RESEÑAS

Explorando la singularidad humana

Judith Rich Harris
No hay dos iguales. Individualidad humana y naturaleza humana
Madrid, Funambulista, 2015
Trad. de Jorge Rus Sánchez y Max Lacruz
488 pp. 24 €

La psicóloga norteamericana Judith Rich Harris trata de examinar en este libro los orígenes de la individualidad humana. La autora es en sí misma un personaje ciertamente singular. Nacida en 1938, Harris se graduó y obtuvo un máster en psicología, pero una enfermedad autoinmune crónica condicionó el desarrollo de su actividad académica, obligándola a permanecer mucho tiempo en casa. Se dedicó entonces a escribir libros de texto de psicología como principal actividad profesional hasta que, a mediados de los años noventa, tuvo una idea que le llevó a postular una hipótesis realmente innovadora sobre el desarrollo de la personalidad infantil. En 1998 publicó su teoría en un ensayo, The Nurture Assumption, traducido al castellano como El mito de la educación, que ocasionó una enorme polémica en el campo de la psicología del desarrollo por sus revolucionarias tesis y convirtió a su –hasta entonces– desconocida autora en un personaje popular.

En dicho libro, Harris propone tres ideas principales. Sugiere, primero, que los padres disponen de muy poco poder, o ninguno, para moldear la personalidad de los hijos. En segundo lugar, propone que los niños son socializados y su personalidad es moldeada principalmente por sus experiencias fuera del hogar, en el ambiente que comparten con sus iguales en el colegio, en el barrio, en su entorno social. Por último, y también esencial, defiende que es sustancialmente falsa la tesis, que goza de amplio consenso en psicología, de que los patrones de conducta y las emociones asociadas a los mismos se transfieren con facilidad de un contexto social –por ejemplo, el familiar– a otro. Según Harris, los individuos desarrollan estrategias diferentes en función del ambiente en que se desenvuelven, lo que produce variaciones sustanciales en el comportamiento y en la personalidad de cada individuo, con el fin de adecuarse y de tener éxito en los distintos ámbitos sociales a que se enfrenta. La personalidad que asumimos en casa solo es exitosa en nuestro entorno familiar, con nuestros padres y hermanos, pero se modifica cuando salimos al exterior. Las innegables semejanzas de cada individuo consigo mismo en los distintos ambientes se deberían a la herencia, ya que los genes nos acompañan allá donde nos encontremos y condicionan las estrategias que seamos capaces de desarrollar. Las similitudes entre padres e hijos se deberían al parecido genético y al hecho de que normalmente se socializan todos en una misma cultura o subcultura antes que a la supuesta capacidad de los padres para moldear la personalidad de los hijos. Las tesis de Harris han sido simplificadas en los medios de comunicación bajo el lema «los padres no importan». Por supuesto que sí importan, dice Harris, pero sólo con respecto a cómo se comporta cada individuo en su entorno familiar. Los padres son un factor más en el desarrollo de la personalidad de los hijos. La excepción, claro, puede surgir en casos severos de abuso o negligencia parental.

Para defenderse de algunas críticas y matizar mejor sus ideas sobre cómo se produce el desarrollo de la personalidad, Harris ha escrito No hay dos iguales, un segundo libro sobre el tema, aparecido en inglés en 2006 y traducido recientemente al castellano. El texto, que obtuvo el premio al mejor libro del año de ciencia y tecnología otorgado por la revista estadounidense Library Journal, constituye una puesta de largo de su teoría, que puede leerse con facilidad aunque no se conozca el primero. La «trama argumental» se construye a partir de una reflexión sobre las diferencias de personalidad y conducta que existen entre gemelos monocigóticos criados juntos, individuos que poseen los mismos genes y que han sido educados en un ambiente familiar muy similar. La autora elabora su explicación al modo de una novela de misterio cuyos primeros capítulos están dedicados a eliminar posibles «sospechosos», esto es, las diferentes explicaciones que se han manejado para dar cuenta del problema y, una vez desechadas, presentarnos al verdadero «culpable»: una teoría modular de la mente en línea con las propuestas de la psicología evolucionista y, en particular, con las tesis de Steven Pinker, a quién está dedicado el trabajo. Harris propone la existencia de tres módulos que se coordinan para moldear la personalidad de los individuos y dar cuenta de su singularidad.

