RESEÑAS

Del pasado que ni siquiera es pasado

Pauline Dreyfus
El banquete de las barricadas
Barcelona, Anagrama, 2018
Trad. de Javier Albiñana
200 pp. 18,90 € COMPRAR ESTE LIBRO

Patrick Modiano
Nuestros comienzos en la vida
Barcelona, Anagrama, 2018
Trad. de María Teresa Gallego
112 pp. 14,90 € COMPRAR ESTE LIBRO

París, miércoles 22 de mayo de 1968, espléndido día de primavera: Francia está paralizada. Los trabajadores se han apoderado de las fábricas, los estudiantes han tomado la universidad y las calles. Hasta las bailarinas del Folies Bergère están en huelga. Quieren acabar con el capitalismo, es decir, con el mundo existente. El Gobierno está a punto de caer. En el hotel Meurice, palacio de reyes y millonarios internacionales, debería celebrarse ese día el banquete en que se le entrega el premio Roger-Nimier al novelista ganador, un «tipo raro» ese año, un joven de pocas palabras: tarda diez minutos en armar una frase si consigue terminarla, y presumiblemente sea uno de esos gamberros que campan por el Barrio Latino tirando piedras a la policía. Su novela se llama La Place de l’Étoile (traducida al español como El lugar de la estrella). Patrick Modiano, que entonces andaba por los veinte años, es el personaje en torno al cual se construye El banquete de las barricadas (Le Déjeuner des barricades, 2017), la novela de Pauline Dreyfus, en la que apenas hace un brevísimo papel de estrella invitada.

Revolución de lujo

¿Llegará a celebrarse el rito anual de la entrega del premio? Un banquete es la «quintaesencia del estilo de vida burgués», y el Meurice, histórico hotel de la plutocracia más o menos vigente, ha sido descabezado, ha perdido a su director, ha sido ocupado por el personal reunido en asamblea. Los clientes temen por sus joyas. Aunque la propaganda oficial no lo diga, el Meurice se alza «en el mismo emplazamiento donde, en 1793, el Tribunal revolucionario condenara a muerte a Luis XVI». Pero el personal, desde el delegado sindical al último mozo, tranquiliza a los huéspedes sin dejar de ofrecerles el servicio de siempre, y recibe con paciencia sus quejas: las algaradas impiden que se duerma de noche, la situación impide salir del hotel y de Francia. A veces no se mueve ni el ascensor, «copia exacta de la silla de manos de María Antonieta»: se corta la luz. Electricité de France participa en la huelga general. El hotel, sin embargo, funciona. El banquete no puede anularse en nombre de la revolución. El arte está por encima «de las fútiles convulsiones de la vida política».

Para hacer la revolución, los trabajadores deben demostrar responsabilidad, es decir, repetir los gestos respetables y responsables de la situación contra la que hacen la revolución. Pauline Dreyfus ha imaginado una situación irónica, casi una broma, una carnavalada. El personal de su imaginario hotel Meurice se pone todos los días el uniforme y sigue atendiendo a la clientela con la cortesía, eficacia y rapidez de toda la vida. Siguen limpiándose los zapatos a los huéspedes. Se pasea a sus perros. Si acaso la tropa, «industriosa colmena», se sienta un momento (sólo al cliente le estaba permitido sentarse), habla, fuma. Pide más consideración, pero no se declara en huelga: «El abucheo, el follón y la gresca no son el estilo de la casa. En la hostelería la gente tiene modales». Hay sumisión, pero con alegría, con cierta ironía en los gestos, y, a pesar de que «en nombre de la autogestión, ha dejado de existir distinción entre dirigentes y dirigidos», sigue habiendo dirigentes y dirigidos. Un pinche sigue llevándose un bofetón si no monta las claras de huevo al gusto del pastelero jefe. En el Plaza, otro palacio hotelero tomado por el personal, los trabajadores han puesto un libro de oro para que los clientes apoyen la ocupación con su firma.

Locos y sublimes

Para contar su visión del disparate normalizado por unos días, Pauline Dreyfus no recurre ni a un montaje distorsionador ni a un lenguaje deformador que, como decía Ezio Raimondi, es el arma principal del escritor satírico: la distorsión está en las cosas, en las situaciones, narradas con una naturalidad que refuerza lo grotesco. Dreyfus compara explícitamente la toma del Meurice con la medieval Fiesta de los Locos, cuando el bajo clero se declaraba obispo, papa y emperador en traje de bufón, y el júbilo reemplazaba a las jerarquías: «Al día siguiente ‒añade la voz que cuenta el cuento‒ cada uno vuelve a ocupar su lugar, como liberado de las quimeras por ese paréntesis festivo». La distorsión la origina el desajuste entre los gestos automatizados que los trabajadores del Meurice repiten todos los días y lo que creen que están haciendo.

