Abril 2019
Revista de Libros
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RESEÑAS

El hispanista exquisito

Patricia Fernández Lorenzo
Archer M. Huntington. El fundador de la Hispanic Society of America en España
Madrid, Marcial Pons /Fundación Alfonso Martín Escudero, 2018
416 pp. 30 € COMPRAR ESTE LIBRO

Trazar la peripecia vital de un personaje relevante o, siendo más concretos, su trayectoria intelectual, es casi siempre un ejercicio menos unilateral de lo que en principio puede parecer. Las posibilidades que se abren ante el biógrafo son múltiples y, dependiendo de las opciones que se adopten en cada caso, resultará un retrato bien diferente de un mismo individuo. A fortiori, los susodichos retratos serán más dispares o incluso irreductibles entre sí en la medida en que el individuo en cuestión presente acusados rasgos polifacéticos, pues a la postre resulta inevitable primar unos sobre otros, en una decisión que siempre tendrá tintes subjetivos. En el caso del millonario, filántropo, mecenas, erudito, poeta e hispanista Archer M. Huntington (por citar casi al desgaire algunas de sus principales facetas), su biógrafa, Patricia Fernández Lorenzo, ha querido acotar su figura según precisa el subtítulo: «El fundador de la Hispanic Society of America en España». Aun así, la cuestión de la perspectiva dista mucho de estar resuelta, según detalla la propia autora en las páginas iniciales: «¿Debía ser un libro sobre Huntington en la vida española o sobre España en la vida de Huntington? ¿Un libro sobre Huntington visto por España o sobre España vista por Huntington?» Algo hay de artificialidad si tomamos esos dilemas al pie de la letra, pues a cualquiera se le alcanza que difícilmente puede elegirse uno de los términos renunciando al otro. Pero es innegable, como apunta Fernández Lorenzo seguidamente, que la historiografía ha tendido «a centrarse en estudiar la mirada de Archer Huntington hacia España» y, en cambio, menos «habitual ha sido cuestionar cómo miraron a Huntington desde España sus contemporáneos». Su libro pretende por ello «desbrozar un camino en dicha dirección, proponiendo un juego de miradas entrecruzadas, híbridas y trasnacionales que permitan observar desde nuevas perspectivas a un personaje atípico y poco convencional» (p. 18).

Para dejar las cosas en su sitio, conviene decir desde el principio que este libro procede de una tesis doctoral, lo cual se nota claramente en los aspectos positivos (está bien estructurado, es sistemático, maneja fuentes de primera mano, es impecable en el apartado bibliográfico) y no en los usualmente negativos, para gozo del lector común o de cualquier interesado, pues es claro, preciso y está bien escrito. Aparte de una nota preliminar y un breve epílogo, la investigación está dividida en cuatro partes claramente diferenciadas, siguiendo un estricto orden cronológico. Al mismo tiempo, esa división pretende ser un acercamiento a cuatro fases distintivas del prócer norteamericano: la primera, «Huntington in-Progress», abarca sus primeros veintiocho años de vida, utilizando la fecha emblemática de 1898 como cierre de etapa; la segunda, «Huntington in-Motion», trata de su época de plenitud profesional, entre los treinta y los sesenta años; la tercera, «Huntington in-Crisis», nos presenta a un hombre maduro, entre 1930 y 1947, que ve su mundo resquebrajarse como resultado de sucesivas convulsiones: la Gran Depresión, nuestra Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial; la cuarta y última, «Huntington in-Memory», dibuja un hombre de avanzada edad y múltiples achaques que se aísla de todo y de todos, precisamente en los momentos en que su país y la España franquista aproximan posiciones e intereses después de múltiples desencuentros. «Cuatro períodos y cuatro rostros de Archer Huntington», condensa la autora, desde «el rostro franco e impetuoso de un joven ambicioso» hasta «el rostro anciano y tranquilo de quien sabe que su tiempo acaba». Para pergeñar esas «cuatro identidades», Fernández Lorenzo rastrea sus cartas y sus escritos en general, sigue la pista de sus iniciativas y fundaciones, pero también atiende a lo que los coetáneos españoles –sus amigos y confidentes–van contándole sobre los avatares del país. El fin último es sumar ópticas distintas y complementarias para «comprender el legado de Archer Huntington a la cultura hispánica».