La autora maneja datos en apoyo de sus tesis que provienen de la psicología de la conducta. Esta disciplina trata de analizar la influencia de los genes en el desarrollo del comportamiento y, en particular, de los rasgos que definen la personalidad de los individuos. Los rasgos de personalidad pertenecen al tipo de caracteres observables que en genética se denominan de variación continua. Esta variación se corresponde con rasgos fenotípicos, como la estatura, para los que no es posible establecer de manera clara varias clases, ya que siempre podemos encontrar individuos que difieren levemente unos de otros. Existe, por tanto, una gradación para el carácter, aunque los individuos de los extremos puedan diferir considerablemente entre sí. Esto exige que el análisis de la posible base genética de estos caracteres se realice mediante un modelo de herencia de tipo cuantitativo. En líneas generales, se considera que el valor fenotípico de un individuo puede atribuirse en principio a dos causas: el genotipo, o constitución hereditaria del sujeto en cuestión, y el ambiente, la sucesión de medios en los que ha transcurrido su existencia. Sin embargo, esto no puede hacerse a nivel individual, puesto que carece de sentido discutir si en un individuo el valor de su fenotipo es en tal porcentaje debido a los genes y en tal otro debido al ambiente, dado que ambos –genotipo y ambiente– son imprescindibles para la génesis del fenotipo. Lo que puede llegarse a conocer en la práctica cuando se habla de la base genética de un rasgo cuantitativo es en qué medida las diferencias observables para dicho carácter son debidas a diferencias genéticas entre los individuos de la población sujeta a estudio, o lo son, en cambio, a diferencias motivadas por el ambiente en que se han desarrollado. Se denomina heredabilidad de un carácter en sentido amplio a la proporción de la varianza fenotípica que puede atribuirse a diferencias genotípicas entre los individuos.

La dificultad metodológica que implica cualquier investigación con seres humanos convierte en problemática la interpretación de los resultados obtenidos al analizar la heredabilidad de estos caracteres. La imposibilidad práctica de realizar experimentos bien diseñados, que nos permitan medir de manera apropiada aquello en que estamos interesados, como sí ocurre cuando se estudian caracteres cuantitativos en otras especies, no deja otra opción que utilizar los datos con prudencia, considerando que su mayor virtud es la de ser la mejor información de que disponemos. A Harris, psicóloga de formación, no parecen importarle demasiado estas dificultades. En parte, porque piensa que son fruto de los resquemores surgidos por la utilización inicial de este tipo de estudios, en los años setenta del siglo pasado, para determinar la base genética de la inteligencia, un tema especialmente delicadoVéase, por ejemplo, sobre este asunto el artículo de Laureano Castro y Miguel Ángel Toro «¿Cociente intelectual o emocional? La inteligencia a debate».. En parte, también, porque está interesada en analizar cuál es la causa de que los seres humanos posean personalidades diferentes y le da igual que la heredabilidad de estos caracteres pueda estar un tanto sobrevalorada. Sin embargo, las deficiencias metodológicas están ahí y no debemos desdeñarlas.

