RESEÑAS

El libro como negocio: ¿una invención veneciana?

Alessandro Marzo Magno
Los primeros editores
Barcelona, Malpaso, 2017
Trad. de Marilena de Chiara
253 pp. 20 €

Entre 1617 y 1619, García de Silva y Figueroa recorrió Persia como legado extraordinario de Felipe III ante Abbás el Grande con la intención de que el sah atenazase desde la retaguardia a un enemigo común: el imperio otomano. Para dejar constancia de cuanto sucedía durante su embajada, D. García escribió unos excepcionales Comentarios, cuyos manuscritos se conservan hoy en la Biblioteca Nacional de España. Obra maestra de la literatura diplomática moderna, comienzan describiendo su partida desde el río de Lisboa hacia Goa en 1614 embarcado en una armada portuguesa, no en vano era el tiempo de la Unión luso-española de Coronas (1580-1640).

La vida a bordo de los navíos de la carreira da Índia es presentada con todo detalle, habiendo lugar incluso para los roedores que provocaban continuas molestias a los navegantes. Un día, se encontraron «dos nidos junto a la cama en que el Enbaxador dormía» y que estaban plagados de «ratoncillos». Había allí, además, una media, lienzos de narices, escarpines y «gran cantidad de papeles en que auía hojas enteras de roteros, de libros de deuoción en latín y romançe, y de otros libros profanos», sin olvidar que los ratones marineros parecían sentir especial atracción por llevar a sus nidos «plumas de escreuir»Cito los Comentarios por la edición de Manuel Serrano y Sanz, Madrid, 1903-1905, I, p. 104..

Iniciado el siglo XVII, no sólo las calles y plazas de las ciudades estaban llenas de papeles rotos o de letreros, como el Toledo de Don Quijote (I, 9) o la Salamanca de Fuente Ovejuna (II, 2), sino que incluso las rutas oceánicas parecen rebosar de hojas de papel y de útiles de escritura. En buena medida, una parte de esa abundancia escrita era debida a los efectos multiplicadores de la tipografía manual que, aparecida en Europa a mediados del siglo XV, había hecho que los libros fuesen más, se produjesen en menos tiempo, con copias de mayor semejanza textual y, además, a precios comparativamente inferiores a los que habían tenido que pagarse con anterioridad.

En Los primeros editores, las imprentas venecianas son presentadas como un escenario privilegiado para el desarrollo de este proceso, habida cuenta que ayudaron a que se produjesen importantes innovaciones en la actividad editorial, en especial a finales del siglo XV y en la primera mitad de la centuria siguiente. La elección no puede ser más acertada, pues, sin duda, Venecia y sus tipógrafos llegaron a ser una referencia inexcusable en el mundo culto de la Alta Edad Moderna, como también atestigua un pasaje de la navegación de Silva y Figueroa.

Concluida la misión diplomática, la relación manuscrita de sus andanzas ante el Sofí fue enviada a los Países Bajos meridionales, siendo impresa en Amberes en 1620 como De rebus persarum epistolaLa Epistola sirvió para difundir entre eruditos y anticuarios la localización de las ruinas de Persépolis, que había identificado en un lugar llamado Chehel Menar, o Chilminara, las «quarenta columnas», como se traduce el topónimo en el impreso de 1620. Hasta entonces, en Europa sólo se sabía de la existencia de la antigua capital de los persas porque diversos autores clásicos habían escrito sobre ella.. El embajador, por su parte, regresó a Goa con la intención de poner rumbo a Europa, aunque sin éxito, porque calmas y bajíos hicieron que tuviera que volver a la ciudad capital del Estado da Índia, donde, por cierto, la imprenta funcionaba desde 1556.

El relato de esta fracasada navegación por el Índico de 1620-1621 constituye la materia particular de uno de los libros de los citados Comentarios, donde encontramos que, estando el embajador «en la varanda del nauio» a la altura de las Islas Quirimbas en la costa mozambiqueña, avistó un «çete», es decir, un cetáceo, de un tipo que nunca antes había sido visto. El animal «no descubria toda la boca, sino el hoçico o labrio superior, pareciéndose en él y en la forma de la cabeça propiamente como se veen pintados los delphines en la inpresión de algunos libros, mayormente en los de Aldo Manuçio en Veneçia»Comentarios, op. cit., II, p. 509.. Con esa precisa indicación bastaba: no se necesitaba nada más. Todos los lectores cultos de la época reconocerían la marca tipográfica del gran Aldo, a la que, podría decirse, parecía que incluso imitaba la mismísima realidad natural.

