RESEÑAS

Revisionismo amable

José María Zavala
Las últimas horas de José Antonio
Barcelona, Espasa, 2015
464 pp. 19,90 €

Pocas figuras de la reciente Historia de España han suscitado tantas pasiones y tal controversia como José Antonio Primo de Rivera. Sobre su persona se han escrito docenas de biografías y centenares de exégesis de su pensamiento y de su carisma personal y político. Y ello no deja de sorprender en una persona que murió muy joven y que sólo tuvo tres años de conducción política y dos de actividad parlamentaria. Y cuya producción doctrinal se limitó a breves aportaciones durante ese trienio en forma de artículos de periódico y de discursos que conforman un abundante corpus teórico, pero sin la sistematización que luego procurarían infundirle una pléyade de intérpretes de su pensamiento.

Una de las claves de la potente mística joseantoniana reside, quizás, en lo temprano de su muerte y en las dramáticas circunstancias en que se desenvolvió su proceso judicial y su fusilamiento en noviembre de 1936. A partir de la larga ocultación de la ejecución por un poder político-militar receloso de la influencia del fundador de la Falange y dispuesto a instrumentalizar el mito de «El Ausente», la muerte de José Antonio ha permanecido en una suerte de claroscuro, sujeta a todo tipo de leyendas e interpretaciones, y sólo la paulatina apertura de los archivos de la Guerra Civil está permitiendo reconstruirla con precisión. El interés del tema reside no sólo en las dramáticas circunstancias de la muerte, o en las perspectivas de futuro para el falangismo que segó la ejecución. Se ventilan en los detalles temas de mayor calado: el nivel moral de la justicia de guerra republicana y la legalidad de sus procedimientos; una posible intencionalidad en el impulso político del proceso penal; quién participó en el empeño, en tal caso; o el grado de intensidad puesto en los intentos de rescate procedentes del bando sublevado. No faltan, incluso, quienes plantean que José Antonio dio testimonio de fe a través de un verdadero «martirio», lo que le merecería un puesto en el santoral de la Iglesia católica.

El tema ha ido perdiendo urgencia e intensidad emocional en proporción inversa a cómo ganaba fundamentación documental gracias a la investigación de archivo. Así, a las primeras obras dedicadas a su figura, subjetivas aportaciones de camaradas como Francisco Bravo y su José Antonio ante la justicia roja (1941), o a los textos propagandísticos de justificación de la Cruzada, siguió la publicación de un primer repertorio documental: Los procesos de José Antonio (1963), de Agustín del Río Cisneros y Enrique Pavón Pereyra, en que se refieren los sucesivos encausamientos judiciales a que fue sometido el fundador de la Falange a lo largo de su último año, y, también en 1941, las actas del proceso de Alicante, aportadas por José María Mancisidor en su libro Frente a frente. José Antonio ante el Tribunal Popular. Posteriores trabajos de historiadores y documentalistas con fuentes cada vez más abundantes y contrastadas culminan en El último José Antonio, de Francisco Torres (2013).

Se publica ahora una nueva revisión con materiales que se anuncian como inéditos, Las últimas horas de José Antonio, calificada en la portada como «el libro definitivo sobre la muerte del fundador de Falange Española». Su autor, José María Zavala (Madrid, 1962) es un periodista con una larga trayectoria profesional en diversos medios de comunicación y una profusa actividad en la divulgación de asuntos históricos dirigida a un público lector interesado fundamentalmente en temas impactantes o polémicos. Entre una treintena de libros, Zavala ha publicado numerosos estudios sobre aspectos íntimos y prácticas nada ejemplares de los Borbones españoles, ensayos políticos sobre «las mentiras» de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, libros de espiritualidad católica como Así se vence al demonio y Un juego de amor, un estudio sobre los milagros del Padre Pío, o un reportaje sobre la vidente de El Escorial. Parte de su labor como escritor ha estado centrada en la Guerra Civil (1939. La cara oculta de los últimos días de la Guerra Civil, Los horrores de la Guerra Civil, Los gángsters de la Guerra Civil, En busca de Andreu Nin) desde la perspectiva de la publicística marcadamente antirrepublicana que se ha denominado «revisionista» en contraposición a la historiografía académica predominante. Y entre sus libros más conocidos se encuentran sendos retratos del líder falangista (La pasión de José Antonio) y de su hermana (La pasión de Pilar Primo de Rivera). Por fin, tras una incursión en el siglo XV para mostrar el lado íntimo de Isabel la Católica, Zavala retorna al tema joseantoniano a fin de narrar los últimos días del político madrileño.

Las últimas horas de José Antonio se centra en los meses de 1936 que transcurren entre la detención policial de Primo de Rivera, en marzo, y su ejecución en noviembre. Evita, pues, salvo en contados casos, referencias a la actividad previa del personaje y a su progresión doctrinal, para poner toda la atención en su vida carcelaria, los motivos políticos que habrían guiado el entramado judicial y las trayectorias personales de quienes desempeñaron diversos papeles como impulsores, verdugos o colaboradores de lo que el autor define como un crimen político.