Hay más actores principales en la farsa: los sublimes y viejos maestros de las Letras, los santones de la literatura francesa, Paul Morand y compañía, la corte de la multimillonaria americana Florence Gould, patrocinadora del premio y del banquete ritual. Y, dado que las molestias de la erupción revolucionaria dificultan ese año la presencia de toda la corte en la ceremonia del premio, el personal del Meurice no sólo atenderá con la buena disposición habitual a los escasos quince comensales que parece que acabarán presentándose, sino que, para conservar el tradicional boato del banquete, se preocupa de reclutar a asistentes no previstos entre los huéspedes del hotel: el millonario Getty, el genio Dalí y la musa Gala, un sensible y moribundo notario de provincias que, sin herederos, ha decidido gastar su fortuna y sus últimos días a la sombra dorada del Meurice. La irrupción de Dalí añade un número de fieras al circo paródico: cuando el ocelote del genio se escape y devore al pequinés favorito de la millonaria Gould, el sindicalista encontrará la metáfora que sintetiza el momento: «La revolución acaba de devorar al gran capital».

Parodias y malentendidos

Las caricaturas de Pauline Dreyfus animan El banquete de las barricadas: quienes agasajan al joven escritor recién aterrizado en el universo literario son supervivientes o fantasmas de otra época, anacronismos a ojos del veinteañero ganador del premio, Patrick Modiano. Cuando el viejo Paul Morand, embajador que fue del régimen de Vichy y amigo de los nazis, hace el elogio de La Place de l’Étoile, el Modiano de Dreyfus teme que se haya producido un malentendido. El protagonista de La Place de l’Étoile es un judío antisemita, un colaboracionista cobarde y bufón, un títere delirante que muere tres veces en la novela, como si Modiano lo hubiera creado estilizando la destemplanza violenta de Céline hasta convertirla en manierismo desquiciado (recuerdo que en La Place de l’Étoile no sólo se cita a Céline en las primeras páginas: el padre del narrador-protagonista lee y canta «con hermosa voz de bajo» pasajes de Bagatelles pour un massacre). Pauline Dreyfus conoce bien a Paul Morand, pues ya le dedicó una novela hace unos años (Inmortel, enfin, 2012), y ahora lo retrata en el momento en que parece celebrar la primera novela de Modiano como un alegre homenaje a los viejos colaboracionistas y antisemitas.

El personaje más lúcido de El banquete de las barricadas se llama Denise Prévost y es la encargada del guardarropa en el Meurice. Sus iniciales, DP, coinciden, invirtiendo el orden, con las de Pauline Dreyfus. La señora Prévost lleva manga larga en cualquier época del año y una cifra tatuada en la muñeca izquierda: ha sobrevivido a «una época nauseabunda». A pesar de su imponente seriedad y de su elocuente laconismo («Ha atravesado abismos de los que no ha hablado nunca»), es «de esas personas que saben atraer las confidencias». Yo diría que encarna esa figura de las comedias de Molière conocida como el «raisonneur». Es la «raisonneuse», la razonadora, la que pone las cosas en duda, la consejera. Desaprueba el desorden general, y no sólo porque su marido trabaje en la policía y un adoquín pueda romperle la cabeza en el momento menos pensado. Tiene una teoría: sin director, el Meurice irá sufriendo mínimas desatenciones e insubordinaciones que, por acumulación, acabarán impidiéndole funcionar.

Pues bien, Denise Prévost ha leído La Place de l’Étoile entre la admiración y la indignación, y la indignación quizá obedezca a que ha sido víctima del mismo malentendido que Paul Morand. En El banquete de las barricadas, Paul Morand cita entusiasmado un párrafo de la novela ganadora del premio, La Place de l’Étoile, con cierto aroma de simpatías antisionistas. No sé si en el banquete real de 1968 –no en el imaginado por Pauline Dreyfus– Morand leyó ese párrafo concreto, o si se trata de una malicia de la novelista Dreyfus, capaz de transformar en parodia una cita literal. Pero, a partir de mediados de los años setenta, el entonces joven Modiano eliminó esas frases en las reediciones de su primera novela. ¿Quería evitar malentendidos?

Pasado y presente

El Modiano que se presenta en El banquete de las barricadas es un muchacho guapo, tímido y altísimo, de veinte o veintidós años (en aquel tiempo se quitaba dos), letrista de canciones pop, que por sus opiniones parece tan sensato como Madame Prévost, la encargada del guardarropa: «Los estudiantes creen estar viviendo una revolución cuando se trata de una simple manifestación festiva de chiquillos [...]. Los períodos realmente interesantes son aquellos en los que uno se juega la vida [...] las barricadas sólo tienen sentido si uno lucha con balas, y no con piedras y con porras», dice el Modiano de ficción a propósito de su presente, aquel mayo de 1968. Pero, con todo su buen sentido, tiene la cabeza en otra parte, en el hotel Meurice de finales de agosto de 1944, en la sede de la Kommandantur: Dietrich von Choltitz, gobernador militar del París nazi, preside el último banquete del alto mando alemán antes de la rendición. «Para mí nunca han existido pasado ni presente. Todo se confunde»: es la primera y una de las pocas frases que Patrick Modiano suelta durante su breve intervención en El banquete de las barricadas.