Aldo Manuzio (1449-1515), evocado en la distancia de los bajíos índicos, es uno de los personajes principales de Los primeros editores, el libro que Alessandro Marzo Magno ha dedicado a los tipógrafos y editores de la ciudad de la Laguna «quando Venezia ha fatto leggere il mondo». Éste era el subtítulo de la obra en su original, perdido por desgracia en la española, pues lograba trasladar muy bien el encendido homenaje de admiración que el autor rinde a su lugar de nacimiento, cuando Venecia puso a leer al mundo.

En la ciudad de la Serenísima pudieron reunirse capitales mercantiles con buenas dosis de ingenio y erudición humanistas, haciendo surgir empresas editoriales dominadas al mismo tiempo por el interés comercial y la pulcritud textual de una cultura defensora de lo clásico. Como cruce de rutas entre Norte y Sur, pero también entre Oriente y Occidente, la ciudad reunía condiciones excelentes para que la dúctil mecánica de la imprenta manual se pusiera al servicio de las distintas lenguas y los diversos credos que hablaban o profesaban individuos y comunidades presentes en la metrópoli, en los territorios bajo dominio véneto en los Balcanes y los archipiélagos helénicos o, más allá, en el mismo Imperio Otomano.

La profusión de moldes de imprenta en los más variopintos alfabetos ‒del griego al hebreo, del árabe al armenio y a las distintas letrerías eslavas‒ con los que se compusieron libros en sus tipografías es un buen ejemplo del carácter cosmopolita que tenía Venecia. A sus impresores se les debe la generalización de formatos, como el octavo para los clásicos, las series editoriales o la normalización de signos de puntuación porque, precisamente, se empleaban en sus oficinas.

Los editores, impresores y libreros activos en Venecia parecen haber sabido muy bien que la imprenta era un negocio en el que cabía invertir para lucrarse –también para arruinarse‒ en el que ya cabe hablar de mercado, de público y de autores modernos. La especialización en determinados géneros de gran demanda, como el de las letras clásicas, el musical, el médico, el cortesano o el licencioso, así como la conversión de autores de éxito, a la manera de Pietro Aretino, en auténticas celebridades en vida también parecen haber estado dominados por esa voluntad de enriquecerse a través de un capitalismo editorial.

La atracción ejercida por Venecia recorre, sin duda, las páginas del libro. Lo hace para deleite de sus lectores, a quienes el autor ofrece indicaciones topográficas precisas con las que ubicar imprentas y tiendas en los lugares de su propia –y compartida‒ memoria de la ciudad. Pero quizá la nostalgia de las pasados glorias venecianas fuerza en exceso la pluma de Marzo Magno. En ocasiones, quien lee siente algún sonrojo al esforzarse el autor en vincular con Venecia de una u otra manera diríase que todo, o casi absolutamente todo, lo importante que sucedió en Europa en aquella época de su esplendor. Por otra parte, afirmaciones del tipo de que los venecianos eran los estadounidenses de la época, porque «iban regularmente armados, mucho más que sus contemporáneos» (p. 139) también indican algún error de perspectiva, similar al que hacía que, según Plutarco, los atenienses jurasen que su luna brillaba más que la de Corinto.

Como ya se ha dicho, el peso del mito de Venecia crea una fascinación indudable y eficaz que sirve para atraer a los lectores, pero es posible que también contribuya a desenfocar el contenido del volumen desde el punto de vista crítico. La reivindicación de un pasado dinámico e innovador para la ciudad de la Serenísima ‒como que Venecia fue hacedora de la modernidad al unir sus destinos a la rompedora tipografía‒ puede haber conducido a una simplificación del fenómeno de la imprenta como elemento de carácter históricamente revolucionario. Pero, ¿hasta qué punto fue revolucionaria la tipografía de la primera modernidad?

La difusión impresa no sirvió, ni siquiera la veneciana, para la alfabetización masiva, que tardaría siglos en alcanzarse, ni tampoco provocó por sí misma la renovación del conocimiento asentado de raigambre más tradicional. Precisamente porque querían hacer un pingüe negocio, los primeros editores ayudaron a la difusión de lo que ya se demandaba, es decir, autoridades clásicas y saberes, como el galenismo médico, firmemente establecidos. Es posible que sus técnicas de reproducción y mercantilización fuesen innovadoras, pero el contenido que contribuían a difundir no lo resultaba tanto. Del mismo modo, la tipografía prestó impagables servicios a la propaganda de poderes y credos en esta primera modernidad, sin que todavía lleguen a avistarse los efectos de la imprenta en la creación de una verdadera opinión pública que pudiera ayudar a contrarrestar los efectos de unos y otros.

