RESEÑAS

Aires de época

Norman Douglas
Viento del sur
Madrid, Estática, 2018
Trad. de Guadalupe Sexto e Ismael Belda
512 pp. 24,95 € COMPRAR ESTE LIBRO

En el cuarto capítulo de La verdadera vida de Sebastian Knight, entre los libros escogidos del héroe de la novela de Vladimir Nabokov, entre Hamlet, Madame Bovary, El hombre invisible, El tiempo recobrado, Alicia en el país de las maravillas, El rey Lear, un diccionario anglo-persa y una guía para comprar caballos, está Viento del sur (1917), de Norman Douglas. Cuando Virginia Woolf reseñó Viento del sur en The Times Literary Supplement del 14 de junio de 1917, definió al autor (que ya contaba entonces cuarenta y nueve años) como «muy personal, muy suyo y de su momento». En Cien libros claves del movimiento moderno, 1880-1950, Cyril Connolly consideró Siren Land (1911), la primera gran aproximación literaria de Douglas a Capri, «un nuevo capítulo de intimidad en el idilio anglo-italiano y uno de los libros de viajes más felices», pero fue Old Calabria (1915) la obra de Douglas que mereció entrar en los Cien libros claves del movimiento moderno, 1880-1950 como obra maestra, ejemplo de fusión de géneros, «libro de viajes, historia, filosofía y autobiografía».

Virginia Woolf dijo que esperaba con impaciencia nuevas historias de Nepente, la isla donde se sitúa Viento del sur. Nepente es Capri antes de que se convirtiera en demasiado «cosmopolita y artificial», como la juzgaría en 1934 el propio Norman Douglas, que había sido uno de los máximos responsables del éxito internacional de la isla. La había visitado por primera vez en 1888. «La búsqueda de las sirenas conduce a Capri», escribió en Siren Land, fascinado por el Mediterráneo y el mundo grecolatino, y en Capri murió en 1952, reconocido como una institución en la isla. Había nacido en Austria en 1868, de madre austro-escocesa y padre escocés, y siempre se vio como un individuo centrífugo, dispuesto a salir disparado de cualquier sitio. Pasó por la carrera diplomática, con destino en San Petersburgo entre 1894 y 1896, y se embarcó en un matrimonio que también duró poco. Su sexualidad era de las que interesa a la policía y a los amigos del escándalo: huyó de Inglaterra en 1916 para evitar los juzgados por problemas con un chico de dieciséis años. Le gustaba identificarse como «Norman Douglas, de Capri, Nápoles y Florencia», pero de Florencia también tuvo que alejarse en 1937 después de haber intentado acercarse demasiado a una chica.

Viento del sur es una novela en la que el escenario es esencial. Encontramos la isla de Nepente, esa figuración de Capri, a comienzos del verano: «Parecía una nívea ave marina que descansara sobre las olas». A Nepente –«caótica y escarpada [...] decorativa y operística»– llega desde las misiones de África el obispo anglicano Thomas Heard y, conforme va conociendo el lugar, siente que su conciencia se aviva, «como si necesitara unos valores nuevos». Douglas publicaría en 1925 un artículo en el que explicaba los requisitos exigibles a un libro de viajes. A su juicio, debería ofrecer una triple exploración: un viaje exterior, atendiendo a la descripción de paisajes; un viaje interior, a través de la mente del autor, y, por fin, propiciaría el viaje mental del propio lector en diálogo con el libro. Viento del sur es una novela, pero se ajusta a los rasgos que Douglas pedía a su libro de viajes ideal, con un añadido: la mentalidad del autor se ramifica, refleja o refracta en la de sus personajes de ficción.

Alberto Savinio no llegó a publicar en vida su breve Capri, una obra de 1926 que podría complementar la lectura de Viento del sur (Editorial Minúscula publicó Capri en 2008, con traducción de Francesc Miravitlles), en la que dividió la isla en dos partes: la «silenciosa y elemental de los autóctonos o indígenas o aborígenes, como se les quiera llamar, y aquella truculenta, entre frívola y estetizante, de los ulísidas que, atraídos por el nunca apagado canto de las sirenas, convergen aquí desde los puntos más remotos del globo». En la novela de Douglas aparecen pocos autóctonos: un cura mundano, adorado por las mujeres y adorador de las mujeres, «demasiado gordo, sólo podía hablar»; un juez librepensador, ateo y vengativo, falsificador de pruebas además de feo («es un milagro que haya vivido tanto tiempo con esa cara», dice el cura vividor); el párroco, un medieval del siglo xx, «la única persona en Nepente que se habría dejado cortar en pedazos por su Dios», y un conde encantador y contrabandista de antigüedades recién esculpidas, jerarquías, gente bien siempre. Los autóctonos pobres o de medio pelo figuran únicamente como comparsas. Si se trata de una criada, puede cruzar alguna frase con su señora, norteamericana, duquesa por su boda con un difunto marqués ennoblecido por el Papa.