«Archialto de estatura, acompañado de carnes, de rostro expresivo y muy de su raza, corto el pelo y recortado el bigote a la usanza de allá, y vivos y chispeantes los ojos detrás de los grandes cristales de sus gafas»: así describe Francisco Rodríguez Marín a un Huntington aún joven en la Sevilla del 98. Archer había nacido en Nueva York el 10 de marzo de 1870, hijo natural del empresario Collis P. Huntington. Su madre, Arabella Duval Yarrington, se casaría posteriormente con Collis cuando el vástago –hijo único de la pareja– tenía ya catorce años. En los Huntington, como en otras grandes familias estadounidenses, el éxito en los negocios se prolongaba de una manera natural en actividades de orden filantrópico y en coleccionismo artístico. Archer se forma en ese ambiente en el que «coleccionar obras de arte europeas y trasladarlas a Estados Unidos era un acto de patriotismo». Viajero desde muy temprana edad, un casi adolescente Archer se topa en Gran Bretaña en 1882 con el libro The Zincali, de George Borrow, que será decisivo en su vocación hispanófila. A su vuelta en Nueva York aprende español y se sumerge con fruición en la historia y la cultura ibéricas. La mencionada anécdota, siendo indudablemente significativa, sería ininteligible sin atender al ambiente hispanófilo que habían ido sembrando en los decenios anteriores una serie de estudiosos y eruditos norteamericanos. Los más sobresalientes se citan en estas páginas: Washington Irving, George Ticknor, William H. Prescott y Henry W. Longfellow. Todos ellos dejaron su impronta y contribuyeron a acercar una determinada España a la cultura anglosajona, pero con dos matices que no pueden ser eludidos en modo alguno. En primer lugar, el enfoque de la anomalía o, por decirlo en pocas palabras, el llamado «paradigma Prescott»: España como caso excepcional –para lo bueno y para lo malo– en el concierto occidental; en segundo término, de modo complementario, el halo legendario, oriental y romántico que hallaría en los Cuentos de la Alhambra su expresión más conspicua. Sin ambas tendencias no puede entenderse la vocación hispanófila de Huntington y, sobre todo, su concepción de la historia y la cultura españolas.

En efecto, Huntington era, por encima de todo, hijo o heredero de ese ambiente romántico, despojado en su caso de los matices negativos (Inquisición y Conquista americana, es decir, fanatismo y crueldad) que están presentes en la obra y en la mirada de otros compatriotas suyos. Ahora bien, siendo ello algo que no admite discusión alguna, suele obviarse con cierta frecuencia que la estampa romántica –en especial cuando se trata de un romanticismo culto o elitista, como es el caso– implicaba también una predisposición a valorar aspectos específicos de la historia y la idiosincrasia hispanas en detrimento de otros. Quizás el más importante de todos ellos, al menos en mi opinión, es la estimación de la España medieval –su historia, su literatura, sus gestas, sus héroes, su arte– por encima de cualquier otra España y, por supuesto, cualquier otro período. A ello debe añadirse como elemento coadyuvante el esencialismo característico de la época. Huntington, como la mayoría de sus coetáneos, creía en el ser de España, en el alma española, en el carácter español –siempre, como puede apreciarse, en singular, como algo fijo e inquebrantable– y, como ya habrán barruntado, estaba dispuesto a encontrar la expresión más genuina de ese temperamento en el Medievo, entendido con la laxitud del diletante. Esta es la España mitificada de Huntington, con personajes titánicos –de don Pelayo al Cid y de este a Isabel la Católica–, proezas legendarias, un escenario fabuloso y sus contrapuntos moriscos. Ni que decir tiene que no era sólo cosa de nuestro personaje. La seducción de la España romántica, presente en toda Europa, había atravesado el Atlántico y se dejaba sentir entre los jóvenes artistas norteamericanos. En torno a las décadas centrales del siglo xix, un puñado de pintores estadounidenses (Mary Cassatt, John S. Sargent, Samuel Colman, William M. Chase, Thomas Eakins) «descubrían» el paisaje ibérico y, como no podía ser menos, contribuían a alimentar la estampa romántica. El escenario resultante era un país anclado en el pasado, pero de un irresistible atractivo. Un paisaje exótico de montañas escarpadas, llanuras infinitas, castillos fantasmales, ruinas árabes y vegetación tropical, poblado de individuos excéntricos –gitanos, toreros, curas, mendigos– y mujeres misteriosas de ojos rasgados y labios ardientes.