Entre el mundo que parecía muerto, pasado, y el que anunciaba el porvenir, Pauline Dreyfus ha escrito una comedia estupenda, en la que la caricatura no pierde nunca un aire de cordialidad. Lo épico resulta ser una anécdota trivial, una broma. La sacralidad de los literatos inmortales se ha vuelto bufonería. La revuelta es ya una venerable institución social susceptible de ser caricaturizada. Y Pauline Dreyfus sabe que el pasado es más consistente y, por el momento, dura más que el futuro.

Del pasado que ni siquiera es pasado porque siempre es presente trata Nuestros comienzos en la vida (Nos débouts dans la vie, 2017), obra de teatro de Patrick Modiano. Las acotaciones del autor para la puesta en escena se centran esencialmente en el juego de luces, convertido en juego del tiempo. La manipulación de la luz y las oscuridades iluminadas producen, en la lectura, una impresión de fantasmagoría, el viejo arte de hacer aparecer fantasmas mediante ilusiones ópticas. Aparecen y desaparecen personajes sobre el escenario, saltando períodos de hasta más de cincuenta años. La fecha de partida es 1966, dos años antes de que Modiano recibiera en el hotel Meurice el premio Roger-Nimier.

Compendio Modiano

Los protagonistas forman dos parejas antagónicas: Jean y Dominique tienen exactamente la misma edad que Modiano, veinte años entonces. Caveux y Elvire andan por los cincuenta. Elvire y Dominique son actrices; Elvire, la madre de Jean, siente celos profesionales de la joven y prometedora Dominique. Caveux, poeta en su juventud, periodista, ha encontrado su tema en la exaltación de atletas, toreros y bailarines, y está empeñado en arruinar las ilusiones o proyectos de Jean, quien, en 1966, está escribiendo una novela que guarda en un maletín y se esposa a la muñeca para evitar que el amante de su madre, Caveux, la destruya. ¿Se llamaba la novela La Place de l’Étoile? La madre de Modiano era actriz, como la de Jean.

¿Qué modelo de escritor le propone el cavernoso Caveux a Jean? Su espejo es Henri de Montherlant, autor de La vie en forme de proue. Textes choisis à l’usage de jeunes gens (1942), otro emblema de los años de la ocupación y el colaboracionismo, un hilo que me conduce de vuelta al mundo paródico de El banquete de las barricadas, donde también se planteaba la oposición entre lo viejo (los literatos sacralizados) y lo nuevo (el joven Modiano). La frase de Modiano en la novela de Pauline Dreyfus a propósito de la fusión de pasado y presente encuentra un eco en Jean, que ahora, mucho después de 1966, dice: «No quiero contar los años... Me parece que todo sigue vivo... No pertenece al pasado». Cuando se reencuentra en el futuro con su madre y con Caveux, se asombra, pues los creía muertos: «De noche, a estas horas, siempre se encuentra uno fantasmas por las calles de París... En algunos barrios vuelve uno a encontrarse de repente consigo mismo tal como era».

A pesar de los efectos de luces y tinieblas, propios de una fantasmagoría, no veo Nuestros comienzos en la vida como producción dramática. La introducción del teatro en el teatro, por ejemplo, con la inclusión de diálogos de La gaviota o La desaparecida de Arrás, hoy se perderían al recitar las frases en un escenario. Nuestros comienzos en la vida empieza leyéndose como un divertimento un poco triste y termina como un perfecto compendio teatralizado del mundo de Modiano. «A lo mejor algún día escribo una obra de teatro en la que salgan usted y mi madre como dos fantasmas del pasado», dice en algún momento el protagonista al amante de su madre.

Justo Navarro ha traducido a autores como F. Scott Fitzgerald, Paul Auster, Jorge Luis Borges, T. S. Eliot, Michael Ondatjee, Ben Rice, Virginia Woolf, Pere Gimferrer y Joan Perucho. Sus últimos libros son Finalmusik (Barcelona, Anagrama, 2007), El espía (Barcelona, Anagrama, 2011), El país perdido. La Alpujarra en la guerra morisca (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013), Gran Granada  (Barcelona, Anagrama, 2015), El videojugador. A propósito de la máquina recreativa (Barcelona, Anagrama, 2017) y Petit Paris (Barcelona, Anagrama, 2019).

08/04/2019

 
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