A lo largo de los capítulos segundo al cuarto de su obra, Harris pasa revista a los datos aportados por los genéticos de la conducta, en lo que constituye la parte más difícil de asimilar para el lector no especialista, a pesar de lo ameno que resulta el texto. Las estimas de heredabilidad obtenidas para los principales rasgos de personalidad se sitúan en torno al 40-45%. A Harris la precisión del dato no le preocupa; lo importante es que resulta un hecho incuestionable que las diferencias de personalidad y conducta entre los seres humanos se deben tanto a causas genéticas como ambientales. Además, muestra que la casi totalidad de los efectos ambientales sobre las diferencias de personalidad se deben a la influencia del entorno particular de cada individuo, es decir, a los sucesivos ambientes en que se desarrolla, efecto que la autora denomina, con gracia, varianza inexplicable. En otras palabras, el hecho de criarse en la misma familia –el ambiente familiar común– parece tener muy poca influencia a la hora de producir semejanzas entre hermanos. Por ejemplo, los estudios con gemelos monocigóticos muestran diferencias en su personalidad que son similares tanto si se educan juntos como si lo hacen separados. Señala también que las diferencias entre individuos no parientes adoptados por una misma familia no difieren significativamente de las que encontramos entre individuos adoptados en familias distintas. Las investigaciones más recientes, posteriores a la publicación del libro en inglés, continúan avalando la importancia de los efectos ambientales no compartidosSirva, como ejemplo, el artículo de Robert Plomin, uno de los más prestigiosos investigadores en este campo, titulado «Why are children in the same family so different? Non-shared environment three decades later», International Journal of Epidemiology, vol. 40, núm. 3 (2011), pp. 582-592..

La autora descarta también que la interacción genotipo-ambiente pueda desempeñar un papel importante en el desarrollo de la individualidad de los gemelos, ya que éstos poseen el mismo genotipo. Lo mismo sucede con la correlación genotipo-ambiente y con otros factores que pueden introducir variaciones en el entorno familiar, en particular el orden de nacimiento. Resulta emocionante la narración que hace de su enfrentamiento con Frank J. Sulloway, autor del libro Rebeldes de nacimiento, en el que defiende la influencia que el orden en que se nace podría tener en la conformación de la personalidad. El autor sostiene que los hermanos mayores son, en general, más conservadores y se identifican con el poder, mientras que los pequeños son en promedio más rebeldes e innovadores. Harris, además de cuestionar la honestidad y la validez de los datos que supuestamente ha manejado Sulloway, sugiere que, de existir algún efecto de este tipo, afectaría a la personalidad de los hermanos sólo en el ambiente familiar, pero no fuera de él. Las diferentes valoraciones que hacen padres y profesores de la personalidad de los hermanos parecen apoyar sus tesis.

Llegamos así, en el quinto capítulo, a un punto esencial de su propuesta: lo que se aprende en un entorno, habitualmente el familiar, con un compañero social, generalmente la madre, no se transfiere de manera directa a otro, salvo que haya similitudes relevantes entre los mismos que lo hagan posible. Esto le permite descartar de un plumazo las diferentes teorías del desarrollo de la personalidad, tales como las psicoanalíticas o las del apego, que asumen como axiomática la primacía de lo aprendido en el entorno familiar y su transferencia directa a otros ambientes.

La segunda mitad del libro, desde el sexto capítulo hasta el final, la dedica Harris a desarrollar su propia teoría sobre el desarrollo de la personalidad. Su propuesta contempla una estructura modular de la mente con tres sistemas independientes, evolucionados bajo la acción de la selección natural para cumplir distintas funciones. Se trata del “sistema de relaciones”, el “sistema de socialización” y el “sistema de competencia o de estatus”, que en conjunto se coordinan para explicar la hasta ahora varianza debida al ambiente no compartido.

El primero de ellos funciona como un mecanismo que recoge y almacena información sobre las personas concretas con que interaccionamos, bien de manera directa o a través del testimonio de otros. Su ventaja adaptativa es que nos permite establecer y conservar relaciones sociales favorables y, al tiempo, desechar las desfavorables. Su existencia exige la presencia de un módulo cognitivo capaz de reconocimiento facial, de un léxico mental de información sobre personas y de un mecanismo que nos permita leer las intenciones de los demás hacia nosotros.