La casa de la duquesa o marquesa papal es un buen marco para la conversación entre los jerarcas locales (con excepción del juez) y los extranjeros selectos. Al margen quedan un británico estropeado, cónsul financiero de Nicaragua en Nepente, y la tropa del club que preside, el Alfa y Omega, antro de borrachos de distintas partes del mundo, coleccionistas de curiosidades, comerciantes, marineros hundidos, misioneros, camorristas, pintores, escritores, chusma vagabunda, y una banda de fanáticos religiosos rusos, los Sagrados Sesenta y Tres, bajo la ley de su mesías, un tal Bazhakuloff, disipado esencialmente por la adoración de sus discípulos. ¿Qué les ha legado el mesías a los suyos? «Lo que toda persona religiosa necesita: algo con lo que atormentarse».

Tampoco las mujeres participan en la gran conversación. Ni siquiera se oye a la reina de la corte internacional (o angloamericana, para ser más precisos), la duquesa de San Martino, «dama bondadosa y solemne», ni a la señora Meadows, prima del obispo, aislada con su hijo en lo alto de un precipicio idóneo para el suicidio o el asesinato, ni a la dipsómana de la corte, la señora Wilberforce, «personificación de la vieja Inglaterra». La única de la que se sabe que habla mucho, aunque no lleguemos a oírla en directo, es la mujer del cónsul de Nicaragua: «Poseía el don más inestimable: se creía sus propias mentiras». Por lo que se nos cuenta, parece que la consulesa consorte mentía con absoluta sinceridad, mirando a los ojos de sus víctimas, especialista en maledicencia: «Cuanto más inofensiva fuera la vida de un hombre, más espantosas eran las leyendas».

Quienes disponen del pleno derecho a la palabra son anglosajones de Gran Bretaña, a los que se añade el venerable millonario estadounidense Van Koppen, rey del preservativo, y un noble italiano, el conde Caloveglia. Se dedican a la sabiduría diletante, entre el amor a la historia y las lenguas clásicas, la mineralogía, los estudios improductivos de todo tipo, la Iglesia y la práctica del sentido común a la manera de la escuela escocesa. Un joven con vocación de poeta aparece entre los viejos, ansioso de «recolectar nuevas ideas y quedar fecundado por la mentalidad de otras personas». El lema de la hermandad podría ser «no analice demasiado, sea lógico y viva de forma apropiada», o «deshágase de las ideas convencionales si es que valora su salud», como aconseja un científico al aspirante a poeta. Mario Praz descubrió en los personajes de Viento del sur una «sociedad de gente excitable, fútil, inquieta, amante de los placeres y de los viajes, desprejuiciada», inmersos en una novel of talk, según la fórmula de la novela-conversación de Thomas Love Peacock, línea que Douglas compartiría con novelas como Crome Yellow (1921, traducida al español por José Farrán y Mayoral como Los escándalos de Crome), de Aldous Huxley. Ya Virginia Woolf había comparado a Douglas con Peacock, «excéntrico y dogmático», y con Oscar Wilde, «persuasivo y lúcido».

Respirada a través de distintos personajes, hay quien ha encontrado en Viento del sur la atmósfera intelectual de una época. Aquí se oye hablar de pedagogía, del dinero que todo lo dulcifica y multiplica las sensaciones, de lo imposible que les resulta a los pobres la honradez intelectual, de la necesaria emancipación de las mujeres, que «acabará con un montón de hipocresía». Se avisa de los peligros del periodismo sensacionalista a la americana, y de la proliferación del exhibicionismo de lo privado a través de diarios y autobiografías. El público, que «reclama personalidades en lugar de información», sería un «público caníbal» en una sociedad en la que se controlan los unos a los otros, «peor que la Inquisición española». Se recomienda evitar la introspección, volcarse al exterior, no profundizar en uno mismo, sino en el mundo viviente, y de vez en cuando se recuerda lo interesante que es escuchar a los demás. Seguimos el despliegue de los pensamientos de los distintos personajes con derecho a la palabra como si se tratara de artículos de opinión insertados en la crónica de una conversación interminable, a la espera de encontrar en el pasado un eco de nuestro presente. Cito una frase lapidaria más de Viento del sur: «La sabiduría es una colección de tópicos».