Mejores resultados obtuvo la imprenta en la difusión de nuevas observaciones naturales del mundo ampliado gracias a los descubrimientos geográficos y que, ellas sí, ayudaron a poner en entredicho la verdad asentada de la reverenciada Antigüedad. En este sentido, la publicación en Goa, en 1563, de los Colóquios dos simples de García de Orta posiblemente tuviera a la larga un efecto de mayor calado que las obras de Pietro Andrea Mattioli, porque el médico portugués hablaba de nuevos remedios y nuevas enfermedades, como el cólera (morbo asiático), que ni Galeno ni Dioscórides habían podido conocer.

No obstante, la mayor aportación de la imprenta a la transformación cultural y política de la Edad Moderna parece haber venido de mano de los lectores, quienes, por otra parte, se encuentran bastante ausentes en la obra que nos ocupa. Y, en ese sentido, la aportación de los impresores venecianos a la traducción de los clásicos grecolatinos a las lenguas vulgares –entre ellas, el castellano‒ puede considerarse tan importante, o más, que la difusión masiva de autoridades clásicas.

Gracias a la imprenta, los letrados pudieron leer de molde las «obrecillas», como las llamaba Hernando Colón, de la gente común y, al mismo tiempo, los iletrados pudieron conocer, oyendo leer, a los clásicos en romance, lo que tanto molestaba, entre otros, a Quevedo. Esa mezcolanza de contenidos y audiencias está en la base de la creación de públicos masivos e indiscriminados en cuanto a edad, sexo, condición social o lugar, que facilitó la imprenta y que permitiría hablar de una transformación profunda que, además, se encontraría en la base del surgimiento de autores convertidos aceleradamente en celebridades en propia vida. El capitalismo editorial de los venecianos ayudó, sin duda, a convertir a esos públicos en hipotéticos mercados, cuyos desconocidos componentes consumían sus producciones dentro y fuera de la ciudad y de sus dominios.

En suma, Los primeros editores destaca por su sugerente evocación veneciana y la descripción de su negocio del libro. Con mano experta de divulgador, Marzo Magno sintetiza una bibliografía venecianista amplia, de la que ha entresacado lo que considera preciso. Sin duda, parece haber decidido ignorar la historia de otras posibles latitudes, la cual, si se me permite, haría brillar otras lunas. Éstas serían flamencas, alemanas o francesas, pero también portuguesas o españolas, donde, por ejemplo, podría evocarse la importancia de la imprenta hebraica incunable de Híjar o de, obviamente, la empresa de la Biblia Políglota cisneriana.

Cuestión no menor en este libro es su voluntad de escribir para la divulgación histórica entre un público interesado que no es de especialistas. Por cierto, el autor goza de larga experiencia en tales lides, pues no sólo se ha ocupado de los libros «quando Venezia ha fatto leggere il mondo», sino que también ha escrito sobre la comida, la indumentaria o el dinero. Siempre, eso sí, haciendo gala de la gestualidad reivindicativa que revelan títulos como L´invenzione dei soldi. Quando la finanza parlava italiano (2013), Il genio del gosto. Come il mangiare italiano ha conquistato il mondo (2015) o Con stile. Come l´Italia ha vestito (e svestito) il mondo (2016).

Desde la admiración que siento por el «pulso» de algunos colegas anglosajones, siempre he defendido que hay que tomarse muy en serio la escritura de síntesis históricas destinadas a la divulgación. En esta ocasión, sin embargo, el intento me parece deslucido por los efectos combinados de un excesivo chauvinismo, erroresValga como ejemplo la consideración de Trafalgar como batalla mediterránea (pp. 98-99)., erratasTommaso Garzoni (1549-1589) no pudo publicar, en Venecia, su Piazza universale en 1535 (p. 176); Alcide De Gasperi (1881-1954) no pudo ocupar la presidencia del Consejo italiano en 1845 (p. 209). y, lo que es especialmente importante, demasiados pasajes discutibles en la traducción al españolLlamamos la atención sobre la decisión de decantarse, entre otros casos posibles, por «grabaciones xilográficas» (p. 12) [xilografías]; «san Benedicto» (p. 26) [san Benito]; «piratas bereberes» [piratas berberiscos] (p. 100); «el sagrado Imperio romano» (p. 104) [Sacro Imperio Romano Germánico]; «la hablada croata» (p. 117) [el ¿habla? croata]; «alcalde del fuerte» (p. 134) [alcaide de la fortaleza]; «remadores de galeras» (p. 143) [galeotes]; «formatos en cuartos y en octavos» (p. 157) [en cuarto y en octavo]; o «edición correcta» (p. 170) [edición corregida]..

Fernando Bouza es catedrático de Historia Moderna en la Universidad Complutense. Sus últimos libros son Felipe II y el Portugal “dos povos”. Imágenes de esperanza y revuelta (Valladolid, Universidad de Valladolid, 2010) y Dásele licencia y privilegio. Don Quijote y la aprobación de libros en el Siglo de Oro (Madrid, Akal, 2012).

01/01/2018

 
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