El «sistema de socialización» permite que los niños se relacionen con otros individuos, ajustando su conducta a los prototipos sociales a que están expuestos y con los que desean identificarse. Harris niega que los niños sean socializados exclusivamente por sus padres. Desde una perspectiva evolucionista, esto no tendría mucho sentido, ya que la mayor parte de sus interacciones sociales van a producirse fuera de casa. Los seres humanos somos organismos sociales dotados de un fuerte instinto grupal. Nuestra mente es capaz de generar categorías buscando los valores promedio de objetos, personas o grupos que poseen similitudes más o menos acusadas o, como mínimo, algún rasgo distintivo que los unifica. Esta capacidad de categorización es responsable de la formación de conceptos como «piedra», «niño» u otros que permiten identificar a algunos individuos como miembros de un grupo cultural determinado. Las personas crean mediante categorización grupos sociales, y tienden a percibirse como parte de alguno de ellos. El rechazo que produce cualquier conducta que no encaje con lo que se espera dentro del entorno de cada cultura o subcultura supone la fuente de motivación principal que lleva a los individuos a adaptar su conducta al grupo o grupos en los que desea integrarse. La socialización constituye un proceso en su mayor parte no consciente, y cuyo resultado arroja un incremento del parecido entre los miembros de cada subcultura. Ahora bien, precisamente por ello no puede ser responsable del misterio de la individualidad: esto lo reserva Harris para el «sistema de estatus».

Así como los dos primeros sistemas recogen información sobre cómo se comportan los demás, el «sistema de competencia o estatus» se ocupa de adquirir información sobre uno mismo en comparación con el resto. El sistema trata de determinar cuál es la mejor estrategia que tiene que adoptar un individuo, en función de sus características y las de sus propios compañeros, para alcanzar relevancia social y tener éxito a fin de establecer relaciones cooperativas o de pareja provechosas. Para ello tiene que escanear la posición de cada uno en relación con los demás, tratando de leer la información que el sistema de relaciones de aquellos con quienes interaccionamos posee sobre nosotros. Harris sostiene que ambos sistemas, el de estatus propio y el de relaciones de los otros, tienen un efecto importante sobre la personalidad a medida que los individuos se desenvuelven en los sucesivos entornos que conforman su infancia y su adolescencia. Son, por tanto, los principales responsables de las diferencias de personalidad en que están implicadas causas no genéticas.

Cabe preguntarse si el efecto de ambos sistemas es suficiente para explicar las diferencias en la personalidad que surgen entre gemelos, a pesar de que están provistos de idéntica dotación genética y de que se crían en entornos sociales similares. Harris no tiene ninguna duda sobre el hecho de que el ruido de desarrollo produce diferencias pequeñas, pero suficientes, para que ambos gemelos reciban una interacción social lo bastante diferencial como para que les empuje a desarrollar personalidades también diferentes. En resumen, la personalidad va configurándose y modificándose a lo largo del desarrollo y la que posee cada individuo fluctúa en función del entorno, y es fruto de la vida singular e irrepetible que ha experimentado cada uno. Algo que, sin duda, considerarán erróneo muchos psicólogos del desarrollo, dispuestos a admitir la importancia de estos efectos sólo al comienzo de la ontogenia en el ámbito familiar, pero que difícilmente puede sorprender a los especialistas en genética cuantitativa, acostumbrados a tales efectos, incluso cuando analizan caracteres de ontogenia en apariencia menos compleja, como la estatura o el peso.

Desde una perspectiva crítica, nos gustaría señalar algunas dificultades presentes en el modelo. La psicología evolucionista ha defendido, de manera convincente, la existencia de una estructura modular que ha evolucionado en el cerebro humano como respuesta adaptativa al modo de vida cazador-recolector de nuestros antepasados para resolver problemas tales como la selección de pareja, la adquisición del lenguaje, las relaciones familiares o la cooperaciónUna reflexión sobre el alcance de esta disciplina puede encontrarse en el artículo de Laureano Castro y Miguel Ángel Toro «Un intento de tomarse a Darwin en serio».. Sin duda, el cerebro humano es capaz de llevar a cabo las tareas que Harris atribuye a los tres sistemas modulares implicados en su teoría, pero la existencia de un potencial cerebral no lleva aparejada necesariamente la presencia de un módulo cognitivo evolucionado mediante algoritmos darwinianos. Se debería ser prudente a la hora de identificar módulos cuya existencia es realmente difícil de poner a prueba y de los que la evidencia es escasa. Por ejemplo, el «sistema de socialización» podría depender de un sistema de categorización más general, como el que permite a los primates no humanos generar protoconceptos y categorías no verbales.