Si, en el aspecto ideológico, Huntington se nos presenta como un mero continuador de la sensibilidad romántica y el coleccionismo artístico de su entorno familiar, en su resolución vital sí hay una fractura importante: frente a la compatibilidad entre negocios y actividades culturales y filantrópicas, que era el rasgo distintivo de la familia, Archer se decanta bastante pronto –a los veinte años– por estas últimas, renunciando por completo a dirigir y gestionar las empresas paternas. Con las espaldas bien cubiertas por una cuantiosa fortuna familiar, el joven Huntington se puede permitir el lujo de seguir su vocación de estudioso, coleccionista y esteta. En 1892 viaja por vez primera a la península ibérica. En el libro se incluye una fotografía impagable (p. 48): en ella vemos a Huntington impecablemente vestido con traje oscuro y sombrero, gigantesco, voluminoso, al lado de tres naturales del país tan escuchimizados y bajitos que casi parecen pigmeos a su lado. Archer se apoya indolente en una de las grandes ruedas de una vetusta carreta tirada por un animal que no puede distinguirse (asno o mulo) en medio de un camino polvoriento y un paisaje desolado. Es la España despoblada, seca y mísera que tanto atrae al visitante de países ricos y modernos. Al fin y al cabo, ellos pisan esta tierra pensando que apenas ha cambiado nada desde los tiempos en que por aquí mismo cabalgaba el Cid derrotando a los musulmanes. No es casual que durante los siguientes cuatro años Huntington se ponga a prueba a sí mismo –y a sus conocimientos de castellano‒ traduciendo el Cantar de mío Cid. Ya con España en el corazón, que hubiera dicho Neruda, Archer emprende un segundo viaje a España en 1896, después de su boda con la que sería su primera esposa, Helen Gates. Los tiempos no eran especialmente propicios para que un estadounidense se paseara por España –ya se había declarado la insurrección cubana y la silueta del gigante norteamericano despuntaba amenazadora‒, pero, al parecer, Huntington se había granjeado el respeto y la estima de un selecto grupo de españoles, que lo acogieron de forma hospitalaria. Para ser ecuánimes, habría que añadir que la manifiesta generosidad –derroche, según su padre– del amigo americano facilitaba mucho las cosas.

Todavía resultó más delicado el momento de la tercera visita, en pleno 98, pero Huntington estaba más preocupado por las excavaciones arqueológicas en Itálica que por la cuestión cubana. Ese mismo año publicaba su libro de viajes por la península, A note-book in Northern Spain. Como tantos viajeros anteriores y posteriores, Huntington quería leer en las arrugas del paisaje de la piel de toro los rasgos característicos del ser español: «En este lugar la imaginación tiene alas. Pronto está uno respirando lo irreal. El fanatismo es natural, la hidalguía una necesidad» (p. 60). Quien persigue –como él– las esencias, termina viendo todo como manifestaciones diversas de un mismo espíritu: la literatura española, la pintura del Siglo de Oro, los tesoros arqueológicos, la mística o hasta el más humilde de los objetos de la artesanía popular eran valorados como piezas de un inmenso rompecabezas. De ahí que como coleccionista no tuviera reparos en incorporar todo tipo de obras y elementos, desde incunables, manuscritos y primeras ediciones hasta tapices, joyas, reliquias, muebles y tejidos, pasando, naturalmente, por fotografías, pinturas, esculturas y fragmentos arquitectónicos. Lo que distingue a Huntington de otros coleccionistas sin escrúpulos, que esquilmaron el patrimonio artístico español, es su pretendida renuencia a comprar dentro del país. En numerosas ocasiones manifestó su desagrado por las ofertas que recibió de muchos españoles que ejercían de marchantes desaprensivos. Su amor al país –declara con insistencia en sus epistolarios– le impedía sacar de sus fronteras los tesoros artísticos, máxime cuando la oferta en el exterior era más que suficiente, por todo lo que ya había salido como consecuencia de los avatares históricos. ¿Era Huntington sincero en este punto? Su biógrafa deja entrever algunas dudas, sin entrar a fondo en el asunto. En cambio, el sentido último de su impulso coleccionista se manifiesta con meridiana claridad: Huntington quería recrear en su museo neoyorquino una España en trance de desaparición. Quería conservar la España que amaba –para él, la auténtica España–, a su modo y manera, que pasaba por «encerrar entre cuatro paredes el alma de una nación a través de sus manifestaciones artísticas a lo largo de la historia» (p. 69).