Pero en la novela de Norman Douglas no sólo se charla en fiestas y encuentros más o menos fortuitos. Aunque transcurre en «la primavera más aburrida que se recordaba», también pasan cosas: roban crucifijos y bomboneras en casa de la duquesa norteamericana (¿la criada Angelina?), la señora Wilberforce se emborracha escandalosamente, el escocés miope y filosófico se cae en un tanque de cal viva, llueve ceniza del volcán, se celebra una procesión para pedir que cese la lluvia de ceniza, la persona maledicente muere después de que le pique un insecto en la boca, hay un homicidio y un juicio en el que tanto el juez como el defensor hacen trampas y en el que todas las pruebas condenan a un inocente. Norman Douglas se permite entonces un chiste sobre su propia vida privada: el falso culpable se salvará porque mató para defenderse de un delito peor que el asesinato: el acoso de un pederasta. Los distintos incidentes o accidentes se juntan por acumulación, no obedecen al diseño de una estructura narrativa.

A pesar de todos estos ingredientes, o por tal abundancia de ingredientes, Viento del sur se me ha hecho en algún momento larga y pesada como ciertas comidas en familia. Lo que más me ha interesado son las historias que mantiene vivas (muy pocas) el licenciado Eames, bibliógrafo de Nepente: las glorias del fantástico Buen Duque Alfredo, taumaturgo y esteta, caballero renacentista, fantasma afable y amante de la risa, padre indulgente y cariñoso más que señor feudal, príncipe seguidor de «las viejas tradiciones, es decir, las torturas y los sacrificios humanos», «déspota ideal, un individuo de amplia cultura y de gustos simples [...] a todo el mundo le gusta un hombre que impone disciplina» (¿profetizaba Douglas en una caricatura el advenimiento de Mussolini?); o los milagros del santo patrón del lugar, san Dodécano, cretense del siglo v después de Cristo y monje salesiano, mártir milagroso, torturado, guisado y comido a los ciento treinta y dos años de edad por los crotalófobos, «caníbales y nigromantes que vivían en una región tan cálida y de luz tan cegadora que los ojos les crecían en las plantas de los pies». La reliquia del santo, un fémur, llegó volando a Nepente desde África. Son historias que me recuerdan al Raymond Roussel de Impresiones de África y Locus Solus, así como a las hagiografías de los santos católicos.

La traducción de Guadalupe Sexto e Ismael Belda es más que buena. Lo que no entiendo es que en algún momento se haya insuflado un poco de aire de ahora mismo a las palabras de Norman Douglas: donde en el original de Viento del sur leemos que hablan del «female sex [...] the sex in general», en la traducción se habla «del género femenino [...] el género en sentido amplio». El soplo renovador alcanza incluso a la cita de Virginia Woolf que aparece en la contraportada. La reseña de Woolf dice que los personajes de Douglas disertan, entre otras cosas, «about [...] the sexes», pero aquí leemos «sobre [...] los géneros»: ya está bien de sexo. Me imagino a un traductor que en los primeros años setenta del pasado siglo hubiera traducido, por ejemplo, la Historia económica y social de la Edad Media de Henri Pirenne y, allí donde pudiera, sustituyera «feudalidad» o «sistema feudal» por «modo de producción feudal», según la tendencia terminológica marxiano-estructuralista entonces vigente.

Justo Navarro ha traducido a autores como F. Scott Fitzgerald, Paul Auster, Jorge Luis Borges, T. S. Eliot, Michael Ondatjee, Ben Rice, Virginia Woolf, Pere Gimferrer y Joan Perucho. Sus últimos libros son Finalmusik (Barcelona, Anagrama, 2007), El espía (Barcelona, Anagrama, 2011), El país perdido. La Alpujarra en la guerra morisca (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013), Gran Granada  (Barcelona, Anagrama, 2015), El videojugador. A propósito de la máquina recreativa (Barcelona, Anagrama, 2017) y Petit Paris  (Barcelona, Anagrama, 2019).

29/07/2019

 
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