RESEÑAS

Marsé cuenta un cuento

Juan Marsé
Noticias felices en aviones de papel
Barcelona, Lumen, 2014
96 pp. 22,90 €

Hay escritores a los que vuelves esperando el placer de la repetición, el regreso a un mundo reconocible. Juan Marsé (Barcelona, 1933) pertenece a esa categoría: la de los autores que parecen mejores cuanto más se parecen a sí mismos. Muchos elementos de Noticias felices con aviones de papel tienen ese aire familiar, al que se incorporan componentes de humor y fantasía. «Quizá hemos acabado con el pasado, pero el pasado no ha acabado con nosotros», dice el epígrafe de esta novela breve, un género que Marsé practicó con más destreza en obras como Ronda del Guinardó o El fantasma del cine Roxy.

El protagonista de Noticias felices con aviones de papel es Bruno, un chico de quince años que vive con su madre. «Adolescente silencioso y esquivo, agazapado detrás de una timidez estratégica elaborada precozmente», no se entiende con su padre, un hippy que toca el clarinete y fue «experto en liturgias pacifistas y mermeladas caseras». Era «el colega que cae bien a casi todo el mundo antes de hacer involuntariamente desgraciado a casi todo el mundo»; su hijo espera no volver a ver a ese padre ausente. Bruno tiene una vecina, la señora Pauli, que vive sola y acostumbra a arrojar cosas por la ventana: normalmente aviones, pero también galletas. En realidad, la vecina es Hanna Pawlikowska, una polaca que huyó de su país cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y perdió a la mayor parte de su familia en los campos de exterminio. También falleció allí «un novio que tuvo, alto, rubio y muy deportivo, del que no supo de cierto si murió en las vías de la estación Gdánsk [sic] o si también fue deportado a Treblinka». Durante años la señora Pauli trabajó como bailarina en las revistas musicales del Paralelo. Ahora vive sola, con un loro azul llamado Jacinto. Una sobrina que la visita dos o tres veces al mes es el único familiar que le queda. Bruno va a ver la señora Pauli de vez en cuando, por encargo de su madre, y un día la anciana le pide que recupere los aviones que arroja y que le proporcione periódicos con noticias alegres para construir más. En esas misiones conoce a unos extraños mendigos, los hermanos Rabinad.

Al comienzo, el tono es ligero y humorístico, como de un costumbrismo levemente descentrado y casi onírico, con detalles incongruentes –Bruno recibe «céntimos» en un relato ambientado «a finales de los años ochenta»– y un espíritu de cuento infantil. Permite que Marsé se divierta con cierta comicidad de cascarrabias. Así, Bruno «nació en un lecho de flores donde se mezclaban y confundían las rosas de verdad y las rosas de mentira, mecido por canciones de Pink Floyd, ritos contraculturales y aromas de marihuana y membrillo artesanal». Posibilita la entrada de cierta crítica social: «este país al que tanto quiero y en el que tanto he bailado y me he divertido, lo reconozco, es un país gritón y malhablado, y lo es no sólo en la calle, también en los periódicos, que no suelen traer noticias felices para los niños. Así que necesito otra lengua, otras palabras, otra gramática», dice la señora Pauli, y resulta tentador interpretar en clave confesional la fatiga lingüística y periodística de la anciana. Pero en el relato va colándose, discretamente, una historia más amplia y más terrible que la trama principal: el peso del pasado, las tragedias del siglo XX y su persistencia en los supervivientes. No es la primera vez que Marsé emplea ese tipo de contraposición, de viaje a otros mundos. La idea está, de un modo u otro, en muchas de sus obras. En El embrujo de Shanghái, los protagonistas se evadían de una realidad deprimente por medio de la trama de un thriller exótico; en Noticias felices en aviones de papel –un libro ilustrado por María Helguera–, una experiencia trágica se concreta a través de otro medio artístico: la fotografía.

Los diálogos son a menudo explicativos y algo desconcertantes. Así, la sobrina de la señora Pauli dice:

– De todos modos –dijo Érika–, si vuelve a hacer algo así, le ruego que me lo haga saber. Me tiene preocupada. Sé que mi tía vivió de joven una experiencia muy jodida, me lo contó mi madre hace muchos años, y me temo que últimamente le está dando vueltas a aquello. Su cabeza no rige bien, tiene ya muchos tacos, y pronto va a necesitar asistencia a tiempo completo. Un día u otro tendré que decidirme a llevármela a casa, aunque ella no quiera.

Hay construcciones formales («de todos modos», «le ruego que me lo haga saber», «asistencia a tiempo completo») y otras supuestamente coloquiales y juveniles («mi tía vivió de joven una experiencia muy jodida» –la Segunda Guerra Mundial, que impresiona–; «tiene ya muchos tacos»). Dos líneas más abajo, la sobrina emplea una expresión popular, pero anticuada: «Y si hace alguna barrabasada, avíseme, por favor». Podría suponerse que, en vez de descuido o tosquedad, estamos ante una deliberada indiferencia ante la verosimilitud, que anuncia el elemento fantástico de la nouvelle, pero quizás esa interpretación sea más caritativa que precisa.

Como en otras ocasiones, Marsé trabaja con tópicos: los del cine y de la literatura, y también los de su propia narrativa. A veces, estos clichés se invierten: «no quería establecer ningún vínculo con el mundo fantasioso de los adultos, no quería escuchar más rollos sobre lo bueno que pudo haber sido y no fue, ni más lamentos que pudieran recordarle el estilo trapacero del señor Raciocinio». Pero por lo general, y de forma muy central en esta novela breve, se emplean con una obviedad casi mecánica.

Deslavazada y atrabiliaria, Noticias felices en aviones de papel transmite una sensación de gratuidad: la tensión que genera en el lector no deriva de los acontecimientos o de la intensidad poética, sino de esperar los resquicios que permiten recordar al creador de historias y personajes memorables.

Daniel Gascón, editor de la revista Letras Libres en España, es autor de Entresuelo (Barcelona, Literatura Random House, 2013).

19/01/2015

 
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