Patricia Fernández Lorenzo dedica buena parte del libro a detectar y describir «el mundo social de Huntington en España», una intrincada red de aristócratas, intelectuales y artistas con los que mantuvo una relación cordial pero distante, con algunas excepciones (pocas) de amistades más cercanas. Lo que está claro es que la perspectiva de Huntington era decididamente elitista, como conservadora su visión de España y, en el mejor de los casos, paternalista su concepción del pueblo español. El millonario norteamericano se movió, a tono con su educación y su clase, en un círculo muy selecto. Su mejor interlocutor –probablemente uno de sus pocos amigos auténticos– fue el marqués de la Vega-Inclán, aunque también tuvo una relación muy dilatada –la más duradera de todas– con el duque de Alba y, asimismo, con el conde de Valencia de Don Juan, entre otras ilustres figuras de la nobleza española. En cuanto a sus relaciones con artistas, el primero y principal fue Joaquín Sorolla –sin duda, su pintor favorito–, aunque también tuvo buena sintonía con Ignacio Zuloaga, Mariano Benlliure y con José López Mezquita, que desde mediados de los años veinte llenó el hueco que dejó la muerte de Sorolla. Por lo que respecta al conjunto de los intelectuales, prácticamente ninguno de los grandes de la época dejó de tener relación –directa o indirecta– con el mecenas estadounidense: Gregorio Marañón fue quizás uno de los que más cercanamente lo trató, pero también habría que mencionar a Menéndez Pelayo, Federico de Onís, Josep Pijoan, Unamuno, Menéndez Pidal y Concha Espina, por limitarme a una muestra representativa. A través de esas figuras relevantes de la cultura española, Huntington accedía sin dificultad a las más altas instancias y corporaciones españolas, empezando naturalmente por Palacio –mantuvo una relación bastante fluida con el monarca, Alfonso XIII– y de ahí hasta los ayuntamientos, pasando por todas las instancias intermedias. Como bien puede suponerse, esa tupida red de relaciones personales, sociales e institucionales estaba al servicio de los intereses de Huntington y, en última instancia, se traducía en más objetos de valor para llenar las vitrinas, estanterías y salas de la más preciada joya del mecenas estadounidense, la Hispanic Society of America.

La Hispanic Society se inauguró el 20 de enero de 1908. Fernández Lorenzo destaca que «no fue la única institución cultural que creó en Estados Unidos, sino que formó parte de una constelación de instituciones menores o complementarias»: American Numismatic Society, American Geographical Society, Heye Foundation o National Academy of Arts and Letters. Del mismo modo que existía en el imaginario estadounidense el mito del empresario constructor de trenes y barcos, Huntington ambicionaba presentarse como museum-builder, es decir, creador de nuevas infraestructuras culturales, pues una gran nación, desde su punto de vista, no podía sustentarse sólo en los elementos puramente materiales. La biógrafa resalta en este sentido que el motor de Huntington no era tanto la búsqueda de notoriedad –no puso su nombre a ninguna de las instituciones que creó– cuanto el impulso patriótico, al modo en que era concebido en su época (espiritual, elitista, romántico). De hecho, todas sus iniciativas están transidas por ese mismo espíritu, una mezcla de sentido estético de la existencia, erudición conservadora y didactismo paternalista. Es verdad que ya en los tiempos del Huntington maduro, esto es, desde la década de los años treinta, todo eso –esa sociedad segura de sí misma, ese mundo de certidumbres– se cuartea de modo acelerado con la crisis económica y la crisis de las democracias, lo cual explica en buena medida el retraimiento del mecenas. Aun así, las colecciones que albergaba la Hispanic Society deslumbraban en términos cuantitativos y cualitativos: más de ochocientos cuadros, seis mil aguadas y dibujos, quince mil estampas, mil esculturas, innumerables cerámicas, joyas, muebles y fotografías, así como una biblioteca de más de doscientos cincuenta mil libros, sólo superada por la Biblioteca Nacional de España. En 1926 se abría al público la sala con los paneles de Las regiones de Sorolla, desde entonces una de las señas de identidad de la institución.