En realidad, los tres sistemas de que habla Harris parecen depender de la capacidad de categorizar la conducta ajena, incluso cuando no nos afecta directamente, en términos de adecuada o inadecuada, y de expresar señales de aprobación o rechazo acerca de la misma. Esta capacidad de emitir juicios valorativos, sean verbales o no, ha sido, a nuestro juicio, un factor clave en el proceso de evolución humana, ya que ha facilitado la transmisión cultural de información más allá de nuestras innegables capacidades imitativas y la coordinación de conductas que, junto con el castigo de los comportamientos egoístas, favorecen una cooperación eficazEl lector puede encontrar un análisis extenso sobre el significado de la aprobación y la reprobación en nuestra especie en el libro de los hermanos Castro Nogueira, ¿Quién teme a la naturaleza humana?, Madrid, Tecnos, 2008, y en los artículos de Laureano Castro y colaboradores, «The evolution of culture: From primate social learning to human culture» y «Cultural transmission and social control of human behavior».. La dependencia para sobrevivir que tenemos de los padres, primero, y del grupo, después, ha hecho de nosotros organismos anhelantes de una integración social exitosa. Desde esta perspectiva, el proceso de socialización de Harris puede ser contemplado como un intento de evitar la reprobación, el rechazo, de aquellos con quienes interaccionamos, utilizando para ello estrategias de conformidad con el grupo; mientras que, por su parte, la competencia por el estatus surge del intento de lograr la aprobación de los más próximos, de aquellos que configuran en cada momento nuestro grupo social de referencia, haciendo para ello lo que mejor dominamos o, simplemente, aquello que puede gustarles más.

Por otra parte, cabe también señalar que una cosa es aceptar, con la evidencia disponible, que el parecido entre hermanos se debe a causas genéticas en mucho mayor grado que al ambiente familiar común que comparten, y otra muy distinta menospreciar la importancia del ambiente familiar en la génesis de la personalidad. El ambiente familiar forma parte del ambiente singular en que se educa cada individuo. Por ejemplo, los padres no tratan de la misma manera a todos sus hijos, ya que nos encontramos ante interacciones de acción y reacción; el comportamiento parental puede variar con el tiempo; y lo mismo sucede con el ambiente prenatal que experimentan los hijos. Además, cada hermano forma parte del entorno de sus otros hermanos, pero no del propio, lo que contribuye a hacerlos diferentes. En definitiva, el ambiente familiar es el primero al que se enfrenta un individuo y contribuye sin duda a la génesis de su personalidad, aunque no la predetermine y la configure para siempre. En este sentido, resultan prometedoras las investigaciones más recientes basadas en el intento de identificar marcadores moleculares asociados a diferencias entre gemelos monocigóticos. La variabilidad epigenética entre gemelos, por ejemplo, la metilación diferencial de su ADN, es consecuencia de factores ambientales no compartidos y, al tiempo, influye en la expresión de los genes, lo que podría ocasionar diferencias en su comportamiento.

Por último, y aceptando como razonable que la educación en el entorno familiar es sólo un eslabón más en la forja de la personalidad individual, pensamos que es interesante destacar una diferencia importante entre el ambiente dentro y fuera del hogar: los amigos y las parejas se escogen dentro del ámbito social en que nos movemos, mientras que la familia viene dada. No resulta extraño por ello que muchas personas puedan tener dificultades para lograr un reconocimiento en el entorno familiar que, sin embargo, sí pueden conseguir fuera. La dificultad de revertir esta situación cuando se produce, la sensación de que perdura en el tiempo sin que se pueda remediar y olvidar, es probablemente el motivo clave de que se le atribuya el origen de tantos problemas emocionales que sufren las personas.

Miguel Ángel Castro Nogueira, filósofo y doctor en Antropología, es coautor, en colaboración con Luis Castro y Julián Morales, de los libros Metodología de las ciencias sociales (Madrid, Tecnos, 2005) y Ciencias sociales y naturaleza humana (Madrid, Tecnos, 2013).

31/08/2015

 

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