lo que tiene algo de “eternidad”». La vida retirada de Gertrud contrasta con la fama de Irène Némirovsky, novelista de éxito que también acabará sus días en Auschwitz. Su magnífica novela inacabada, Suite francesa, permanecerá olvidada en una maleta hasta 2004, pero cuando al fin se publica se convierte en una obra esencial para entender la catástrofe moral acaecida en la Europa devastada por la agresión nazi: «El ser humano es complejo, múltiple, contradictorio. Está lleno de sorpresas. Pero hace falta una época de guerra o de grandes transformaciones para verlo. Es el espectáculo más apasionante y el más terrible del mundo». Se ha acusado a Némirovsky de interiorizar de forma inconsciente los mitos y falacias del antisemitismo. Sus personajes judíos actúan con codicia, arribismo e insolidaridad. No resulta tranquilizador que el periodista y escritor Robert Brasillach, ferviente colaborador de las autoridades nazis en Francia, elogiara su literatura. Sin embargo, hablar de antisemitismo resulta ridículo. La literatura de Némirovsky simplemente elude el partidismo, limitándose a reflejar con crudeza las miserias de su tiempo.

Ya sabes que volveré es un meticuloso y excelente ensayo que explora la tragedia de tres escritoras judías asesinadas en Auschwitz. Ninguna regresó, pero todas siguen vivas. Su escritura perdura como un indestructible canto a la belleza y la esperanza, demostrando que la poesía –el verdadero arte siempre lo es, pues no entiende de géneros‒ no sólo continuó después de Auschwitz, sino que también se escribió desde Auschwitz, la hora más trágica de la historia de Europa. Mercedes Monmany, con su prosa elegante, precisa y erudita, prolonga ese canto, acercándonos a unas vidas que renacen una y otra vez de sus cenizas para arrebatarle a la muerte su obscena pretensión de ser la última palabra.

Rafael Narbona es escritor y crítico literario. Es autor de Miedo de ser dos (Madrid, Minobitia, 2013) y El sueño de Ares (Madrid, Minobitia, 2015).

07/05/2018

 
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