El texto se estructura, pues, como un reportaje en progresión cronológica, aunque se producen saltos hacia el pasado y hacia el futuro a fin de aportar testimonios y documentos. Por otra parte, se alternan en el libro diversos planos narrativos. Hay un relato minucioso, con gran cantidad de testimonios ampliamente reproducidos, de la estancia en prisión de José Antonio, de las horas que precedieron a su muerte y del ritual del fusilamiento. Hay un plano estrictamente religioso, que puede encuadrarse dentro de la tradición hagiográfica vinculada a la Guerra Civil y que tiene como protagonistas concretos a los cuatro «mártires de Novelda», falangistas y tradicionalistas ejecutados a la par que José Antonio, y a mosén Planelles, el sacerdote que recogió su confesión postrera y que fue luego pasado por las armas.

Y hay un tercer plano de mucha mayor entidad, que se intercala reiteradamente en el texto. En él, Zavala plantea una tesis que, en su visión, sirve de trasfondo político y de explicación a lo sucedido en el escenario alicantino: la voluntad política de ejecutar al falangista por encima de cualquier consideración jurídica. Ello le permite hablar al autor de un asesinato premeditado. Pero no se trataría de una acción de venganza personal, o de terror ejemplarizante, como las que se prodigaron copiosamente en ambos bandos en aquellos meses. En la muerte de José Antonio se habría producido una conspiración internacional convertida en cuestión de Estado: «Sería ingenuo pensar así, a estas alturas, que la muerte de José Antonio se debió exclusivamente a la voluntad criminal de Largo Caballero y de los anarquistas radicales, que anhelaban más que nada en el mundo aniquilarlo. La larga mano de Stalin y de sus aliados soviéticos y comunistas en España resultó decisiva al final para que pudiese perpetrarse el asesinato legal del jefe de la Falange». Por lo tanto, dado que los miembros del Gobierno de la República y en especial su jefe, Largo Caballero, eran meros títeres de la NKVD moscovita y de los agentes soviéticos actuantes en España, la responsabilidad última de la decisión ejecutora sería de Stalin. Los políticos republicanos actuaron, según Zavala, como cómplices al servicio del «zar rojo», y la muerte de José Antonio fue condición sine qua non para asegurar el vital armamento procedente de la Unión Soviética, ya que «José Antonio, aunque estuviese entre rejas, resultaba un incordio para los comunistas y estalinistas [sic]».

El libro se lee con facilidad, ya que la prosa es ágil y los testimonios documentales y las fuentes orales aportados son dramáticos y contundentes. Como promete el título, es una aportación meritoria al conocimiento de las últimas horas de José Antonio. Pero se echa en falta algún mayor rigor en la metodología de investigación aplicada. El apéndice bibliográfico relaciona diecisiete archivos utilizados para escribir el volumen, entre ellos algunos públicos tan fundamentales y ricos en documentación como el Centro Documental de la Memoria Histórica, al Archivo Histórico Nacional o el Archivo General Militar. De ellos debe proceder el grueso de los documentos reproducidos, en no pocas ocasiones íntegramente, en el texto y el apéndice. Pero el libro tiene una estructura propia de las síntesis divulgativas, carece de notas que acrediten referencias bibliográficas y documentos originales, y esa ausencia de aparato crítico impide conocer y valorar el origen y la relevancia de muchas de esas fuentes.

Gran parte de la novedad aportada son declaraciones de actores y testigos de la prisión y fusilamiento de José Antonio, incluidos los que el autor llama «expedientes perdidos» de los miembros del pelotón y del director de la cárcel. Se trata de confesiones forzadas realizadas tras el final de la guerra ante la policía o el consejo de guerra, con la amenaza pendiente de su propio fusilamiento. Son, es evidente, testimonios relevantes en la medida en que aportan detalles muy concretos y reparten generosamente las responsabilidades. Pero fueron realizados en condiciones que no favorecían la objetividad y algunas de las declaraciones resultan contradictorias –como admite el propio autor– o difícilmente creíbles. Como la escena del tiroteo de los reos, en la que catorce fusiles de cerrojo, activados bala a bala manualmente, habrían realizado hasta ochenta disparos sobre las cinco víctimas en el momento del fusilamiento.

Las últimas horas de José Antonio constituye un ejemplo de esa historiografía militante que tanto abunda en nuestro panorama editorial. Es una historia de buenos y de malos, que se reparten simétricamente a cada lado de las dos Españas del 36. El libro está sembrado de epítetos que se corresponden con una visión dualista de los actores del conflicto. José Antonio, calificado de «egregio personaje», y sus compañeros de martirio son el epítome de las virtudes inherentes al catolicismo de la Cruzada. Y no hay matices a la hora de señalar la miseria moral de gente como Francisco Largo Caballero, Juan Negrín o Indalecio Prieto, tres políticos a quienes el autor calificó en un libro anterior de «gángsters de la Guerra Civil». Es, sin duda, un ejercicio legítimo de interpretación, como también lo es la exigencia justiciera en la «memoria histórica» del bando republicano. Pero no deja de sorprender que, a estas alturas, un escritor profesional utilice una prosa que nos retrotrae al lenguaje de combate y exaltación de los años cuarenta del siglo pasado.

Julio Gil Pecharromán es profesor de Historia Contemporánea en la UNED. Sus últimos libros son Niceto Alcalá Zamora. Un liberal en la encrucijada (Madrid, Síntesis, 2005), La política exterior el franquismo. Entre Hendaya y El Aaiún (Barcelona, Flor del viento, 2008), Con permiso de la autoridad. La España de Franco (1939-1975) (Madrid, Temas de Hoy, 2008) y El Movimiento Nacional. 1937-1977 (Barcelona, Planeta, 2013).

15/06/2015

 
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