Hay algunos datos curiosos que merecen ser resaltados en el contexto antes señalado. El primero es que, de forma casual o de resultas de una gran previsión –en todo caso sorprendente–, el crack del 29 y sus secuelas no afectaron en lo más mínimo al patrimonio de Huntington. Incluso desde el punto de vista estrictamente personal, la fortuna le sonreía al magnate, que a las alturas de 1923, cuando ya contaba cincuenta y tres años, pudo rehacer su vida sentimental contrayendo segundas nupcias con la escultora Anna Hyatt. Precisamente por ello contrasta aún más su voluntad de recogimiento, que aparece así más como una determinación de orden psicológico que dictada por las contingencias personales concretas. Es sintomático, en este sentido, que Archer pise por última vez su querida España en el verano de 1929, el año de la Exposición Ibero-Americana. Aunque no lo confiesa abiertamente, el régimen del 14 de abril no es de su agrado, por expresarlo suavemente. Archer tenía buena sintonía con la Corona, era de esos republicanos que sienten una secreta fascinación por las antiguas monarquías. Su mundo, incluso su pequeño mundo hispano, era el selecto y reducido mundo de los potentados, la aristocracia y los altos dignatarios, es decir, todo lo que se bate en retirada con la fronda republicana. Con todo, Huntington fue, a tono con su personalidad, exquisito en las formas, renunciando a pronunciarse ante los acontecimientos cada vez más inquietantes, e incluso adoptando una postura de neutralidad o «ambigüedad pública» cuando estalla la Guerra Civil. Archer y su esposa optaron por aislarse de forma concluyente, pues hasta dejaron Nueva York y se establecieron en Connecticut. Pero como el mundo, pese a todo, seguía girando, las nuevas circunstancias de la posguerra y la polarización de la Guerra Fría condujeron a una imprevista sintonía entre Estados Unidos y la España franquista. En este nuevo escenario, la figura de Huntington representaba para el denostado régimen de Franco un cabo al que agarrarse para salir del aislamiento dictado por las potencias democráticas. Si Eisenhower y Franco se abrazaban, ¿por qué no prolongar el abrazo en términos culturales? Fue entonces cuando se acordaron de Archer, el viejo amigo americano de España.

El último capítulo del libro se dedica a las gestiones de la diplomacia franquista para rescatar la figura y el legado del hispanista. Por su ideología conservadora, su talante moderado y sus actividades en el estricto ámbito cultural, Archer M. Huntington era un personaje relativamente cómodo para el establishment de la nueva España. Su recuperación, de hecho, podía rentabilizarse en dos sentidos: como vínculo con el pasado y como muestra de una cierta apertura y un talante conciliador. Sin embargo, el pretendido reencuentro no dio mucho de sí, en parte por las propias limitaciones del régimen y, sobre todo, porque el hispanista vivía ya sus últimos momentos con múltiples achaques (falleció en 1955). En un breve epílogo, Fernández Lorenzo hace un balance del personaje disociando su dimensión individual de su obra. Por lo que respecta a su personalidad, la autora reconoce que Huntington fue un tipo escurridizo. Yo me atrevería a decir que difícil para el biógrafo, por su carácter extremadamente reservado en todos los aspectos, tanto en sus opiniones como en su imagen pública. Hay pocas fotos de Huntington, que rehuía también la vida social. No concedía entrevistas. Incluso en sus cartas privadas era muy comedido. Fue un estudioso o un erudito, pero no propiamente un intelectual a la clásica usanza, porque nunca quiso influir en los asuntos públicos.

En contraposición a todo ello, su faceta como mecenas arroja un balance menos problemático. Etiquetarlo como un «coleccionista de arte hispánico» sería impreciso por dos razones: porque no fue sólo un coleccionista y porque no dedicó sus desvelos únicamente a España, por más que esta faceta quede privilegiada en este volumen, según la opción que libremente ha decidido Fernández Lorenzo. Huntington tenía una idea global de lo que debía ser un promotor cultural: puso su patrimonio al servicio de unos objetivos precisos, con una idea muy clara de lo que debía ser cada museo o cada fundación que puso en marcha. Conservador en muchos aspectos, fue también un hombre que supo dirigir y gestionar con flexibilidad y espíritu abierto. Fernández Lorenzo cita, concretamente, las entidades que fundó en los años treinta (Museo Marítimo, Museo del Golf, Brookgreen Gardens) como iniciativas que rompían «de manera radical con el modelo museo-gráfico de institución neoyorquina de estilo neoclásico dedicada al estudio y conservación de una disciplina erudita» (p. 372) Por lo que respecta a la vertiente que en este libro se trata con más profundidad, la Hispanic Society of America constituyó un éxito incuestionable y una labor hercúlea, teniendo en cuenta que fue básicamente el resultado de los esfuerzos de un solo hombre. Como dejó escrito con precisión y contundencia Vicente Blasco Ibáñez, la Hispanic era, nada más y nada menos, que «España en América».

Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Sus últimos libros son Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Madrid, Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Madrid, Marcial Pons, 2014).

01/04/2019

 
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